Métete San Lorenzo por...
Porque Helga no tiene ningún problema en decirle a Arnold su opinión sobre San Lorenzo. Una serie de historias no relacionadas en las que Arnold se va, Helga se queda y de su reencuentro.
DISCLAIMER: Ninguno de los personajes del universo de Hey Arnold! me pertenece.
ADVERTENCIA: ESTE CAPITULO CONTIENE ABUSO. LEA BAJO SU PROPIO RIESGO.
II Buena actitud
Por algún extraño motivo, Arnold tiene el poder de cambiar la mala actitud de Helga, a tal punto que la chica es un angelito en clases. ¿Usará chantaje? A los maestros no les importa, pero sus compañeros se mueren de curiosidad. —Hoy, Helga. Después de clases en mi habitación y no olvides llevar todas tus cosas.
—¡Apártate de mi camino, zopenco!
La chica golpeó con la punta del codo el brazo de un escuálido estudiante de primer año. ¿Le importó? No. ¿Alguien intentó hacer algo para detenerla? Jamás. Por supuesto que nadie se atrevería enfrentar a Helga G. Pataki.
En cualquier circunstancia, decir que todos le tenían miedo no sería exagerar, porque hasta el matón más grande de la secundaria se escondía al ver a la rubia avanzar con su fuerte paso. Los maestros también rehuían hacer contacto visual con ella, a pesar de ser una alumna brillante, ningún profesor se atrevió a apoyarla más allá de las clases regulares, y era una lástima porque cerebros como el de Helga era de uno en un millón. Desafortunadamente, la adolescente les daba demasiado pavor como para acercarse a ella y ya tenían suficiente con un aula de una treintena de alumnos para intentar cruzar los muros que ella había puesto a su alrededor, aunque a pesar de su aprensión de tenerla en alguna de sus clases, apreciaban su presencia, ya que el resto de la clase apenas respiraba para evitar molestarla de alguna manera y así despertar su ira.
Helga reinaba la secundaria con miedo debido a su mala reputación. Ella era alguien con quien evitas todo contacto visual en sus mejores días y en los peores… aprender a teletransportarse no sonaba una idea tan descabellada con tal de desaparecer de su camino.
Helga era mala, agresiva y una completa marimacho que no dudaba dos veces en volarle los dientes a quien se le cruzara, como bien lo sabía un chico que había perdido sus incisivos contra la vieja Betsy y los cinco vengadores durante la escuela media. Nadie nunca olvidaría el rostro despavorido y bañado en sangre de Richard Jones siendo atendido por paramédicos y el rostro enloquecido del terror rosa siendo llevada por la policía.
Arnold escuchó aterrado el relato de sus amigos, él solo había regresado hace un par de días después de una larga ausencia de cinco años. Se había tenido que mudar junto a sus padres a mediados del séptimo grado. Pasó mucho tiempo antes que pudieran abandonar el país centroamericano, sin embargo, tuvo suerte que sus progenitores lograran solucionar todo para poder volver a Hillwood y cursar el último año de la secundaria con la vieja pandilla, pero ahora que regresaba se sintió arrepentido por no haberse asegurado de mantener el contacto con los muchachos, en especial con su exnovia.
—Te lo digo, muñeco. No es la misma Helga de hace unos años —Rhonda estaba poniendo al día a Arnold después que preguntara por qué la chica rubia no fue invitada a su fiesta de bienvenida.
—Rhonda tiene razón, amigo. Es una perra salvaje que te volará los dientes ante el primer descuido —Sid le dio un trago a la lata de cerveza que tenía en la mano ignorando el ceño fruncido que le dio Arnold ante sus palabras—. Más te vale que te mantengas alejado de ella.
—Ella no puede ser tan mala…
—Créelo, Arnie —Gerald se acercó al ver el pequeño grupo que se estaba formando. Ya le preocupaba que su mejor amigo estuviera buscando a alguien en particular—. Esta chica no tiene ningún lado bueno, y si te intentas acercar, solo saldrás lastimado tanto física como mentalmente.
Arnold no podía creer eso. Durante el año que fueron novios aprendió mucho sobre Helga y se dio cuenta que toda esa fachada de abusiva era solo eso. Ella podía agitar el puño en amenaza, sin embargo, escribía amorosa poesía, podía ser gruñona y aun así apoyar al grupo, podía poner sobrenombres molestos, pero siempre se preocuparía de sus amigos. Fue una curva de aprendizaje dura para un preadolescente, sin embargo, valió la pena todos los momentos que compartieron juntos.
—Bien, viejo. Sé que siempre quieres ver el lado bueno de todas las situaciones y sé que Helga aún es importante para ti, pero ella ha cambiado y no para bien —A pesar de los años distanciados, Gerald aún podía ver al solucionador de problemas que siempre había sido su mejor amigo—. No estamos hablando de una chica que es mandona y dice nombres tontos. Ella es lo suficientemente cruel para hacer llorar a su mejor amiga.
Arnold abrió los ojos sorprendido ante las palabras del chico porque la única otra persona en el mundo por la que Helga prefería perder un brazo antes que lastimar era Phoebe.
La aludida bajo la cabeza aún con la mano en la sudadera de su novio intentando evitar en vano que trajera a colación ese doloroso suceso. Todavía se sentía lastimada por el ataque verbal del que había sido blanco por la que había considerado su mejor amiga por más de una década.
Fue una completa casualidad el cómo toda la pandilla fue testigo de los insultos de Helga contra la pequeña adolescente, terminándose de ganar el odio y el rechazo de los que alguna vez consideró sus amigos.
—Entiende, Arnold. Nosotros hemos tenido todo este tiempo para acostumbrarnos a Helga Pataki y sé que a ti te debe doler más que a nadie que ahora sea una perra sin sentimientos, pero también sé que eres terco, amigo —El muchacho moreno se pasó la mano por el cabello recortado—. Por eso espero que pienses muy bien las cosas antes de intentar involucrarte con ella.
