21 favoritos y 3 maravillosos reviews han conseguido traer el capítulo 2 a la vida. Tal vez algunos esperan que haga explotar cosas desde el principio y que las hormonas de los adolescentes se desaten incontroladas nada más mirarse a los ojos ...pero algunos saben tan bien como yo que un buen libo se deja cocer un poco, y que las cosas tan apresuradas e irreales solo pasan en las telenovelas cutres de las 4 de la tarde. ¡Hay cogerle el gustillo! Todo a su tiempo. Hay que dejarse llevar.


Capítulo 2

La tormenta de verano empezaba a calmar su ira contra las tierras de Inglaterra cuando la luna menguante asomaba tímida y ocasionalmente entre los dispersos jirones de nube. El olor de la hierba húmeda era embriagante y agradable, y evocaba a cualquier caminante nocturno la pura esencia de las noches de verano.

Con las últimas gotas de agua resbalando aun presurosas por las hojas de los árboles, los grillos empezaron a entonar nuevamente y con renovadas fuerzas su espectacular coro nocturno. La noche se llenó de ruidos de todo tipo. Los grillos con su música, las gotas de agua con su incesante repicar, los arboles susurraban entre ellos, pasándose secretos de rama en rama con su lenta y coordinada danza. A lo lejos aun se oía el tardío cántico de algún pájaro que no tenía ganas de dormir, y si uno aguzaba bien el oído, alguna pareja de zorros buscaba algo que comer con pasos silenciosos; el bosque estaba lleno de ruidos, lleno de vida.

Los dos jóvenes que en esos momentos caminaban por el empedrado camino sabían muy bien que toda aquella vida no era precisamente la única que habitaba en ese bosque. Criaturas de fantasía que apenas ningún hombre era capaz de imaginar habitaban aquellas tierras, la mayoría de ellos apartados de sus hábitats naturales por los magos para evitar ser descubiertos accidentalmente por algún muggle. Sin embargo también sabían que el camino principal que llevaba de Hogsmeade al castillo estaba asegurado contra ataques, emboscadas y cualquier otro tipo de escaramuza con bestias mágicas.

Los pies de ambos chicos seguían un ritmo rápido pero relajado, como si estuvieran ya acostumbrados a caminar más rápido que el resto de la gente. James Potter abría la marcha con paso seguro, chapoteando divertido por los charcos formados por la arreciante lluvia. Esta vez había tenido la decencia de vestirse con su camisa blanca preferida por fuera del pantalón y las mangas arremangadas, en los pies unas Converse que llevaba desde hacía casi dos años, las cuales habrían estado destrozadas sin remedio si no fuera por la magia. En su cara lucían unas gafas ligera y planas que colgaban graciosamente por su nariz, aun algo sucia por la arena y la sangre.

Llevaba en su mano la varita iluminada por la magia del Lumos que lanzaba luces tenues y ligeramente siniestras sobre su cara y la de Remus, mientras creaba sombras danzantes con todos los árboles y ramitas que poblaban el bosque con tétrica gracia.

-Así pues ...peleas -dijo Remus, no sabiendo si empezar una conversación o un tirón de orejas.

-¡Peleas! -bramó James esbozando una sonrisa-. ¡Oh vamos Remus! ¡Fue divertido! No tengo ningún diente roto, y papi necesitaba esa dosis de adrenalina. -era curioso como el tono de James siempre era calmo, tranquilo, y calculado.

-Pero eres adicto a esa adrenalina James. No me atrevo a preguntarte siquiera que has hecho este verano. ¡Seguro que me daba algo! Ya sabes lo que diría un psicólogo de estas cosas.

-En realidad, no tenga ni idea de lo que diría un psicólogo. Yo soy un mago, y a ese tipo de enfermedades las enviamos a . Pero en relación a este verano ...una parte es por ahora secreta, la otra se la puedes preguntar a Sirius, y la otra parte me la he pasado viviendo a la Muggle.

-Como no.

-Ya sabes, varita en casa ... yo fuera de ella... Parece mentira pero salir de casa es la única manera auténtica de conocer el mundo, gente, hacer amistades...

-Gracias a ti, ese cupo lo tengo completo -repuso Remus con un tinte amargo en la voz.

-¿Acaso habríais preferido quedarte esas frías noches de invierno cerrado en una habitación pensando una y otra vez en cuántas cosas podrías hacer en lugar de hacer ninguna de ellas?

