Capítulo I

Saint George

Bella

- Sé bienvenida Isabella...- Miré hacia el rostro austero y sin vida de la mujer que me hablaba, quien no lo sabía, y a la cual no le iba a decir nada ya que la expresión de su rostro no hacía pensar en que le gustaran las conversaciones.

Si había algo que odiaba más que a mí misma era mi nombre completo, podía tolerar que la gente me llamara Isabella, pero la verdad prefería abreviarlo a algo que no fuera tan largo y tan medieval.

Todos me decían Bella, aunque mi mama siempre se empeñaba en preguntarme por qué no me gusta el nombre que ella había destinado para mí, pero solo le dije que era muy largo para mi gusto, y ella no tenia problema en llamarme Bella, aunque cuando se enfadaba lo decía completo y claro, conocedora de cómo odiaba que lo hiciera.

- Esperamos que tu estancia aquí sea de lo mas... agradable-

¡Vaya!. Incluso en el acento de su voz esta mujer parecía falsa, de la cabeza a los pies era un destello de luz, desde su vestimenta hasta sus joyas.

Si esa era su manera de vestir supuse que la gente debía ser tratada decentemente.

Pero mi suposición fue falsa desde el momento en que firmé todos los papeles del ingreso, el abogado me despidió con un " Hasta pronto Isabella" que mas bien sonó a hasta nunca. Tomé mi maleta y me dirigí al dormitorio de chicas en el segundo piso del lúgubre edificio, lo calé todo con una mirada, era de paredes grises y antiguas, a pesar del orden se percibía también un estricto control y demasiada tristeza, casi todas las flores del jardín estaban secas como si nadie nunca se hubiera preocupado por ellas,"Hasta que yo llegué" pensé en mi fuero interno. Mi madre siempre había alabado mi talento con las flores que solo "floreció" después de mi segundo intento de suicidio, las amaba, porque creía que las envidiaba, así era.

Seguí caminando, siguiendo a la mujer, ella me hablaba pero yo solo entendí la mitad de lo que me decía, mencionó algo como "la hora de levantarse es las..." y cosas así-

Cuando llegamos al dormitorio las camas estaban distribuidas en sendas filas y todas tendidas con tal precisión que casi parecía imposible, las luces del techo eran como de cárcel y yo las miraba pensando en cómo se vería ese cuarto en la noche, con esas luces… seguramente se vería como el claustro que parecía ser…

- Deja tus cosas aquí, mañana vendrá la modista a tomarte las medidas para el uniforme, y te integraras en clase ese mismo dia - el tono afectado de su voz había disminuido, sabía que solo lo había usado para estar frente a el abogado. No entendí, si había dinero para pagar mi estancia aquí, pero no había para que yo lo administrara.

"Que farsa". Pero ya no podía hacer nada, mi voz no sería más escuchada, y me quedaría acá hasta que quisieran tenerme.

Cuando dejé las cosas en un baúl bajo la cama me senté con ganas de morir otra vez, pero después de dos intentos y de fallar llegas a creer que tienes algo en este mundo que aun no has terminado, la primera vez...quise mucho a un chico, lo amaba, pero yo no era lo suficiente buena para él en especial cuando le dije lo que sentía, me dijo que él nunca estaría con una chica como yo, y otros adjetivos más que nunca quise que permanecieran en mi mente y me hicieron una humillación pública, él y sus amigos, adjudicando que a mí me gustaban las chicas, eso me destruyo, ya sabía yo que era una tontería pero me dolió terriblemente que fuera él, me sacaron de la escuela como a un perro sarnoso, y por más que hizo mi madre nunca pude reintegrarme

Todos los días tenia la cruel voz de Mike Newton en mi cabeza, diciéndome que no era lo suficientemente mujer como para él y que su grupo de perras y perros no gustaban de los fenómenos.

Me gritaban en la cabeza y hasta tenia alucinaciones... una noche no lo soporte más y me tomé unas pastillas sedantes de mi madre, me tomé mas de la dosis permitida y me corté la vena del cuello, estaba loca, pero quería morir para dejar de escucharlos.

Casi me desangro pero mi madre, como siempre protegiéndome, me llevó a urgencias, nunca supe cómo me salvaron solo recuerdo la corriente y la luz, cuando desperté estaba intubada y con un goteo de sangre constante. Luché contra lo que tenia y me lo quitaron, estuve en terapia meses y meses y nos trasladamos, mi madre no me interrogó conociendo el secreto de mi humillante salida de la primera escuela.

