Disclaimer: Ni Once upon a time, ni Storybrooke, ni sus habitantes me pertenece ;)
Capítulo 2
El chico nuevo
Tras echar un vistazo a la sala de profesores, que estaba desierta, Mary Margaret se levantó para acercarse al perchero que había junto a la pared. Tras rebuscar brevemente en su bolso, sacó su teléfono móvil y cruzó la habitación hasta alcanzar la ventana, donde se recostó; a través del cristal, contempló el patio abarrotado de niños y, entre la multitud, localizó a su hijo pequeño, que estaba jugando con la alumna nueva, Paige.
Sin prestar demasiada atención a otra cosa que no fuera Henry, que reía y jugaba ajeno a todo, llamó a su marido que no tardó en aceptar la llamada.
- Hola, cielo, ¿cómo está yendo el día?
- Está siendo una mañana bastante tranquila - la levedad con la que David habló no tardó en esfumarse para ser sustituida por un tono tenso, preocupado.- Mary...- exhaló un profundo suspiro, antes de añadir.- Tú también lo has oído, ¿verdad?
- Quizás no es lo que creemos - logró musitar ella, mientras introducía la mano que tenía libre en el bolsillo de la rebeca que llevaba; había un hilo suelto con el que comenzó a juguetear, nerviosa.- Quizás fuera una pesadilla normal. Recuerda cuando era pequeña, David, tenía terrores nocturnos.
- Quizás...- concedió su marido.- No te preocupes, Mary, no pasará nada. La vigilaremos y si es lo que creemos... Bueno, buscaremos una solución.
Mary Margaret apoyó la cabeza en la pared. Había logrado soltar más hilo en el interior del bolsillo, aunque no le importó. Simplemente, dejó que la voz de su marido la calmara, al menos con aquella tranquilidad leve y pasajera; quizás al estar más relajada, sus defensas también lo hicieron, pues añadió con un hilo de voz:
- Tengo miedo, David.
- Lo sé, cielo.
- ¿Le ocurre algo, señorita Spencer?
La pregunta de la directora Mills logró congelarle la sangre en las venas, sobre todo porque podía recordar aquella horripilante visión que había de tener. Tragó saliva, buscando algo que decir, aunque sólo podía pensar una y otra vez en el extraño sueño que había tenido esa noche y en aquella directora Mills con vestido negro, corona y las manos teñida de sangre. Algo en su interior le decía que todo estaba relacionado...
La mujer abandonó la tarima para acercarse a ella. La miraba fijamente. Sus labios, pintados con un rojo tan oscuro que podía parecer marrón, se estaban curvando en una sonrisa lobuna, torcida, como si estuviera disfrutando de manera malsana con todo aquello. Emma, sintiéndose atrapada entre la silla y la mesa, únicamente podía mirarla, aterrada, mientras intentaba encontrar algo que responder.
Le era muy difícil, pues la escrutadora mirada oscura de Regina Mills lograba paralizarle el corazón de puro terror. Nunca se habían llevado bien, pero ya no se limitaba a ello, no, era algo mucho más profundo... Mucho más oscuro y aterrador...
- Señorita Spencer, ¿se puede saber...?
La puerta del aula se abrió de repente.
- ¿Es esta la clase de ética?
Toda la clase, incluida la directora Mills, se volvieron para ver al recién llegado. Emma se pudo relajar al fin, soltando una cantidad de aire desorbitada; ni siquiera se había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración durante ese angustioso momento.
Se llevó una mano al pecho, mientras alzaba la mirada para poder mirar a su salvador. No le conocía, pero debía de ser el chico nuevo, ya que su aspecto se correspondía punto por punto con la descripción que Ruby le había dado. Era alto, atractivo, con un halo misterioso que resultaba demasiado tentador; llevaba el pelo castaño en punta, un palestino entorno al cuello y el par de ojos verdes más impresionantes que Emma había visto.
- ¿Y usted es? - preguntó, secamente, la directora Mills.
- Jefferson Hatter. Me acabo de mudar - se encogió de hombros el chico.
La mujer se acercó para hablar con él con más intimidad, momento en el que Ruby aprovechó para inclinarse hacia delante y murmurar:
- ¿Os lo dije o no os lo dije?
- Parece una estrella de cine...- comentó Belle distraída.- De cine porno.
Ruby intentó disimular un ataque de risa, pero no pudo hacerlo, mientras Belle se había vuelto hacia ella y la miraba extrañada. Sus profundos ojos azules parecían escrutarla, como si fueran un par de rayos x. Emma se removió, incómoda, al mismo tiempo que se esforzaba en sonreír, aunque el gesto le quedó tan endeble que su amiga siguió con aquella expresión suspicaz en su rostro.
