Hola!!! Espero que os guste el capítulo, es algo corto y parece que no pega nada con la historia, pero si tiene que ver, ya vereís.

Takara es tesoro XD, o eso creo

II. Que tengas suertecita.

Miyako no podía dormir, como las otras noches anteriores, abrió sus pequeños ojos ámbar y miró por todas partes, ¿dónde estaba Takara? Miró por encima de las sábanas, nada. Se asomó debajo de la cama, nada tampoco. ¿Dónde se había metido? Se levantó despacio, y cuando por fin puso los pies en el suelo se frotó los ojos, y acto seguido se rascó la cabeza, dejando alborotado su oscuro pelo negro. Su pelo era rebelde, y normalmente a su madre le costaba horrores peinarla en condiciones, así que terminaba haciéndole dos coletas, que por una parte a ella le encantaban, ya que la dejaban correr libremente y subirse a los árboles sin preocuparse de engancharse el pelo. Pero esa no era la cuestión, no podía dormir, y no encontraba a Takara. Tenía un gran problema.

Con tan casi cinco años –como diría la propia Miyako- se le planteaba uno de las peores complicaciones: encontrar a su peluche favorito, Takara. Se lo regalaron cuando tan sólo tenía dos años, pero por esa edad ya estaba suficientemente obsesionada con los gatos, y cuando si tío se lo regaló, sólo había un nombre posible para la preciosa gatita –que según su madre es un gato- de peluche: Takara.

Sí, para Miyako, que tan sólo contaba con casi cinco años, ese peluche era su mayor tesoro, y por lo tanto se iba arriesgar al máximo. Le preguntaría a su madre dónde estaba. Sabía por propia experiencia que cuando no podía dormir y se ponía a vagabundear por la casa jugando su madre se enfadaba, por eso en una ocasión cambió su estrategia, y se puso a ver la tele, pero eso enfadó más aún a su madre. Así que llegó a la conclusión de que si se despertaba a media noche no haría más que abrazar a Takara y contar gatitos, –lo de las ovejitas se le quedaba ya corto- pero esa noche tenía un gran, gran problema, así que acudiría a su madre, esperando que estuviera despierta.

Abrió lentamente la puerta de su cuarto, intentando hacer el menor ruido posible, el pasillo estaba oscuro, le dio algo de miedo, pero luego pensó en Takara, tenía que encontrarla como fuera. Pero algo llamó su atención, había una pequeña luz encendida en el salón, seguramente sería el escritorio de su madre. Cogió fuerzas, se aventuró, y sí, efectivamente, su madre estaba mirando unos papeles muy interesada. Así que la niña puso la cara más lastimera que pudo y comenzó.

-¿Mami? -junto las manos, abrió mucho los ojos y cerró la boca fuertemente. Su madre levantó la vista de los papeles y frunció el ceño.

-¿Qué haces despierta Miyako? Es tarde y mañana tienes clase, -le reprochó pero con un tono afable.

-Lo se, mami –no paraba de poner esa cara que tantas alegrías le daba con su tío, pero con su madre hace tiempo que ya no funcionaba, ¿o realmente nunca funcionó?- pero no encuentro a Takara.

-Oh, eso es un gran problema, -sonrió, sabía que sin Takara le costaría mucho más dormir- vamos a buscarlo.

-Buscarla, es nena.

-Lo que tú digas.

Al poco tiempo, Miyako se vio entre los brazos de su madre, y comenzaron a buscar a Takara. Tampoco estaba en el sofá, ni en el sillón. El pequeño apartamento en el que vivían tan sólo contaba con dos habitaciones, un salón –que hacía funciones también de despacho y comedor, todo muy junto- un cuarto de baño y una pequeña cocina.

-¿Desde cuando no ves a Takara, Miyako?

-Hmmm –la niña puso su dedo en la boca, así hacía que estaba pensando, su madre tenía una sonrisa de oreja a oreja- no lo se mami. Me acosté con tanto sueño después del baño que no estoy segura.

-Pues miremos en el baño, -tan sólo un par de pasos le restaban- ¡bingo! –dejó bajar a la niña al suelo que corrió contenta.

-¡Takara! ¡Takara! –saltaba mientras la sostenía.

-Y ahora a la cama, Miyako –su madre estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una gran sonrisa en la boca.

-Si.

Y así ella solita, se dirigió a la puerta de su cuarto, que estaba justo enfrente al baño. Se subió a la cama y se metió en las sábanas. Su madre la arropó.

-¿Tienes sueño ya?

-No, mami.

-Bueno, -se encogió de hombros- ¿quieres que te cuente algún cuento?

-Sí, -dijo sonriente.

-¿Cuál? ¿Alguno de gatitos? –quizá su obsesión fuera algo preocupante, pero su madre no era quién para decirle nada.

-No, -contestó sin más, eso era raro, Miyako era muy habladora cuando tenía confianza o le gustaba alguien, salvo que no le gustara la persona era una niña realmente sonriente. Así que rara vez contestaba con monosílabos a su madre.

-¿Qué quieres Miyako? –su madre achicó los ojos, estaba casi segura de lo que le iba a pedir.

-Pues, quiero –antes de continuar se escondió un poco debajo de las sábanas, y apretó fuertemente a Takara- alguna historia de papi.

-¡Miyako! ¡Sí ya te las he contado todas mil veces! –se rió.

-¿No querrías alguna de gatitos?

-No.

-¿Conejitos?

-No, quiero historias de papá.

-¿Y no prefieres que te lo cuente el tío? Vendrá el sábado a verte.

-No.

-Te encantan sus historias.

-Si, pero mami –pensó un momento como decirlo- él las cuenta diferente a ti, y… -apretó mas a Takara.

-¿Y? –preguntó su madre divertida.

-Papi no es el mismo… es… diferente cuando lo cuenta él.

-No me digas, –su madre se rió- ya hablaré yo con él. Pero está noche, o historias de gatitos, o no hay trato, yo todavía tengo que hacer un par de cosas antes de dormir, Mikayo, y las historias de papi son muy largas.

-Vale, -contestó sin muchas ganas- de gatitos.

-Está bien, -se levantó y cogió un libro de cuentos algo ajado por el tiempo.

Una vez hubo acabado el cuento, Miyako ya estaba durmiendo sin problemas, con Takara muy abrazada a ella. Su madre sonrió, apagó la luz suavemente y le dio un beso en la frente. Salió de la habitación de la niña dejando la puerta entreabierta. Ya era muy tarde para acabar de mirar los papeles que tenía a medias. Suspiró al mirarlos, mañana lo acabaría como fuese. Apagó la tenue luz de su escritorio y sin querer miró por la ventana embelesada. Esa calma, esa tranquilidad que reinaba en su pequeño piso, y ese cielo azul oscuro, casi negro, sin luna y sin estrellas, le recordaba otros tiempos, en otros lugares, con otras personas. Pero ya era tarde, la noche apremia, así que siguiendo el ejemplo de su hija, se acostó.