Presunción de inocencia

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II

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H/We meet in dreams by Gothic Storm

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Bèatrice atravesó el arco que separaba el patio de armas de los jardines exteriores conteniéndose, intentando que sus propios pies no echaran solos a correr. Pero en cuanto vio al mosquetero plantado junto a la celosía cuajadita de rosas blancas, no pudo retenerlos más y tuvo que dejarlos a su aire. Por unos efímeros instantes creyó perder la estabilidad que le ofrecían las firmes losetas del camino: aún sin tener las alitas del mensajero Hermes, sus zapatos parecían no rozar el suelo.

—¡Jean Armand! —susurró coqueta, fingiendo una decente indignación que no sentía y que por otra parte negaba categóricamente la gran sonrisa que le fue imposible ocultar a su acompañante— ¡Debiste esperar a mañana, a la salida de misa! ¡Aquí pueden vernos!

—¿Quieres que me vaya? —Por su gesto podría pensarse que el señor de Trois Villes estaba siendo socarrón: tal vez por la sonrisa a media asta o tal vez porque una grande de Francia casi se había torcido un tobillo por las ganas de encontrarse a su lado… Pero no era así en modo alguno, y los avezados a pensar tales insensateces pecarían de no conocer a Treville.

—¡No!¡Por supuesto que no! —Bèatrice tomó sus manos y bajó la mirada arrepentida, con el temor de haberle enfadado con las ya usuales reticencias a sus encuentros clandestinos. A ella tampoco le gustaba andarse con tanto misterio, y por supuesto que ansiaba de veras verle… pero no podían ser descubiertos. Deseaba gritar al mundo cuánto se amaban, sabía además lo importante que era para él. Pero era imposible. Y se sentía culpable por tener que obligarle a verse a escondidas.

—Bien… Porque dudo que hubiera podido esperar tanto, Trice.

Contuvo el aliento, no supo si un instante o una eternidad, porque se hallaba perdida en un mar como el del Caribe, cálido y cristalino —o como el Caribe que su tío Guillaume el explorador le había descrito, que ella nunca se había aventurado a salir de Paris o del pequeño condado de Villette con anterioridad—. Estaban tan cerca… tan juntos, tan perdidos el uno en la otra y la otra en el uno, que bien sencillo hubiera sido para el mosquetero robar un beso.

Ni que decir tiene que con tal declaración la joven condesa, enamorada hasta el tuétano de cada palabra y gesto suyo, esperaba fervientemente el asalto. Pero uno no puede ser lo que no es en su naturaleza, y el señor de Trois Villes fue y será siempre un caballero. Bèatrice tuvo que conformarse con una caricia en el rostro y un beso inmaculado en la mejilla.

Tomó su mano y ambos se sentaron en el banco de madera blanca, protegidos de las miradas por la celosía, las rosas y los arbustos en flor. Hablaron de todo y de nada, felices simplemente por la mera existencia del otro. La luna fue testigo de cómo se quisieron, despreocupados, todo lo que la decencia les permitió.

—Espera —Treville se adelantó a sus deseos y se levantó a cortar él mismo el tallo de una de las rosas. Hizo algo que no pudo ver bien y se la entregó— Ten, ahora sí.

—¿Le has quitado las espinas? —Se sintió desfallecer. Miró a los alrededores y al comprobar que no eran observados, se preparó para algo totalmente inadecuado que se moría por hacer.

—Por supuesto que… —Sin previo aviso, sin que Jean Armand pudiera imaginarse lo que su adorada Trice planeaba, la condesa retiró con cuidado la cortina de rizos dorados que ocultaban su rostro y lo calló con un beso.

Sólo contaba diecisiete primaveras y con nula experiencia. De hecho, una señorita debería haber esperado a que el caballero de brillante armadura se atreviera a dar el paso. Pero no pudo. Sencillamente, necesitaba sentir sus labios suaves, mostrarle que aunque no podía pregonarlo lo amaba tanto como para dejar de lado la cordura y la educación.

Fue un beso suave, dulce, delicado y algo torpe, como suelen ser los primeros besos. También fue esperado y desesperado, y tan especial como para que Treville lo guardara en la memoria muchos años y recuperara el recuerdo durante una de nuestras guardias para hacerme ver que la condesa también tenía corazón.

—¡Bèatrice! —un grito atronador les asustó. Guillaume había salido a buscar a su sobrina, tenían que despedirse.

—Te quiero —fue lo único que acertó a decir Jean Armand cuando sus bocas se separaron. Apoyó su frente en la de ella con desesperación. Precisamente él no había querido besarla por miedo a ese momento. No podía separarse de ella: Monsieur Blanchard seguía buscándola pero ninguno quería marcharse.

—Lo sé. —Volvió a besarle de nuevo, consciente de que alargaba más su agonía—. Espérame mañana en el claro de las higueras. Frente a…

Saint Sèverin.

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*Trois Villes: lo pongo separado porque me refiero al pueblo, no al capitán. Sé que Treville es derivado de Trois Villes, pero me parece más práctico así.

*Clèmence y Belgard son los padres de Porthos. El nombre de la madre lo he tomado del personaje histórico, no del de la BBC.

*Enrique IV: Si a alguien le interesa el truculento ascenso al poder del padre de Luis XIII puede indagar sobre la guerra de los tres Enriques. De momento, lo que nos interesa aquí es que el matrimonio (el segundo de Enrique) con María de Mèdici fue realmente por motivos económicos. Obviamente me he permitido el lujo de adornar un poco la desdicha, pero no me parece tan descabellado que a falta de recursos económicos para la corona el rey sea capaz de 'vender' a sus nobles.

*Saint Sèverin. Iglesia que ya os sonará si habéis empezado a leer la historia principal.

*Una de… derecho: Los títulos de la historia y los capítulos.

Como podéis observar, tanto el nombre de la historia como los títulos de los capis tienen relación con el derecho penal. ¿Por qué? Porque aunque en el fic original no voy a adentrarme mucho en esta historia, lo que es impepinable es que Béatrice va a ser juzgada muy duramente por las acciones que tienen lugar en este arco. Lo que me gustaría mostrar, la finalidad última de todo esto, es que creo que como todos los demás Bèatrice es únicamente víctima de las circunstancias ajenas a su control que le ha tocado vivir. Si consigo eso, puedo darme con un canto en los dientes. De manera que cada nombre, cada "estado procesal" o término, va a hacer referencia a ese juicio a Bèatrice. Veamos algunos:

Mens rea es un término latino (que se puede traducir como "mente culpable") utilizado en el derecho penal. La prueba estándar en el derecho anglosajón para determinar la responsabilidad criminal se suele expresar con la frase latina actus non facit reum nisi mens sit rea la cual quiere decir "el acto no hace que la persona sea culpable a menos que la mente también sea culpable".

Presunción de inocencia: es un principio jurídico penal que establece la inocencia de la persona como regla. Solamente a través de un proceso o juicio en el que se demuestre la culpabilidad de la persona, podrá el Estado aplicarle una pena o sanción.