*Apareciendo tras un muro* Ho-hola...
¡Lo sé, lo sé! ¡Les quedé mal! Dije que vendría el jueves a dejarles el capítulo pero, no pude, ¡mil perdones!
En fin, no quiero hacer larga la historia. Y como ya no quiero dilatar la espera, vengo a dejarles esto para que lo vean mañana a primera hora.
Espero que haya valido la pena la demora.
Y antes de empezar, quisiera saludar y responder a los preciosos comentarios "anónimos":
Ariscereth: ¡HOOOLA! También me da un enorme gusto estar de nuevo con ustedes. Gracias por tus palabras, y gracias por darle la oportunidad a otro fic mío. Es cierto, ¿qué nuevos "peligros" deberán enfrentar Minos y Agi, sobre todo Agi? ¡Llegó la hora de saberlo! Un abrazo, gracias por seguir aquí.
alonesempai: Hola! Wow, qué bonito se siente llegar después de tanto y recibir esas palabras. Yo también me quedo al pendiente de ustedes cuando me "ausento". Espero que ahora que regrese podamos recuperar el tiempo perdido. Me muero por saber lo que pensarás de este capítulo, y me pregunto si también lo leerás cuando estés a punto de irte a dormir, jeje. Espero no ser causa de desvelos, aunque con Minos -admitámoslo- vale la pena ;P Te envío un gran abrazo, disfruta el capítulo y hazme saber tu opinión.
Sally: ¡Mujer, qué bien se siente volver a recibir un comentario tuyo! Creo que la que ahora está de espaldas contra el piso soy yo, ¿qué te ha sucedido para que digas que estuviste a punto de perder la fe? Espero puedas contarme, me gustaría escucharlo y, si en algo puedo, ayudar, al menos escuchando la historia. Ya sabes, ya sea por aquí, o mediante FB, estoy a tus órdenes. Gracias por tus bellas palabras, este "gallo" seguirá haciendo su mejor esfuerzo por brindarles una buena historia que, aparte de entretenerles, les motive a seguir echandole ganas. Un abrazo, Sally! Veamos si nuestro Minos "cursiento" continuará con esa forma de ser.
A todos en general:
Mil gracias por el cálido recibimiento.
Nuevamente, mil disculpas por la espera: Como compensación (creo ._.U), este capítulo es más largo. Nos vemos al final...
Enjoy!
Canción para este capítulo que aconsejo escuchar: Slow dancing in a burning room, de John Mayer.
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Un buen presente
"La duda en el amor acaba por hacer dudar de todo".
Henry F. Amiel
Capítulo 2: Sin más excusas
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Me encontraba caminando a través de las atiborradas calles de la ciudad.
Aunque era una mentira grande llamarlas así; en comparación con Nueva York, este lugar era de lo más tranquilo. Otro gran cambio en mi lista…
Había terminado mi última clase. El trabajo final que me faltaba por entregar, al fin había quedado en manos de mi profesora, una médica jubilada que ahora se dedicaba a dar clases en varias universidades. Así que luego de pasar semanas enteras de desvelos, ataques de estrés y toda una carga de trabajo que creí interminable… ahora, ¡era libre! Oh, Dios mío, se sentía tan bien caminar por la acera entre tantas personas y saber que ya no habría más tareas hasta dentro de un mes.
Y al mismo tiempo, me sentía tan dichosa. Esa carga de trabajo académico ya no me sabía a una tontería, ¡todos mis esfuerzos valían la pena porque me gustaba mi carrera! Agradecí al cielo por el señor Minos, si él no hubiera regresado yo no…
Mi celular cimbró dentro de mi bolsillo. Apenas me percaté de que llevaba rato haciéndolo. Detuve mis pasos en cuanto miré el nombre en la pantalla. Era él, ¿llamándome por teléfono? Algo tan poco común que me hizo preocupar.
Pero su voz se escuchaba totalmente tranquila y llena de efusividad cuando respondí.
—Buenas tardes, pequeña, ¿estoy interrumpiéndote?
¿Qué le pasaba? Las personas me empujaron por frenar en medio de una calle concurrida, pero no me moví.
—No, descuide… Eeh… —¿qué podría decirle, eran pocas las veces que hablábamos por teléfono?—. ¿Está bien?
Escuché su risa, parecía feliz. Imaginé la sonrisa en su rostro y ese pequeño cúmulo de arrugas que siempre se forjaban en sus ojos cuando sonreía. Eso fue suficiente para tranquilizarme.
—Sólo quería decirte algo… —pegué firmemente el celular a mi oreja, intenté escucharlo mejor entre toda esa gente.
Lo oí suspirar:
—Pequeña, llegó una idea brillante a mi cabeza… Creo que llegó la hora para hacer crecer a nuestra familia.
¿Han visto la reacción de una persona que es tomada por sorpresa justamente cuando bebe algo? Bueno, yo no estaba sorbiendo o comiendo nada, pero el corazón casi se me sale por la garganta. La frase se repitió en mi cabeza…
"Hacer crecer a nuestra familia…"
Hacer crecer…
¡Hacerla crecer!
Los labios me temblaron, nada podía decir, nada…
—¿Agasha?
—¿A… a qué se refiere?
Escuché que se reía. Estaba… ¿nervioso?
—Supongo que no necesito explicarle a alguien que estudia enfermería cómo funciona la reproducción humana, ¿verdad? Sé que parece estúpido, más aún porque te estoy llamando por teléfono para decirte algo de esta… trascendencia. Pero no me gusta esperar cuando hay cosas importantes qué decir o hacer. Supongo que ya me conoces…
No, no lo conocía. Esta forma de ser, tan repentina, justo ahora. Fue tan… ¡apabullante! Y lo más horrible de todo es que, mientras él reía, ilusionado por cada palabra, yo no podía dejar de temblar. Las palabras del profesor Asmita volvieron a apuntillarme, ¡me sentí como la persona más cruel de la humanidad!
Tenía qué decir algo… Tenía que responder a eso. ¡¿Cómo?!
Otro suspiro escapó desde al auricular.
—Lo lamento, estoy siendo muy desconsiderado al llamarte de esta manera, ¿cierto? —el tono fue demasiado desilusionado. Eso me dolió.
—¡No! —al fin me apareció la voz—. Es decir… Está bien, admito que fue algo inesperado pero… pero… Creo que podemos hablarlo con calma durante la cena.
Su risa maliciosa resonó.
—Excelente… Y tal vez podamos ponerlo en práctica en la cena también —tragué hondo, solté una risita tratando de seguir su juego—. Te veré en la noche, pequeña.
—Hasta pronto.
De nuevo, todo volvió a llenarse de silencio. Mi mano se deslizó lento hasta caer floja a mi costado, sosteniendo el celular. Levanté la cara hasta que las voces y ruidos a mi alrededor volvieron a capturar mi atención. Moví los pies, sin saber a dónde ir o qué hacer. Y aunque el mundo afuera estaba lleno de bullicio, dentro de mi cabeza sólo había dos simples voces, intercalándose una tras otra…
"Hacer crecer a nuestra familia…"
"Los hijos… La principal razón para que una mujer abandone la universidad".
Recordé la luna de miel. El señor Minos había sido dulce cuando susurró esa petición.
"Quiero dos hijos".
