II. ¿Buen samaritano?

Al abrir los ojos, durante algunos momentos Helga se sintió perdida, sin contar que la cabeza le dolía muchísimo y se sentía bastante mal.

Estaba acostada en una cama. Durante algunos momentos, consideró la posibilidad de haber soñado todo lo que había pasado el día anterior, que ella nunca se había escapado de su casa y que no había hablado con Arnold. Esa idea duró hasta que se dio cuenta que el lugar en que estaba no era el suyo, ni tampoco era el de Olga.

Se sentó con cierta dificultad, se sentía mareada. El cuarto no era muy pequeño, estaba decorado con papel mural lila que tenía algunas flores de colores claros. En el fondo había una cómoda y una silla al lado. El sonido de un instrumento la interrumpió de sus observaciones. Era un violín.

Aún un poco mareada, Helga salió del cuarto en el que estaba y siguió la música. Notó que estaba en un segundo piso, en una casa que, según ella, estaba muy bien decorada.

Tratando de no hacer ruido, Helga bajó las escaleras, y notó que la música provenía de un salón a la izquierda, caminó hacia él.

Era un cuarto grande, con sillones y muebles de lo más elegantes. En el centro, había un hombre maduro tocando el violín.

-Veo que ya estás mejor- le dijo el hombre, sin mirar directamente a Helga.

-¿Quién es usted?- le preguntó la muchacha.

-Soy el dueño de casa- le contestó, mirándola con una cálida sonrisa -y también del pórtico en donde estabas hace dos noches.

-¿Dos... noches?- preguntó ella, con un hilo de voz. ¿Cuánto habrá dormido?

-Sí- asintió él, dejando de tocar -esa madrugada te encontré en el pórtico, tenías mucha fiebre y estabas empapada, así que con la ayuda de María te dejamos en el cuarto y llamamos a mi doctor personal, que dijo que tenías neumonía. a todo esto, no deberías estar en pie, al menos hasta la próxima semana.

El hombre volvió a tocar el violín, olvidándose de Helga rápidamente. La chica continuaba de pie, mirando al tipo y tratando de procesar lo que él le había dicho.

De pronto, la puerta de la calle se abrió y Helga vio entrar por ella a una mujer no muy joven, de cabello negro tomado en un tomate. Se notaba muy seria.

-¿Qué haces levantada?- le preguntó seriamente a Helga, acercándose a ella -debes ir a acostarte, aún no mejoras del todo bien y no sería nada bueno que te diera una recaída.

La mujer se acercó a Helga, y ésta a pesar que quiso protestar, no fue capaz de hacerlo. La cabeza le dolía demasiado y estaba débil, así que se dejó guiar por ella y llegó nuevamente al cuarto.

-¿Eres María?- le preguntó Helga, una vez que estaba acostada.

-Sí, soy la que ayuda al señor Mark Baldwin- contestó la mujer.

-¿Algo así como su criada?- preguntó Helga, y notó que María se ponía bastante más seria.

-No me gusta llamarlo así, pero es verdad- contestó María, notándose incómoda -¿y usted se llama?

-... Helga- contestó la chica, dudando un poco -usted...

-Muy bien, señorita Helga- la interrumpió María -usted ayer estuvo todo el día con fiebre, delirando, así que durante una semana permanecerá en cama, y si es necesario, se quedará más días. ¿Tienes hambre?

-Eh... no...

-Bueno, de todas formas le traeré un poco de sopa, no has comido nada- replicó María, caminando hacia la puerta.

-Espere, María- dijo Helga, la mujer la miró -¿es que... no me va a preguntar nada?

-Yo no soy quién para preguntar- contestó María -lo que hizo... habrá tenido sus razones.

María salió del cuarto, dejando a Helga sola... y confundida.

No entendía muy bien qué hacía ahí, y mucho menos entendía por qué ellos la estaban ayudando sin hacerle ninguna pregunta. Pero al menos, no tenía de qué quejarse. Lo peor de todo era que estaba enferma, pero al menos tenía comida y techo, que era lo más importante.

A los minutos llegó María con una bandeja en sus manos, y en ella, un plato con sopa, jugo y pan.

-Aquí tienes- le dijo -trata de comer lo que más puedas, para que te repongas. El doctor dijo que una de las razones por las que pudo darte neumonía fue porque estabas comiendo mal.

Helga pensó que en parte, el doctor tenía razón. Por la llegada de Olga a la casa, la chica trataba de estar lo menos posible ahí, por lo que se saltaba algunas comidas.

Mientras comía, María la acompañó, por lo que Helga aprovechó de hacerle algunas preguntas.

-¿El señor Griswold tiene familia?

-Sí, si tiene- contestó María -pero no me corresponde contarte lo que ocurrió con ellos.

Prefirió no volver a preguntar. Después de comer un poco, María la volvió a dejar sola. La chica se pasó casi toda la tarde durmiendo, ya que aún se sentía enferma.

Pero mientras estaba despierta, pensaba. ¿Qué estarían haciendo en la casa los Pataki¿Se habrán dado cuenta de que ella se fue de la casa¿cómo habrán reaccionado cuando se dieron cuenta que ella no estaba ahí?. Recordó el Día de Acción de gracias, en el que ella decidió irse... al volver, se dio cuenta de lo preocupados que estaban. Como pocas veces, se sintió en familia, en su casa... pero como suele ser todo en su vida, no duró mucho.

"Pero al menos lo viviste" pensó, mientras miraba al techo.