Después de todo eso, Arnold ya no se sentía con ánimo de estar en la fiesta. Así que, sin poder evitarlo, miró una y otra vez el reloj esperando que fuera una hora adecuada en la que pudiera marcharse sin mostrarse mal educado con los muchachos que se habían esforzado en organizar todo para su bienvenida, no obstante, mientras pasaron los minutos, la sensación de incredulidad inevitablemente creció en la boca de su estómago. No importaba cuantas veces escuchó a Helga ser llamada perra, no lo podía creer y silenciosamente comenzó a idear un plan para acercarse al terror rosa.
—¡Aléjate de mí, cabeza de balón! —Helga le gritó enfurecida a Arnold quien por quinta vez en el día le estaba bloqueando el paso.
Todo el mundo a su alrededor estaba disimuladamente pendiente de lo que pasaría con el pobre chico con cabeza de balón. Algunos tenían el dedo listo para marcar a la ambulancia, otros a la policía y los más fatalistas a la morgue porque no había manera en que "el recién llegado" dominara a la bestia sin ningún rasguño… o eso creyeron, porque sonó el timbre que marcaba el siguiente período, e increíblemente la temida Helga simplemente golpeo con el talón el piso frustrada antes de escapar de ahí dejando a todos confundidos por su reacción.
—¡Métete San Lorenzo por el…
—Helga... —La voz de Arnold fue firme y con un pequeño deje de advertencia, sin embargo, la sonrisa en su rostro le restó todo tipo de amenaza.
Muchos tragaron saliva pensando que él no se salvaría esta vez de ser asesinado. Nadie, absolutamente nadie, amenazaba ni siquiera en broma a Helga G. Pataki y salía sin lesiones, si no lo creían, pregúntenle a Charles Lacroze quien intentó hacerse el gracioso y ahora su nariz iba por la tercera operación.
—Yo… —Helga suspiró cansada con voz suave simplemente se disculpó—. De acuerdo —O casi, pero fue mucho más de lo que alguien consiguió en los últimos cuatro años.
Este definitivamente era el final para el chico nuevo y con chico nuevo no se referían a Arnold, sino que a otro niño que había llegado ese mismo día de intercambio.
Helga estaba empapada de la cabeza a los pies con agua sucia proveniente del cubo que había estado utilizando el conserje para limpiar el piso, y que casualmente había terminado sobre la adolescente por la torpeza de un chico que en vez de mirar al frente estaba mirando el post-it, intentando descifrar los números de su nuevo casillero.
Claro que Helga ya no se veía tan intimidante pareciendo un cachorro mojado… el aura que irradiaba seguía siendo lo suficientemente amenazadora para hacerle entender a todos los presentes que ese sería el primer y último día del estudiante.
El chico que provocó el accidente salió de su estupor para acercarse a socorrer a la "pobre" chica empapada con agua sucia, y sin saber quién era ella, la admiró con poco o casi nada de disimulo.
—L-lo lamento —se disculpó tartamudeando y con las mejillas rojas al observar cómo la playera se transparentaba dejándole ver la silueta de su sujetador—. Soy Steve Brown.
El ambiente era tenso, Helga no había dicho ni una sola palabra y muchos de los presentes casualmente recordaron la letra de una canción que se había transformado en meme.
Steve nunca había visto una chica tan impresionante como la que tenía enfrente, ella era alta y le sacaba por lo menos una cabeza, su cabello era de un color rubio dorado como los rayos del sol, sus labios eran llenos y evocadores y el color de sus ojos eran tan azules como el cielo.
El chico, intentando ser gentil, tomó delicadamente la muñeca de Helga para que esta lo acompañara, sin embargo, de un momento a otro se quedó sin aire al sentir su espalda chocar con dureza contra el frío metal de los casilleros que estaban tras de él.
Ella estaba levantándolo del suelo con la mano opuesta desde el cuello de su camisa y a pesar de la ira que demostraba no pudo evitar pensar que ella era aún más bonita de cerca.
—¿Quién mierda crees que eres, hijo de p…
Ahora fue el turno de Helga el quedarse sin aliento al sentir como una mano grande rodeaba su cintura y la obligaba a soltar al chico que estaba amenazando.
—Helga, no lo hagas —susurró en voz baja la voz ligeramente ronca de Arnold contra su oído haciendo que su cálido aliento acariciara la piel de su nuca.
—¡Él me atacó primero!
—No te estaba atacando, cariño —Sintió las palabras de Arnold recorrer su columna vertebral—. Solo fue un accidente —Arnold llevó su mano libre hasta el puño que sujetaba firme al otro muchacho y retiró los dedos de la chica rubia uno por uno mientras que con la mano que tenía en su cintura la acariciaba gentilmente—. Buena chica —susurró Arnold cuando logró alejar a Helga del otro niño.
Arnold sabía que Helga aún estaba enojada y asustada. Ese chico que ahora estaba sentado en el suelo había traspasado el espacio personal de su novia y no solo eso, sino que la había hecho verse vulnerable ante otras personas.
—Ya, nena —Arnold pasó la mano por la espalda de Helga mientras la besaba repetidamente en la frente—. Oye… —le susurró.
—¿Qué quieres? —respondió sin abrir los ojos sintiéndose por primera vez calmada.
—Estás mojada.
Helga sintió las mejillas sonrojadas ante las palabras del chico que la abrazaba.
—¡No lo estoy!
—¿Cómo qué no? —preguntó Arnold confundido—. Mira tus ropas.
Helga se miró la playera que se aferraba húmeda y apestosa contra sus curvas, recién entendiendo lo que Arnold había dicho.
