La ciudad nunca le había parecido tan lejana y oscura, pensó con melancolía y añoranza, clavando los ojos en el nocturno y lluvioso cielo de Nueva York. Aquél lugar que lo vió crecer, tropezarse y convertirse en un héroe, en esos momentos le resultaba ajeno y frío.
Quizás el whisky (calentando sus cuerdas vocales) fuera motivo suficiente para tal cambio, pero se imaginaba que el problema real sucedía al otro lado del país; En un iglesia, en Queens, donde su corazón había sufrido un revés.
Cuando hablo con Nat, jamás se imaginó que el «padre» Parker iba a darle la espalda. Peleaban, discutían y siempre lo acosaba, pero había estado seguro de que cuando todo fallara, que cuando en verdad lo necesitará, el sacerdote iba a tenderle una mano.
¿No era eso, después de todo, lo que hacían los malditos curas?
«Ahora si lo consideras un cura» le dijo una desdeñosa voz en su cabeza.
Sus ojos se cerraron y apuro lo que quedaba de whisky en su vaso deseando que el duro y fuerte sabor barriera la acritud de su paladar. Era un maldito cura y no ganaba nada negando las evidencias irrefutables que lo sacudían cada desgraciado jueves que se arrastraba a su penitencia semanal.
Que suerte la suya, un cura. Un ser que detestaba tanto todo lo que la iglesia pregonaba, él, que había sabido convertirse en la encarnación del jodido hijo perdido de Dios, había caído a las rodillas frente a uno de sus discípulos, rogando por ayuda y un poco de amor… Maldita suerte la suya. Toda una vida de andar erguido con la frente en alto, para venir a caer de rodillas frente a un sacerdote.
Caminó lentamente por el amplio salón y se dejó caer destrozado contra el amplio sillón blanco que habitaba en medio de la estancia. La textura y la comidad de ese gigante en esos instantes le era indiferente. ¿Quién podía pensar en muebles cuando tu vida se iba al carajo? Nadie.
Sus ojos siguieron mirando la ciudad y se preguntó con pesadez si no era hora de llamar a Steve e intentar arreglar eso por medios menos engorrosos. Allí afuera lo esperaba una derrota asegurada y pese a lo que muchos quisieran creer, lo que más le molestaba no era eso: era saber que no tenía lo que hacía falta para echarse atrás. Si solo pudiera dejar un poco de su orgullo, si tan solo pudiera olvidarte de su arrogancia, podría llamar a su ex, y pedirle que se entregue.
Steve Rogers era un hombre con honor y ética (por aquellos días cuestionables) pero incluso con lo segado que se hallaba a causa de Barnes, él sabría ver que su rendición significaba algo. El gran Capitán América podría ser un terco, arrogante, moralista del demonio, pero lo conocía y como se atreviera a pedir que se entregue y le permitiera ayudar, lo iba a hacer.
Muchas condiciones, otras tantas promesas y muchas miradas de soberbia después, Steve iba a volver a la base (dejando bien escondido a Barnes) e iba a volver a negociar. Porque todos sabían que Tony Stark no pedía, ni se inclinaba. Por eso mismo, el plan era inviable.
Lo había engañado y traicionado. Le robó a la mitad de su equipo y destruyó el corazón de Vision como pequeño extra. Había mancillado su autoridad al dejarlo expuesto de esta forma y sobre todas las cosas, ahora le tocaba soportar un sin fin de miradas lastimeras.
«Pobre Stark, su novio lo abandonó» «¿No te enteraste?, Rogers se fue con su ex» «Steve dejó a Tony por su novio de la adolescencia» «Prefirió a un asesino que a Stark»
Algún dormido pensaría que era estúpido por parte de los demás estar pendientes de su jodida vida amorosa, cuando Barnes era acusado de querer liquidar a la mitad del congreso de la ONU; Pero no, era oro puro aquello. Ese chisme si se propagaba. No la muerte del Rey de Wakanda, no los acuerdos sin firmar (visto que muchos jodidos chismosos juraban que Steve firmó y después de retracto) lo único que importaba era que ellos se habían separado. No. Que Steve lo "abandonó".
¿Podría el malnacido haberlo humillado más? Resultaba atemorizante solo pensarlo.
— Señor, el coronel Rhodes pide acceso.
— Dile que se vaya a la sede. Mañana arribo y de allí partimos a Alemanía.