-Bueno, -dijo Remus mientras movía la cabeza de lado a lado sopesando la idea- de vez en cuando me gustaría permitirme algunas horas en solitario para patética autocompasión, o de vez en cuando, estudiar.

-Nunca dejarías de estudiar Remus, no me decepcionarías así. Eres demasiado bueno. Demasiado educado. Estoy muy orgulloso de ti. Eres la conciencia que este grupo necesita.

-Pensaba que tú eras la conciencia del grupo.

-Solo la mala Remus -le sonrió James mientras le ponía el brazo sobre del hombro-. Solo la mala.

La calidez del brazo de James lo envolvió de la misma manera que la primera vez que puso su brazo encima suyo en los inicios del segundo curso, cuando descubrió que en realidad era un hombre lobo. James sería peculiar e incluso excéntrico, pero la palabra que mejor lo definía era cálido. Le dedicó a su amigo una sonrisa llena de dientes y miró a un lado para observar como se acercaba el otro miembro del equipo, en forma de perro negro, trotando entre los charcos con la larga lengua a un lado.

El perro pegó un sprint hacia ellos y les empezó a saltar y babear encima con desbordante alegría. El perro negro lucía hermoso pelo azabache, negro como la noche, pero brillante como el mármol bien alisado. Era casi tan grande como Peter. Al cabo de un rato pareció temblar durante un momento, titilando en el aire y haciendo que durante apenas un instante, la imagen del perro y de un hombre se superpusieran. Al final, solo quedó Sirius y su gran sonrisa.

-¡Amo este bosque! -exclamó contento.

-¿Ya has ido a saludar a tus amigos del bosque? -preguntó James mientras le alcanzaba la ropa-. Tápate por favor, no me gustaría que me mordiera esa cobra que te cuelga.

-La verdad es que no he encontrado a la familia de unicornios que conocí el año pasado, y me he pasado más rato del que pensaba dando el pésame a un minotauro que perdió a su compañera este verano. Pero bueno, apenas he dado una vuelta rápida, dedicaré algún día de esta semana para ver que tal está el resto del bosque. ¿Sabíais que una loba huargo ha intentado que me apareara con ella?

-¡Sirius! -exclamó Remus escandalizado.

-Vale, vale, "las leyes" -dijo haciendo comillas con los dedos-. Solo comentaba que ha sido curioso. ¡Atraigo hasta a los animales! Reconozcámoslo, el Dios del amor, o quien quiera que nos guíe entre los brazos de las chicas ahí arriba, puede aprender de mí.

-Amén -rió James.

Mientras Sirius se vestía a la pata coja, llegaron a los márgenes del castillo de Hogwarts. Era una colosal estructura de piedra con multitud de grandes torreones que se alzaban hacia las nubes, desafiando al propio cielo. La superficie del propio castillo, en metros cuadrados, era casi incontable. Las luces de las antorchas brillaban en la noche a través de innumerables ventanas que parecían enmarcar el propio cielo nocturno. Cada luz de cada antorcha guardaba secretos de tiempos pasados, décadas y décadas de aventuras que un sinfín de alumnos habían vivido alejados de sus familias.

James llegó hasta uno de los laterales del castillo. Por supuesto ya sabían que a aquellas horas, la puerta principal estaría cerrada por seguridad. El moreno alargó la mano para tocar el muro. No lo hizo inmediatamente, su movimiento fue lento, tímido, casi reverencial. Acarició la superficie rugosa de la piedra, sintiendo cada arruga de la roca, cada impureza, cada grieta. Cerró los ojos y se dejó llevar por esa sensación melancólica que le estaba subiendo desde la punta de los pies. Notó como el vello de todo el cuerpo se le erizaba mientras esa sensación le invadía lentamente. Se permitió una leve sonrisa mientras miles de recuerdos parecían transmitirse desde la piedra. Inclinó la cabeza y dejó que su frente rozara la fría pared.

-Ya estoy en casa -murmuró.

Permaneció unos instantes más en silencio, empapándose de aquel poderoso sentimiento de haber vuelto al hogar. Brevemente, bajó la mano con una sonrisita feliz en la cara y dio una fuerte palmada.

-Merodeadores, a trabajar.

