2. EL CASO

- El tráfico en la A-501.

- El tráfico en la A-501.

Adler se excusó mientras al unísono, Sherlock replicaba.

- Si. - Contestó Irene, mientras intentaba ponerse a tono. Había olvidado lo que se sentía competir con Sherlock Holmes. - ¿Cómo lo supiste?

- Considerando que tu vuelo desde New Jersey llegó al Heathrow hace una hora y que obviamente pasaste al hotel a registrarte y dejar tus pertenencias, no es una deducción muy difícil. - Replicó él, fríamente. - Primer consejo, no te hospedes en un hotel, busca otro sitio.

- Si. - Dijo Irene, como si nada de lo que Holmes hubiese dicho la sorprendiese realmente (al contrario de John, que hacía grandes esfuerzos para mantener la boca cerrada), para luego agregar: - Pero me refiero a ¿Cómo supiste que iba a venir?

- Toma asiento. - Ofreció Sherlock, señalando el sofá en frente a él. - Ofrecería té, pero no tuve tiempo de prepararlo, no estaba tan seguro de en qué vuelo llegarías.

- Y estuviste monitoreando - Señaló ella, sonriendo levemente mientras cruzaba una pierna sobre la otra.

La computadora encendida destellaba una pequeña luz intermitente, que había pasado desapercibida cuando la mujer estaba de pie, pero, el cambio de posición reveló la ubicación del objeto que Holmes trataba de ocultar. El truco ya no era tan impresionante.

- Algo así. - Reconoció él, con una pequeña mueca de descontento, mientras levemente empujaba con su pie el equipo un poco más atrás.

- Dime. - Solicitó ella una vez más, con algo más de autoridad en su tono.

- Si, Sherlock ¿cómo…? - Intervino John. Luego miró a Irene: - Lamento interrumpir, pero… de verdad me alegra que esté viva, señorita Adler. - Se volvió hacia su amigo y repitió: - Ahora, ¿cómo lo supiste?

- El mensaje de cumpleaños. - Contestó escuetamente el detective, no estaba realmente interesado en seguir revelando sus métodos.

- ¿Le contaste lo que dije? - Cuestionó John, abriendo los ojos de forma exagerada, algo avergonzado.

- ¿Qué dijo, Doctor Watson? - Preguntó Irene, mirándolo confundida.

- En serio no es relevante. - Contestó John, con las mejillas algo más rojas de lo habitual. - De hecho… creo que me debería ir ahora…

- No. Puedes quedarte - se opuso el detective. - Realmente deberías, tenemos un caso. - Luego dirigió la mirada más fría que pudo a Irene y dijo: - Y por cierto, lo tomaré. Pero tienes que ser honesta. Completamente honesta, Irene.

Se quedaron mirando. Como si se hubiesen congelado y no les importase el paso del tiempo. Como si fuesen un libro interminable, de esos a los que no se les puede sacar los ojos de encima.

- Probablemente debería hacer té. - Irrumpió John. Sherlock iba a protestar, pero el médico insistió sin darle lugar: - Si, haré algo de té. Definitivamente.

John se fue a la cocina, mientras Sherlock lo seguía con los ojos; cuando se le perdió de vista, posó nuevamente su mirada en la mujer que tenía en frente.

- ¿Qué quieres saber? - Preguntó Irene, casi en un susurro.

- Tú dime. Tengo una lista de treinta posibilidades, de verdad espero que lo que tienes para mí esté dentro de ellas.

- Entonces… - Dijo ella con una sonrisa entre los labios mientras se relajaba. - Sabías que iba a venir, pero no sabías cuando. Sabías que necesitaba tu ayuda, pero no sabes para qué. Dime, niño listo ¿desde cuándo haces las cosas a medias?

- Realmente la paciencia no es mi fuerte. Habla. Sin rodeos ni juegos. - Solicitó él, con brusquedad. Sabía perfectamente que cuando ella comenzaba a eludir las cosas era porque el asunto no era tan simple.

