Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
CAPÍTULO II
Después de haber leído la carta que le había entregado el alemán, la desesperación se adueñó de todo su ser. No quería creer que aquellas palabras habían sido escritas por las mismas manos que hacía un par de días le habían acariciado la piel. No, eso no era posible. Antonio leyó y releyó tantas veces la misiva que se la había aprendido enseguida.
Sin embargo, todavía no concebía que Lovino se hubiese ido de su lado. Hizo lo primero que se le ocurrió, aunque tal vez no fue lo más brillante. Salió corriendo de allí sin siquiera decir algo al alemán que estaba a su lado, nada más le interesaba. Tal vez y sólo tal vez, si se apresuraba podría alcanzar al italiano y detenerlo antes que fuera muy tarde.
Pero por más que lo hiciera y buscara por todos los caminos del pueblo, no había ningún rastro del vehículo o del muchacho en cuestión. Quitó su móvil de su bolsillo y no dudó un momento más. Llamó y llamó, sin ninguna suerte. Insistió tanto que se quedó sin batería.
—¿Por qué…? —No se explicaba cómo era posible que aquel muchacho quien alguna vez le había dicho que le amaba podía ser tan cruel. A pesar de que ya se esperaba los golpes y los insultos, nunca se había imaginado que llegaría a ese límite —¿Por qué…? —volvió a preguntar como si realmente Lovino pudiese responderle.
Nunca antes había querido a alguien de esa forma y la única vez que realmente había creído encontrar a esa persona, ésta simplemente le había abandonado. Ni siquiera había sido capaz de decirle en la cara las razones por las cuales había decidido irse con su abuelo o por lo menos, despedirse en forma. Se arrodilló ahí mismo, sin importarle los transeúntes.
¿Cómo pudo haber pasado eso? Si lo hubiera sabido antes, si hubiera medido sus palabras… ¡Si hubiera pensado en las consecuencias de su decisión! No podía odiarse más a sí mismo en ese preciso instante. Todo era su culpa, había alejado a la persona a quien más había amado y a quien se había dedicado con todo el ahínco del mundo, por un mero capricho. ¡Si hubiera sido un poco más paciente, nada de esto hubiera ocurrido!
Pasaron un par de días y nadie había tenido noticas del español. SI bien por aquel entonces, no había demostrado ser un gran amigo, el francés estaba bastante preocupado. Había ido a la cafetería del hombre en cuestión y no había señales de vida allí. Incluso la belga, quien se suponía que le estaba asistiendo con todo el trabajo, no sabía en dónde se hallaba.
Por alguna razón que nunca consiguió comprender del todo, había decidido chequear la estación de trenes. No era ningún secreto en el pueblo acerca de la partida de Lovino y no dudaba por un segundo que era ése hecho el que tenía desaparecido al hombre. Tragó saliva, pues si no lo hallaba en ese lugar tan particular, tal vez tendría que hacer alguna denuncia.
Repentinamente le llamó la atención un muchacho desaliñado quien tenía el mismo color de cabello que Antonio. Francis dudó si debía acercarse o no, pues podría tratarse de un vagabundo de esos que siempre andaban por los vagones. Esperó unos minutos, aguardando pacientemente por la siguiente acción de ese aparente desconocido.
Aquella persona parecía que no había conciliado el sueño en un par de días, como mínimo. Tampoco había probado bocado alguno. Simplemente estaba sentado allí, mirando y observando atentamente a las personas que pasaban a su alrededor. No hacía nada más que eso, por lo que supuso que se había equivocado. Dio un par de pasos más y allí fue cuando se dio cuenta.
—¡¿Antonio, eres tú? —preguntó sin todavía poder creer lo que sus ojos azules estaban viendo. Los abrió y cerró varias veces, para asegurarse de que no estaba sufriendo de alguna alucinación visual o algo semejante —¿Qué rayos haces aquí?
—¿Eh, Francis? Ah, es una historia larga… —rió sin apartar la mirada —. Ah, es que estoy esperando a Lovino…
—¡Basta de esta tontería! —Le agarró de la mano y aunque el español estaba bastante sucio, no le importó. No soportaba el hecho de que su amigo se estuviera humillando de esa manera tan desquiciada. Alguien debía detenerlo y ése sería él, le gustara o no a Antonio.
—Pero…
—¡Pero nada! ¡Te vienes conmigo! —respondió el rubio sin soltarle al otro pese a su protesta —. Es demasiado, simplemente demasiado —murmuró.