Y ahora sonaba tan seguro de esa decisión, mientras que yo… Tenía ganas de huir, escavar un hoyo profundo para meterme allí y no salir. Porque esto era, ¡era demasiado grande para mí! Qué idiotez… Siempre soñando con casarme, encontrar al príncipe azul y ser la madre de sus hijos. Pero esos sólo eran sueños de una niña, una que no había tenido que estudiar una carrera odiosa, trabajar como secretaria, soportar maltratos, encontrar al príncipe envuelto en un pasado que ni siquiera entendía.
¿Cómo podría continuar ahora? Nunca me había preparado para esto. Ahora que finalmente estaba con ese hombre al que amaba tanto, viviendo una vida que ya era perfecta tal y como estaba… ¿Cómo pensar en convertirme en… en ¡madre!?
Maldije esa forma de pensar. Era una egoísta, estaba considerando sólo lo que me convenía a mí. Y el señor Minos, él estaba abriendo poco a poco su corazón a mí, compartiendo sus sueños conmigo. ¡Qué ruin me sentí!
Mis lágrimas quisieron venir y tuve que detenerme para no ponerme a lloriquear como una chiquilla de cinco años. Apreté las manos contra mi pecho, necesitaba calmarme, tenía que pensar las cosas. Inspiré tan profundo como pude y me tragué cada sollozo. Observé a mi alrededor, otras calles, otras personas. ¿Cómo había avanzado tanto? Alcé la cara al cielo, el sol comenzaba a caer tras los edificios más altos de la ciudad. Me sentí como una idiota por ser tan descuidada.
Respiré hondo otra vez y arrojé el aire con lentitud. Casi recobré la compostura, así que decidí regresar a casa. Aún tenía tiempo, podía pensar alguna estrategia como siempre lo he hecho para evadir algo. ¡Cuánto deseé que el tiempo avanzara con mayor lentitud! Pero el recorrido en autobús nunca me pareció tan corto. Más pronto de lo que quise, tuve frente a mí la fachada que daba entrada a nuestro vecindario.
Nuestra casa era una de las más pequeñas entre todas. Aunque la mayoría eran parecidas, me había encargado de rediseñar el porche y algunas áreas del pequeño jardín. Colgué macetas desde el tejado en la fachada, en memoria de la casita neoyorkina que había pertenecido a la madre del señor Minos. Un arreglo que él no comentó, tal vez le había molestado o herido, no lo sé.
Aún seguía siendo un misterio, rara vez me hablaba de las cosas que había vivido cuando aún era un Van der Meer. Ahora sabía que muchas de las apariencias pintadas en los diarios o las revistas, no eran más que mentiras. Pero aunque llevábamos más de diez meses viviendo juntos, no habíamos hablado nunca sobre el tema. Lo poco que conocía lo había averiguado por mi cuenta.
Por eso resultaba terrible no poder apoyar su deseo de tener hijos, era como cerrarle la puerta en la cara a la oportunidad de conocerlo mejor.
Comencé a cocinar la cena antes de ponerme a llorar de nuevo. No tenía mucha cabeza para preparar algo muy elaborado, así que el espagueti fue la mejor opción. A media preparación de la salsa, escuché crujir la puerta del patio. Lucky echó varios ladridos después de rascar la madera. Corrí y lo dejé entrar, el malvado caminó sin siquiera verme en dirección la camita que tenía en la cocina. Tendía a actuar con indiferencia cuando lo hacía enojar, muy ad hoc al que había sido mi antiguo jefe. En el pasado, cada vez que algo en mi torpeza afectaba su trabajo, el señor Minos actuaba con más desdén del acostumbrado. Me hacía rabiar, deseé tantas veces que lo arrollara el primer auto con el que se cruzara. Pero ahora… Había estado preguntándome si esa mala actitud aún permanecería, las discusiones no habían llegado a ese extremo porque siempre estuve dispuesta a decir "sí".
Tal vez era momento de saber si realmente todo había cambiado.
Oh, nunca he deseado tanto hablar con mi abuelo. Necesitaba un consejo, un abrazo para ser fuerte. Lo único que tenía era a esa bola peluda que me ignoraba. ¡Ya vería ese perro cuando quisiera comida extra en su plato!
Incluso hablar con mamá o papá habría ayudado…
Escuché el tic-tac del reloj en el comedor. Le cena estaba lista y había puesto la mesa con toda pulcritud. Nada tenía que salir mal, no tenía que dejar que el señor Minos sospechara. Esperando su llegada, me devané los sesos, pensé en las frases y las excusas. Miré los listones dorados que había puesto hacía dos días en las paredes. Quizá podría distraerlo con el tema de las celebraciones navideñas. Podíamos dejar el asunto de los hijos hasta nuevo año, eso me daría nuevas excusas.
Me mordí las uñas. ¡Qué tonterías! ¿Qué pensaba hacer cuando los pretextos se terminaran? Si quería acabar con ese agujero en mi estómago, tenía que decir las cosas tal cual eran. El señor Minos había sido totalmente sincero conmigo, no merecía más que la misma honestidad de mi parte.
Oí a lo lejos el motor de su auto. Mis nervios se dispararon al ver las luces fuera de la ventana. ¡Maldición, maldición! Aún no tenía las palabras… Huí a la cocina, apreté los puños sobre la repisa del lavatrastos. La puerta se abrió, escuché al profesor Asmita en mi cabeza.
"La principal razón para abandonar… todos sus sueños".
—Agasha.
El corazón se aplastó contra mi pecho. Me giré para verlo, parecía consternado cuando se acercó a mí.
—¿Estás bien? Te estuve llamando y no contestabas.
No me había percatado de lo distraída que estaba. Asentí, tratando de no pensar en otra cosa más que su presencia frente a mí.
—Lo lamento, fue un día largo.
—Igual que el mío —se quitó el saco y salió de la cocina. Oí su voz desde la sala—: ¿La cena está lista?
—¡Sí! —me di prisa, si continuábamos con esa normalidad, tal vez nada sucedería.
Serví ambos platos con la porción adecuado de espagueti bañado en salsa y albóndigas. Dejé el tazón con ensalada al centro de la mesa y me senté frente a él. Me senté tan cerca que casi lo tuve junto a mí. Un autogol a mi nerviosismo.
Carraspeé varias veces antes de dar gracias por la comida, oculté las manos bajo la mesa cuando no pararon de temblar. Agradecí su apetito que no le permitió darse cuenta de mi estúpida actitud.
—¿Terminaste tus clases?
Tuve que repetirme la pregunta mentalmente para entenderla. Asentí, pero agité inmediatamente la cabeza.
—No, aún no, tendré clases hasta la próxima semana —mentí. Odiaba hacerlo, pero tal vez esa podría ser una excusa, una muy corta.
El señor Minos enarcó una ceja, comenzó a servirse ensalada.
—¿No dijiste que hoy terminabas?
—¿Le dije eso? Bueno, creo que algunos profesores quieren que realicemos prácticas. Ya sabe, en un hospital, sólo como mirones mientras llega el tiempo de hacer el internado.
—¿Y no obstruye eso tus planes de hacer una celebración en Nochebuena? —me observó detenidamente, ¿así miraría a sus clientes cuando buscaba una respuesta tras la mentira?
Pero tuve todo mi control para sonreírle sin dificultad.
—Voy a tratar de hacer todo como se lo prometí. Dejaré el tiempo para prepararlo todo.
Me contestó con una sonrisa, creyendo todas mis mentiras. Oh, maldición, me sentí más culpable. Cenamos, hablando de algunos temas triviales, acerca de las personas que habían visitado el despacho esa mañana. Pocas veces me hablaba de su trabajo, así que escuché atentamente. Casi olvidé por completo el miedo que me había perseguido durante la tarde. Mencionó algunos problemas con su asistente, refunfuñando sobre su ineptitud para ciertas labores.