Sin mediar palabra, Sirius se colocó a su lado y ambos se pusieron pegados al muro mientras hacían señas a Remus. Éste dio un par de zancadas y se subió a los hombros de sus dos amigos mientras alzaba los brazos y tanteaba las piedras buscando una en especial. El tanteo duró unos segundos. Se limitaba a rozar brevemente cada una de las rocas que tenía delante, palpando una imperfección específica que le abriría la puerta secreta.

A sus pies, James y Sirius cogían sus piernas con confianza. De pequeños aquella tarea les había resultado muchísimo más difícil ya que James descubrió aquella entrada cuando apenas habían cumplido los doce años y por entonces, tenían los músculos del cuerpo bastante débiles.

Sirius usó su mano libre para llamar la atención de James.

-Hermano -susurró-. Te agradezco ...bueno, te besaría por lo que has hecho por mi este verano...

-Vaya -abrió los ojos James con sorna.

-Pero me gustaría que por ahora fuera nuestro pequeño secreto, incluso para los merodeadores.

-Contra las normas, ¿eh? Está bien Sirius, lo entiendo. Pero ya sabes lo que digo: "Cuanto más larga es la mentira..."

-¡Lo se, lo se!

-Por cierto Sirius, algún día te voy a pedir ese beso -dijo James guiñándole un ojo-. No se, tendré que probar tanta fama que te dan las chicas, esos músculos...

-Genial, ahora me siento raro -concluyó Sirius.

Remus consiguió localizar la piedra correcta, pues un agujero empezó a formarse cuando las piedras se re-ordenaron una tras otra. El delgado chico castaño les lanzó la mano para ayudarlos a subir.

El viaje por el castillo fue bastante tranquilo. Ni siquiera trataron de esconderse ni pasar desapercibidos. El festín había acabado, pero aun no se había dado el toque de queda y decenas, tal vez casi un centenar de alumnos pululaba arriba y abajo, charlando y cotilleando, enterándose de como habían pasado el verano los compañeros. Varios Ravenclaws jugaban corriendo a trompicones entre los pasillos atestados de alumnos. Un grupo de Slytherins se deslizaba silencioso entre miradas recelosas y sombrías. James y Sirius se detenían cada dos por tres a dar la mano a algún conocido o para saludar a un ejército de cuadros mágicos, cuyos pintados habitantes eran conocedores de casi todas las travesuras de los chicos y habían llegado a cogerles mucho cariño.

Remus parecía algo aburrido, pero sus ojos mantenían una expresión afable mientras miraba como sus amigos hacían el tonto entre alumnos y pinturas. Su largo pelo castaño cogido en una coleta enmarcaba su carita delgada, y sus ojos dorados, casi brillantes como los de un animal, se posaban en todos los alumnos. A pesar de ser el más tranquilo de todos los merodeadores y de resultar mucho más agradable de tratar, Remus Lupin tenía pocos amigos. James le había dado multitud de charlas al respecto, acusando al sentimiento de culpa e inseguridad de su amigo por el hecho de ser un licántropo, diciéndole una y otra vez que no era culpa suya.

Remus volvió a sacudir la cabeza otra vez, haciendo que su coleta volara de lado a lado. Ya estaba bien de esos pensamientos por ese día. Dirigió la vista hacia sus compañeros, y reconoció aquella mirada de Sirius que auguraba algo muy malo.

-James -dijo el guapo moreno-. Ya se que acabamos de llegar -prosiguió como quién no quiere la cosa- y que es muy tarde, y que deberíamos irnos a dormir ...¿pero sabes? No creo que pueda dormir tranquilo esta noche sin poderme sentir en casa completamente. ¿Y sabes como podemos conseguir que me sienta así?

-No se yo... -meditó James.

-No es un buen momento -se mostró de acuerdo Remus en el acto.

-Insisto -presionó Sirius.

-¿Insistes?

-James... -quiso advertir Remus. Que inocente era aun.

-Pero Sirius insiste, lunático -dijo mientras una pequeña sonrisa se le formaba en la cara-. Tranquilo, amigo mío, nada muy vistoso. Solo un acto de bienvenida. Tenemos cierta reputación que conservar, ya sabes que eso es importante. No por la fama, si no ...por las facilidades que nos da para otros asuntos. A ver a ver...