- Nosotros no existimos sin el juego, Sherlock. - Dijo ella, con la mirada en los labios del detective. Luego, desvió los ojos hacia su bolso y comenzó a buscar algo. - Además, ¿Dónde está la diversión, querido?

John volvió con el té, mientras Irene sostenía algo apretado en su mano izquierda. La presión que ejercía en el objeto hizo aun más notoria la marca en su dedo anular, donde se suponía debía haber un anillo. Pero no estaba. La mujer cubrió el dorso de su izquierda con su mano derecha, lo que para beneficio de Sherlock, dejó ver que ahí, en el dedo de esa mano, debajo de su anillo de diamantes, llevaba una sencilla alianza de oro. Ella notó su mirada en sus manos y movió la derecha rápidamente para acomodar su cabello y luego recibir la taza que el doctor le ofrecía amistosamente.

-¿Qué es eso? - Preguntó el detective. El juego había empezado.

- Es una memoria. - Replicó ella, con simpleza y le dio un sorbo a su té.

Sherlock apretó los ojos y se llevó pulgar e índice de la mano derecha al puente de su nariz.

-Me refiero al contenido de la memoria. La sacaste cuando te pregunté qué necesitas, supongo que no son precisamente las fotografías de tu boda - Dijo, perdiendo la paciencia.

- Espera… ¿boda? Ella… - Preguntó John, mirando aleatoriamente a Holmes y Adler.

-Si. - Respondió Sherlock escuetamente. Entendía que no era fácil para su amigo tocar el tema, o entender la complejidad del contacto que mantenían él y La Mujer (de hecho, a él también se le escapaba a veces) - Hace seis meses.

-Siete. - Corrigió ella, bajando los ojos a sus dedos que jugaban con el dispositivo. - Fred tenía algunos asuntos que atender antes de la luna de miel. - Levantó la mirada y sonrió melancólica, mirando a la nada.

- ¿Entonces usted se casó y le seguía mandando mensajes a Sherlock? - Preguntó John, con el ceño fruncido.

- Ese no es el punto. - Intervino Holmes, irritado. Dio un sorbo a su té para serenarse y agregó: - ¿Qué hay en la memoria? Y, si no fuese mucha molestia ¿qué quieres de nosotros?

- La gente acude a ti cuando tiene un problema. Tú les das consejos, resuelves sus asuntos. En mi caso, mi problema es que no puedo regresar a Alemania, pero tengo en mi posesión un ítem, este - dijo, extendiéndole el objeto al consultor - que tiene que volver a las manos de su dueño original lo más pronto posible. La solución es simple, ayúdame a volver.

-¿Qué hay sobre el consejo? - Preguntó el detective, mientras levantaba su mirada para estudiar las expresiones de la mujer.

- No lo quiero. Ya sé lo que vas a decir y de verdad no quiero escucharlo en voz alta. En tú voz.

-¿Y por qué no le pide a su esposo que se reúnan en otro lugar? Usted le entrega la memoria y todos felices.

-No es tan simple. - Dijo Sherlock, mientras apoyaba el pendrive en su labio inferior, bajo la insistente mirada de su cliente. - ¿O me equivoco? - Miró a Irene y arqueó una ceja.

La Mujer se acomodó en el sillón, dejó la taza de lado y se aclaró la garganta para explicar.

De acuerdo a su relato, había estado en varios lugares antes de terminar en Alemania, donde conoció a Von Hoffmanstal. La química entre ellos había sido evidente desde el primer momento y no pasó mucho antes de iniciar su alianza, lo que los llevó a establecer relaciones más íntimas e involucrarse emocionalmente. Se casaron casi en secreto (los pocos invitados habían tomado y publicado las fotos que Sherlock había encontrado) y siguieron su vida normal. Tras volver de la luna de miel, el hombre se enteró de que un potencial caso de espionaje en su departamento, lo que, de acuerdo al contexto actual no era un tema que podía tomarse a la ligera. Habían protocolos para ello, pero los nuevos avances y secretos que se manejaban no aguantaban esperar las directrices de la cancillería, por lo que sencillamente decidió actuar por su cuenta, enviando a su esposa con el material más relevante (encriptada, obviamente) a esconderse mientras daban con la supuesta fuga de información. Las cosas se complicaron mucho más de lo esperado y tenían la certeza de que gran parte del programa nuclear se había filtrado a células y sectores considerados como "hostiles" por la Unión Europea.