Al ver como Helga intentaba taparse con los brazos, Arnold rápidamente se sacó su camisa de franela roja para que la chica la utilizara.
—Gracias —Helga sintió como la calidez de la camisa de Arnold la envolvía, casi embriagándola.
—De nada —Arnold posó su mano izquierda sobre la espalda baja de la chica. Ambos caminaron juntos dejando anonadado a todos los presentes sin entender porque el tal Steve Brown seguía intacto.
Todos los maestros se dieron cuenta del poder que tenía Arnold sobre el terror Pataki y sin estar realmente interesados en qué truco utilizaba, decidieron que ambos tendrían todas sus clases juntos, sin excepción y lado a lado si era necesario. Por supuesto que su mala actitud no se fue de la noche a la mañana, pero de todas formas agradecían poder respirar sin miedo a su alrededor.
Arnold apoyó la mejilla sobre la palma de su mano mientras miraba a su novia leer en voz alta. Una vez que ella terminó de recitar su ensayo, todos los presentes aplaudieron, o casi todos porque solo sus amigos de la infancia aún eran lo suficientemente escépticos para creer en el cambio de Helga y eso le molestaba mucho, pero ya tenía un plan para arreglar las cosas.
—Eso fue realmente hermoso, Helga —La tutora de inglés, que era una mujer muy anciana con el cabello gris y los labios pintados de rojo, continuó aplaudiendo por el trabajo de su alumna favorita en tanto se acercaba para poder hablar con ella.
—Gracias, señora Johnson. Aunque no es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —repitió casi ofendida la mujer—. Eres un tesoro, Helga. Sé que serás grande, más grande que Shakespeare y por eso me gustaría que vinieras conmigo. Una vez que termine las clases, hay alguien a quien quiero presentarte.
La joven miró interrogante a la mujer y luego a su novio quien estaba lo suficientemente cerca para escuchar las palabras de la profesora, no obstante, él simplemente se encogió de hombros en respuesta a la muda pregunta que le hizo la chica.
El timbre sonó justo en ese momento haciendo que Helga se sobresaltara antes de sentarse confundida.
—¿A qué crees que se refirió con eso?
—No tengo idea, pero creo que parece algo muy importante —Arnold acomodó un par de cabellos que se habían soltado de la cinta para pasarlos sobre su oído—. Deberías ir.
—Pero… recuerda que habíamos acordado hacer hoy el trabajo de química.
—Cariño, eso puede esperar. Tengo la corazonada de que esto puede ser clave para tu futuro.
—De acuerdo —Helga, aún confundida, le dio un beso rápido en los labios a Arnold antes de caminar tras su maestra que la estaba esperando junto a la salida.
La mujer, al ver el intercambio amoroso entre los jóvenes, se alegró que ese chico haya llegado a la vida de su alumna estrella; siempre supo que tenía un gran potencial, pero con la actitud que mostraba antes no se atrevía a hacer mucho por ella.
Ese chico la transformó en un angelito, y aunque no le interesaba saber qué es lo que había hecho, también tenía un par de planes para él. Con un poco de ayuda ambos irían a la misma universidad con una beca lo suficientemente buena para que no se tengan que preocupar más que de estudiar.
—¿Vamos, Helga?
—Sí.
Ambas mujeres estaban a punto de emprender su marcha cuando la voz de Arnold llamó la atención de Helga.
—Espéreme un segundo.
—Claro, querida.
Helga solo entró la mitad del cuerpo por el umbral de la puerta, congelándose por unos segundos al ver a Arnold sentado muy cerca de la vieja pandilla.
—¿Qué pasa, cabeza de balón? —preguntó ignorando a las otras personas en la sala.
—Hoy, Helga. Después de clases en mi habitación y no olvides llevar todas tus cosas —declaró Arnold con una voz ligeramente ronca, rica y acaramelada que recorrió su columna vertebral, provocando que se le hiciera agua la boca.
—Cla… claro, Arnoldo.
No podían creerlo. ¿Qué fue todo ese intercambio? No. No era solo ese intercambio, sino todo lo que había pasado desde el día uno en que Arnold había ingresado a la secundaria.
Él se mostró audaz y atrevido con Helga, asechándola, haciéndola enojar, buscando presionar todos sus botones sin importar cuantas veces ella lo empujó, lo hizo caer y le gritó. Arnold siguió, siguió y siguió perseverante hasta que de un día para otro cruzaron los pasillos tomados de la mano.
Helga, quien solía caminar encorvada con pasos apresurados y amenazantes, ahora cruzaba los pasillos con la cabeza en alto y pasos firmes. Ella que solía chirriar la silla contra el piso para luego sentarse con las piernas cruzadas sobre el pupitre, ahora solo movía silenciosamente el asiento y se dejaba caer con un suave "auch", y no era solo eso, sino que dejó de lado la sucia gorra gris que llevaba sobre el pelo y la cambió por uno de sus antiguos lazos rosas, y todos esos cambios, ¡en menos de tres meses!
¿Qué era lo que había hecho Arnold para transformar a Helga?
Todos eran demasiado entrometidos para dejar pasar la oportunidad de saber qué era lo que ellos harían en la habitación del muchacho, así que casi sin pensarlo se organizaron para ir a espiarlos cuando ellos estuvieran ahí.
Habían esperado por aproximadamente cuarenta minutos y hasta el momento al único que habían visto era a Arnold acomodar su silla frente al sofá rojo que estaba en su habitación.
—Me duele la espalda —reclamó Harold intentando aliviar la zona adolorida por todo el tiempo que habían permanecido sobre su estómago.
—Habla más bajo —regañó Rhonda con un susurro al chico que estaba a su lado.
—Ya entró Helga —señaló Gerald llamando la atención del resto.
—¿Qué esperas? Enciende esa cosa para que podamos escuchar lo que pasa.