Nunca lo había visto en ese estado y el francés, aunque dudó por un momento, había decidido intervenir de una vez por todas. Aunque sabía que el dolor del hispano venía de lo más profundo, por lo menos haría su mejor esfuerzo. Incluso, pese a que sólo estaba sosteniendo su mano, podía sentir el malestar del muchacho. Sería un pésimo amigo si no lo hiciera, ya que después de todo, habían estado juntos desde la secundaria.
Ese horrible sentimiento estaba como siempre latente. Pero el hecho de que Lovino estuviera allí, le daba nuevas esperanzas. No le importó que estuviera con alguien más. Si conseguía hacerle recordar lo bien que habían pasado durante su relación, tal vez…
No sabía si era producto de su ansiedad e imaginación o realmente era el italiano en persona. Pero no iba a quedarse con la duda, así que se levantó para asegurarse de que se tratara de lo segundo.
Era un pensamiento quizás absurdo, pero un optimista hasta el final. Si no lo intentaba, sería una oportunidad desperdiciaba. Sí algo había aprendido de haber estado con el italiano, es que debía decirle las cosas en la cara.
—Oye, Antonio. ¿A dónde crees qué vas? —le cuestionó el francés, al ver que se iba alejando de sus asientos.
—Debo ocuparme de un asunto —Le guiñó y luego continuó caminando hacia donde se hallaba el hermano de Feliciano.
—Esto no va a terminar bien… —comentó Francis. Pero, ¿qué podía hacer? Pudo notar enseguida la determinación del español, por lo que prefirió no interferir. Ya luego éste se daría cuenta de lo equivocado que estaba.
El español se dirigió hacia el asiento que ocupaba el muchacho y se paró a su lado, hasta que éste se percatara de su presencia. Si bien era cierto que el hispano había repasado más de mil veces lo que iba a decirle a Lovino cuando lo tuviera en persona, era difícil concentrarse.
—Lovino —le llamó con suavidad, aunque la verdad era que se estaba conteniendo. Quería abrazarle, pues después de tantos meses de espera, estaba allí, sano y salvo. Pero no quería escarmentarlo, ya sabía demasiado bien cuál sería su reacción.
El muchacho levantó la mirada. Estaba consciente de que en algún momento u otro, tendría que confrontar al español. Sin embargo, quiso postergar un poco más esa situación. Aún no se sentía preparado para hablar con él, después de todo lo que había pasado.
Trató de ignorarlo, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera oído su nombre. Se limitó a susurrar algo al turco y continuó mirando hacia adelante. O al menos, eso parecía gracias a sus lentes de sol. De hecho, cada segundo que el español se mantenía parado a su lado, se ponía un poco más nervioso.
Ésta era la razón por la cual no había querido regresar. Sabía que todos esos sentimientos iban a regresar en cuanto volviera a ver al hispano. Se mordió los labios para no decir nada al respecto.
—Ah, supongo que continúas ignorándome —suspiró con tristeza —. Bueno, ya sabes dónde estoy cuando quieras hablar conmigo.
Justo en ese momento, el acompañante del muchacho había terminado con su conversación telefónica. Miró de pies a cabeza al español y luego se dedicó a su chico.
—¿Te está molestando? —indagó.
—No, no le hagas caso a ese idiota —se limitó a decir Lovino. No quería pensar mucho en él.
—¿Lo conoces?
—No es nadie importante… —Aquello sonó como si se estuviera convenciendo a sí mismo más que una explicación para su acompañante.
Por su lado, Antonio caminó un poco desconsolado hasta su asiento. Aunque no ésa no era la manera en la que se había imaginado la situación, ¿qué más podía hacer? Miró al turco que estaba sentado a su lado, tomándole de la mano y se dio media vuelta. Tal vez, debió haber prestado atención a Francis.
Luego miró al acompañante de Lovino. Así que tan rápido lo había cambiado. Sí, estaba celoso por supuesto. Se suponía que el muchacho iba a ser siempre suyo así como él le pertenecía. ¿Por qué estaba con ese hombre? ¿Era mejor que él? ¿Le hacía más feliz?
Durante toda la ceremonia, Antonio se limitó a observar el paisaje. Ni siquiera podía estar feliz por los recién casados, ya que Lovino estaba bastante cerca de ellos. Quizás se había imaginado una circunstancia que nunca hubiera sucedido, quizás la esperanza le había jugado una mala pasada, pues tenía la fe que el otro aún sintiera algo por él.
—¿Cómo es posible que lo olvidara tan rápido…? —se preguntó sin prestar atención a sus alrededores.
Lo que ignoraba por completo era el hecho de que Lovino lo estaba mirando desde hacía un buen rato. Quería ignorarle, pero simplemente no podía. Era una sensación mucho más fuerte que él. No quería armar una escena en plena celebración, aunque no le importaba demasiado lo que el resto pensaba. Su único pero era Sadiq.