James miró de lado a lado, mientras su nariz parecía temblar con cierta e moción anticipada. Remus creyó que podía ver como los engranajes de la cabeza de su amigo giraban y giraban en sincrónica maldad. El castaño de las gafas cogió su varita y la alzó hacia arriba con desenfado.

-Sublevu Ventus.

Una especie de ráfaga de viento se levantó en la zona de forma súbita, que no tuvo más efecto ni molestias que el hecho de haber levantado la falda de todas las chicas en un radio de diez metros. Alaridos y chillidos resonaron con asombrosa fuerza en las gruesas paredes del castillo, y un distorsionado y cómico eco volvió casi con la misma fuerza.

Remus enrojeció fuertemente mientras agachaba la cabeza e intentaba no mirar las braguitas con fresas estampadas de Jane Starport, que enmarcaban aquel perfecto y terso...

-¡Tremendo! -felicitó Sirius mientras intentaba deslizarse por la pared para escapar sin ser visto.

-¿Lo ves amigo? No ha sido tan terrible, ni siquiera saben que hemos sido nosotros -dijo James a Remus mientras lo cogía del brazo para arrastrarlo fuera del área de influencia de la ventolera y proseguir hacia su sala común.

-Tú, James, has sido tú.

-"Tú" solo es un pronombre, amigo -dijo James mientras le frotaba la cabeza. Aquello se estaba convirtiendo en una extraña costumbre entre hombre y mascota.

-En cambio "yo" podré dormir tranquilamente cuando "vosotros" os dignéis en caminar en linea recta y llegar a la Sala Común -gruñó entre dientes Remus.

James se rió contento y de excelente humor mientras subía las escaleras hacia la casa de Griffindor. Las cuatro casas de Hogwarts estaban situadas en direcciones diametralmente opuestas, cada una en una de las cuatro direcciones universales, siempre intentando mantener el equilibrio de poder entre las cuatro órdenes de magos. Griffindor estaba situada en el ala Este del castillo, encarada para que todos sus novicios, destacados por su valentía, pudieran ver salir el Sol. Éste era el último gran regalo del padre de la casa de los Leones, Godric Griffindor, que colocó en la Sala Común de Griffindor una placa de madera tallada por él mismo en la cual se podía leer: "Yo os regalo la Luz de Dios, para que esta os alumbre incluso en la más oscura de las noches."

La entrada a la Sala estaba perpetuamente vigilada por uno de los cuadros mágicos de Hogwarts, el retrato de la Dama Gorda. Con los castigos recibidos a lo largo de los años, los chicos habían adquirido una estrecha relación con la señora, que los trataba y los reñía casi como si fueran sus hijos.

-¡Oh dios mío! Chicos, cuanto habéis crecido -se asombró la señora Gorda, vestida con un traje rosa de cuestionable gusto-. Miraos Lupín, hecho todo un galán, un caballero. Que guapo estáis. Habríais sido un auténtico Ser en el siglo XVI.

Sirius carraspeó un poco a su lado, incómodo.

-Bueno, alguien como yo siempre necesitará un rival con las chicas.

-Black, ¿como iba a olvidarme de vos? Atractivo truhán y gamberro.

-¡Ah! Pero guapo -saltó Sirius. Se apretó contra el cuadro y en lugar de darle un beso, le pegó un lametón. La Dama Gorda lanzó un enorme grito de tenor. Sirius se rió y lanzó un ladrido juguetón.

Aprovecharon que unos alumnos de tercero iban a entrar, puesto que no tenían ni remota idea de la contraseña de entrada.

La Sala Común de Griffindor, el lugar en que cualquier alumno de la casa de los leones y los valientes podía llamar su propio hogar. En ella estaban permitidos todos los cursos, cualquier género, tanto para estudiar como para charlar o divertirse, cosa que en aquel instante estaban haciendo casi un centenar de alumnos, que con su alegre cháchara llenaban de vida y ruido aquel espacio.

Las paredes estaban cubiertos de gruesos tapices con los colores de la Orden, el rojo y el dorado. Cuadros de valientes héroes y escenas medievales colgaban de las paredes, así como dibujos y cuadros de leones. Una enorme y antigua chimenea de piedra caldeaba el ambiente con un fuego que a pesar del tamaño que tenía, no daba demasiado calor para evitar ahogar a los alumnos en aquella noche de verano. La sala parecía algo polvorienta y, más que vieja, se podía etiquetar como antigua, tal vez incluso decrépita. Restos de hollín oscurecían la piedra cerca de la chimenea, las sillas, mesas y sofás que amueblaban el piso eran de un estilo gótico y recargado que dejaba un sabor empalagoso en los ojos. La chimenea lanzaba su luz sobre casi toda la sala, haciendo que las sombras de los alumnos pasaran a formar parte de los adornos de las paredes.