No tenía que preguntar qué querría el maldito, lo sabía. Intentaba darle la charla desde que Steve se negó a firmar. Cuando vieron las filmaciones que incriminan a Barnes, Rhody automáticamente se había girado para mirarlo con una mezcla de emociones que en ese momento no había podido diseccionar. El buen Coronel Rhodes supo lo que se les avecinaba mucho antes de que él pudiera pensar en Steve.
— Lo lamento señor Stark, insiste.
Maldiciendo internamente, sopesó sus opciones.
Podría ignorarlo y así solo conseguir que a la mañana siguiente le diera un discurso odioso, largo e innecesario; Podía dejarlo entrar y soportar dicho discurso con un whisky en la mano; Podía atenderle el teléfono y soportar un discurso más duro, vía telefónica.
— Ponlo en la uno.
— No creo que-...
— O me atiende o se larga —ladró parándose por más whisky.
— Correcto.
Sabía que F.R.I.D.A.Y. sólo intentaba no dejarlo solo, llenándose de whisky, pero no estaba para soportar a nadie.
— ¡¿Quien te crees para ponerme al teléfono?! —gritó su mejor amigo indignado— ¡Abre la puerta Stark!
— Tengo visitas —dijo riéndose por lo bajo, abriendo una pantalla que le permitía ver la filmación del lobby— No querría que la importunaras con tus gritos.
Vio como su amigo giraba en redondo y clavaba sus ojos en la cámara sobre él.
— ¿Qué visitas?
— Problema mío —cortó parco, no le nacía dar explicaciones—. ¿Qué quieres?
— Déjate de idioteces —masculló luciendo con mucho éxito a una mamá de los ochenta, mano en cintura y entrecejo fruncido. Un par de ruleros y la imagen sería idílica—. Abreme.
— En verdad tengo compañía —marco enfatizando sensualmente la última palabra—. ¿Qué quieres?
— ¿De verdad esperas que crea que tienes una mujer ahí?
— No es mujer Rhodes —soltó haciendo un mohín mudo cuando por la cámara vio la expresión de Rhody ensombrecerse.
Su amigo intentaba dejar su estirada mente cuando se trataba de su vida sexual, pero sabía que una parte de él siempre iba a verse superada por su bisexualidad. Algo que sin dudas agradece en esos momentos.
— Stark como me estés mintiendo…
— Mira te pasó con Jul-
— Deja esto —dijo rápidamente negando con la cabeza— ¿Conseguiste los refuerzos que me dijiste?
— Obviamente.
El silencio le informó que en esos momentos, su palabra carecía de validez para Rhodes, porque el moreno solo siguió viendo la cámara poco convencido.
— Entonces… mañana los veré en la sede —la lentitud en sus palabras era un aviso.
— Hasta mañana Coronel. Descansa, ve a dormir Rhodes, mañana tienes trabajo. —respondió dejándole en claro que ambos sabían que mentía y no pensaba decirle la verdad así lo torturara.
— Descansa tu Stark. —le soltó sin muchos ánimos— Mañana no podrás escaparate.
Apretó los labios y se arrancó el comunicador molesto. Sabía perfectamente que sus vacaciones se terminaban en apenas seis horas. No era idiota. Una vez que aterrizara en Alemania, todo habría terminado.
Camino por el piso arrastrando con él el whisky y extrañó su Sede. Trabajo por años en ella; Construyendola, volviendola un hogar, haciendo de esas paredes algo más que una casa: Un emblema. Veía en ella ideales y creencias, una forma de vida, una filosofía… era un idiota y lo único lo que había construído fue una tumba, hermosa y gigante.
No podía poner sus ojos o mente en esa estructura sin sentir un vacío comerlo. Una vez Steve se lo dijo, pero él solo se había burlado: «Puedes hacer un castillo Tony, pero es su gente lo que lo vuelve un reino» Que anticuado e idiota le había sonado, pero ahora lo veía. Su sede ya no era la casa de los Vengadores presentes y futuros, su Sede era un gélido lugar lleno de recuerdos que no valían la pena conservar.
— Cierra todo nena, no estoy para nadie… —susurró volviendo a pararse frente al ventanal.
Bebiendo lentamente el líquido ámbar, con la esperanza de que la mañana llegara rápido y con ella una pronta derrota, fue dejando que su mente se olvidara de todo lo que lo rodeaba, en especial del sacerdote que había elegido a Dios sobre él.