Cuando llegamos al otro sitio casi habíamos tenido un accidente de tránsito y había llovido todo el camino...

Mis pensamientos y recuerdos se vieron interrumpidos por una solitaria persona que entró en ese momento, al dormitorio llorando sin mirar siquiera hacia mí se lanzó sobre la cama y lloró amargamente.

- Malditos sean...ojala...- decía entre cada sollozo.

La miré mientras su cuerpo convulsionaba por el llanto, debía tener mi edad, me aclaré la garganta y le dije:

- Oye...- me sentí un poco estúpida por el tono en que salió mi voz. Ella se levantó envarándose rápidamente y me miró con recelo, el recelo de alguien que ha sido descubierto en un momento privado- yo... lo siento... ¿puedo ayudarte en algo? -

Ella solo me miró por largos segundos y me arrepentí de haber sido entrometida, por supuesto ella no me conocía y no me iba a decir si la podía ayudar o no, los ojos de ella me vieron por más tiempo hasta que las lagrimas se secaron, era como si me estuviera evaluando y considerando...suspiró y yo también.

- No es nada...- dijo secamente aunque sin la mirada torva - No tienes que...preocuparte - añadió después de unos minutos - ¿Quien eres tú?...no recuerdo haberte visto… -

"Por supuesto que no" Pensé.

- Acaban de...acabo de internarme...mi...madre falleció...- dije sin saber realmente como justificar mi presencia aquí.

La chica se encogió un poco o por lo menos eso me pareció a mí, se veía arrepentida de algo.

- Tienes suerte - me dijo sin más, no entendí a que se refería – La tuya murió, la mía me abandono aquí cuando yo fui consiente…- miró hacia lo lejos, como si estuviera retrocediendo a ese momento en que su madre la dejo, luego se volvió hacia mí como si la realidad hubiera llegado a ella nuevamente - ¡Oh! lo siento, me llamo Ángela...Ángela Webber- dio un salto de la cama y se me acercó a estrecharme la mano. No sé porque , pero solo con ese gesto sabia que me iba a llevar bien con ella. O eso esperaba... - Eres, demasiado "bella" para estar acá- comentó después de unos momentos.

Ese comentario casi me atraganta, ¿por qué me decía eso?

- No te entiendo- dije intentando hallarle sentido a sus palabras.

- Bueno mira tu cara, aun tienes la inocencia prendida de ella, tus manos…- dijo señalándolas con su propia mano. Me las mirñe pensado si en algún momento de mi nerviosismo habían cambiado en algo mis extremidades, pero estaban bien, luego vi que ella las estaba comparando con las de ella, lucían como manos que habían pasado por muchas cosas, no eran sucias pero eran deprimentes como me sentía yo, no sabía porque pero presentía que este iba a ser el estado de mis manos en unos dos meses.

- Te sorprenderías...- dije sin pensar.

- ¿Cómo te llamas?- me preguntó Ángela

- Bella, Bella Swan- dije con algo de… solemnidad.

A pesar de todo lo acontecido mi madre se había dado sus medios para que mi padre me legara su apellido, pero eso fue lo único que supe, hubiera preferido llevar el de mi madre ya que el Swan no se asemejaba mucho a lo poco de voladora que tenía mi imaginación

- O sea Isabella...- adivino mirándome risueña.

- Prefiero que me llamen Bella, es mas...- corto, poco llamativo, como yo una gran donnadie- …sencillo. -

- Pues Bella será...- dijo ella sonriendo levemente, quise preguntarle qué había pasado para que estuviera llorando pero me pareció poco prudente preferí que ella llevara la voz cantante, después de todo ella había estado aquí más tiempo.

Para mí fue fácil contarle casi toda mi vida excepto esos dos desastrosos episodios, ella me escuchó con atención como si de verdad le importara.

Me hacia bien, era de las pocas personas en las que había confiado apenas conocer, pero con esa sonrisa ella me había ganado la confianza, después de eso comenzó a hablar de ella, tenia trece cuando su madre la dejó por irse con el cartero, nadie dijo eso pero Ángela sabía que su padrastro no la aceptaba y por desgracia su madre estaba muy enamorada de él, tanto así que había renunciado hasta a su propia hija.

El resto de la historia era igual de trágica, a la directora la describió como un engendro del demonio y yo me sobrecogí cuando uso esa expresión.