—No habrá ninguna con tus aptitudes…
Aunque había juego en su voz, sabía que era sincero, y eso me enterneció.
—Puedo volver a ser su asistente, si usted quiere.
Su risa siguió a mi propuesta:
—¿Y dejar que mi esposa sea mi secretaria? Cariño, si no lo permití cuando era un vil mentiroso, ahora esa idea no es una opción. Ya tienes suficientes cosas qué hacer y, para serte honesto, te prefiero aquí, aguardando mi llegada cada noche. Ese empleo va mejor con tu personalidad.
—Podría esperarlo también en su oficina —hundí mi tenedor en una albóndiga, a regañadientes por ser rechazada así.
—¿Quieres entrar a trabajar a mi despacho y dejar la escuela de enfermería, pequeña?
Torcí el gesto, tenía razón. Era increíble y totalmente estúpido tratar de defender mi tiempo en la universidad cuando yo misma proponía otra oportunidad para dejarla. La idea de ser un ama de casa obediente tan poco fue del todo grata. Mis temores regresaron. Decidí huir de ellos y me levanté para servir una porción más en su plato. Regresé para verlo degustar en silencio, entonces levantó la mirada. Oh, cielos, la pregunta que tanto temí se hizo clara en sus ojos y yo ya no tenía más temas para distraerlo.
—Iré a darle de comer a Lucky —me levanté como un resorte.
Saqué de su camita al bribón que se removió enojado contra mi pecho por haberlo despertado. Salí al jardín, iluminado apenas por unas lucecitas que yo misma había puesto cerca de las flores. El frío arreciaba pero no quise entrar por un suéter. Me entretuve, mirando a mi perro comer, mientras deseaba que el señor Minos estuviera demasiado cansado y se fuera a dormir.
Escuché pasos adentro y me sentí más tranquila cuando las tuberías del calentador crujieron. Dejé a Lucky dormido en su casita y cerré con llave. Subí a toda prisa a la habitación, me puse la pijama y me metí a la cama. Esperaba dormirme pronto, antes de que él terminara su ducha. ¡Maldita suerte! Tenía el corazón tan desbocado que jamás pude conciliar el sueño. Tenía que huir, me quedaría en la sala y esperaría a que él se durmiera. Aún tenía la excusa de la escuela, además.
Me quité las cobijas de encima y comencé a levantarme. La puerta del baño se abrió de pronto y todo mi plan terminó. Me quedé hecha una estatua, mirándolo salir, secándose apenas el cabello mojado con una toalla sobre sus hombros. Dudé unos cuantos segundos entre quedarme allí o salir corriendo, al final, cuando se percató de mi escrutinio, decidí regresar al colchón. Me eché de nuevo las cobijas, hasta la cabeza.
De nuevo sentí el latido lento pero fuerte contra mi pecho. Por favor, por favor, que se fuera a dormir pronto. La cama se hundió a mis espaldas y las cobijas desaparecieron de un tirón. Su cuerpo me cubrió, reemplazándolas. Encontré sus ojos, crispados bajo las cejas.
—¿Vas a decirme qué demonios te pasa, Agasha? ¿O tendré que obligarte a hablar?
La escena se repetía, otra vez estaba haciéndolo enojar por mis miedos. No importaba cuánto fingiera, él siempre se daría cuenta de que algo estaba mal. ¡Yo era un libro abierto mientras que él era sólo páginas en blanco! Eso me frustró tanto.
—No es nada, sólo estoy cansada…
Me giré, sus brazos continuaron a cada lado de mi cuerpo.
—¿Pensaste en mi propuesta? —fue demasiado directo.
Asentí, cerré la boca dejando escapar un monosabio estúpido. Carraspeé pero nada quiso salir.
Sus dedos apretaron suavemente mi mejilla y volví el rostro para verlo. Cuánto dolió ver su decepción.
—No deseas una familia conmigo, ¿cierto? Por supuesto… ¿Quién desearía hijos de un hombre como yo? —murmuró entre dientes, levantándose.
—¡No, no, no!
Aferré sus brazos antes de que se apartara. Iba a herirlo, lo lastimaría por ser tan egoísta.
Nos quedamos quietos, sostenidos apenas por mi codo tambaleante y su mano a mi costado. Su mirada me escrutó en medio de la penumbra.
—Yo quiero estar con usted… —comencé, esa era la parte sencilla—. Pero yo… Yo no puedo tener hijos…
La verdad se me escapó de los labios. Los amables ojos al frente estuvieron a punto de crecer, dolidos, decepcionados, tristes…
—Es decir, justo ahora no puedo, yo… —me apresuré, las palabras escaparon otra vez—. Estoy, justo ahora, ya sabe… Tengo la regla esta semana y las probabilidades de tener hijos en este punto son prácticamente imposibles.
Apreté los labios, todavía sonriendo. ¡cómo podía ser tan embustera! Por si fuera poco, el señor Minos no quedó satisfecho. Enarcó una ceja, inquisidor.
—Estaba seguro de que tu periodo llegaba hasta dentro de dos semanas.
Ah, vaya, hablando de ser un libro totalmente abierto…
—Sí, es verdad… Pero a veces el estrés o el cansancio pueden retrasar o adelantar estas cosas. Son crueles las hormonas cuando estás atareado.
Más evasiones, más mentiras… Reí, pero él permaneció serio, atento a mis gestos.
—¿De verdad quieres esto? ¿Una vida completa conmigo? Quizá no sea tarde para retractarte… Si no estás segura de formar una familia conmigo, sería bueno que me lo dijeras, ¿no lo crees?
Asentí, evitando su mirada. No soportaba su desconsuelo. Era herirlo o herirme… Pero, ¿acaso no soy la complaciente mujer que sabe decir "sí" a cualquier propuesta? No era el momento de ser feminista y luchar…
Hice que nos irguiéramos por completo. Envolví su cuerpo todavía mojado con los brazos.
—Yo quiero tener una familia con usted —musité al fin—. Lo juro…
¿Cuándo me volví tan hábil para engañar a otro? En el pasado, en ese contrato de una relación falsa… Ah, todo empezó ahí. Al menos ahora no miraba sus ojos, no podría sostener esa falacia si lo veía. Sentí su brazo envolviéndome la espalda, frotándome con cariño. Sus labios me hicieron cosquillas en el odio cuando susurró también.
—Esa es mi chica…
Nos arrojó a ambos sobre el colchón otra vez. Y aunque esa noche sólo cumplimos una de esas viejas condiciones, durmiendo, sólo durmiendo, supe dentro de mí que las oportunidades por escapar se terminarían pronto. Mi escuela, Navidad, mi supuesto ciclo hormonal… ¿Cuánto tiempo puede durar una mentira? ¿Cuánto tiempo puede permanecer esa "buena chica" que él prefería?
¿Y cuánto tiempo nos quedaría cuando él descubriera lo contrario…?
~O~
Los días siguientes no fueron menos complicados.
Lo cual fue una verdadera ironía, considerando que ya contaba con más tiempo libre sin la escuela. Ah, pero, podía darle gracias a mi inteligencia por haber echado esa mentira al afirmar que aún tendría clases. Ahora no podía quedarme en casa descansando como tanto quería por temor a una repentina visita que me delatara.
