Raoul- La sospecha
Insomne, nerviosa, muñeca de cera derretida que agota sus horas en el sillón cercano a la ventana. Escudriñando las sombras del jardín, estremeciéndose ante sonidos inexistentes. Cada vez más pálida y demacrada, justo como la reencontré en la ópera de París, pero carente de aquella chispa salvaje que tan sólo él era capaz de prender en su alma
Su obsesión comienza a ser la mía. He organizado batidas por el bosque en busca de un hombre que sé que está muerto. He recorrido la casa buscando pasadizos ocultos, espejos mágicos, puertas directas hacia el averno…
Hubo un tiempo en el que llegué a creer que venceríamos al fantasma pero su venganza está siendo terrible. Aquellos días de amor y ternura que han quedado ahogados por la sospecha y el miedo. Por la creciente certidumbre de que Christine se ahoga en la locura y me está arrastrando junto a sí.
Intento ignorar las murmuraciones insidiosas acerca de la salud de mi esposa. Observo su rostro de ángel cansado buscando algún indicio de que todavía permanece junto a mí pero ella me devuelve una mirada opaca, perdida en algún lugar demasiado remoto al que no llega mi voz, mis súplicas para que permanezca conmigo
Duende, ilusionista, asesino… Me repito a mí mismo, una y otra vez, que el fantasma era un hombre, fascinante y genial en su locura, pero humano al fin y al cabo. Sometido a las mismas pasiones. Capaz de amar y odiar con idéntica violencia. Atado a la ineludible parca
Me aferro a la imagen de Christine, no a la mujer pálida y melancólica que está a mi lado, sino a la de aquella tierna jovencita que recorría los pueblos de manos de un viejo violinista y me pregunto si la decisión que he tomado es por su bien o por el mío