Una vez que cerró la puerta, Arnold se acercó a Helga para abrazarla y definitivamente no pasó desapercibido para ninguno de los observantes que el chico le dijo algo al oído y como respuesta ella asintió.
Helga se separó del muchacho para sentarse en el sofá mientras que Arnold se sentaba a la silla.
—¿Estás realmente segura de que quieres hacer esto?
Helga rodó los ojos ante la pregunta del muchacho.
—Claro que lo estoy, melenudo. Además, ¿no fuiste tú el que me repitió hasta el cansancio que esto me ayudaría?
—Sí y aún lo creo, pero si no estás preparada… —el chico se detuvo unos instantes—. Podemos simplemente hacer la tarea y ya.
—No, Arnoldo. Haremos lo que tenemos que hacer aquí y ahora.
—Bien.
—¿Ya van a tener sexo? —preguntó Stinky.
—Cállate. Eso no es a lo que vinimos —susurró Rhonda con voz claramente indignada.
—¿Qué? ¿dije de malo? —El chico se rascó la cabeza—. Es lo que todos estaban pensando, ¿no?
Todos se ruborizaron dándole la razón al pensamiento inicial, porque hasta el momento lo único que habían escuchado por el transmisor era a Helga contarle a Arnold lo mucho que lo extrañaba cada día.
—Fue cuando apareció ese chico…
—¿Richard Jones?
—Sí —asintió Helga conteniendo la bilis en la garganta—. Todos decían lo genial que era por ser de la secundaria, pero a mí me daba mala espina. Su mirada me incomodaba y cuando se los dije a los muchachos me respondieron que solo me estaba imaginando cosas.
Helga sabía que no estaba siendo paranoica; ese chico no paraba de mirarla, seguirla fuera donde fuera y de aprovechar cualquier oportunidad de rosarla o tocarla. El único que se dio cuenta fue Brainy e intentó pasar a su lado todo el tiempo posible para que no estuviera sola, pero sus horarios eran completamente distintos.
—¿Se lo dijiste a algún maestro?
—Sí, pero nadie me creyó. Sé que fue uno de los chicos más inteligentes de su generación y no querían que la reputación de la escuela se viera manchada, así que solo dijeron que yo lo provocaba con la forma que me vestía.
Los muchachos se quedaron paralizados al escuchar la voz de Helga. Su tono era vacío y carente de sentimientos. Hablaba como si nada de lo que estuviera contando le hubiera pasado a ella.
Todos podían recordar esa época, salían mucho y tuvieron nuevas adiciones a la vieja pandilla de la 118. Algunos de ellos duraron más, otros menos, no obstante, hubo uno en particular que destacó sobre el resto y ese fue Richard Jones. Un chico maduro, inteligente y muy carismático que iba a la secundaria, pero que trabajaba a medio tiempo en su escuela. Estaban realmente alagados que él quisiera pasar tiempo con ellos, y con su personalidad supo ganarse a casi todos los miembros de la pandilla. Siempre fue un chico amable que no tenía reparo en invitarlos a lugares o comprarles cosas, y por eso nunca pudieron entender la actitud de Helga o por lo menos eso fue hasta ahora.
Los adolescentes se pusieron pálidos al escuchar como Helga relataba el constante acoso que sufría por parte del muchacho mayor y cómo la hacía sentirse avergonzada de su cuerpo en desarrollo.
—Nadie me escuchaba y él era lo bastante inteligente para que no se dieran cuenta de lo que me hacía.
—Helga, está bien. No tienes que volver a pasar por esto si no quieres.
—No, quiero continuar —Helga se sintió reconfortada entre los brazos del muchacho, sintiendo su aroma y su calor—. Solo necesito que me abraces un poco más antes de seguir.
—Todo el tiempo que necesites, mi amor.
—No creo que sea correcto que sigamos escuchando —dijo Lila luciendo su rostro completamente pálido.
Todos sentían una extraña sensación de irrealidad, entre sorprendidos y aturdidos porque jamás pensaron que la fuerte Helga G. Pataki, quien los había molestado desde que eran unos niños y aterrorizado en los últimos años, se pudiera ver tan indefensa.
—Si nos levantamos ahora sabrán que estábamos espiando —susurró asustada Nadine.
—Pero no es justo para ellos que violemos su privacidad —dijo Phoebe con un claro tinte de angustia en la voz.
Ninguno estaba preparado para escuchar lo que venía.
—Ese día…
Helga recordaba bien aquel día. Había intentado convencer por milésima vez a Phoebe, casi rogándole que la esperara junto a Gerald. No quería estar sola. No le gustaba reconocerlo, sin embargo, tuvo que tragarse su orgullo admitiendo que le aterraba la idea que él estuviera esperándola.
—Eres mucho más fuerte que la media y creo que es lindo que intente ser tan amable contigo — Phoebe estaba escribiendo en la pantalla de su teléfono, apenas prestándole atención, mientras decía esas palabras.
—Por favor, Phoebe. Solo espérenme unos minutos fuera del gimnasio. Prometo terminar rápido para que puedan llegar al cine a tiempo —dijo Helga casi suplicándole a Phoebe.
La chica de cabello negro rodó los ojos fastidiada mientras se detenía de mensajear a su novio.
—En serio, Helga. Solo porque Arnold se haya mudado de país no significa que tengas que alejar a todos los chicos que se muestren dulces contigo.
—¡Él es mucho mayor que nosotros, Phoebe! ¡Y me está acosando!
—¿No crees que estás siendo dramática? —Phoebe le envió un par de emojis más a Gerald antes de enfocar su mirada en Helga—. Mira, porque tú hayas acosado a Arnold en el pasado no significa que ese chico lo esté haciendo ahora contigo, además sabes bien lo mucho que hemos esperado para ver esta película. ¿No puedes pedirle a otra persona que te espere?
