Capítulo 2

Jasper Whitlock se preparó para recibir un aluvión de fruta, ya que el frutero estaba lleno de manzanas, plátanos, granadas y naranjas. Pero no sucedió nada. Su encantadora invitada permaneció arrodillada en mitad de la cama mirándolo aterrorizada pero de forma orgullosa y desafiante.

Él experimentó cierta tensión en una parte oculta de su corazón y supo que si tomaba cierto camino su vida nunca volvería a ser la misma.

Trató de contenerse. Estaba poniéndose sentimental.

Aquella mujer le daba pena, aunque sospechaba que lo último que ella deseaba a pesar de las circunstancias era que alguien le tuviera lástima. Jasper levantó las manos con un gesto conciliador, tratando de transmitirle simpatía y seguridad.

— ¿Cómo se llama? —le preguntó en un educado inglés. Era posible que la combinación de aquella aterradora experiencia y el implacable sol de México hubieran provocado daños en su cerebro.

— ¿Qué más le da cómo me llame? —contestó ella, después de dudar un instante. Tenía los brazos cruzados sobre sus pechos redondeados, y la barbilla inclinada con un gesto obstinado. A pesar de las ampollas y los moretones que cubrían su piel quemada por el sol, era una mujer bella.

Jasper tragó saliva. Nunca se había encontrado con una mujer tan atrevida, ni siquiera en sus frecuentes viajes a Estados Unidos, y sentía una mezcla de furia y ternura ante su atrevimiento.

—Exijo que me dejes marchar —dijo ella—. Si no lo haces, ¡te aseguro que encontraré la manera de llamar a la policía!

Jasper río, aliviado y encantado de ver que tenía un espíritu luchador. La mente que se escondía tras aquella mirada chocolate era tan despierta como la suya.

—Estamos en un lugar remoto de México —dijo él, entonando la última palabra con acento nativo—. Créame, estará mejor conmigo que con los federales —se cruzó de brazos—. Se lo preguntaré una vez más, ¿cómo se llama?

— ¿Y usted? —contestó ella, como si fuera un escorpión acorralado.

Él sabía que debería estar tranquilizando a la mujer, y que Esme lo fustigaría si descubría que no había calmado los temores de la visitante desde un principio, pero disfrutaba demasiado de aquel juego. Estar cerca de aquella mujer era como beber agua fría de un pozo después de sufrir una sed brutal.

—Jasper Whitlock —contestó él esbozando una sonrisa.

Ella arqueó una ceja y retiró de su rostro un mechón de cabello castaño.

—Jasper. Eso es una versión de Gaspar, ¿no es así? —lo miró tratando de decidir si aquel nombre era adecuado para él—. Desde luego no es la clase de hombre al que la gente llamaría Gaspar (*) —comentó.

Jasper contuvo una carcajada, pero imaginó que su diversión se mostraba en la mirada de sus ojos de color azul oscuro, legado de su abuela norteamericana.

—No —admitió—, no creo que Gaspar sea un nombre adecuado para mí —se calló y esperó.

—Me llamo Bella —dijo ella al fin—. Isabella Swan, pero no sé por qué le importa. Una esclava no necesita un nombre.

—No es una esclava, señorita Swan. Es señorita, ¿no es así? —Jasper formuló la pregunta con un tono ligeramente brusco, pero de pronto sintió como si el rancho, las minas de plata de su abuelo, todo lo que poseía y con lo que siempre había soñado, dependieran de su respuesta.

— ¿Me dejaría marchar si estuviera casada? Porque si esperaba una mujer virgen, se ha equivocado.

El corazón de Jasper latía de forma irregular. No debería importarle si Isabella Swan se había acostado alguna vez con un hombre, y sin embargo, le importaba. Esperaba que lo hubiera hecho pero, al mismo tiempo, confiaba en que no fuera así.

—Como ya le he dicho antes, no está prisionera. Cuando se encuentre bien será libre para marchar dónde desee.

Ella entornó sus maravillosos ojos marrones con desconfianza.

—Me han secuestrado, señor Whitlock. Me trajeron aquí en contra de mi voluntad. ¡Y usted mismo dijo que me había comprado!

—Sí, la he comprado. Pensé que sería mejor que permitir que pasara al siguiente comprador.

—Quiero irme a casa.

—Y se irá. Cuando se haya recuperado de su terrible experiencia.

—No. Tengo que marcharme ahora mismo. Si me permite llamar a mi tío que vive en Seattle, estoy segura de que él buscará un transporte especial.

Jasper llegó a la conclusión de que no tenía novio ni esposo. De haberlo tenido no habría sugerido llamar a su tío. La idea provocó que una extraña alegría se apoderara de él pero junto a ella, experimentó cierto temor al pensar que iba a marcharse.