La gente se abrazaba contenta y conversaba tranquila (otros a voces). Sirius se lanzó de cabeza a un grupo de chicas de cuarto año que se quedaron con los ojos abiertos y empezaron a lanzar risitas en cuando este se presentó, hizo una reverencia y se desabrochó los primeros botones de su camisa para dejar entrever su musculoso pecho. James y Remus decidieron subir a los dormitorios a arreglar sus cosas y saludar a Peter. Después de todo había muchas cosas que preparar y hablar, los merodeadores siempre estaban maquinando, y ello requería mucha planificación.

Ya estaban a punto de llegar a la escalera que subía a las habitaciones masculinas cuando un movimiento vermellón en uno de los sofás al lado de la chimenea llamaba su atención. Y allí estaba ella. Bonita, insuperable, ..., perfecta. James Potter tragó saliva; conociendo como conocía sus propios límites, podría asegurar que una de las pocas cosas que podían alterarlo, era aquella chica.

No era una chica demasiado alta, con suerte llegaría a medir algo menos de metro setenta. Su cuerpo era pequeño, pero de unas formas tan generosas que más de una vez pensó que se le escaparía la mano para tocarla. Aunque era delgada, no tenía la rigidez de una bailarina, si no aquella complexión perfecta y suave que daban unas ganas terribles de abrazar. En su cabeza pasaban multitud de pensamientos sobre la perfección de ...bueno, las formas femeninas de Lily Evans. ¡Como no iba a pensar en ello! Dudaba que hubiera algún cuerpo superior a ese, como mínimo, para sus propios gustos. Y que decir de aquella cara, con la piel fina, pero ligeramente tostada por el sol, con las mejillas sonrosadas como aquel que ha hecho ejercicio recientemente. Y si tenía que elegir una palabra para describir aquel rostro, sin duda elegiría bonita ...o hermosa, tal vez bella o mona. Sus ojos ligeramente rasgados eran claros y verdes, como el bosque por la mañana. Más de una vez se había sorprendido a él mismo pensando en la nada mientras miraba aquellos ojos claros. Cómo decía su propia abuela: "¡Envidiamos lo que no tenemos!".

Y la cabellera. Que rasgo más característico podría tener aquella ninfa si no era el cabello, el fuego rojo que le caía liso y ondulado sobre sus hombros. El flequillo le caía graciosamente sobre sus ojos y su naricita, e iba peinada en una larga coleta echada por encima de su hombro. Siempre tan pragmática.

James tenía sus dudas sobre aquella chica. Él era capaz de calar a la gente a la distancia. Incluso en aquel distante, era incapaz de no distraerse con el ruidito del reloj de Thomas Goldberg que además iba a deshora. O no darse cuenta de que Samantha Fellton cojeaba levemente. O que incluso Gwyneth Reberth estaba mintiéndole a Sirius con una preciosa caída de ojos que parecía lograr perfectamente su función. Pero no a Lily Evans.

Para él, era un misterio. Y si había algo que James Potter adoraba más que a sus amigos, eran los misterios.

Se acercó a ella con cierto sigilo no deseado. Se quedó pausado unos instantes, intentando discernir el secreto de aquellos ojos verdes que parecían sonreír con la mirada. Menos a él.

-Así que el príncipe de los Leones ha decidido mostrarse por fin -dijo Lily con cierto retintín a modo de saludo.

-Los héroes siempre llegan en el último momento -le explicó James intentando ser amistoso mientras tomaba asiento en el reposabrazos del sillón de la pelirroja.

-Ahórrate tus perogrulladas irónicas -lo cortó Lily frunciendo el entrecejo. Evans era una de las chicas más listas de todo el curso, y aquello la hacía no solo hermosa, si no también letal-. ¿Crees que me importa que ni siquiera hayáis estado sentados a la mesa de Griffindor durante todo el banquete?

-Bueno, pero te has dado cuenta -sonrió Potter. Ella frunció más el entrecejo ante la descarada sugerencia del chico-. Bromas a parte. ¿Qué tal el verano, Lily?