—Estaba tan enojada que simplemente dejé a Phoebe sola y me fui a la clase de gimnasia. Me sentí aliviada cuando me di cuenta de que él no estaba entre las gradas como siempre lo hacía y creí que quizás Phoebe y los muchachos tenían razón y todo estaba en mi mente…
Helga después confirmaría que no había estado equivocada.
Gerald miró a su novia taparse la boca con ambas manos. Estaba seguro de que ella no se había percatado que estaba llorando. Él también se sentía aturdido al escuchar las palabras de Helga. ¿Cómo pudo haber pasado todo eso a solo un paso de ellos y nadie darse cuenta? ¿Habían estado tan obnubilados con ese chico y todas esas cosas geniales que hacía y decía que simplemente ignoraron a su amiga?
Phoebe estaba paralizada, recordando como si viera una película antigua los sucesos de ese día.
Durante la siguiente hora, Phoebe se había sentido un poco culpable de rechazar la petición de Helga, pero a pesar de eso no tenía intención de ir al gimnasio para esperarla, porque después de todo, fue su culpa por haber sido la única que rechazó las entradas que tan amablemente Richard les había regalado a todos.
No podía entender la sicosis de Helga con el chico mayor, a todos le caía muy bien y era muy inteligente. Él tuvo la amabilidad de regalarle un libro de preguntas y respuestas muy avanzado que la había ayudado mucho. Lo mejor que podía hacer era dejar de pensar en eso y así podría disfrutar de una divertida tarde con su novio que la estaba esperando a solo un par de pasos.
Phoebe se detuvo extrañada al escuchar un par de sirenas cerca. ¿Habría pasado algún accidente? Sin poder evitarlo, caminó siguiendo a los curiosos junto a Gerald. En el camino se toparon con los otros miembros de la pandilla que se dirigían rumbo al gimnasio.
Lo que vieron los dejo asombrados. La camiseta de Helga estaba impregnada en sangre, siendo sujetada por un par de policías. Por unos instantes sintió miedo por su amiga hasta que escuchó el grito de dolor de un chico.
Richard Jones estaba junto a un par de paramédicos. La parte inferior de su rostro hinchado estaba bañada en sangre que fluía desde la nariz y la boca.
Arnold no regresó a la silla, sino que se quedó al lado de la adolescente que se aferraba temblorosa a su mano.
—Le pedí a Phoebe que me esperara porque sabía que él había escuchado cuando la maestra mencionó que yo sería la encargada de los utensilios de la próxima clase —Helga se detuvo unos momentos para inhalar y exhalar con el fin de calmarse—. No tenía miedo de que pudiera intentar algo si Phoebe estaba ahí. Él siempre se preocupaba que nadie notara lo que hacía, en una ocasión dijo que disfrutaba ver mi cara de angustia al ver que no me creían.
Helga no había querido hablar con sus padres lo que estaba pasando en la escuela; tenía miedo de que, si les contaba, ellos también la culparían, además nunca había tenido suficiente confianza para hablar de este tipo de cosas con ellos. Todo lo que sabía lo había aprendido en la escuela, con sus amigos, en revistas e internet.
—Me quedé guardando los implementos mientras los otros alumnos fueron a cambiarse. Estaba tranquila porque él no había dado ninguna señal y no sé… me confié, así que decidí que a pesar de estar sola utilizaría las regaderas.
Antes de sacarse la ropa, Helga intentó abrir las duchas, no obstante, la llave estaba atascada y se negaba a cooperar. Estaba tan ensimismada con esa tarea que no notó a la persona que había entrado y cerrado la puerta hasta que él estuvo respirando en su garganta.
Helga entrecerró los ojos molesta pensando por unos segundos que era Brainy, así que casi por acto de reflejo levantó el puño sobre el hombro, solo que esta vez una mano fuerte la atraparía y la obligaría a bajarla hasta la espalda.
—Hola Helga… ¿Me extrañaste?
—Me comenzó a tocar por todos lados y no importaba cuanto intentara alejarlo era mucho más fuerte —La voz de Helga nuevamente se escuchaba vacía, ajena a lo que estaba narrando—. Sabía que era imposible que nadie más estuviera ahí, era viernes y el timbre de salida había sonado hace mucho tiempo… —Helga apretó la mano de Arnold—. Sus manos eran ásperas y pegajosas, su aliento caliente y podía sentir como se apretaba a mi… decía que en el fondo él siempre me gustó y que yo lo provocaba con mi acto de chica mala e inalcanzable, que todos lo sabían y que por eso nadie me creía… todo era mi culpa y que si dejaba de resistirme disfrutaría aún más lo que iba a pasar.
—¿Te violó? —preguntó Arnold al igual que la primera vez que ella al fin cedió a contarle lo que en verdad había pasado.
Arnold estaba seguro de que algo le pasó a Helga para actuar de la manera en que lo estaba haciendo, así que se prometió en descubrir la verdad tras sus acciones violentas, sin importar todas las amenazas que ella le profirió. Prefería recibir un golpe a que se siguiera mostrando tan aterrada ante el contacto con otras personas, aunque fuera por error.
Ella insistió una y otra vez que su naturaleza era ser mala, que mejor se fuera con sus amigos antes que terminara cenando un puño y vaya que le había dolido; reconoció cuando finalmente terminó siendo golpeado por la vieja Betsy, por supuesto que no lo lamentó ya que, gracias a eso, Helga le reveló toda la verdad.
Helga le confesó que tenía miedo de que él también creyera que todo fue su culpa, que de alguna manera había provocado lo que pasó. Su corazón se rompió aún más cuando ella le agradeció por ser el primero en creer en ella; por escuchar su versión de la historia. Solo las policías y los médicos que la ayudaron lo habían hecho antes y después de eso solo una vez intentó contar la verdad, pero la respuesta que recibió la hizo retractarse de querer volver a sacar a la luz esa pesadilla.