Esa sensación hizo que Jasper se sintiera furioso consigo mismo. Tenía mujeres más bellas y sofisticadas repartidas por todo el mundo, así que no necesitaba a aquella castaña llena de pecas quemada por el sol.

Al menos, no demasiado.

—El teléfono más cercano está a ciento cincuenta millas de aquí —dijo él.

— ¡Mi tío estará preocupado! —gritó ella.

—En México las cosas funcionan despacio —dijo Jasper.

—Seguro que tiene una radio de onda corta para utilizar en caso de emergencia. Podría enviar un mensaje con ella —insistió Bella.

Jasper suspiró.

—No —dijo—. Aquí vivimos de forma muy parecida a como vivían nuestros abuelos —al ver que ella miraba la lámpara de queroseno que había sobre la mesilla y después al techo, donde en una casa moderna se habría encontrado la lámpara, añadió—: Tenemos un generador para el agua caliente y para los electrodomésticos de la cocina.

Ella lo miró asombrada y negó con la cabeza.

— ¿No tienen radio? ¿Ni teléfono, ni televisor, ni fax?

Jasper río, deseando acercarse a la cama y tomar a Bella entre sus brazos. Pero no quería asustarla.

—Lo siento. Aquí no tenemos mucha tecnología. Esme tiene un televisor pequeño que funciona con pilas pero me temo que no le gustaría ver la reposición de La isla de Gilligan doblada al español.

—Ha sido de gran ayuda, señor Whitlock —comentó ella.

Él sonrió, y se dirigió a la puerta. Había terminado de darle explicaciones a esa mujer. Ella no había creído ni una palabra de lo que le había contado y eso le irritaba profundamente.

— ¿Cree que no es así? De no haber sido por mí, señorita Swan, en estos momentos desearía estar muerta.

Ella abrió mucho los ojos al recordar lo que podía haberle pasado, pero su mirada volvió a incendiarse enseguida.

—Discúlpeme por no haberle dado las gracias por mantenerme prisionera en esta casa —replicó.

Jasper suspiró y abrió la puerta para marcharse, aunque era como si el cuerpo de aquella mujer emitiera cierta carga electromagnética y tratara de impedírselo.

—Jamás esperaría que una niña mimada norteamericana, lo bastante insensata como para vagar sola por el desierto, me diera las gracias —contestó en tono brusco y defensivo.

Otra pieza de fruta golpeó contra la puerta en el mismo momento en que él la cerró tras de sí. Sonriendo, Jasper se alejó por el pasillo.

Por mucho que le gustara, el rancho podía convertirse en un lugar solitario. Al menos, durante los días siguientes, la enérgica señorita Swan proporcionaría cierto dinamismo a su vida tranquila.

Esme llevó la comida a la habitación de Bella poco después de que Jasper se marchara. Bella se avergonzó por el hecho de que la fruta estuviera tirada por el suelo. Mientras ella se tomaba el gazpacho, la asistenta limpiaba el desastre con una media sonrisa.

—Ojalá hablaras inglés —dijo Bella cuando terminó de comer y Esme le recogió la bandeja—. Así podríamos hablar. Podría contarte cosas sobre mi tío Aro y sobre los premios que he ganado por mis piezas de cerámica. Tú podrías hablarme de tu jefe. Es un bastardo. El señor Whitlock, no mi tío, pero supongo que a ti te caerá bien.

Esme la escuchaba de manera educada aunque era evidente que no comprendía más que algunas palabras. Cuando Bella se calló, la otra mujer sonrió y pronunció algo con amabilidad.

Después de que Esme se marchara, Bella salió de la cama y, con piernas temblorosas, se dirigió al baño contiguo. Al menos había agua corriente.

Cuando regresó a la cama trató de idear un plan para escapar, pero no conseguía pensar con claridad. Cerró los ojos y se quedó dormida, despertando horas más tarde, cuando Esme encendió la lámpara que estaba en su mesilla de noche. Sobre la mesa que estaba en una esquina de la habitación había una bandeja con comida.

—Buenas noches —dijo Esme.

La lámpara iluminaba la habitación de forma tan acogedora que Bella podría haber olvidado que estaba cautiva en aquella casa. La cena consistía en arroz con pollo, pimiento, zanahoria y cebolla. Un plato no muy picante pero muy colorido.

Cuando Esme regresó para llevarse el plato vacío, Bella le dio las gracias y ella sonrió.

Durante unos minutos, Bella había conseguido olvidar que era una extraña en una situación peligrosa. Después de que Esme se marchara, se sintió sola. Le gustaba la compañía de la asistenta, a pesar de que tuvieran una barrera idiomática, y agradecía la ayuda que ella le proporcionaba.

Bella recordaba vagamente que Esme la había bañado cuando llegó al rancho, y que después le había curado las quemaduras con antiséptico y una loción refrescante. Estaba en deuda con su amiga silenciosa.