Estaba segura de que no se había tragado del todo mi mentira…
Así que sólo tenía el tema de Navidad para "apaciguar" los momentos en que estábamos juntos. Porque luego de dos o tres días, la estúpida excusa de mi periodo ya no funcionó. Suerte que Nochebuena siempre da razones para mantenerse entretenido, aún recordaba a mamá y a la abuela haciéndose líos por decidir qué cenaríamos, cómo, en dónde…
Y cuánto solía molestarme, cuando ya era lo suficientemente grande para no distraerme con regalos y Santa Claus. Al ser la mayor, mamá dejaba todo el trabajo de arreglos y detalles para la celebración en mis manos. Fui yo quien tomó las riendas después de que la abuela se lastimara la espalda y no pudiera ir a realizar las compras para la cena. Las últimas tres navidades habían corrido por cuenta mía, y siempre podía hincharme como un pavo al recibir las felicitaciones y gratitudes de la familia o amigos por ser tan buena anfitriona.
Sí… Yo debí ser diseñadora de eventos, no comerciante.
No pude evitar sentirme demasiado nostálgica al recordar todo aquello. Sería raro celebrar navidad sin ese griterío en la sala o el comedor. Abrir regalos sin ellos, no escuchar más a Pefko gruñendo por no haber recibido lo que quería.
Sacudí la cabeza, sentada en la mesa del comedor, para quitarme todo ese pesimismo. El que celebrara navidad sin ellos no significaba que no podía ser igual o más divertido. Ahora tenía al señor Minos, aunque él apenas y había vuelto a comentar el tema conmigo. En buena parte por mi culpa, por tratar de evitarlo cuanto fuera posible. Conociéndolo, con sólo cinco segundos a solas, sucedería lo que tanto quería evitar.
Resoplé, furiosa. Qué dilema tenía. Se suponía que serían unas vacaciones tranquilas, pero era todo lo contrario. Regresé mi atención a la lista de artículos que compraría para terminar los últimos arreglos navideños en la sala, mi motivo para estar fuera de casa todo el día. Si corría con suerte, regresaría con la factura de un pinito que bien podrían llevarnos esa misma noche.
Tomé un abrigo, mi bolso y salí. ¡Directo a un mundo de histeria!
La idea que tenía sobre una ciudad repleta se quedó corta. Tal vez no había tanta gente como en mi antigua ciudad, pero las calles más pequeñas de ese condado también se llenaban de personas desesperadas por encontrar grandes ofertas en las tiendas departamentales. A pesar de que los administradores hacían su mejor esfuerzo por aplacar la demanda, era clara la desesperación en sus rostros. Me dirigí a la sección de artículos navideños, decidida a quedarme con alguna de las coronas escarchadas que quería para nuestra puerta.
Mi mano quedó volando, sosteniendo el puro aire, cuando una viejecita me ganó la partida. Le dirigí una mirada indignada, solo para recibir la sonrisa medio chimuela que se burlaba de mí. ¿Qué hacer…? Nadie golpea a una anciana, menos si estás rodeada de gente. La muy malvada se fue, agitando el bastón con victoria. Tal vez podría meterle el pie y nadie se daría cuenta…
¡Qué más daba! Podría preguntar si aún tenían en bodega alguno de los artículos que quería. Mi fortuna no me sonrió (como casi siempre): no habría productos navideños hasta dentro de una semana. Yo no contaba con tanto tiempo, necesitaba algo para distraer al señor Minos. También quería ver algo más que los listones dorados colgados en la pared. ¡Quería sentir un ambiente de verdadera navidad en mi propio hogar!
Fui a otra tienda, tratando de no perder la esperanza. No tenían la corona con escarcha que quería, pero sí había material para fabricar una. Compré lo necesario y dejé la enorme dependencia y caminé entre los pasillos de la plaza comercial. Prefería quedarme un momento ahí dentro, antes de regresar al ajetreo en las calles. Me embobé un poco con los productos que vendían aquí y allá, incluso me entretuve tarareado las cancioncitas navideñas que suelen emitir en esos lugares.
Al fin un poco de paz…
Me detuve frente al enorme vidrio que me separaba de una tienda de ropa elegante. Contemplé los vestidos de diseñador. Desde el último Tarik Ediz que había comprado para actuar aquella farsa con mi jefe, no volví a ver otro atuendo similar. El señor Minos también había modificado un poco su forma de vestir, reemplazó los Zegna y Brioni por atuendos más acomodados a nuestro bolsillo. Aun así, seguía pareciéndome el mismo hombre elegante y sofisticado.
Mientras que yo…
Me pregunté si él extrañaría algo de su antigua vida. Nunca me había dicho algo al respecto, pero la verdad era que él rara vez expresaba algo que tuviera relación consigo. Era como una tumba cerrada cuando se trataba de él mismo.
¿Qué podría gustarle de regalo de navidad, por ejemplo? Apenas me lo preguntaba seriamente. ¿Algo para su armario? ¿El típico regalo cliché de una billetera? ¿Un par de corbatas? ¡Caray, nunca le había regalado nada a un hombre! Papá solía dejar en claro que no quería regalos, y Pefko… Bueno, él no es necesariamente el prospecto de varón maduro, ¿cierto? A él le complacían por completo videojuegos o accesorios deportivos.
¿Regalarle juegos de video al señor Minos…? La imagen en mi mente fue risible.
¡Caray, y sólo faltaba una semana para que el gran día llegara! Quizá podría preguntarle… Saqué el celular de mi bolsillo. Él me había llamado antes, ¿no? Quería decir que yo también podía hacerlo. Tecleé el número… Pero colgué antes de que el primer pitidito sonara. No me sentía con el valor de enfrentarlo todavía.
Dejé la idea y salí del centro comercial. Aún me faltaba comprar el árbol de navidad. Tomé un taxi y le pedí al chofer que me llevara a las afueras de la ciudad, en donde había un pequeño campo de pinos destinados a crecer para ser talados en esa temporada. Había dado con la dirección gracias a una aplicación en mi celular para encontrar sitios específicos, que incluso te mostraba fotografías de cada lugar. Pero admito que fue sorprendente bajar del taxi y hallar un campo enorme lleno de arbolitos navideños frente a mis ojos. Era la primera vez que compraría un pino natural; por razones obvias, en mi familia siempre optamos por el ejemplar de plástico.
Entré, siguiendo a las personas. Con el puño de cachivaches que había comprado en la tienda departamental, resultó difícil moverme entre las familias que iban de aquí allá entre las filas de pinos. Ver las caras alegres volvió a traerme mi estúpida melancolía. Tal vez habría sido mejor venir con el señor Minos.
Me detuve en seco… ¡Ni siquiera le había preguntado cuál era su opinión al respecto! Es decir, le pregunté, pero nunca recibí su respuesta. ¿Y si resultaba ser un ecologista que detestara la masacre de pinos inocentes? Los recuerdos de su etapa de malhumorado me estremecieron. Esta vez marqué su número sin dudar. Nadie contestó, sólo hasta que insistí la tercera vez.
—¿Qué pasa?
Tal vez fue mi imaginación, pero no se escuchó nada contento.
—Aah, yoo… —tartamudeé como una idiota. ¡Acaso todavía era la secretaria temerosa! Eché una ojeada a los abetos—: Quería comprar un arbolito de navidad para ponerlo en la sala, ¿recuerda? No me dijo qué le gustaría y…
—¿Me llamaste sólo para eso?
¿Qué? Mi boca quedó colgando con las palabras, atónita.
—Estoy en una reunión, Agasha. No puedo hablar ahora. Trata de no llamarme si no es para algo estrictamente urgente.