—No… en medio de mi desesperación solo se me ocurrió una cosa para intentar escapar… —La chica se detuvo completamente — Tuve… tuve que dejar que me tocara —susurró bajito.
—Muy bien, princesa de hielo. Sabía que tú también querías esto. Lo supe desde la primera vez que te vi besándote con ese chico de la cabeza extraña. Eras tan fogosa y no podía dejar de pensar en cómo sería estar así contigo.
Estaba paralizada mientras él la obligaba a besarlo, quiso vomitar cuando sintió su lengua intrusa forzándola. Tenía mucho miedo. Rogaba porque alguien entrara por la puerta y la ayudara o pasara algo que detuviera esas manos que tocaban su cuerpo dolorosamente. Nadie venía. Nada pasaba. Estaba aterrada. No podía moverse y los dedos que habían estado moliendo sus senos, ahora se arrastraban dolorosos hasta el borde de sus calzas de gimnasia.
Se contrajo para evitar que siguiera, pero lo único que consiguió fue que el apretara el agarre sobre su cuerpo. Aún no podía hacer nada, tenía que seguir esperando hasta que se confiara un poco más, solo un poco más…
"Solo un poco más", se repitió, nuevamente, como un mantra cuando sintió sus dedos hurgar en su intimidad.
Solo un poco más cuando tiró de su ropa por sus caderas.
Solo un poco más cuando escuchó el sonido de la cremallera…
Ese era el momento. Su agarre aflojó lo suficiente para que pudiera intentar hacer algo mientras intentaba bajarse los pantalones y con toda la fuerza que tenía, impulsó uno de sus puños para chocar directamente contra su mejilla.
Helga intentó levantarse, aunque no tuvo tanta suerte en su escape. Él logró agarrarla del tobillo haciendo que cayera de bruces contra el suelo. Sintió su mandíbula casi romperse cuando su mentón chocó contra la fría cerámica, sin embargo, el dolor no era nada a cambio del miedo que la envolvió al sentirlo subirse en ella, dejándola atrapada nuevamente bajo el piso y su cuerpo.
—Maldita zorra —escupió sangre junto con un par de piezas dentales que ni siquiera notó—¿Realmente creíste que me ganarías?
—Lo siguiente que recuerdo es estar chocando mis puños contra su cara… —Helga tenía un gesto aterrador en el rostro—. De alguna manera Brainy llegó en el momento exacto para ayudarme, pero terminó quedando inconsciente… Aproveché la oportunidad que estaba distraído para golpearlo. Quería que sufriera por todo el miedo que me había hecho pasar desde la primera vez, estaba dispuesta a matarlo si no fuera porque llegó la policía.
Ellos estaban ahí gracias al llamado que Brainy había realizado antes de entrar en su ayuda.
Después de eso solo podía recordar los aullidos de dolor del joven que había despertado. Ella también estaba lastimada y su ropa desarreglada, una de los policías, que era mujer, tuvo la delicadeza de ayudarla y explicarle el procedimiento.
Richard sería llevado a urgencias en una ambulancia bajo arresto y ella, al no tener heridas de gravedad, también sería llevada al hospital en el carro de policías para un chequeo y luego a la estación para tomar su declaración junto con Brainy que tampoco tenía lesiones serias.
Arnold abrazó a Helga.
—Ya, ya, todo está bien —El adolescente se tomó unos minutos para tranquilizarla—. Sabes que nada es tu culpa, ¿verdad?
—Yo… sí, ahora estoy segura.
Pasaron unos segundos en silencio, antes de que Arnold volviera a hablar.
—¿Qué fue lo que pasó con Phoebe y los muchachos?
Era como una pesadilla lo que estaban escuchando. Era difícil asumir que todo eso pasó y ellos transformaron en culpable a la víctima. Prefirieron creerle a alguien a quien apenas conocían en vez de a Helga.
Era normal escuchar en los noticieros o leer en las redes sociales este tipo de noticias. Situaciones malas que le pasaban a gente que no conocían, lo lamentaban por unos instantes, pero pronto serían renegadas al olvido.
¿Cuántas veces no juzgaron a la víctima por andar sola? ¿Por no vestirse de una manera adecuada? ¿O por haber ido a una fiesta sola?
Juzgaron a la víctima tanto como al culpable.
Se sentían avergonzados de sus pensamientos. La victima jamás tenía la culpa de lo que un degenerado le había hecho. Ella no lo provocaría y no era algo dulce su insistencia no deseada.
—¡No puedo creer que le hicieras eso a Richard! —reclamó Phoebe.
No había hablado con Helga después de lo que pasó en la escuela y se sorprendió cuando la vio salir de la carnicería del señor Green. Así que la siguió para poder hablar con ella; intentar entender porque había actuado de la manera en que lo hizo.
La alcanzó justo en el campo Gerald, olvidando que ella se dirigía a ver la práctica de béisbol de los muchachos.
—¡¿Sigues dudando de mí?! —Helga respondió con furia sin querer mostrarse herida, porque entre todas las personas, Phoebe seguía pensando lo mismo—. ¡Maldita sea! Fuiste a declarar, ¿no? ¡¿Cómo puedes seguir creyendo que él es inocente?!
—¿Por qué no debería hacerlo? Perdió todos sus dientes frontales debido a un par de palabras lindas que te dijo.
—¿Eso es lo que crees? —Helga estaba incrédula; hasta sus padres en los que apenas había confiado para hablar del tema le creyeron—. Después de todo el tiempo que nos conocemos, ¿crees que lo golpeé solo por unas palabras que no pedí?