-No es la primera vez que hacían algo así, ¿me equivoco? - Preguntó Sherlock, después de que la Mujer terminó su exposición.

-No. Una de las razones por las que Frederick es uno de los mejores en su posición es porque es un hombre de iniciativa. De hecho, cuando volaste la planta química en Túnez, estaba en Dubai, respaldando los datos de ese trabajo. Fue bastante impresionante. - Deslizó una pequeña sonrisa al final.

-Gracias. - Deslizó Holmes escuetamente.

-¿Por qué no se reunieron en algún lugar para resguardar la información? - Volvió a preguntar John, mientras revisaba las notas que había tomado durante el relato de Irene.

- Vaya, Doctor Watson, ha mejorado bastante. - Reconoció ella, desviando los ojos hacia el médico por una fracción de segundo. - Como ustedes saben, soy un poco reacia a hacer lo que me dicen. Traté de ayudar por mi cuenta, pero salió mal.

- Obviamente. - Replicó Sherlock, ganándose de vuelta la mirada de Adler. - ¿A quién acudiste?

-Un amigo. Turco. Sólo cuando Fred lo dijo me di cuenta de lo estúpida que fui… Él… Bueno, ellos creen que lo traicioné. Ahora, si pongo un pie en Alemania o saben dónde estoy, o intento hacer algo respecto a esa información no habrá Sherlock Holmes en el mundo que llegue a rescatarme.

John miró de reojo a su amigo. Se imaginó en su posición y analizó su expresión. Dios, el hubiese actuado tan diferente.

-Entonces, te buscan. Saben que vas a tratar de volver a Alemania. Pero no son sólo ellos ¿no es así? - Preguntó el detective.

- Digamos que las noticias se esparcen más rápido de lo que esperaba. Y bueno, como no es la primera vez que hago este tipo de cosas, presumo que más de alguien tiene una especie de expediente… digo, soy bastante fácil de seguir, después de todo.

- No diría lo mismo. - Susurró Sherlock, para dar el último sorbo a su té.

- ¿Dónde está? - Preguntó ella, casi sin hablar.

Holmes se puso de pie y caminó por el lado del sillón en el que estaba Irene, dirigiéndose a la cocina. John no alcanzó a oír y la mujer comenzó a mirar con detalle los rincones del apartamento.

-¿Qué conseguiste de tu reunión con tu amigo?

-Muy poco. El sistema de símbolos que utilizaron fue desarrollado recientemente, y según lo que me dijo, es probable que sea únicamente para este programa. Lo que sé es que si de verdad se filtró lo que los alemanes creen, algo va a pasar muy pronto. Y puede que sea grave.

Sherlock se detuvo en silencio a pensar. Miró el objeto, plateado, de no más de seis centímetros. Recordó que una vez, la vida de Mary dependió de algo similar y ahora, aunque no lo dijese, la de Irene también lo hacía. ¿Era una segunda oportunidad? ¿La vida de verdad estaba siendo generosa con él? La miró de reojo, con la mirada perdida en la biblioteca. Brillante. Y se dio cuenta de que no podía darse el lujo de arriesgarla también. Que aunque sus ideas sobre ella fueran muy diferentes a las que John creía, no podía permitirse que algo le pasara. No en su guardia. No importaban las razones.

- Tenemos que llamar a Mycroft.

La voz del detective sobresaltó a ambos por igual, Watson y Adler. El doctor lo miró, pidiendo explicarse, mientras la mujer se volteó, con un gesto de preocupación evidente

- No creo que sea una buena idea.

- A mí tampoco me agrada, pero es la única opción que tenemos.

-¿Por qué? - Preguntó ella, mientras el detective se acercaba.

