Hola a todos los que sigan esta historia. Como ven, ya he vuelto, después de una larga, larguísima jornada sin publicar nada. De veras siento mucho el retraso, los que me conocen saben que me gusta tanto escribir como leer y que no ha sido por pereza, sino por circunstancias personales. Bueno, ante todo quisiera mandar un saludo a Arweni, Nimue-Tarrazo, Koumal Lupin y, claro está, a Krissel Majere, las únicas valientes que se han tomado la molestia de enviarme un review, que es lo que realmente me ha motivado a seguir con esta historia. Por eso, y por mucho más que no viene aal caso añadir, les dedico no solo este capítulo sino todos los del fic.
Disclaimer: No soy dueña de Harry Potter, sólo me aprovecho de lo que ha salido de la cabeza de Rowling
ReencuentrosAriadne Shade caminaba por un oscuro pasillo de la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería.
Hacía sonar sus tacones en dirección al despacho de la directora temporal de la Escuela, Minerva McGonagall, para discutir asuntos que el difunto director dejó sin resolver.
Pronunció la contraseña y entró en la espaciosa estancia. Observó con ojo crítico los retratos de todos los directores que estuvieron al mando de la Escuela desde su inauguración, deteniéndose especialmente en el último de ellos. Albus Dumbledore. El retrato le dirigió una mirada profunda, llena de curiosidad, pero Ariadne se mantuvo impasible.
Una voz la recibió nada más notar su presencia.
- Señorita Shade, es un placer volver a verla después de tanto tiempo.
- Lo mismo digo, Profesora McGonagall –contestó Ariadna con voz neutra.
- He oído que le han ofrecido un puesto como inefable en el Departamento de Misterios.
- Y lo he aceptado. Creo que será una labor útil para la Orden del Fénix, como en los viejos tiempos. Especialmente ahora que parece que os habéis quedado sin… fuentes de información de primera mano.
- No sé cuánto sabes, Ariadne, pero si de algo estoy segura es de que no te has dignado a aceptar un simple puesto de inefable solo para servir a la Orden.
- ¿Y tener motivos ocultos hace mi información menos valiosa? No, claro que no. Pero temes que pueda mentir al respecto. En ese sentido te aseguro que la Orden no tiene nada que temer… ni tú tampoco. Si hubiera algo que solo me concerniese a mí, entonces no te mentiría, solo omitiría un par de detalles.
- Comprendo perfectamente tu postura, Ariadne. Créeme que lo hago. Pero antes debes prometerme que sigues siendo fiel a los ideales que te impulsaron a entrar en la Orden del Fénix la primera vez.
- ¿Tienes dudas al respecto? – preguntó Ariadne fingiendo sorpresa.
- Para nada.- respondió McGonagall con una sonrisa- Pero tenía que preguntar. El lugar está protegido con el hechizo Fidelio, así que tendrás que concentrarte en mis palabras para llegar allí la primera vez. – le tendió un trozo de pergamino- Aquí tienes la dirección. La reunión es dentro de dos horas, mientras tanto puedes hacer lo que te plazca.
- Gracias, Minerva. Que tengas un buen día.
- Lo mismo digo, Ariadne. Ah, y saluda a tus hijos de mi parte, si es que aún me recuerdan.
- Desde luego que sí. Les he hablado mucho de la Orden, y están ansiosos por volver a veros a todos de nuevo. – sin decir más, salió del despacho.
Ariadne disminuyó la velocidad al pasar por las numerosas salas de aquel castillo que tantos recuerdos le traía. Recordó la época en que estuvo allí como profesora de Defensa contra las Artes Oscuras, ayudando a la Orden en cuanto podía. Pasó a recordar entonces a los amigos que allí había hecho.
Aún podía ver la imagen de los Potter recién casados. Volvió a sentir aquella punzada de envidia que sintió al verlos por primera vez, tan unidos, tan enamorados. Recordaba a Remus y a Sirius, y a Peter. Se había llegado a sentir protectora con Peter algunas veces, tanto que no era capaz de concebir aún que él hubiese sido el traidor que vendió a sus amigos. Antes hubiera sospechado que Alastor Moody era el mortífago más fiel de Voldemort.
Se deshizo de sus pensamientos y salió de Hogwarts rápidamente para volver a casa antes de tener que presentarse en el Cuartel General de la Orden del Fénix.
Harry, Charis y Pollux estaban charlando sobre series de su infancia cuando Ariadne abrió la puerta de la casa.
Inmediatamente, Harry se puso en pie, dispuesto a recibir a la rubia mujer a la que casi creyó su madre cuando era un crío.
Ella entró en el salón sabiendo a quién iba a encontrar allí.