La penumbra en la sala era un reflejo de su estado anímico. Ver como todo se fracturaba no era algo placentero, pero ver tus esperanzas morir…
Un hombre de su edad, adicto al fracaso y a las causas perdidas, ya debería haberse curtido, pero no pasaba. Su orgullo y su determinación no le permitían tal cosa. Un error era algo habitual y esporádico, la ciencia vivió y renacía de ese paradigma: prueba y error.
Un contratiempo era una oportunidad y un rechazo se volvía una contra oferta. Lamentable, esa vez, no encontraba una maldita piola de la que tirar. No tenia mas medidas desesperadas que Spider-Man y no estaba nada seguro de que al encontrarlo, lograra arrastrarlo a Alemania. Mucho menos si el sacerdote no estaba de acuerdo; Además, le había dejado el traje a Parker y pensar en verle la cara al cura, así fuera solo para pedirle el maletín, le resultaba absurdo.
Las luces, los autos, los departamentos y los transeúntes a sus pies agriaron más su humor. Todos continuaban con su vida y no había nada que deseara más, que poder cambiar lugares con ellos. Anhelaba estar en cualquier otro lado, ser otro hombre. A preferencia, uno que no hubiera perdido a su mejor amigo, uno que no hubiera sido traicionado por otros tantos, uno que no tuviera que verle la cara a las malas decisiones que había tomado a lo largo de su vida. Sueños de un cobarde.
No podía culpar a Parker por no querer ayudarlo, desearía poder, pero sus manos estaban tan manchadas de sangre… y ahora estaba dispuesto a pelearse con sus amigos para limpiarlas. ¿Por qué un hombre así merecería ser salvado?
Era, sino lógico, que el sacrílego eligiera la divinidad y no a un ser tan mundano y deplorable como él. Hacia un tiempo se había creído invencible y único, ahora sabía que no era nada de eso, era solo un patético más en la lista de idiotas del mundo.
Tal vez lo único que tenía que hacer era resignarse. Le dolía más que Parker lo hubiera rechazado que su poca colaboración con el tema de Spiderman. Desde el principio supo y le quedó claro que el padre conocía y velaba por el arácnido. Se metía con el maldito en pijamas por celos no por otra cosa. Veía en el cura el respeto, el cariño… Que más quisiera él que ver semejante expresión cuando hablaba con él.
Sabía que se busco esa reticencia natural que tenía el cura para con su persona. Un largo año había estado molestandolo, tentandolo, rogando entre chistes que se fuera con él. Hubiera sido un poco menos humillante si no fuera que tras sus sonrisas y sus chistes, no hubiera tanta verdad, pero ni eso tenía a su favor. De dejar aquello en claro se encargó ese día, no le daba su ayuda y no lo había seguido después de que le confesara lo que siempre sintió. La humillación no podía ser peor.
Desde que Dios le demostró que tan vengativo podía ser, (encomendandolo directamente a los brazos de un joven hermoso, divertido, inteligente, con la sonrisa más hermosa que hubiera visto y cura), él cayó rendido a la verdad de que el infierno no era un lugar al que ibas luego de morir. Él estaba allí.
Hacía mucho lo suyo con Steve era pasado. Ninguno de los dos quería reconocer que para cuando Wanda infectó sus mentes, ambos se rompieron. Steve nunca reconoció abiertamente que la idea de no vivir en guerra era imposible para él, y por su parte, él jamás quiso reconocer que creo Ultron por temor a la guerra. Steve podía luchar mil batallas, él solo quería dejar de perderlas todas. Sokovia, los tratados… Consecuencias naturales de los errores de ambos.
La soledad, el miedo a esta, fue lo único que los empujaba a dormir juntos, a hacerlo con furia y dolor. Ninguno podía admitir que habían perdido, por eso no se separaban. Dejarse implicaba asumir sus miedos y sus debilidades; Juntos podían luchar. A su lado, Steve vivía en la guerra que tanto amaba, al lado del Super Soldado, él sabía que no corría el riesgo de perderlo. Para acabar con Steve Rogers había que hacer mucho y nadie (hasta el momento) había dado la talla.
Parker, era todo lo que lo atemorizaba. Frágil, divertido, relajado, inteligente y un ciego creyente. Los religiosos lo atemorizaban en cierto punto. Esa capacidad de creer… era algo antinatural. No cuestionaban, el amor a este ser invisible, los empujaba a confiar. ¿Quién diablos podía hacer algo tan estúpido?. No era algo que entendiera y le incomodaba. Siempre perdonando, siempre entendiendo… los riesgos a los que se exponían eran incontables. Podrías estafarlos, engañarlos o usarlos; Solo unas palabras y ellos estarían. Los veía ir a las cárceles, los veía ayudando a cualquiera sin preguntar sin juzgar… No, eso era algo que no toleraba.
