Cuando desperté yacía recostada en la nieve. El frío calaba mis huesos, y tenía la sensación de que cualquier movimiento, así fuese el más mínimo, terminaría por desgarrarme algún músculo. Mis rodillas se sentían como frías piedras hundidas en el hielo. Comencé a pedir ayuda a gritos con la esperanza de que alguien pudiera oírme y venir en mi auxilio. Voltee de derecha a izquierda, anhelando ver a alguien aproximarse, pero el tiempo solo transcurría y cada minuto era más tormentoso.

Era de noche. La oscuridad se extendía sobre mí y la luz de la luna era tan débil que apenas servía para iluminar mi aliento frío que se formaba en forma de humo fuera mi boca con cada sollozo que soltaba.

Pensé que moriría.

Poco a poco comencé a sentir que el frío invadía mis pulmones y cada bocanada de aire era como sentir cuchillas pasando a través de mi garganta y finalmente desgarrando la tráquea. Cedí a la resignación de la muerte.

Ningún grito de auxilio sería suficiente para que alguien me encontrara. ¡Iba a morir! Pero en vez de eso, desperté en una incómoda cama rodeada de personas que vestían de blanco. Por un momento pensé que eran ángeles, pero después de un par de parpadeos, distinguí a un montón de enfermeras rodeándome y acomodando tubos y medicamentos por todas partes. Había una luz cegadora sobre mi rostro. ¿Acaso estaba muerta? ¿O solo estaba sumida en un profundo sueño tan exasperante como la última prueba de cálculo?

Me senté al borde de la cama, mientras escuchaba mi quejumbroso interior. Había naufragado dentro de mis propios pensamientos desde hacía ya un rato, por lo que dude estar completamente consiente. Tenía la sensación de estar flotando. Al menos hasta el momento en que mis pies chocaron fríamente contra el piso.

De pronto, unos hermosos ojos negros que adornaban un bello rostro de piel clara captaron mi atención casi de inmediato.

Del otro lado de la ventana de la habitación, un joven me miraba suspicaz y desafiante. Tuve que ejercer gran esfuerzo sobre mis rodillas para lograr ponerme de pie y caminar hasta el. Su rostro denotaba hastía y desgano.

-¿Quién eres?- exigí. Apenas volvió los ojos para mirarme pero sin articular ni una sola palabra- Te he hecho una pregunta, ¿a caso no me has escuchado?

-Vuelve a la cama- Me ordenó.

-Quiero saber quién eres y porque has estado mirándome desde hace un rato- espeté.

-Baja la voz- dijo-O todos creerán que te has vuelto loca.

-Dime quien eres- repetí-¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué estás aquí?- El muchacho soltó un suspiro largo y puso los ojos en blanco.

-Mi nombre es Sasuke- dijo- Soy un Shinobi de Konoha, a decir verdad uno de los más fuertes.

-¿Fuerte?- Me bufé- ¿Acaso estás jugando conmigo?

-Escucha-Exclamó- Vine aquí a protegerte, y en cuanto estes lista me marchare- dijo mientras sostenía un maletín negro contra su regazo.

-¿Eres a caso como una especie de perro guardián?

-Si quieres verlo de ese modo...- dijo exasperado mientras yo lo escudriñaba de pies a cabeza. Vestía como todo un ninja de profesión.

Los ojos grises del muchacho brillaron en cuanto se dio cuenta de mi inquietud por su aspecto. En la mano derecha, sostenía con firmeza un mango de espada, y me tomo un minuto darme cuenta de que se trataba de una katana.

Él tenía un aspecto intrigante. Un joven alto y clara piel de alrededor de 20 años de edad. En cuanto se puso de pie y me dio la espalda, supe que no tenía la intención de hacer amigos.

Lo vi en mi habitación las siguientes tres noches, mirándome desde un rincón, como si algún veneno navegara por sus ojos. De momentos me preguntaba, de qué forma unos ojos tan bellos podían causar semejante sentimiento de pánico.

Me sentaba en la orilla de mi cama, mientras veía venir sobre mí, todo un diluvio de preguntas sin respuesta. Sasuke me confundía. Me asustaba. Me gustaba. Tenía la sensación de que nadie en la habitación podía verlo, salvo yo. Las enfermeras iban y venían y siempre lo ignoraban por completo. Yo no podía decir nada al respecto, pues el miedo de que pensaran que estaba loca, se había vuelto una parte crucial en mis pensamientos. Me hizo callar.

La primera vez que lo vi sonreír era mediodía de un tranquilo miércoles. Los rayos del sol iluminaban tenuemente el piso de mi habitación. Su semblante cruel se había disuelto casi por completo, en una suave capa de dulzura que se extendía por la comisura de sus labios. Me miro tenaz. Extendió su mano y tomo la mía con suavidad. Me levante de la cama casi de un salto mientras observaba sus ojos resplandecer con la luz que se colaba por la ventana.

Arrastro el maletín negro junto a mis piernas y dijo:

-Lo necesitarás

Sentí que el maletín me fue entregado junto con una buena dosis de curiosidad. Lo abrí para saber lo que contenía.

Encontré un montón de vistementa para una Kunoichi, parecida a la que el usaba; sin mangas, ajustada, medio a medo muslo.

Me gire sobre mí misma para echar un vistazo a la cama. Mi cuerpo yacía allí. Los médicos alrededor estaban alterados.

Sasuke sonrió una vez más. Me tomo firmemente de la mano y clavó suavemente su mirada en la mía. Comencé a avanzar hipnotizada en sus bellos ojos oscuros.

-Te he buscado una eternidad- me dijo- ¿A caso no me reconoces?

-No- le respondí entrecerrando los ojos, tratando afanosamente de descubrir si estaba jugando conmigo.

-Estuvimos enamorados en el pasado. El día que tú moriste yo me propuse a encontrarte de nuevo, aunque fuese en otra vida.

Y de inmediato recordé sus ojos, y la última vez que los vi. Cuando de ellos brotaban las más cristalinas lágrimas y me rogaba que me quedase a su lado. Antes de que yo cerrase los míos para siempre.

-¿Estas lista?

-Si- Sonreí, me aferré a él y nos marchamos.

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Aww :3

Espero les haya gustado este fragmento.