De pronto, tocaron la puerta. Después que ella indicara que podía pasar, se asomó Mark.

-¿Cómo te has sentido?- le preguntó él, acercando una silla a la cama.

-Ya estoy mejor- contestó Helga -muchas gracias por todo.

-De nada- sonrió él -Mi nombre es Mark Griswold. ¿Cómo te llamas y qué hacías a esa hora de la calle sola?

-Soy... Helga Pataki- contestó ella, bien bajito -y... me fui de la casa...

-Ah, ya veo, con que te fuiste... ¿puedo preguntarte la razón, Helga?

Ella lo miró con desconfianza. Estaba bien, se estaba quedando en su casa, pero Helga consideraba que preguntar eso no correspondía.

-A usted no le interesa saberlo- contestó ella, completamente a la defensiva -eso es algo que tiene que ver sólo conmigo.

Helga notó que Mark sonrió, pero no era risa ni burlona ni divertida, sino triste, lo que le pareció de lo más extraño, dado que él no tenía nada que ver, o al menos eso era lo que ella suponía. Por momentos, tuvo ganas de saber la razón de ese gesto.

-Puede que tengas razón¿sabes?, en eso que yo no tengo que meterme en tu vida y todo ese discurso que le dan los jóvenes a sus padres, pero aún así, no pierdes nada con contarme lo que te ha pasado, después de todo, te estoy ayudando.

-Ah, entonces quiere como paga mi vida¿no?- preguntó Helga con brusquedad. Mark rió levemente.

-Para nada, Helga- contestó él -pero hay que reconocer que en ocasiones tener con quien conversar las cosas ayuda de verdad¿no crees?

Helga se quedó en silencio. Sí, Mark tenía razón, pero ella a la persona que le contaba todo era a su mejor amiga, a Phoebe, que en esos momentos quizás estaba triste por su decisión, pero en parte, estaba segura que la entendería... o al menos eso esperaba.

-Bueno, mejor no te presionen- dijo Mark -te puedes quedar hasta que te mejores y luego continuar tu camino, sólo si lo deseas... también tienes la posibilidad de quedarte acá con María y conmigo, hasta que decidas volver a tu casa.

-Señor Griswold...- lo interrumpió Helga cuando él iba saliendo.

-Llámame Mark.

-Eh... está bien, Mark... ¿por qué hace esto?

-¿Ayudarte?- preguntó él, Helga asintió -bueno... digamos que sólo soy un buen samaritano... ¿o acaso no conoces a gente que realiza buenas acciones de manera desinteresada?

Helga no contestó, recordando inmediatamente a Arnold... él era así.

-Que tengas buenas noches, Helga.

Mark abrió la puerta y sonrió un poco al ver al otro lado. Antes que Helga le preguntara qué vio, él se volvió hacia ella.

-¿Te gustan los gatos, Helga?- le preguntó.

-Eh... algo...

-Bueno, de todos los que tenemos en la casa, éste que viene es especial- dijo Mark, dejando pasar a un gatito chiquitito, que fácilmente cabía en la palma de su mano. Era de color amarillo -si quieres te lo puedes quedar.

-¿De verdad?- sonrió Helga, aún no muy convencida.

Mark tomó al gatito en brazos y se lo entregó, Helga sonrió al recibirlo y lo acarició.

-Piensa en un nombre- le dijo, caminando a la puerta.

-Ya lo tengo- dijo ella -se llamará Mantecado.

-¿Mantecado? Je, es uno de los nombres más originales que he oído. Buenas noches, Helga.

Mark salió del cuarto, dejando sola a Helga con Mantecado, que se acurrucó a su lado en la cama, dispuesto a dormir.

-Je, Mantecado...- murmuró ella, recordando a alguien -¿cómo estará ahora?

Helga vio que en la silla al lado de la cómoda estaba su mochila, la chaqueta y el paraguas de Arnold. La chica se levantó y fue hacia allá.

Abrió la mochila y vio lo que tenía. Cuando se fue estaba tan apurada que al final no se dio cuenta muy bien lo que se llevaba. Sonrió cuando vio que había echado una pequeña fotografía de la Preparatoria 118, en donde estaban sus compañeros de clase, sonriendo.

Por momentos, se preguntó cómo habrían reaccionado sus compañeros, Phoebe, Arnold, e incluso la desagradable de Lila... ¿se habrían sentido más tranquilos, o preocupados?

Otra cosa que encontró fue un cuaderno que usaba para escribir sus poemas a Arnold u otras cosas de él que se le ocurrían. Entre sus páginas encontró una fotografía. La tomó en sus manos.

En ella estaba la familia Pataki. Bob, Miriam y Olga abrazados, sonrientes, felices... y un poco apartada de ellos, estaba Helga, seria, con los brazos cruzados y sólo queriendo irse de ahí.

"No entiendo cómo no puedes ser la mitad de lo que Olga es, no puedes compararte con ella" la voz de Bob retumbó en su mente "Lástima que seas así, no entiendo cómo, si ha pesar que no deseábamos tener más hijos, te criamos igual que a Olga"

Helga sintió que la rabia volvía a crecer dentro de ella al recordar lo último que le dijo Bob, y sabiendo que no podía hacer más, arrugó la foto y la metió en su mochila.

-Pero ya no más- murmuró, volviendo a la cama -esa vida se acabó.

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Hola!!! Les quiero agradecer a tooooodos los que dejaron sus comentarios. Muchas gracias, y espero que este capítulo también les haya gustado

Saludos!!!!!!!!!!