Parker le dijo que si aceptara el amor abnegado, no se sentiría tan incómodo. Intentó convencerlo de que ser un héroe y un cura no eran tan diferentes. Él le tuvo que explicar (con bastantes detalles) la cantidad de mujeres y hombres que pasaron por su cama desde que confesó ser Iron Man, y como de diferentes eran, pero Peter (luego de rodarle los ojos hastiado) le dijo que ambos entregaron su vida a ayudar a personas desconocidas. Él entregaba su seguridad y a veces su vida, como cura no era tan arriesgado, pero entregar su corazón a cada persona que lo llamaba, era una buena forma de equipararse. Se negó por principios y dio mil ejemplos y diferencias, pero Peter solo le sonrió y le echó en cara que en verdad sólo le molestaba es que fuera verdad.
Lo único que en verdad le molestaba pensar era en la cantidad de gente que había traicionado al cura. En ese año lo vio ayudar a drogadictos que solo volvían a la iglesia para robarle y escuchar como malditos delincuentes pedían la redención, para volver a delinquir. ¿Por qué demonios seguía abriéndoles las puertas?
¿Por qué demonios a él se las cerraba?
Apoyó la frente contra el frío cristal y soltó un suspiro que empañó el vidrio. No importaba, nada de eso importaba. Steve se fue con Barnes, Parker prefirió cuidar de Spiderman. Él tenía que ir a dejar que destrozaran su trasero en Alemania y el resto sería historia.
— Espero que esa botella, al menos hubiera estado por la mitad cuando la agarraste.
Con una sonrisa, que recorrió su cuerpo, se giró al escuchar la voz del intruso que nada tenía que hacer tan lejos de Queens.
— Es el cuerpo de Cristo, no creía que tuviera problemas con ver que al fin acepto algo santo en mi sistema.
— Estoy muy seguro que eso —dijo el padre Parker mirando detenidamente la botella y el vaso— No tienen nada que ver con Jesús.
Hizo una mueca sorprendida, mientras estudiaba atentamente la puerta tras Parker. Puede que F.R.I.D.A.Y. fuera una desobediente cuando se le antojaba, pero dejar pasar al cura (por mucho que lo agradeciera) no parecía cosa suya.
— ¿Ahora hace allanamiento de moradas padre?
— El maletín tenía las llaves —le explicó sacándolo de detrás de sus piernas— Y la dirección —aclaró mientras él fruncía el ceño.
¿A eso fue a su casa?
— Déjelo en la puerta y váyase. —las palabras salen duras y lo lastimaban a él más que a nadie, ya que desde su garganta, la súplica peleaba por salir, pero solo se volvió a girar lleno de odio.
— Tony…
— Vete Parker. —gruñó apretando la botella entre sus dedos— Ya le entendí perfectamente padre.
Mientras su mirada se desenfocaba furiosa estudiando la ciudad, un fuerte golpe y posterior tirón en medio de su espalda lo arrojó hasta chocar contra la pared.
Jadeó por aire y sintió dos duras manos volverlo. Para su sorpresa, no sólo no había chocado contra una pared, sino contra el "frágil" cuerpo del cura y algo blanco (que conocía de sobra) estaba enredado en su ropa.
— No me llames "padre"… —susurró el cura mirandolo lleno de tristeza— No soy mas un hombre del señor.
Su mente, embotada por el alcohol y el suave aroma de Peter, estuvo unos segundos buscándole el sentido a esas palabras (ya que traía puesta la ropa de un maldito cura) mientras las duras manos lo soltaron.
Vio como Parker retrocedió dos pasos, nervioso e incómodo y agachaba la cabeza esquivando su mirada.
— Yo… espero que en tu Sede haya un cuarto para mí. Me quedé sin hogar y probablemente necesite un poco de apoyo mientras encuentro algo que hacer con mi vida.
Su cabeza se inclinó y sus ojos se abrieron, cuando (con un suspiro casi dolorido) Peter metió el dedo tras la tablita blanca en su cuello y la retiró.
— Lo siento mucho —mascullo dejandola caer al piso.