Colgó.
No supe por cuánto tiempo me quedé con el celular pegado a la oreja. Me moví por fin cuando un niño corrió a mi lado y me golpeó las pantorrillas. Sentí un repentino dolor dentro de las mejillas y en ese momento entendí que había estado apretando la mandíbula. Hacía meses… No, hacía años que no me sentía tan enojada.
La frase cortante siguió repitiéndose en mi mente como una grabadora.
¡¿Así que él podía llamarme para aturdirme con su idea de tener hijos pero yo no debía molestarlo en sus reuniones?! ¿No pudo ser más cordial al menos?
Un vendedor llegó de repente. No contesté a su sonrisa.
—¿Puedo ayudarle en algo…?
Se apresuró a enseñarme los arbolitos, a platicarme de sus cualidades, de las ofertas, de la opción de enviarlo a casa en cuanto me marchara de allí si pagaba un mínimo costo extra. A todo dije que sí, desinteresada. Y cuando preguntó cuál era mi elección, alcé la mano y apunté al primer pino que encontré. Sentí la misma indiferencia de aquella tarde cuando compré un vestido elegante, para una fiesta de mentiras a la que no quería ir.
El vendedor me despidió igual de feliz y yo tomé otro taxi.
Aproveché el camino para controlar las ideas en mi cabeza. Al llegar a casa me sentí mucho más consciente de mí. Coloqué los nuevos adornos en su sitio, las nochebuenas en la esquina donde solía poner flores, las velas con olor a canela y madera, los simpáticos renos en el centro de la mesa, encima de un mantel bordado con flores rojas y listones dorados. Desenvolví del papel periódico las cabañitas de cerámica que colocaría en la repisa donde estaba el televisor.
Todo sin la mínima alegría que me había imaginado tener…
De pronto, mis ojos se detuvieron en las fotografías, y mi ceño apretado al fin se suavizó.
El día de nuestra boda, no contratamos ningún servicio de fotografía. El señor Minos temía que los medios quisieran infiltrarse para molestar al que había sido el hijo no oficial de la casa Van der Meer. Así que la única foto decente que teníamos era esa que ahora sostenía. Lune se había encargado de tomarnos desprevenidos, mientras nos concentrábamos en encabezar ese típico baile de bodas en la recepción. La cámara captó el momento exacto, al señor Minos estirando la mano a mi favor y yo alzando la mía para aceptar su ayuda.
Así era… En una simple imagen se decretaba mi destino.
Sin importar lo que sucediera, o sin importar lo que dijera, siempre vería mi mano alzándose para tomar la suya. Como en aquel momento, cuando me obligó a bailar de nuevo, a pesar de toda mi torpeza con los bailes, ahora él levantaba el brazo para proponerme una nueva etapa en nuestra vida. Un "negocio" como solía llamarlo. Aunque él continuara siendo un misterio y aún persistiera ese rastro del hombre demandante, mis dedos picarían por levantarse a tomar su mano. Una y otra vez.
¿Cuánto me costaría…? La muchacha de ojos temerosos que veía en la foto ya era diferente, ya no era una niña a la deriva. Había sentado cabeza, empezaba a forjar planes que durarían toda mi vida. El señor Minos… De alguna manera, él había sido responsable de eso. Sin darme cuenta, había conseguido cambiar mucho en mí. Sólo él rompería cada una de mis negativas, tarde o temprano lo conseguía.
Una chispa de la vieja ira quiso surgir, aún me costaba aceptar la realidad de saberme tan atada a él. Pero… Observé de nuevo la fotografía. Imaginé un cuadro donde él no estuviera. Y lo supe. Cambiar, por más abrumador que me resultara, no sería tan aterrador como tener una foto donde mi brazo se estirara a la nada.
Alguien llamó a la puerta. El repentino toque casi me hace soltar el marco que de seguro se habría roto. Abrí en cuanto eché un ojo por la mirilla. Dejé que el par de hombres metieran al nuevo inquilino de la casa, al pinito que quedó rápidamente de pie en la esquina detrás de los sillones. Luego de pagar una merecida propina, regresé mi atención a mi siguiente labor. Un nuevo entusiasmo me cubrió al aspirar el olor manado por el pequeño abeto, tal vez la vida sólo necesitaba de eso, paciencia y emoción para continuar.
No me percaté del tiempo hasta que miré hacia el ventanal. Comenzaba a atardecer allá afuera, pero no me detuve. Seguramente habría sido mucho más divertido terminar con los adornos en el árbol apoyada por el señor Minos, aun así continué hasta que las lucecitas de colores quedaron en el lugar correcto, junto a las esferas y decorados del color de la sala.
Estaba a punto de colgar una estrella dorada en la cima cuando el teléfono se agitó dentro de mi bolsillo.
Me sentí un poco culpable al ver el nombre en la pantalla… Había olvidado llamar a mamá las últimas dos semanas.
—¿Hola…?
—¡¿Por qué no has llamado?!
Un largo sermón de madre melodramática continuó los siguientes 15 minutos. Pero no podía culparla. Incluso sabiendo que pronto se irían a un crucero de ensueño sin mí, entendía que a mamá también le llegaban esos repentinos ataques de soledad que a mí. Así que la dejé regañarme por un rato, después de los días de ansiedad que había tenido, me iba bien escucharla, incluso con sus acostumbrados gritones de mamá a la defensiva.
Al final, todo se aplacó. Luego de mis disculpas y de darle la razón, mamá terminaba por dejarme tranquila. En seguida, comenzó a darme detalles de los últimos arreglos que habían hecho a la casa, las locuras adolescentes de Pefko y sus ideas por dejar la escuela para convertirse en un nadador profesional, los regaños que papá le había puesto por esa razón… Y de pronto…
—Oh, ¿adivina qué, hija? Celinsa nos llamó hace unos días. ¡Dice que tiene dos meses de embarazo! Apenas se dieron cuenta. Esa niña siempre ha sido una despistada, y su esposo no se queda atrás…
Su voz continuó contándome la divertida historia de mi prima y su marido… En cambio, yo, me quedé sin emitir sonido, dejando atrás mi vieja simpatía por saber de mi familia. Mamá se escuchaba igual de sorprendida y feliz que el señor Minos al tocar ese tema. ¡El tema de tener hijos! ¿Por qué todos parecían tan deseosos de sacarlo a colación?
—¿Agasha…? ¿Hija, estás ahí?... Ya se cortó…
—¡Sigo aquí! —reaccioné, mamá se disgustó. Tuve que disculparme otra vez y mostrarme entusiasmada también.
—Me alegro por mi prima —y era verdad, al menos una verdad a medias. Mis dudas y mis miedos se hicieron un nudo bajo mi garganta. Tenía que aprovechar estas palabras con mi madre o todo explotaría. Ya no podía contenerlo…
Tragué hondo.
—Oye, mamá… Acerca de tener hijos… —¡Ah, ¿cómo decirlo?!—. Bueno, tú sabes… Eeh, ¿qué piensas de… qué piensas de eso?
A mi pregunta sólo siguió un breve silencio, para después:
—¡Estás embarazada!
Fue como si pudiera ver su cara de asombro, casi terror. O tal vez el terror era sólo mío.
—¡Qué! ¡No, no! Yo… ¡No! ¿Cómo dices eso? Yo… ¿Embarazada? Claro que no… —escuché un suspiro, largo—. Es sólo que, bueno… Últimamente ha surgido el tema entre nosotros. Él parece entusiasmado con la idea.