- Ya estoy en casa, Charis, Pollux… y Harry. ¿No vas a darme un abrazo? –preguntó alzando una ceja. Harry corrió a abrazarla fuertemente, y Ariadne recordó cuando era un niño y la buscaba de vez en cuando para abrazarla con desesperación, buscando el consuelo que le era negado en su casa, recordó claramente las veces que la había llamado "mamá". Se separó finalmente de él con los ojos húmedos y trató de serenarse.
Ya habían sido suficientes recuerdos para un solo día, y aún le quedaba presentarse ante la nueva Orden del Fénix.
– Bueno, Harry, cuánto has crecido… me parece que tenemos muchas cosas de las que hablar, así que te sugiero que te quedes a dormir esta noche, tengo un compromiso dentro de dos horas, pero quiero saber todo lo que has hecho en estos años. – le revolvió el pelo como a un niño pequeño y le dio un beso en la mejilla. – Me pregunto cuánto hay de cierto en todo lo que se ha dicho de ti…
- Casi con toda seguridad puedo decirte que no. – contestó Harry, pesaroso.
-Eso está por ver… no confío mucho en los periódicos, pero si en los amigos, ¿sabes? Por cierto, tengo un regalo de cumpleaños para ti. – le tendió un paquete que Harry cogió con manos trémulas y abrió lentamente.
- Unos calcetines… son muy bonitos, muchas gracias.
- No es necesaria la cortesía Harry, sé que piensas que me he vuelto rara por hacerte ese regalo… Pero no son cualquier par de calcetines. ¿Alguna vez has oído hablar de los metamorfomagos?
- Sí, claro, pueden cambiar su aspecto a voluntad.
- Los calcetines tienen el mismo poder. Una vez que te los pongas, no tendrás más que pensar en el aspecto que deseas tener y se convertirá en realidad. Para deshacer el hechizo no tienes más que quitártelos.
- Vaya… muchas gracias, Ariadne. Realmente es un muy buen regalo.
- Me alegro de que te guste. Ahora solo me queda ver donde están estos dos niños.
Hacía ya rato que Charis y Pollux se habían retirado al cuarto de la primera para dejarles algo de privacidad, ya que sabían lo que su madre significaba para Harry y no querían hacerle sentirse violento por su presencia.
Cuando oyeron a su madre llamándolos bajaron por las escaleras hasta el salón para saludar a su madre. Ariadne les dio un beso a cada uno y les pidió que "secuestraran" a Harry amablemente hasta su vuelta justo antes de la cena. Después de escuchar cómo había sido el reencuentro con Harry, les anunció que debía irse rápidamente y, tras despedirse de los tres muchachos, se desapareció.
Apareció en los alrededores de un pequeño pueblecito y anduvo un buen trecho hasta un lugar llamado "La Madriguera". Una vez allí, sacó el papel que le había dado McGonagall y pensó en la dirección que había escrita con tinta verde esmeralda.
Una enorme casa apareció ante ella, y se apresuró a llamar a la puerta de la misma. La recibió una mujer regordeta y pelirroja con delantal. La mujer la miró entre extrañada y temerosa.
- Disculpe, señora, usted la señora Weasley, ¿me equivoco?
-Sí, así es… ¿qué quiere? – preguntó la mujer con evidente nerviosismo mientras estrujaba el delantal entre sus manos.
- Traigo una… invitación de Minerva McGonagall para asistir a la reunión que se celebra hoy. Soy un antiguo miembro de la Orden del Fénix y Dumbledore consideró la posibilidad de que me uniera de nuevo al grupo… pero por circunstancias ESPE iales no he podido hacerlo hasta ahora.
- Claro, pase, pase. –dijo la mujer visiblemente alarmada ante la tranquilidad con que la mujer comentaba su afiliación a la Orden – No es algo que se pueda hablar ahí fuera, dónde cualquiera podría oírlo. ¿Cómo ha dicho que se llama?
- No lo he dicho. –replicó con voz dura, aunque seguidamente sonrió – Mi nombre es Ariadne Shade.
- Bienvenida a mi casa, señora...
- Señorita, en realidad. –interrumpió un voz conocida. La voz de Remus Lupin. – A menos que te casaras en Irlanda.
- En absoluto, Remus. Sigo teniendo algo que "repele" a los hombres a comprometerse conmigo.
- Lamento oír eso.
- Yo, en cambio, no lamento decirlo.
- Bueno… - interrumpió la señora Weasley algo sorprendida por la conversación – la reunión va a empezar dentro de poco. ¿Quieren algo de té mientas esperan?
Bueno, y hasta aquí llegó el capítulo. Ya saben que los reviews son los que me animan a actualizar rápido, y en este he tenido muy poquitos, y eso desmoraliza un poco. Si piensan que el fic es malo, por favor díganlo, pero no me dejen sin saber.