Sus hombros habían caído y en ese ínfimo gestó, alguna parte en su interior logró entender lo que veía. Aquella era una despedida, llena de la tristeza y el miedo característico. Dolorosa pero al volver a alzar los ojos, Peter lo miro con tanto optimismo que su mente se volvió a enredar. Brillantes, inmensos, asustados y de alguna forma, gritando que lo sostuvieran.
— Nunca quise mentirte, pero… este era mi secreto. —se explicó con impotencia.
La torturada mirada se clavó en la suya y poco a poco, fue retirándose la camisa, dejando expuesto el traje que él mismo había diseñado.
— No te merecías mis engaños, pero llevo años escondiendo esto y me… me daba miedo dejar que alguien más lo supiera.
Se estaba justificando, lo supo supo por su tono y su encorvada pose, por la mirada que le echó, por la lentitud con la que fue abriendo la camisa del todo, dejando que esta cayera al piso una vez que la sacó de sus pantalones.
— Tu me das miedo Tony —susurró soltando su cinturón— todo tú me asusta…
Bueno, lamentable no podía decirle que era correspondido o mutuo. Bajo su atenta mirada, el padre… no, Peter Parker, se sacó los zapatos y con ellos el pantalón, para quedar parado frente a él, únicamente con el ajustado (demasiado ajustado) traje, revelando un cuerpo tan perfecto que por unos instantes temió estar en medio de una pesadilla.
— Aquí estoy Tony, voy a pelear a tu lado. —murmuró poniéndose la máscara.
En su cabeza, que en general era un hervidero de pensamientos e ideas, reinaba el silencio y el entumecimiento.
Bajo la vista a la botella y agitandola un poco, constató cuánto líquido le quedaba. Había fuertes probabilidades de que se hubiera puesto demasiado borracho y ahora estuviera alucinando.
— No porque sea lo correcto. —aclaro acercándose un poco— Porque quiero hacerlo, quiero estar a tu lado… solo…
¿Se había vuelto loco?
— Tony, ten piedad de mí, no entiendo, yo nunca… nunca me había enamorado. Te cuidado con mi corazón —pidió con voz temblorosa.
Acortando la distancia, rodeándolo con los brazos, Peter logró despertarlo y su corazón automáticamente dio un vuelco empezando a latir furioso y enloquecido contra sus costillas.
— Ten cuidado porque te lo estoy entregando.
Aun sin poder articular palabras, alzó una mano (con increíble firmeza) y le arrancó la máscara, que se había acomodado sobre la cara poco después de decirle que se había enamorado. Esos preciosos ojos cafés lo miraban tan asustados como un conejo a un zorro, como un pobre y virgen cura a un maldito discípulo del mismo Lucifer, y pasó saliva sin poder aceptar aquello.
— ¿Tony?
— ¿Por qué? —masculló apretando su cintura, por si intentaba arrepentirse.
Había ido por voluntad propia al infierno, allí no soltaban a sus víctimas una vez que éstas atravesaban las puertas, muchos menos si eran tan deliciosas, como la que en esos momentos se removía incómoda bajo las palmas de sus manos.
— Porque el infierno está lleno de cobardes y… y yo no puedo seguir fingiendo que Dios es el centro de mi vida. —masculló con una sonrisa triste— No cuándo espero cada jueves para verte.
— Esto no tiene sentido. —susurró dudando un poco sobre su cordura.
— En lo absoluto señor Stark —concordó profundizando la tímida sonrisa— Pero… la vida nunca lo tiene. Siempre creí que mi misión era rescatarte. Desde hace meses sueño solo con una cosa, solo una. Dia, tarde y noche Tony, solo una. —las temblorosas manos le sujetaron las mejillas y arrastrando lentamente los dedos por sus labios, el padre Parker, se confesó con él— Quiero que me arrastres contigo al infierno.
Mirando fijamente como aquellas porciones de chocolate se volvían más oscuras contemplando su boca, se ahorró explicarle a Peter que si su jodido trasero tenía una misión en el mundo, no era rescatarlo, era demostrarle que era un maldito engreído y que Dios en verdad tenía que existir. Estaba muy seguro que el.mismo Diablo lo escondería en su morada y no lo dejaría salir.
— Entonces sujétese padre, por el viaje es largo y lleno de turbulencias.
Sin darle tiempo a que pudiera retractarse, lo abrazó completamente y acomodó su boca contra la de aquel sacrílego, que había logrado lo imposible: volverlo un creyente.