Mamá emitió un quejido que sonó más grueso desde mi lado de la línea. Sabía que aún le guardaban rencor al señor Minos.
—Vaya, nunca creí que él fuera de esa clase de hombres de… familia. ¿Tendrán hijos pronto?
Mi boca se torció, casi con indignación. —No. Es decir, no lo sé… Aún no…
Ella guardó silencio otra vez, su siguiente frase me paralizó.
—No lo hagas si no quieres, hija. Así no funcionan estas cosas.
Las madres tienen un don para leer la mente, ahora lo comprobaba.
Pero eso no hizo más que atormentarme, escuchar de alguien más algo tan nefasto, era cruel. ¿Una mujer casada que no quiere tener hijos? Debe ser un fenómeno de la naturaleza.
—No quiero decepcionarlo… Ni a ustedes, mamá.
¿No me había dicho hacía un mes que papá se moría por tener nietos?
Mamá volvió a suspirar: —Heredaste los genes de tu abuelo, niña. Siempre quieres hacer feliz a todo el mundo. Está bien… Te casaste con un hombre que sabe trabajar, aunque no deje de molestarme del todo, parece un marido responsable. Y si tú estás dispuesta a complacerlo, no creo que haya problema. Pero, hija… —suspiró por enésima vez—. A veces me arrepiento por no enseñarte a ser un poco más egoísta.
Ya no pude responder a sus palabras. La dejé hablar, después desviamos el tema a cualquier tontería que ya no recuerdo. Al final se despidió, dándome saludos de todos y prometiendo que enviaría muchas fotos del viaje. La siguiente hora la pasé sentada en el mismo sillón, mirando fijamente el piso luego de colgar.
Había sido una ilusa, pensando que hablar con mamá me ayudaría. Lo único que me quedaba era un nudo más grande de dudas y de miedos. Pero no podía ser, ¡yo no era esta clase de persona! No era una mujer pesimista, confiaba en las virtudes de los demás. Incluso confié en que un hombre al que odiaba pudiera albergar en su interior algo mucho más grande que su egocentrismo. Creía en él… Creía en mí.
¿No era eso suficiente para vencer a todos mis miedos?
Me levanté para preparar la cena. El tiempo cortando vegetales y carne para guisado, fue un buen compañero para deslindarme del temblor en mis miembros. Escuché el auto detenerse frente a la casa y en seguida la puerta se abrió. Dejé la cacerola hirviendo, era la primera vez que lo recibía sin tener la cena lista. Tomé aire, profundo, cada vez era más difícil confrontarlo.
Salí hacia la sala. Sonreí.
—Bienvenido.
Quería ver la alegría en sus ojos cuando encontrara todo mi trabajo para decorar la casa, pero su sonrisa sólo fue una mueca condescendiente antes de echarse al sofá. Eso me alarmó. Caminé hasta él, rodeando el sillón. Lo encontré sosteniéndose el puente del entrecejo, con los ojos cerrados. Escaneé su aspecto, estaba desaliñado.
—¿Qué pasa? —me senté en el sillón al lado. Lo vi asentir, habló sin abrir los ojos.
—Sólo tuve un día difícil, es todo.
Lo observé con más detalle, tratando de entender. Comprendí que no diría nada, y quise quitar lo que sea que estuviera afectándolo.
—Compré los arreglos que faltaban —esperé a que echara un vistazo a la sala, pero sólo continuó con los parpados cerrados—. También compré el árbol de navidad.
Recordé nuestra llamada, hice todo mi esfuerzo por alejar el rencor que todavía sentía.
—Sí, me di cuenta… —sin verme, reconocí el tono áspero. Estaba enojado.
Distinguí el siseo entre sus palabras y un recuerdo vino. Abrió los ojos y me miró, y ya todo tuvo sentido. Contemplé sus escleróticas enrojecidas.
—Estuvo bebiendo… —el alma se me vino abajo, otra condición que rompíamos.
Se alzó los hombros.
—Sólo un par de tragos. Nada importante —comenzó a pelearse con el nudo ya de por sí mal hecho de su corbata. De pronto, volvió a mirarme, se levantó hasta mí, para tomarme de la mano—. ¿Vamos a la cama? Ya pasaron varios días desde la última vez…
Oh no… Tenía que actuar antes de que fuera tarde. Saqué mi mano de entre las suyas. Negué, suavemente, aunque mi corazón retumbaba.
—No así. No como está ahora… —era la verdad, y al mismo tiempo agradecí esa buena excusa. Sin embargo, sus ojos chispearon, airados.
—¿Hasta cuándo vas a evadirme, Agasha? No pienses que no lo he notado…
—No estoy evadiéndolo —afirmé, controlándome. Alzó una ceja, cínico como recordaba.
—¿Estás viendo a otro?
Fue casi como si me hubieran golpeado, como si nunca hubiera recibido una ofensa de su parte, hasta ese momento. Apunto de salir de allí para dar la charla por terminada, lo vi sonreír de repente.
—Estoy bromeando… olvídalo. Fue un chiste estúpido. Supongo que no estoy en mis cabales. Me iré a dormir para no molestarte…
Se dirigió a las escaleras, ignorándome, luego de tratarme como una… ¡una de esas mujeres a las que hacía pasar a su vieja oficina!
Casi grité:
—¿Qué hay de la cena? Estaba a punto de terminar.
—Cené en el despacho…
¿Qué…? Ya no pensé en mis acciones. Mis pies se adelantaron, mi cuerpo se cruzó en su camino, mis ojos se llenaron del mismo enojo que había sentido contra él antes de todo esto.
—¿Qué más debo hacer para que esto funcioné? ¿Ah? ¡Dígame! Trato con todas mis fuerzas de complacerlo, de cumplir sus condiciones, pero nunca es suficiente.
La luz en el pasillo era mínima, pero pude notar la expresión en su rostro, estudiándome. Su sonrisa casi me sacó de quicio.
—Vaya, ¿así que tienes una queja, Agasha? Comenzabas a tardar, diez meses sin inconformidades son demasiado. Habla, te escucho.
Negué, incrédula:
—¿Cómo puede burlarse? ¿No se da cuenta de que intento todo lo que puedo para hacerlo feliz? Incluso si eso me hiere, yo trato, trato de hacerlo… Intento acercarme a usted, conocerlo mejor, quiero saber qué hace en su trabajo pero me rechaza porque prefiere que pase tiempo en esta casa. Y cuando trato de hacer que este lugar luzca bien, ¡por usted!, lo ignora como si nada hubiera pasado. He intentado involucrarlo en la celebración de navidad pero me ignora, diciendo que está muy ocupado. Hoy me colgó el teléfono, como si aún fuera la estúpida asistente que debe soportar su falta de tiempo… Dijo que era por trabajo, pero llegó aquí oliendo a alcohol. ¡Qué malditas mentiras!
¿Qué sucedió…? No lo supe. Pero supongo que eso que el abuelo llamaba "llegar al límite" realmente existía.
Apreté los puños a cada costado, tratando de recuperar el aliento. El hombre frente a mí permaneció inmóvil, inexpresivo como un tempano. Casi podría asegurar que su mente comenzaba a despejarse del alcohol. La sorna incluso había desaparecido. Su tono fue grave cuando preguntó.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
La pregunta se quedó en mi mente como una chispa. Fue como un débil brillo que de pronto encendió un mensaje. Las palabras de mamá me consumieron. Ser más egoísta… ¿Valía la pena complacer a un hombre que apenas conocía?
Sentí el ardor de mis ojos cuando volví a verlo.