- Oye, ¿qué...?
- Ahora no.
Belle asintió, apartándose uno de los largos rizos castaños detrás de la oreja. Y Emma la quiso todavía más por hacer eso. Quizás otra persona le hubiera seguido interrogando, pero Belle no, Belle siempre la respetaba y, por eso, le dio el espacio que le estaba pidiendo.
- Siéntese, señor Hatter. Voy a continuar con la clase...
Mientras la directora Mills volvía a retomar su aburrida perorata, el chico nuevo avanzó entre las filas de mesas hasta ocupar la que estaba a la izquierda de la que ocupaban Belle y Emma. Todo el mundo le miraba, murmuraba a su paso, pero el joven se limitó a acomodarse en su silla con aspecto aburrido. Estaba inclinado hacia delante, apoyando la barbilla en la palma de la mano, cuando se volvió hacia ella.
Le guiñó un ojo, mientras sus finos labios se curvaban en una curiosa sonrisa.
Sorprendentemente, el corazón de Emma se desbocó.
El resto de la mañana transcurrió con tranquilidad, aunque el desasosiego no abandonó a Emma. Cada vez que veía a Jodi, la animadora pelirroja, no hacía más que pensar en aquel extraño sueño que había tenido esa misma noche. Aunque pareciera una completa locura, no dejaba de sentir que se iba a cumplir, que Jodi estaba en peligro. ¿Qué narices le estaba pasando?
- Emma... ¡Emma!
Ante la exclamación de Ruby, regresó a la realidad. Tuvo que agitar la cabeza para poder concentrarse en sus amigas. De repente, se sintió muy frustrada. ¡Todo era culpa del maldito sueño! Desde que se había despertado había estado distraída y no lograba ser la de siempre, ni siquiera podía concentrarse en sus amigas.
- Perdón, Ruby. Estaba distraída.
- Llevas toda la mañana distraída, ¿pero qué narices te ocurre? - le preguntó, pero Emma no tenía ninguna respuesta que darle. La chica negó con la cabeza, mientras se apartaba uno de los mechones rojos que salpicaban su oscura melena.- Estaba diciendo que tengo que ir a trabajar donde mi abuela, así que nos vemos mañana.
- Hasta mañana...
Tanto Belle como ella se despidieron con los dedos hasta que la vieron desaparecer calle abajo. Fue entonces cuando su amiga se volvió hacia ella, mirándola con aquellos ojos azules tan llenos de curiosidad.
- ¿Te ocurre algo? Estás muy rara.
- La verdad es que no lo sé.
- Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
Emma asintió, enterrando las manos en la cazadora de cuero rojo que llevaba. Apretó un instante los labios, pensando en cómo plantear el tema, cuando vio que su amiga se ponía roja como un tomate, aunque parecía más furiosa que avergonzada. Aquello sólo podía significar una cosa: Gastón.
Cuando se volvió, vio como el chico estaba en la puerta del instituto con su sonrisa engreída y acompañado de su mejor amigo, un tipo algo bajito y con aspecto repelente. Los dos iban cargados con enormes globos, lo que les hacían destacar entre la masa de alumnos que se dirigían hacia sus casas... Y lo que, también, provocaba que algunos les miraran, incluso soltaran risitas burlonas.
- Matar sigue estando mal, ¿verdad? - inquirió Belle con un gruñido.
- Hombre, el espectáculo que están dando podría ser considerado un atenuante. Quizás podrían dejarlo en homicidio involuntario o, quizás, defensa propia...
- Sí, ríete, mala amiga, pero la que va a tener que soportarlo soy yo.
- Pero verlo desde fuera es divertido.
- Ya... Luego te llamo.
Belle avanzó a grandes zancadas, hecha una auténtica furia, por lo que Emma no pudo evitar sonreír un poco, divertida. Normalmente, Belle era una chica muy tranquila y alegre, pero también podía enfadarse como nadie.
Desde la distancia, vio como Bella gritaba a Gastón, que no dudaba en seguirla, mientras su amigo bajito tenía que arrastrar sus globos detrás de ella. Curiosamente, había varias chicas que parecían suspirar ante la presencia de Gastón, aunque él ni siquiera les prestó un mínimo de atención.
- Menudo espectáculo más curioso.
Emma dio un respingo, sobresaltada por la voz masculina que había sonado justo a su lado. Al volverse, descubrió que el chico nuevo, Jefferson, estaba a su lado. Lo había estado observando discretamente desde la distancia durante toda la mañana, aunque no había sido nada como tenerlo tan cerca. Volvió a experimentar lo mismo que en clase de la directora Mills: el corazón le latía tan sumamente rápido que pensó que se le iba a saltar del pecho.