-Evans para ti -le recordó ella-. De hecho, muy bien. -afirmó mientras su expresión se suavizaba.

-Y supongo que no me lo contarás.

-Eso ya lo sabías antes de venir aquí. Pero me va muy bien que lo hayas hecho. Dumbledore me ha pedido que te comunique que mañana debes ir a verlo sin falta, a cualquier hora. Dice que ya sabes la contraseña.

-¿Dumbledore? -repitió James borrando lentamente la sonrisa de la cara.

-El Karma, Potter, era imposible que salieras impune de tus trastadas.

"No, no era eso." pensó James en su fuero interno. Había recibido cientos de castigos a lo largo de sus estudios y sabía venirlos venir. El Director debía querer otra cosa de él. No podía negar que cierta preocupación se empezó a formar en su interior, pero no dejó que ninguna emoción negativa se dejara entrever en sus rasgos.

-Si a casi mil castigos lo llamas salir impune -bromeó James con una mirada entre graciosa y abochornada.

-Dos mil si cuentas mis castigos -le recordó ella-. Jamás nadie nunca me había dado tanto trabajo como tú.

Lily Evans era una de las prefectas de Hogwarts junto a su amigo Remus. Si bien este último siempre usaba su poder de manera que las travesuras que ocasionaban pasaran desapercibidas por los ojos de las autoridades, Evans era como un halcón que aprovechaba cualquier ocasión para hacer caer el peso de la ley sobre sus cabezas. De vez en cuando incluso había estampado uno de sus libros en la cabeza de James como castigo. Su temperamento era más fogoso incluso que su cabello.

James se reclinó un poco más en el sillón, acercándose a Lily casualmente y la miró a los ojos, con la intensidad de aquel que descifra un acertijo.

-Evans ...¿porqué nunca hemos salido? -preguntó pausadamente y con calma.

La pelirroja se quedó callada mientras una sonrisa divertida se formaba en sus carnosos labios.

-He estado a punto de enumerarte una larga lista -confesó poniendo especial énfasis en la palabra larga-. Pero es el primer día y aun no has hecho demasiado el capullo -le cumplimentó con una carita encantadora. Seguidamente le puso una mano en la mejilla-. Tuviste tu oportunidad, ¿recuerdas?

James asintió mientras se reclinaba contra su lado del sillón y soltaba un sonoro soplido.

-También recuerdo que me odias a muerte.

-Yo no usaría la expresión "a muerte", pero te lo has ganado a pulso durante años, Potter -se encogió de hombros la chica-. Eres un adolescente, y ni siquiera me conoces más allá de mis ojos verdes, o mi pelo rojo. Apuesto a que serías capaz de dibujar mis pechos y mi culo de memoria.

Con un esfuerzo supremo, James consiguió evitar el acto reflejo de bajar la mirada.

-¿Te gusta apostar? Esa información puede llegar a resultar muy útil, prefecta.

-Oh, claro.

James se levantó del sillón y ella recuperó todo el espacio perdido rápidamente. La luz del fuego iluminó al chico en toda su estatura y ella advirtió que estaba cubierto de rozaduras y suciedad de arriba abajo.

-Mejor no pregunto, ¿verdad?

-Los efectos de la pubertad, Evans. Espero recibir mi beso de buenos días mañana -se despidió mientras se alejaba para subir las escaleras a las habitaciones de los chicos.

-Ni lo sueñes -respondió ella con cierto deje musical a modo de despedida, levantando el brazo y sin mirar hacia atrás. Acto seguido, siguió hablando con sus amigas como si nada hubiera pasado.


Para el visitante ocasional, la habitación de los merodeadores era el mayor desastre de la historia. Incluso siendo el primer día de colegio y sin llegar a haber empezado las clases, el desorden reinaba como una plaga por cada uno de los rincones. Las maletas de los habitantes estaban abiertas con todo el contenido por el suelo y las cajas formaban un fuerte en una de las paredes de la habitación. Montañas de libros se amontonaban hasta casi tocar el techo, y un autentico ejército de pastelitos y demás bollería se ordenaba encima de una mesa. Pantalones y camisas poblaban las camas, chaquetas en el techo, calderos de metal con culatas de plata que ya empezaban a rodar por debajo de las camas.