—No quiero tener hijos
Fue sólo un susurro que convirtió la inexpresión de su rostro a la pura sorpresa. Pero ya no quise detenerme.
—No quiero, ni ahora, ni nunca.
Luego de tanto luchar por retenerla, mi lengua soltó la verdad. Me liberé de una carga sólo para sentir otra más dura caer. El rostro frente a mí asintió. Parpadeó, pensativo, y volvió a mirarme, ya no había nada de su vieja actitud demandante.
—¿Me dirías al menos tus razones?
Ahí estaba… Su tono victimizado, trataría de convencerme. Ya no, no quería caer.
Y no quería inventar más excusas o falacias.
—La escuela. Esta casa. Usted… No quiero dejar lo que apenas conseguí. Lo lamento.
—Nadie dijo que dejarías nada…
—¡Por favor! —lo interrumpí—. Apenas comencé la carrera, serán al menos seis años antes de que comience el internado. No tendré tiempo para ambas cosas. Tarde o temprano tendré que abandonar Enfermería por atender este lugar mientras usted trabaja. Sé que es egoísta, y sé que me odiará por esto… Pero, ¡lo lamento! No puedo hacerlo.
Un estúpido sollozo se escapó desde alguna parte de mi pecho. Me limpié la cara, no quería su lástima. Entonces, la repentina risa me hizo mirarlo de nuevo. Lo vi negando otra vez, sonriendo.
—Sabía que esto ocurriría, tarde o temprano. Descuida, Agasha, no será la primera condición de nuestro contrato que fallamos. Pero admito que no tenía idea de que te sintieras tan… sobrecogida por mis exigencias. Supongo que ser el "jefe arrogante" es un papel que aún no puedo quitarme. Espero que no tengas que volver a padecerlo… —avanzó, no quise detenerlo. Su voz comenzó a apagarse mientras subía las escaleras—. Y ahora, si no te importa, me iré a dormir. Mañana tengo que trabajar para mantener a una familia que nunca tendré.
Cerró la puerta con un golpe que me hizo respingar.
¿Qué estaba pasando?
No podía saberlo, no podía…
Caminé de nuevo hacia la sala, qué triste me pareció con todas las luces, con todo el color. Regresé a la cocina, la cacerola borboteaba con el guiso. Lo ignoré, no podía pensar más que en sus palabras, en esa vieja mirada de desprecio espetándome que había sido una estúpida. ¡Una estúpida por creer que esto funcionaría!
Enamorarme de mi jefe por compasión… ¿Y qué razón absurda habrá tenido él para enamorarse de mí? Qué importaba, cualquiera que fuera el motivo, parecía que no funcionaría más.
No supe cómo llegué al suelo, recargada contra la estufa. Los minutos pasaron, ¿Cuántos? Nunca lo supe tampoco. Sólo quedaron las ideas por escapar y declarar mi derrota. ¿Cómo se lo diría a mis padres? ¿Se reirían de mí? De pronto, el tintineo de un cascabelito capturó mi atención. Me quedé quieta, aguardando a Lucky que se bamboleó hasta llegar a mí.
Por primera vez, el perro convenenciero que conocía, se quedó pegado a mi regazo, hasta persuadirme de subirlo sobre mis rodillas. Acaricié su cabecita enmarañada, miré sus ojos tras el tupido copete. Mis deseos por rendirme se fueron de repente y al fin dejé de retener las lágrimas.
Vaya tonta… Qué débil puedes ser. No conocía realmente quién era ese hombre que estaba allá arriba en la habitación, lejos de mí. No cumplía sus expectativas. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo cuándo me metí en esto. Pero no quería dejarlo, no admitiría nunca que fue sólo emoción lo que me había hecho esperarlo ese largo año.
¡Yo no había pedido quererlo! Pero aquí estaba…
Y me negaba a darme por vencida todavía.
~O~
Se había levantado esa mañana de mal humor, seguro de que su estado de ánimo empeoraría.
El sentimiento de culpa tampoco fue menor. A pesar de no haber contado con el cien por ciento de sus facultades, recordaba la noche anterior con toda perfección. Haber llegado a casa, luego de pasar horas en la oficina, soportando clientes demasiado molestos para su ya deplorable estado de ánimo. Encontrar la sala llena de decoraciones navideñas que trajeron los inevitables y funestos recuerdos. Discutir con su pequeña esposa, actuar como un idiota, escuchar la cruda verdad.
No quiero tener hijos…
Una afirmación que en realidad no fue tan sorprendente. Después de verla tan huidiza a sus caricias, Minos había presentido la respuesta a cada evasión. Mas he ahí la prueba a todos sus presentimientos, una revelación preconcebida pero no menos angustiosa. Si Diciembre había sido un mes insoportable, aquella disputa se sumó a sus memorias llenas de heridas aún supurantes.
Recordó los sollozos llegados desde la planta baja. La había hecho sufrir nuevamente y fue por ello que no tuvo valor para bajar las escaleras y suplicarle perdón. Porque también se sentía herido, desplazado como una máquina que sólo serviría para traer el sustento a la casa y nada más. Sus anhelos, esos estúpidos deseos de forjar un hogar, eran basura finalmente.
Lo habían sido desde siempre, desde que la última buena mujer en su vida se había ido para nunca regresar. Justo en aquella temporada invernal, cerca de Navidad…
Dedicó una mirada despectiva a los ornamentos que decoraban su sala, su morada. Una expresión de odio contra sí. Entonces escuchó los pasos y vio la figura de su esposa en el umbral del comedor. Sintió el dolor de las esmeraldas, la alegría de los suaves orbes estaba perdida entre los remansos de una mirada enrojecida por el llanto.
La culpa lo fulminó y no pudo soportarlo.
Dejó la taza sobre la mesa de café, aferró el maletín de piel junto al abrigo colocado en el perchero junto a la entrada. Sin decir nada, sin mirarla más, abrió la puerta y salió a otro deplorable día laboral.
~O~
Transcurrieron los días, sin que viera más cambios. No hablábamos, ni siquiera nos veíamos a la cara. Preparaba la cena para degustarla sola y luego iba al estudio hasta escucharlo llegar, cenar y, por fin, ir a la cama. ¡Sin mí!
Entre el enojo y mis sentimientos, aguanté bastante bien los primeros días. Pero a la tercera noche sin recibir un mísero "hola", comprendí que algo estaba muy, muy mal. ¡Ni siquiera papá y mamá tardaban tanto en hablarse! Y eso que sus peleas eran realmente agrias. En cambio, ambos volvían a la buena actitud en menos de un día. ¿Cómo lo conseguían…?
Pensé en llamar a mamá para pedirle consejo. Dejé la idea casi de inmediato. Era una tontería. Sólo estaba asustada por mi primera pelea matrimonial, sólo era eso, mi pura ignorancia para resolver las cosas. Y es que, ¿cómo solucionar una discusión como esa? Para ser nuestro primer desacuerdo, habíamos elegido el peor tema.
Santo cielo, ¿cómo iba a salir de esto…? Cómo iba a sostenerme con orgullo si cada vez era más terrible escucharlo llegar, meterse en la habitación y no recibir su atención.
La cuarta noche estuve a punto de ceder. Pasé horas, esperando oír sus pasos para que viniera a buscarme al estudio. Esa había sido nuestra rutina, ¡y cómo llegué a frustrarme por ser interrumpida en medio de mis tareas! Ahora deseaba tanto porque abriera la puerta de una patada y me ordenara ir a la cama. Pero nada de eso ocurrió. Me quedé allí sentada, sola, hasta que el reloj marcó casi la una.