Inquieta, Bella decidió salir a la terraza. A lo mejor había una escalera o algo parecido y, unos días después, cuando se encontrara más fuerte, podría descender por ella y escapar. Quizá incluso descubriera que su dormitorio se encontraba en la planta baja de la casa, aunque lo dudaba.

Abrió la cristalera y salió a la terraza. La belleza tropical hizo que contuviera la respiración.

No había arena y cactus como en el México que recordaba antes de que la secuestraran. No, allí había palmeras meciéndose bajo el cielo estrellado y una luna plateada que se reflejaba sobre el agua.

Justo debajo de la terraza había un patio de ladrillo y mármol. En él había una fuente enorme, flores tropicales de muchos colores y bancos de hierro de color blanco. Todo ello estaba iluminado por la luz de la luna, las estrellas y unas velas que ardían dentro de unos vasos de cristal.

Asombrada, Bella se movió junto a la barandilla buscando la manera de bajar. No había ni escalera ni árboles. Y la única manera de escapar era saltar desde lo alto hasta un jacuzzi caliente, y no se sentía tan aventurera.

De pronto, el agua del jacuzzi comenzó a burbujear. Jasper apareció y se acercó al borde. Bella se sorprendió al ver que iba completamente desnudo y que se metía en el agua.

Sabía que debería retirarse. Cuando él levantó la vista, ella se sonrojó.

— ¿Quiere acompañarme? —preguntó él.

Horrorizada por el hecho de que la hubieran pillado observando a un hombre desnudo, Bella se esforzó en ocultar su vulnerabilidad.

—Me ha comprado. Imagino que podría obligarme a hacerlo.

Jasper río, y el sonido de su risa invadió la oscuridad como una suave caricia. Bella sintió que sus pezones se ponían erectos.

—Si le ordenara que bajara, ¿obedecería?

—Por supuesto que no.

Él extendió las manos, sin dejar de mirarla.

— ¿Lo ve? —Dijo él con resignación—. Hoy en día es prácticamente imposible encontrar una buena esclava del amor.

Bella se mordió el labio inferior, alegrándose de no haber intentado saltar al agua desde la barandilla. Al ver que el agua sólo cubría hasta la cintura de Jasper, se percató de que se habría partido la crisma.

—Creía que había dicho que no tenían electricidad —lo retó, desesperada por cambiar de tema. De pronto, la idea de ser la prisionera de Jasper ya no le parecía tan poco atractiva.

— ¿Por esto? —Preguntó señalando el jacuzzi—. Ya le dije que tenemos un generador portátil. Varios.

Bella se cruzó de brazos.

—Creo que me está reteniendo más de lo necesario, señor Whitlock. Exijo que deje que me marche inmediatamente.

—Váyase —dijo Jasper, señalando la amplia extensión de tierra que había junto al borde del patio—. Le aconsejaría que fuera hacia el norte, que lleve toda el agua que pueda y que evite que la secuestren de nuevo. La primera vez tuvo mucha suerte.

Tenía razón, y Bella odiaba que fuera así.

—Sí —dijo ella—, Bueno, gracias.

Jasper se acomodó en el jacuzzi y apoyó sus brazos musculosos en los laterales. Bella estaba casi segura de que había cerrado sus sensuales ojos y se abandonaba al calor y al movimiento del agua.

—De nada, Bella —dijo él—. Pero si empiezas a tambalearte por el desierto, siéntete libre para regresar. Estaré encantado de comprarte, aunque no creo que la segunda vez merezcas un precio tan alto.

Bella sabía que Jasper estaba bromeando.

—Por supuesto, te devolveré el dinero en cuanto pueda acceder a mi banco…

Ella sabía que él había abierto los ojos, y sentía su penetrante mirada a través de la barandilla de piedra de la terraza y del fino camisón que llevaba.

—Lo harás, sin duda —contestó él—, pero tengo todo el dinero que necesito. Tendrás que pensar otra manera para saldar mi deuda, Isabella Swan.

.o0o.

(*)Gaspar es una versión de Jasper según Wiki y me sirve ya que Bella se refiere a que el nombre no encaja con el personaje, y al igual que en la versión original, no me imagino a un dominante como este personaje con un nombre como Gaspar o Steve… (Sin ofender a quien se llame o conozca quien se llame así) xD

Perdón por la tardanza pero la vida real exige mucho y más cuando tienes un pequeño piojo hiperactivo de dos años que amo a morir.

Mi historia original Amanecer, la dejare en pausa por motivos de inspiración pero no la abandonare, solo me tardare en actualizar, a cambio, actualizare más seguido esta y otras adaptaciones que tengo en mente. Espero me acompañen en esta y otras aventuras.

Nos leemos pronto pronto.

Kida.-