En la habitación había un total de ocho camas, destinadas a albergar a la mitad de los alumnos masculinos del sexto curso. James y Sirius habían pasado casi un semestre entero en su tercer año intentando convencer al Director Dumbledore de la imperante necesidad de que los merodeadores necesitaran de una habitación para ellos solos. En aquel día habían demostrado una labia excepcional y habían usado todos los trucos que habían aprendido para su edad, enumerando desde las más nobles causas hasta la enfermedad de Peter sobre el "miedo a las masas". Pero Dumbledore solo sonrió de una manera muy Potter, y con ojos chispeantes de humor los envió de vuelta a su habitación con dos habitantes extras.

Donde antes había seis alumnos, ahora había ocho, pero por el momento habían conseguido vivir en harmonía. En una habitación de chicos dominado por el caos. Con un poco de suerte, ninguna cucaracha o rata correría por encima de sus ropas tiradas por el recién barrido pero aun así polvoriento suelo.

Pero había un malévolo orden en aquel inmenso vórtice de entropía. Cualquiera de sus habitantes podía encontrar fácilmente cualquier cosa que quisiera casi sin pensarlo y por si todo fallaba, un simple hechizo invocador podía traer a sus manos cualquier objeto deseado.

En el momento en que James y Remus entraron por la puerta, una guerra de comida se estaba dando lugar. Por lo visto, Peter había tomado la iniciativa de ir a las cocinas, donde trabajaban los elfos domésticos, y se aprovisionó de la suficiente comida y de pasteles para alimentar a todos los amigos que no habían podido llegar a tiempo a la cena. Aquel día los elfos domésticos estaban especialmente atentos y serviciales y cuando supieron que la comida era para los merodeadores se ofrecieron a subirlos ellos mismos. Con magia, por supuesto. Potter y compañía pasaban muchas horas, de muchos días, de muchas semanas haciendo pequeñas escapadas a las cocinas para alimentarse furtivamente o para jugar con los elfos. Y estos estaban muy agradecidos siempre.

Remus esquivó un bombón de chocolate en el mismo segundo en el que entró por la puerta. Su mirada reflejó una súbita furia pero desapareció de inmediato. Podía dejarlo pasar, un bombón no era tanto chocolate desperdiciado. Decidió hacer un poco de trampa. Ya que los magos se lanzaban pasteles con las manos, el hijo de muggle iba a lanzarles toda la comida a golpe de varita. Con ligeros movimientos empezó a seleccionar todos los alimentos que tenía a la vista, intentando pasar desapercibido en la vorágine mortal que se estaba dando lugar y de la que Ewan Walker ya había aprovechado para tomar control mientras que James se había puesto en una esquina comiendo del pastel que tenía aplastado en el hombro.

Alzando la varita hizo que todo acabara en un explosivo huracán de sabores que lanzó a todos al suelo cuando casi un centenar de pastelitos los lanzaban de lado a lado de la habitación. Desde el gradullón de Hunter Grunt al pequeño Arthur Weasley, estaban todos en el suelo cubiertos de rica crema y escupiendo trozos de galleta. La habitación, como tal, ya no podía llamarse así. Simplemente era la acumulación de basura que había sobrevivido incluso al fin de los tiempos. Hasta las velas y las antorchas habían sido arrasadas. Todo estaba sumido en sombras y tenue luz de luna.

Y de repente el silencio se llenó de carcajadas.

Los chicos, hasta arriba de adrenalina, se retorcían de risa por los suelos e intentaban limpiarse penosamente. James, que aplaudía detrás de Remus, le puso una mano en la espalda a su amigo.

-Lunático, merodeador con honores. Tus cualidades son infinitas, amigo mío.

Peter se acercó a saltitos intentando no resbalar con nada.

-Gracias Remus, me encanta que me agradezcan el que me parta el lomo por vosotros.

-Ya sabías que iba a acabar así, Peter -dijo Remus no muy seguro-. Pero lo siento. La próxima vez, invito yo.

El pequeño merodeador le lanzó una mirada suspicaz y luego observó los esfuerzos de sus compañeros de habitación por limpiar el cuarto hasta algún límite habitable.

-No me hagas caso Remus, eso fue realmente espectacular. ¿Quiéres un poco? -dijo Peter mientras le acercaba un par de dedos llenos de nata-. Porqué si, amigo, VAS a limpiar.