Respiró profundamente, ¿qué rayos podía hacer? Lo mejor para los dos era mantenerse separados. Definitivamente esa era la solución para todos sus problemas. Para reafirmar que estaba contento con su nueva relación, hizo algo bastante bajo. Tal vez, de ésa manera conseguiría que Antonio no se volviera a acercar.
Tomó firmemente la mano del turco y luego, le dio un beso en los labios.
—¿Y eso por qué? —indagó Sadiq, un tanto curioso por el comportamiento del italiano.
—Porque se me dio la reverenda gana —contestó sin más explicaciones.
Francis intentó que el español no lo viera. Trató de distraerlo con la primera tontería que se le pasó por la cabeza, pero fue inútil. Antonio empujó al francés y vio en primera plana aquella escena. Se dio vuelta de inmediato, con el puño cerrado y tratando de soportar las acciones del italiano.
—Por eso no quería que lo vieras… —comentó el francés al ver la cara de decepción de su amigo.
Después de que se firmaran los documentos, pasaron al brindis. Antonio prefirió irse de allí, bajo la excusa de que estaba mal del estómago. En realidad, no estaba dispuesto a ver más escenas entre esos dos. Quería ser fuerte pero en cualquier momento hacía algo que luego podría arrepentirse.
Si Lovino pretendía destrozarle más de lo que ya había hecho, lo había logrado con éxito. Se tuvo que aguantar las ganas para no hacerle frente al hombre que tenía a su lado, simplemente porque no quería arruinar la fiesta.
—¿De verdad, ya te vas? —preguntó Feliciano, un poco decepcionado.
—Sí. No me siento bien, así que va a ser mejor que me vaya. Felicidades para los dos —Se forzó a sí mismo a sonreír y acto seguido, se retiró.
—¡Antonio, Antonio! —le llamó el muchacho, pero el español le ignoró. No estaba de ánimos para festejar y no quería arruinar la fiesta con su humor.
De reojo, Lovino estaba observando la situación. Tal vez, sólo tal vez, se había pasado de la raya.
El pelirrojo se quedó observando la manera en que aquel se alejaba. Luego, miró a su hermano quien enseguida se volteó. Bueno, era un poco obvia la verdadera razón por la cual Antonio se había marchado de allí.
Antonio se fue a sentar en la parada, esperando por el taxi. El día era espléndido, no podía quejarse. No hacía ni frío ni calor. Sin embargo, lo detestaba. Quizás había pasado por una buena razón. Tal vez así se olvidaría de Lovino, de una buena vez. Pero estaba seguro de que no sería así.
Aunque el camino era bastante largo, Antonio optó por caminar hasta su casa. Podría meditar sobre todo lo que había ocurrido, a solas. Además, no podía despreciar el buen tiempo que había, que le invitaba a darse una vuelta por esos lares. Dio un último vistazo a la fiesta y comenzó con su marcha.
Sin embargo, no tuvo necesidad de irse solo. Cierto francés salió corriendo hasta que pudo divisar al español. Dijo un par de maldiciones pues estaba un poco lejos y luego se apresuró en alcanzarlo. Detestaba que no le contara ninguno de sus planes y por supuesto, que desapareciera tan deprisa de la fiesta sin contarle nada.
—¡Antonio! —exclamó el rubio para llamarle su atención.
Éste se dio media vuelta. No quería la compañía de nadie, pero aunque se lo dijera, estaba seguro de que aquel no le iba a prestar atención. Así que no le quedó más remedio que esperarle.
—¿Por qué rayos te fuiste de ésa manera? —Le reclamó mientras trataba de recuperar el aire —¡Acabo de sudar en este traje carísimo por tu culpa! —exclamó a la vez que se sostenía de su amigo para poder sostenerse de pie.
—Bueno, es que ya sabes… No me sentía bien y todo eso —contestó, sin querer hablar demasiado del asunto.
Después de recuperarse de ese abrupto ejercicio físico, Francis quiso darle un poco de ánimos a su mejor amigo y de paso, que se olvidara de todo ese asunto.
—¡Vamos a mi casa! Tengo vino recién importado que estoy seguro que te gustará —Guiñó al español, procurando convencerlo de su idea.
—No sé, no tengo muchas ganas… —respondió. La verdad era que quería tirarse sobre su cama y no levantarse en un par de días, para desaparecer.
—¡Pues no voy a aceptar esa respuesta! —Agarró de la mano al hispano y ambos entraron al taxi.
Esta versión va a ser un poco más densa que la anterior.
Quiero agradecerles muchísimo por el apoyo que me han dado.
¡Gracias por leer!