Qué desilusión. Tuve que tragarme mis lágrimas y regresé yo misma a nuestra habitación, al menos todavía dormíamos en el mismo cuarto. Me lavé los dientes, me puse ropa de dormir y me acosté a su lado, mirando al techo antes de que la espalda junto a mí fuese una imagen demasiado dolorosa.
Diez meses, un poquito más, y ya podía resentir nuevamente el amargo sabor de la indiferencia. Mirar el techo dejó de ayudarme al escuchar sus suaves resuellos, había aprendido que sólo emitía ese ronroneo cuando estaba demasiado cansado, o si estaba soñando.
Me giré en mi lugar, cuidando no quitarle parte de la cobija que todavía compartíamos. Contemplé su espalda, amplia bajo la camisa de franela que usaba para dormir. Sólo él podía lucir atractivo con una simple pijama. Me acerqué, sigilosa, para acortar la distancia. Escuché el sonido de sus respiraciones, acompasadas al subir y bajar de sus hombros. Me atreví a tocarlo, incluso pegué mi mejilla contra sus omoplatos, y oí su corazón.
Oh, cuánto extrañaba que me abrazara. Me sentía mal por admitirlo, pero ya no podía ocultarlo. Deseaba tanto estar con él, mi cuerpo, mi corazón, cuánto lo necesitaba…
De pronto, se movió y me cortó el aliento. Traté de apartarme de su camino al verlo girar hacia mí. Dejé de respirar, esperando su inconformidad por molestarlo en medio de la noche, pero encontré su rostro tranquilo y sus ojos cerrados. Seguía dormido. Resoplé, callándome de inmediato antes de ser demasiado ruidosa.
Lo miré nuevamente. Verlo dormir era una experiencia que no puedo definir. Cómo observar a un león en medio de una siesta, enternecedor y excitante. ¿Qué pasaría si despertaba de repente? No me importó, sólo tenía esta oportunidad para tenerlo cerca sin rebajar nuestros egos.
Acaricié su mejilla con mis dedos, luego a su mentón. Sus labios se movieron débilmente y me detuve. Esperé, temerosa, hasta que entendí que esa mueca era una sonrisa. Escuché un débil ronroneo, y también sonreí.
¿"Mira"? ¿"Amiga"? ¿"Hija"? ¿"Silla"? ¿Qué estaba diciendo?
Definitivamente estaba soñando algo. Acerqué el rostro, ahora sentía curiosidad. Su aliento me golpeteó los parpados, farfullando una risita débil seguida de dos frases entrecortadas que poco a poco comprendí.
—Al…ba…
Oh no…
—fi…ka.
La sonrisa en su rostro se quedó allí, con una imagen en sus sueños que no pude ver.
Pero era suficiente… Como si el resto los días anteriores no lo hubiese sido. Fue suficiente para apartarme, girarme de nuevo en mi sitio, y no poder dormir en el resto de la noche, sólo pensando en lo que una sonrisa, un nombre y el pasado pueden valer.
El día llegó más rápido de lo que esperé.
La alarma de nuestro reloj parloteó, y me pareció demasiado lejana. Lo escuché levantarse al cabo de un rato, cerré los ojos para disimular, aunque de cualquier forma no me llamó, ni se acercó a mí. Después de realizar su rutina de siempre, bajó a desayunar y se marchó.
Me senté en la cama, anonadada. Mi maligna mente de exsolterona desafortunada me atormentó con conclusiones, con el futuro que me esperaba. Pero no podía ser… Sólo había sido un sueño, los sueños no significan tanto en realidad.
Recordé los míos, esos sobre dar a luz un hijo, ¡eran la sombra de mis miedos reales! Así que…
Albafika…
¿No era lo suficiente claro para cualquiera?
Me levanté, ¡no haría caso a mis estúpidos prejuicios! Ella ya no estaba, esta era la realidad del señor Minos. Aunque no cumpliera sus expectativas, yo era su esposa, ¿o no? Me había elegido finalmente a mí.
Me paralicé… ¿Y si Albafika no se hubiese casado?
¡Al diablo! El hubiera no existía, ¿cierto? Me sacudí las cobijas, y comencé a hacer la cama. Dediqué la mañana a realizar labores hogareñas, quería a mi mente despejada de tonterías, ya era suficiente de dramas y miedos. Dejé el estudio impecable luego de haberlo tenido hecho un desastre debido a mis tareas escolares. Alimenté a Lucky, reordené la sala, elaboré la corona navideña que quería para la entrada de la casa.
Regresé a la habitación para quitarme la pijama antes de ir a desayunar. Aproveché para ordenar el desorden que también teníamos allí. Guardar zapatos, aspirar la alfombra y limpiar el polvo de los muebles. Me alejé de la cama, antes de empezar a recordar esa sonrisa adormilada, ese nombre…
El corazón se me estrujó al guardar sus camisas dentro del armario. Me sentí como una tonta, actuando como actriz de película cursi, pegando la ropa contra mi pecho y aspirar el aroma a menta y anís de su colonia. Terminé mi labor allí antes de ponerme más melancólica y me dediqué a separar la ropa sucia para lavarla. Debido a que él solía dejar sus harapos revueltos sobre el silloncito de orejas puesto en una esquina, mi tarea demoró más de lo esperado. Esa era una mala costumbre que no había conseguido mejorar.
Abrí los brazos todo lo que pude como una garra de máquina tragapeluches y tomé todo lo que pude. Jalé hacia atrás, a punto de perder el equilibrio con esa bola de ropa entre los brazos. Escuché un golpetazo contra el suelo pero seguí mi camino hasta dejar mi carga en la canasta de ropa. En seguida regresé a por lo que me hacía falta. Me detuve un momento al encontrar el portafolios abierto en el piso. Al parecer, había estado metido entre la ropa sucia hasta caerse por mi culpa. El señor Minos tenía varios como esos, y solía intercambiarlos casi todos los días, nunca supe por qué.
Pero ahora el condenado portafolios estaba abierto, con todo el contenido desparramado en el piso. Si él llegaba a enterarse…
Me apresuré a recoger todo, soportando la maligna garra de la tristeza estrujándome de nuevo el corazón. Reuní los papeles, sintiéndome de nuevo una asistente, y los guardé. A punto de cerrar el estuche, regresé la vista a la última hoja. Encontrar mi nombre en ella me intrigó. Tomé el documento de nueva cuenta y lo inspeccioné de principio a fin.
No fue difícil entenderlo, aun con todo ese lenguaje técnico.
Pero, ¡lo juro por mi vida! Todo mi cuerpo se paralizó, mi mente ya no evitó las conclusiones, el dolor, la realidad cuando lo supe…
Eso, en mis manos, era una demanda de divorcio.
.
~oOo~
¿Qué rayos...?
¿Qué? ¿Creían que Agasha siempre sería la "buena chica" que dice sí a todo lo que Minos le pide?
¿Cuándo dejamos la comedia para pasar al drama? Bueno, conmigo eso es bastante común, ¿no?
Ok, ya quiero ver sus opiniones al respecto. Recuerden que nos falta un capítulo nada más y, sinceramente, yo me prepararía para un buen drama al más puro estilo Agasha-en-qué-rayos-me-metí.
Y mientras, iré a ocultarme por si alguien desea desatar su ira en contra de Minos...
Un abrazo a todos! Nos vemos -espero que sí- el próximo jueves :3