- Tú lo dijiste - Contestó Holmes, comprensivo. - Si fallamos no podré salvarte. Sherlock Holmes no podrá salvarte, Irene Adler, pero quizás Mycroft Holmes pueda hacer algo decente respecto a ello. Tú caso, llevarte de vuelta allá, aclarar las cosas con Von Hoffmanstal… lo que sea que quieras sigue siendo mi caso. Sólo estamos pidiendo refuerzos, ¿está bien? - Sherlock aguardaba contestación. Ella sólo sonrió, poco convencida. Pero él necesitaba una respuesta, así que se inclinó en el costado del sofá, quedando a su altura y le dijo: - ¿Confías en mí?

- Tú me salvaste la vida- Respondió la mujer, conmovida.

-No es lo que te estoy preguntando.

Irene sonrió ofuscada. Lo miró en silencio un segundo.

- ¿Y qué demonios crees que hago aquí?

.

.

Sherlock llamó a Mycroft. En el intertanto, la señora Hudson trajo galletas, John preparó más té. Él y Adler comenzaron a hablar sobre temas más triviales, mientras Sherlock pensaba y buscaba la mejor manera de resolver el problema.

Había pasado cerca de media hora y decidió darse un descanso, intentando involucrarse en la conversación mundana que ocurría junto a él, miró a la mujer. La analizó, y solo ahí se dio cuenta de que no lo había hecho apropiadamente cuando entró al cuarto. Que, al igual que cuando se habían conocido, se había dejado llevar por lo que ella había puesto para él, pero no podía ver más allá. Conclusión: no se lo había dicho todo; pero más importante aún, lo que no le había dicho, de cierta forma era lo que había cambiado todo. No la supuesta amenaza latente. Era eso; ese algo que ella no había mencionado.

Un ruido alertó al detective.

- Creo que puede ser Mycroft - Dijo, interrumpiendo una anécdota que John contaba sobre Rosie, y en la que Adler estaba genuinamente interesada. - ¿John, podrías ir a recibirlo y decirle que no necesita amenazarnos?

- Seguro. Pero después de lo del payaso, dudo que me tome muy en serio. - Bromeó Watson y salió.

- ¿Qué payaso? - Inquirió Irene, intentando no imaginarse muchas cosas.

- Es una larga historia. - Replicó el médico, antes de cerrar la puerta.

Se quedaron solos. Adler se puso de pie al igual que Sherlock (y casi al mismo tiempo) mientras ambos se paseaban por la habitación, nerviosos. La mujer comenzó a acercarse a la biblioteca con aparente curiosidad, mientras Sherlock la observaba con paciencia, intercalando su mirada con la puerta.

- En serio, ¿dónde está? - Preguntó ella, con curiosidad infantil.

- ¿Qué cosa? Oh… No tengo uno.

- Yo sé que lo tienes.

- ¿Por qué?

- Porque te preocupas por mí. -Se acercó a Sherlock a una distancia mínima. -Es más, me cuidas, constantemente. Por supuesto que tienes uno y lo voy a encontrar aunque eso me tome amarrarte desnudo a tu cama. - Arqueó la ceja al final y sonrió coqueta.

-Me gustaría ver que lo intentes. -Replicó el detective, en un susurro.

Adler lo miró, desconociéndolo. Podría haber dicho un millón de cosas para responder a eso. Aunque quizás hubiese sido más efectivo hacer algo. Desafortunadamente, John y Mycroft cruzaron la puerta seguidos de dos agentes y Anthea, mientras Irene y Sherlock caminaban cada uno por su lado, manteniendo el pequeño secreto de su interacción.

-Señora Adler. - Dijo el hermano mayor de Sherlock, haciendo hincapié en el enunciado de la frase.

- Señor Holmes. - Saludó Irene. Se acercó a él y se dieron un apretón de manos que se vio mucho más frío y formal de lo que realmente fue.

Mycroft no necesitaba saber mucho más, John le había explicado en términos generales la raíz del asunto y agregado un par de comentarios (algunos por su cuenta y otros solicitados por Holmes) sobre la conversación entre la mujer y el detective. Él tenía sus propias ideas, también. La razón de su tardanza correspondía a sus esfuerzos infructíferos de contactar a su par alemán y convocar a sus colegas para hablar sobre el problema de seguridad que significaba la presencia de Irene Adler en territorio británico, además de otros asuntos.