—Eso fue lo que nos dijo cuando fuimos a visitarlo y luego recibimos esta llamada para que fuéramos a contar todo lo que sabíamos. A decir lo paranoica que estabas en su presencia.
—Ustedes no fueron llamados para declarar su inocencia —Helga habló lentamente—. Su declaración fue lo suficiente para enviar a Richard Jones a la correccional de menores porque él me intentó vi…
—¿Qué? —Phoebe estaba más concentrada en saber qué le había pasado al otro chico, ignorando completamente a Helga—. Pero… ¿por qué? Él no hizo nada más que ser amable con todos.
Helga se rió amargamente para sorpresa de Phoebe y de los otros chicos que habían detenido la práctica ante los gritos de ambas adolescentes.
—Siempre pensé que tú eras la más inteligente de las dos, pero me doy cuenta de lo equivocada que estaba —La voz de Helga era helada—. ¿En serio eres tan estúpida?
Helga siguió atacando verbalmente a Phoebe hasta el punto de que la adolescente comenzó a llorar, sin embargo, eso no fue suficiente para hacerla detenerse. Ella solo interrumpió su retahíla de insultos ante la bofetada que Rhonda le propinó.
—Tuve que repetir una y otra vez lo que me había hecho ante muchas personas, pero los únicos, aparte de mis padres, que necesitaba que me creyeran no lo hacían —Helga sabía que ellos estaban escuchando y temía que aun así siguiera creyendo que era su culpa.
Arnold había tenido razón cuando pensó que el llamado de la maestra podía tratarse de algo realmente importante. Ella había hablado con una persona de una editorial muy famosa y quería de su permiso para poder enviar algunos de sus ensayos.
Ella, confundida, respondió rápidamente que sí, y, un poco incrédula, pudo ver a una persona tan famosa disfrutar algo que ella había escrito. Ver la emoción pasar por su rostro al leer esa historia, en su risa, la seriedad, la tristeza y después nuevamente la alegría al saber que al final las cosas habían terminado bien para la heroína de su pequeño cuento.
Él la felicitó por su manera de expresarse y le pidió con real interés más historias de la protagonista de su cuento.
Después de esa reunión, buscó a Arnold para contarle lo que había pasado. Ella aún no podía creerlo, a diferencia de su novio, no se mostró para nada sorprendido, ya que él ya le había dicho un montón de veces lo extraordinaria que era con las palabras y estaba seguro de que ella triunfaría si decidía ser escritora.
De regreso al hogar del chico, Arnold se mantuvo en un extraño silencio, así que en cuanto llegaron a Sunset Arms, le exigió que derramara los frijoles. Cuando supo lo que había hecho, se mostró furiosa por su intromisión, aunque después de escuchar su explicación pudo entender sus motivos.
A pesar de la falta de confianza de sus antiguos amigos, ella no podía odiarlos, porque ese tipo les había lavado el cerebro y tal como le dijeron la doctora Bliss y Arnold, no podía permitir que lo que le había pasado siguiera teniendo influencia en su día a día.
Iba a conocer a muchas personas en toda su vida, que solo pasarían, pero si estas se iban, que fuera porque ella lo decidió y no por la cruda intervención de terceros. Debía cerrar ese capítulo y seguir adelante. Contaba con el apoyo de muchas personas aparte de su novio; quien con su perseverancia la había ayudado a superar sus temores y con quien también llevaba una relación completamente normal, a pesar del abuso que había sufrido cuando todavía era una niña.
Lo único que le seguía faltando a su vida era recuperar a sus amigos. Que ellos supieran la verdad. Era difícil dejar de lado toda la vergüenza de un día para otro, a pesar de saber que no era culpable de nada, como no se cansaban de repetirle, por la situación que había pasado. Sabía que, si lograba superar por completo lo que le había pasado, su testimonio podía ayudar a muchas otras personas que pasaban por una situación similar, y por eso ya había decidido que de eso se trataría su primer libro, pero antes de eso debía cerrar el círculo.
—¿Estas preparada? —Arnold le susurró al oído sacándola de sus pensamientos.
—Sí, lo estoy —respondió con seguridad.
Arnold nunca soltó su mano mientras caminaban hacia su cama. Se subieron sobre la misma para poder escalar la pared que daba a su techo. Esa charada debía terminar. Helga necesitaba hacer las paces con su pasado y esa era la única forma que el chico pensó para poder hacerlo.
Sabía que sus amigos eran curiosos por naturaleza y que ante una proposición tan abierta no dudarían en espiarlos. Por eso intencionalmente dejó abierta la ventana de su habitación y se tomó el tiempo suficiente para que ellos se presentaran ahí. Ignoró el pequeño micrófono y los mechones de pelos que se alcanzaban a distinguir mientras alentaba a su novia a repetir la mayor parte de lo que había pasado unos meses después que él se había marchado a San Lorenzo.
Arnold no iba a negar que, a pesar de toda su perseverancia por saber la versión de Helga, estuvo a punto de rendirse porque, aunque tengas la mejor de las intenciones no puedes ayudar a alguien que no quiere ser ayudado. No podía obligarla. Esa era una línea muy delgada que separaba entre las buenas intenciones y el hostigamiento. Mediante creció tuvo que aprender esto. Nadie puede imponer su voluntad a otro y por muy frustrante que fuera, lo único que podía hacer era tener paciencia y hacerle saber a esa persona que estaba ahí para cuando se sintiera preparada a hablar.
Por suerte, no tuvo que esperar mucho tiempo, aunque al final el que terminó siendo consolado fue él. Nunca imaginó por todo lo que había tenido que pasar durante todo ese tiempo. De lo fuerte que había tenido que ser y lo aislada que estuvo. Tampoco pensó que podía enamorarse aún más de ella. Hace mucho tiempo le había dicho que su corazón era más puro de lo que pensaba, pero a pesar de sus palabras, en ese instante él tampoco alcanzaba a dimensionar el gran corazón de oro que ella poseía, porque considerando todo lo que había pasado, la rabia y el dolor que tuvo que soportar, Helga siempre deseó poder tener la oportunidad de arreglar las cosas con Phoebe y el resto.