Cuando terminamos de hablar, ella me condujo al patio y se dedicó a mostrarme toda la estancia, advirtiéndome muchas veces, consciente o inconscientemente, que el sitio era en si el holocausto.

Sentía miedo, miedo de lo que pudiera pasarme aquí.

Una semana después

"Por favor contésteme abogado, necesito que me saque de aquí"-

Era la tercera vez en la semana que le escribía pero nunca respondía y una parte de mi creía que nunca lo iba a hacer, la estadía era en si un infierno y eso que solo llevaba una semana, la única persona con la que me había llevado bien era la única que me hacia sobrellevar la situación, los maestros eran duros groseros, estrictos. Ahora entendía el por qué de las manos de Ángela, daban reglazos incluso si la respuesta era medianamente acertada, me dolían demasiado…si ahora mismo las manos me estaban doliendo al escribir… por cuarta vez consecutiva en días, esperando inútilmente que el abogado contestara a mis enviados.

- Vas a tener que acostumbrarte Bella...aquí, las cosas… solo son así- decía la voz casi apesadumbrada de Ángela mientras me miraba escribir con saña todas las atrocidades de las que estábamos siendo víctimas.

Lloré la primera vez, tal como ella, pero ella me llevaba años de ventaja, ¿por qué la vida era así?

En los días que siguieron recé a Dios porque me ayudara pero parecía que se había olvidado de que existía y no era la primera vez. Confiaba en él, pero si esto era lo que me deparaba el futuro prefería seguir mi camino hacia el cielo, el infierno o donde sea que me tocara pasar el resto de mi eternidad atormentada.

Era Domingo, y la única diferencia percibida en el ambiente era que no había clases, me vestí particular y me fui a la cocina ayudar a Félix con la comida, era lo único medianamente entretenido que podía hacer ya que mis libros habían desaparecido, y no sabía dónde estaban.

No hablaba con nadie solo con Ángela y para mí era suficiente, todo el mundo me miraba raro y no atinaba a saber porque, parecía que tenía en mi algo natural, como un gen o un comportamiento que me hacia ser rechazada por los demás, como si algo en mi los espantara.

Cuando entré a la cocina de Félix él me esperaba con una gran sonrisa.

- Hoy no hay nada que cocinar...- No entendía por qué él estaba tan feliz, si no había nada que hacer moriría de aburrimiento igual que yo pero el negó con la cabeza. - Eso quiere decir que iremos al mercado, supongo que querrás salir después de todo esto...- dijo el mirándome con complicidad.

Y tenía razón. Quería salir de aquella cárcel, respirar un aire diferente.

Sonreí, pero luego mi sonrisa de desvaneció cuando pensé en Fiona, la directora del instituto, ella bien podía decirme que no, podía mandarme al diablo o a limpiar cuchitriles antes que dejarme partir de la casa, pero al parecer Félix leyó mis pensamiento porque me dijo;

- Ella no tiene por que enterarse, si saco la camioneta contigo metida entre los costales. Ella nunca presta especial intención a nadie, excepto cuando es alguien castigado – comentó casi silenciosamente al final.

- ¿Podemos llevar a Ángela?- le pregunté débilmente, rogando con mi mirada, quería dar a Ángela algo de la sensación de libertad que significaría abandonar esa maldita casa por unas horas.

- Claro que si- asintió él, otra sonrisa...otra persona en la que podía confiar…Ángela se pondría eufórica.

Nos metimos entre los costales de papas, vacios, riendo de nuestra propia estupidez, y a la vez del entusiasmo, para mi valía la pena hacer esto incluso si Fiona se enteraba, respirar el aire de la calle después de casi dos semanas de encierro, y las que estaban por venir, era una bendición del cielo.

A medida que avanzábamos algo diferente a la alegría comenzó a invadir mi pecho. Un extraño presentimiento, uno casi parecido al que había tenido sobre mi madre, uno que quise ignorar pero que parecía gritarme con saña desmedida a cada lado de mi cabeza.

Pasamos por innumerables huecos y rejillas, pero una vez libres Félix nos permitió asomar la cabeza por la ventana, Ángela lo hizo más tiempo que yo, ya que el presentimiento había hecho mella en mi estado de ánimo, por supuesto que estaba feliz de estar fuera pero había algo más.