- ¿Nos puedes ayudar entonces? - Solicitó Sherlock, mirando a su hermano.

- Supongo que no tengo alternativa, ¿verdad? - Replicó, resignado. Luego se dirigió a la Mujer y agregó: - Se consiguió una póliza de seguro bastante efectiva esta vez, Irene. - Mantuvo su mirada en ella unos segundos, desafiante. Finalmente, miró alrededor del piso y dijo: -A todo esto, ¿Dónde está?

- Yo la tengo y se quedará conmigo hasta que tengamos una reunión con tus amiguitos del club de seguridad nacional y puedan respaldar nuestro plan de acción. - Respondió el hermano menor, con un toque de insubordinación en la rapidez de su discurso.

-¿Hasta mañana a las nueve? - Inquirió Mycroft, haciéndole notar lo infantil que era su arranque de rebeldía.

Sherlock sólo apretó los labios, pero se mantuvo estoico.

- Señor - Interrumpió Anthea, acercándose a su jefe. - El perímetro de la casa está asegurado, la señora Adler puede ser trasladada.

-¿Casa? ¿Dónde? - Preguntó Irene, exaltada por la información que acababa de escuchar.

- El hotel no es una decisión muy sabia, como usted notará - Explicó Mycroft.

La mujer cruzó los brazos y apretó los labios mientras miraba a Sherlock quien la observaba con una mueca de "Te lo dije".

-Conseguimos su antigua casa en Belgravia, de forma de mantenerla a salvo y cómoda - Explicó la asistente del mayor de los Holmes.

- Bien. Bien. - A Irene le gustaba la idea mucho más de lo que dejaba entrever. - Y supongo que lo único que tenemos que hacer ahora es pasar al hotel por mis cosas.

-De hecho, me informan que ya las recogieron. - Respondió Mycroft, mientras Adler lo miraba con una genuina expresión de no entender cómo lo habían hecho. Él lo notó y agregó con superioridad: -No fue difícil, después de haberla visto tantas veces portando el apellido Valladon.

-¿Usted también tiene un archivo? - Preguntó ella con ironía.

Los agentes la escoltaron a ella y Anthea a la salida, mientras John iba a revisar a Rosie. Los Holmes se quedaron a solas, en silencio, estudiándose el uno al otro. Sherlock sabía que Mycroft no llevaba registro de los alias y paraderos de Irene Adler por que la considerase dentro de su lista de "Personas de Interés", entendía que tenía que ver más con él; poner una barrera en caso de que al detective se le ocurriese salir corriendo tras ella en medio de un grupo terrorista (otra vez).

Mycroft no tenía idea de nada. Si algo había aprendido, es que su conocimiento de sus hermanos era nulo. No tenía ni la más mínima idea de cómo o por qué Sherlock se había ofrecido voluntariamente a cuidar de Irene Adler. Y le asustaban las posibilidades.

-¿Ya te vas? - Preguntó el menor, interrumpiendo el silencio, mientras señalaba la puerta a su hermano.

Bajaron por la escalera.

-Mycroft… hay algo… - Comenzó Sherlock, mientras estaban frente a la puerta que daba a la calle - Hay algo que no está bien con ella. No sé que es, pero…

- Se ha movido con torpeza. Está haciendo y comportándose como si no supiese lo que hace. ¿Es eso?

-No. No. - Negó también con la cabeza en el segundo. - No está siendo torpe en lo absoluto, al contrario. Creo que está siendo muy lista. Demasiado. Más que nosotros dos juntos, hermano.

Sherlock no dijo más y abrió la puerta. Mycroft abordó su automóvil, pensando en las palabras del detective consultor.


N/A:

Sé que los dos primeros capítulos son un poco lentos, pero desde el siguiente toma un poco más de ritmo (y divertido... según yo)

-Me encantaría saber que piensan hasta ahora (y en los capítulos siguientes)