¿Cómo no amarla? No pudo evitar preguntarse.
Por su puesto que no necesitaba justificar lo que su corazón sentía, pero cada cosa que aprendía de ella lo hacía sentir más cálido por dentro, lo confortaba y lo completaba. Por eso sintió su dolor como el propio cuando, al llegar a la azotea, se dieron cuenta que no había nada más que una pequeña radio en la que debieron estado escuchando su conversación.
Arnold la atrajo a su pecho para abrazarla. Estaba susurrándole palabras de consuelo al oído cuando el sonido de golpes en su puerta llamó la atención de ambos, porque se suponía que estaban completamente solos en la casa de huéspedes.
Ambos bajaron de vuelta a la habitación de Arnold; Helga se sentó mientras su novio abría la puerta de madera.
El chico pestañeó un par de veces, anonadado al ver que toda la vieja pandilla estaba en el descanso que daba a su puerta.
A pesar del riesgo de delatarse, ellos no podían permanecer ocultos. Por eso decidieron intentar hacer bien las cosas y presentarse por la puerta. Les tomó un par de minutos reunir el valor antes de hacerlo, pero una vez estuvieron ahí se dieron cuenta que tomaron la mejor decisión.
Después de eso, las cosas pasaron muy rápido entre un mar de abrazos, lágrimas y disculpas. A pesar de ser la principal afectada, Helga nuevamente fue la que terminó consolando a otra persona debido a lo que ella había pasado.
Phoebe, Gerald, Sid, Stinky, Harold, Sheena, Rhonda, Nadine, Lila y Curly estaban ahí intentando disculparse por no haberla escuchado y creer en una persona que no hizo nada más que llenarlos de cosas superfluas. Sabían que nada podía justificar su forma de actuar y que no esperaban que los perdonara, pero aun así querían hacerle saber que lamentaban profundamente su forma de actuar.
Helga les dijo que ya los había perdonado hace mucho tiempo. No valía la pena guardar rencor por un error del que todos terminaron siendo dañados de una u otra forma. Todos aún tenían un largo camino que recorrer antes de superar una situación imposible de predecir. Solo les quedaba aprender de los errores y agradecer que a pesar de todo, el infame Richard Jones estaba en prisión y esperaban nunca más volver a saber nada de él.
Un par de horas más tarde se despidieron de ella con la promesa que desde ese día todo sería diferente. No podían hacer nada para cambiar el pasado, pero podían hacer todo para que cada día fuese más brillante que el anterior.
Los muchachos iban de regreso a sus casas, cuando Gerald recordó que había dejado olvidado el transmisor en el techo de Arnold. Al no querer molestar nuevamente a su mejor amigo, decidió subir por las mismas escaleras internas que habían utilizado con anterioridad.
La pequeña radio que había conseguido de Jamie-O estaba justo a un lado de la ventana que daba a los pies de la cama de su amigo.
Los chicos que estaban esperando en el pórtico de la casa de huéspedes vieron sorprendido a Gerald salir rápidamente del lugar.
—Oye, amigo. ¿Lograste conseguir todas tus cosas? —preguntó Sid.
—Uhm. Casi, pero creo que vendré en otro instante a recuperar el micrófono —murmuró Gerald claramente avergonzado.
—¿Por qué? —preguntó Rhonda rodando los ojos—. Solo debiste haber entrado a la habitación por el micrófono y ya.
—No creo que quisiera que los interrumpiera —respondió entre dientes el chico evitando mirar a los otros chicos que tenían sus ojos curiosos sobre él.
—¿Estaban teniendo otra charla profunda? —preguntó Lila, sintiéndose repentinamente preocupada.
—Algo así…
—Quizás, Helga necesite decirnos algo más —Phoebe temía cometer nuevamente el mismo error—. Que la escuchemos —declaró.
—Créeme que dudo mucho que ella quiera eso.
—¿Por qué no?
—Solo les digo que no —insistió Gerald, intentando esconder la radio entre sus bolsillos, pero no siendo lo suficientemente rápido ya que Curly se la quitó de las manos y entre Harold y Stinky evitaron que la pudiera recuperar.
Rhonda tomó el aparato de las manos de Curly para presionar el botón de encendido.
Los adolescentes escucharon claramente lo que estaba sucediendo en la habitación de Arnold y por fin entendieron a qué se refería Gerald.
Después de un par de malabares atolondrados lograron silenciar el aparato. Definitivamente no estaban preparados para escuchar eso. Cada uno de los adolescentes desviaron la mirada intentado no mirarse a las caras ruborizadas de los otros y en promesa muda decidieron no volver a mencionar lo que habían escuchado o por lo menos parecía que todos tenían la misma idea hasta que…
—Así que al final sí estaban teniendo sexo.
—¡Cállate, Stinky! —gritaron casi a coro, queriendo olvidar completamente lo que habían escuchado.
FIN
Nota: Yo les di las advertencias al principio si usted se las salto a pesar que estaban en mayusculas es su responsabilidad. Sobre esta historia que segun yo es diferente a lo que suelo escribir, les cuento quea primera vez que pense en este fanfic se suponia que era algo ligero, quizas un poco divertido (no llevaba abuso al principio) pero finalmente esto es lo que termino por salir.
Espero que a pesar de todo no haya sido tan malo de leer y ya saben que pueden dejarme sus comentarios.
Ahora un agradecimiento especial a mi beta por las correcciones.
PD: Le añadi un pequeño epilogo al capitulo anterior. ;)
Nos leemos en otra oportunidad.
Bye ~ bye