La siguiente media hora hasta que Sirius llegó, se dedicó exclusivamente a la limpieza de la habitación, tarea que incluso con magia estaba resultando ser bastante complicada. Arthur dirigió una irritada mirada a Potter, pues era el único miembro del cuarto que no estaba ayudando con la tarea, simplemente estaba sentado tranquilamente en un rincón leyendo algún extraño libro de anatomía.

-Por lo menos podría aparentar que le importa -refunfuñó el pelirrojo Weasley.

Black se sentó al lado de su mejor amigo mientras observaba a su alrededor los pocos restos de comida que aun quedaban.

-Hemos empezado mucho más pronto de lo que incluso yo me esperaba -afirmó Sirius con una mirada aprobadora-. Desde luego, este año va a ser legendario.

-No lo sabes tu bien, Sirius, no lo sabes tu bien -contestó James sin apartar la mirada del libro-. ¡Remus, Peter! -llamó- Dejad eso un momento y venir aquí.

Los aludidos se miraron un instante pero enseguida dejaron caer sus varitas en sus bolsillos y se acuclillaron delante de sus amigos, cerrando el grupo. James esperó unos segundos antes de cerrar el libro, sacarse las gafas y mirar a cada uno de ellos con sus ojos avellana.

-Chicos, éste es el primer momento en que estamos todos reunidos este año. Me parece que es un buen momento para dar por iniciado el curso. Aquí mismo.

-¿Te ha subido el Whisky? -se extrañó Sirius-. ¿Aquí delante de todos?

-Solo son orejas enganchadas a una cabeza, Sirius, no pasará nada. Ya piensan que estamos locos, por lo menos yo -rebuscó en su pantalón un momento y sacó su varita, colocándola en el suelo entre los cuatro estudiantes-. Mañana empezaremos con nuestro ajetreado día a día, así que hoy descansaremos un poco. Pero quiero que sepáis, ante esta varita, que para mi sois mis hermanos. Cada uno de vosotros está tan dentro de mi como mi propia sangre. Y juro que protegeré este grupo, y esta amistad, hasta el final de sus consecuencias. Porque os quiero. Más que a mi mismo, y si hay algo en lo que confío, es que cualquiera de vosotros me cogerá, caiga desde donde caiga. Se que no es sano, pero la definición de mi persona es la suma de las vuestras.

Peter parecía algo incómodo y estaba ruborizado, pero de todas formas cogió su varita y la dejó al lado de la James.

-Yo no me atrevo a decir palabras tan ...¿elaboradas? Pero juro defender al grupo, ante cualquier drama. Hermanos.

-Ante cualquier desastre -apoyó Remus dejando su propia varita en el círculo-. Porqué os debo mi vida. Y aunque algunos estéis realmente locos, os quiero como hermanos.

Lupin dirigió una fugaz mirada a James, no austera, si no casi de amor reverente, mientras un pensamiento le quemó la mente, puesto que lo tenía grabado en fuego: "Porqué James me maldijo con la vida, con el eterno amor y el eterno odio que conlleva". Pero aquel no era momento de pensar en ello. Nunca era el momento.

Sirius sonrió y dejó su varita, cerrando el círculo. Alargó sus dos largos y musculosos brazos.

-Yo también espero que me cubráis, hermanitos. Sois la familia que siempre quise tener, y que dios no me quiso dar. Satán sabe que familia tengo en realidad. Pero juro ser un merodeador para siempre. Juro que os ayudaré a ligar. Juro dar mi vida por cada uno de vosotros. Y volveré de cárceles, de la muerte y del mismísimo infierno para dar la cara por mis hermanos.

James también abrazó en grupo a sus amigos y pegó su frente a la de Remus y Peter con cariño. Sin abrir los ojos, soltó un bufido divertido.

-Ahí te has pasado un poco, Sirius.

-¿Qué quieres? No puedo ir inventándome juramentos nuevos cada año, el mejor fue el de cuarto. Estuve casi una semana escribiéndolo.

Los chicos sonrieron al recordar aquel año. Al mismo momento, todos recogieron su propia varita y las pusieron una encima de otra.

-Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas. -corearon al mismo tiempo haciendo brillar sus varitas con colores carmesíes y dorados.


Hasta aquí llega nuestra introducción al castillo de Hogwarts. Como pequeño avance ...nah, mejor lo leéis.

Dejad R/r o desato la fúria del kraken! ;)