Cuando llegamos al mercado estaba abarrotado de gente lo que me ofreció una esperanza de poder escapar pero me detuvo Félix, no él exactamente sino lo que hacía, confiaba en mi, creía que no lo iba a abandonar, y sabía que mi fuga lo metería en problemas serios con Fiona.

Caminé por entre las frutas, y vi que Ángela se desviaba con Félix hacia la sección verduras.

Al doblar una esquina vi que estaba sola la otra sección y comencé a coger algunas manzanas y peras, la fruta del desayuno de los Lunes.

Llevaba así algo más de 15 minutos cuando sentí que algo me agarraba fuertemente el cuello, solté la canasta intentando gritar pero lo que me agarraba, lo que fuera que era eso, tenía el propósito de hacerme daño…podía sentirlo con cada uno de los pocos instintos que poseía.

- Quieta- dijo una voz áspera en mi oído, por lo menos era real, había soñado muchas veces con atacantes invisibles tanto así que me en ocasiones sentía que me iba a volver loca, miré la pera que había caído a mis pies, mientras sentía que las manos del personaje bajaban por mi cintura, era extraño que ni hubiera nadie ahí, pero que mas, daba igual ya sabía cómo iba a acabar todo, una violación era lo último que me faltaba en la fila de tragedias.

"Dios ayúdame" fue lo único en lo que podía pensar, todo esto transcurrió cuando miré la pera, esta de repente se alzó como una bala y se estampó contra la cabeza de la persona que estaba detrás de mí.

"No con esto" pensé mientras caía de rodillas y sentía que todas las frutas comenzaron a viajar a velocidad de rayo en la dirección de la figura que yo apenas podía enfocar vagamente, el bastardo o lo que fuera había intentado matarme.

No me fijé hasta que las frutas cayeron simplemente al suelo que había una persona inclinada sobre una de las esquinas.

Era un hombre, lo miré unos segundos aun con la mirada algo borrosa, era alto musculoso y de piel pálida, aun a distancia emanaba una fuerza desconocida y sus ojos me miraban fijamente casi con incredulidad, dio media vuelta y se fue, yo no tenía ánimos ni de hablar, solo dije medias palabras cuando Ángela y Félix se vieron eclipsados por el guardia de seguridad del mercado, quien parecía haber estado buscando desde hacia tiempo al individuo del cual ni vi la cara.

Ángela me sacó de ahí inmediatamente consciente de que era lo que había pasado, cuando salió busqué con la mirada al hombre que había visto pero no vi nada salvo un auto, uno demasiado fino, arrancaba a toda velocidad, alcance a leer "VOLVO" en la parte trasera, dio la vuelta en la esquina y se fue.

Edward

-No estoy seguro, podría tratarse de cualquier otra, me...- dije mientras sentía que mi corazón palpitaba fuertemente contra mi pecho, tenía la voz ronca y profunda por la emoción.

- Deberás comprobar que se trate de ella. Deben casarse antes de que se vuelva de dieciocho años. En cuando estén unidos podremos comprobar lo demás…- respondió la voz educada y tranquila de mi padre.

- No tengo por qué casarme con ella, Carlisle – conteste exasperado, pensando en la seriedad que ese acto implicaba.

- Si, si tienes, si de salvar sus vidas se trata. Nuestras vidas. Además estabas casado con ella en el pasado, o ya lo olvidaste...- comento él, podía escuchar el sarcasmo en su voz a pesar de que estuviéramos hablando por el móvil.

- La condenaron...- dije trasmitiendo el dolor que esos recuerdos me traían, aunque técnicamente no fueran recuerdos míos.

- Ahora es la oportunidad de vengarla, de salvarla, de salvarnos… sabes que es así - dijo Carlisle- Deben estar juntos, es el destino... de todos – la voz de Carlisle se cortó, sabia tan bien como yo que de mi dependía, enteramente, que la salvación de nuestra familia fuera completa.

Bella

"Matrimonio" la palabra perforó mi tímpano esa noche, nunca supe quien la gritó o si fue solo mi sueño, pero me guardé mi angustia para mí y lloré contra la almohada, no solo por el grito sino porque no había podido dejar de pensar en el hombre que había sido testigo de mi comportamiento, ni en la mirada intensa que había posado sobre mí. Podía volver a sentir esos ojos recorriendo los míos, como si los conociera de toda la vida a pesar de no haberlos visto nunca.

¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso había terminado por enloquecer?

Nuevamente la sensación de presentimiento volvió a hacerse cargo de mis emociones vedándome para todo lo demás.