De pronto, descubrió que Jefferson la estaba mirando fijamente y que, en sus labios, había aparecido una sonrisa torcida... Parecía que estaba disfrutando con aquel encuentro y, también, que la estaba evaluando.
- Creo que deberías darme las gracias.
- ¿Ah si? - Emma enarcó una ceja.
- Esta mañana te he salvado de nuestra querida directora.
- ¿Salvarme? - la chica soltó una carcajada incrédula, ¿pero de qué iba aquel chico? ¿Quién se creía que era? Sintiéndose un poco molesta, agitó la cabeza.- La directora sólo me había pillado distraída. Como mucho me habría castigado una hora después de clase. Uh, menudo destino tan trágico el mío, ni que la directora fuera una malvada bruja y tú un caballero andante... ¡Será posible!
Comenzó a caminar en dirección a la salida. Con un poco de suerte, o bien su madre con el enano o bien su padre habrían ido a buscarla y podría librarse de aquel chico tan condenadamente molesto.
- Quizás no andes tan desencaminada - le sonrió Jefferson, siguiéndola.
- Pues no veo que lleves la brillante armadura.
- Ah, eso es porque no soy un caballero.
Emma se detuvo. Había visto el coche de su padre aparcado junto a la verja que rodeaba los terrenos del instituto y no quería que les viera hablar. Le daba algo de vergüenza que su padre la viera junto a Jefferson, sobre todo porque, de un modo un poco retorcido y contradictorio, estaba disfrutando de aquella extraña conversación.
- ¿Y se puede saber qué eres entonces? - inquirió, siguiéndole el juego.
- ¿Yo? Un simple sombrerero.
Jefferson le guiñó un ojo, sonriente, aunque al mismo tiempo misterioso. Antes de que Emma pudiera reírse de aquel giro tan extraño, el chico se despidió con un gesto y se marchó tan súbitamente como había llegado.
Que chico tan extraño...
Bueno, al menos suponía un soplo de aire fresco a Storybrooke, donde nada interesante ocurría y todos se conocían entre sí.
Se afianzó la mochila en el hombro, antes de reemprender la marcha y caminar hasta el coche de su padre, que le sonrió nada más verla. Mientras le ponía al día de las novedades en cuanto a profesores, no dejó de pensar en aquel recién llegado al pueblo y lo que estaría haciendo.
Vio a Emma subirse en el coche de su padre y se sintió más tranquilo.
Cuando había llegado al aula de ética, había encontrado a la directora, Regina Mills, con una actitud bastante amenazante hacia Emma y se había asustado. Quizás, no había llegado a Storybrooke a tiempo. Había conseguido salvarla de aquel tenso encuentro, pero seguía sin tener claro si había sido algo mundano o... Algo diferente.
No dejó de darle vueltas al asunto hasta que llegó a su nueva casa. Nada más entrar, Paige acudió corriendo hacia él para darle un abrazo, por lo que Jefferson la izó como si no pesara nada, haciéndola reír. Después, la acomodó debajo de su brazo, como si la niña fuera un koala, para dirigirse a la cocina donde sus tías estaban cocinando y discutiendo al mismo tiempo... Como siempre, en realidad.
- Ya estoy en casa - saludó, dejando a Paige en una de las sillas que había entorno a la mesa. Tiró al mochila al suelo para sentarse junto a ella.
- ¿Qué tal ha ido? - le preguntó tía Narcissa.
Sus tías eran completamente diferentes. Mientras que Narcissa tenía el pelo largo, liso y tan rubio que parecía blanco, Poppy poseía una media melena rizada y de un rojo intenso. Incluso sus formas de vestir eran diferentes, mientras que Narcissa llevaba un elegante traje de chaqueta blanco con una blusa negra, Poppy lucía una falda larga y un chal multicolor.
- Bien - respondió él.
- ¿Las has conocido ya? - quiso saber tía Poppy.
- Incluso hemos hablado un poco - asintió, pasándose una mano por el pelo.- La verdad, no creo que vaya a ser fácil... Tengo la sensación de que no va a creer con facilidad.
- Cuando empiece a soñar, creerá - opinó Poppy.
- ¿Y Regina?
- Creo que ella ya ha despertado. Cuando llegué, estaba fulminando a Emma con la mirada... Bueno, no, parecía un lobo a punto de abalanzarse sobre un corderito para desgarrarlo.
- ¡Iuuuuuu! - exclamó Paige.
- No seas tan gráfico con tu hermana delante - le pidió tía Narcissa.
- Vale, vale - se volvió hacia la niña, guiñándole un ojo.- Tendré cuidado con la blandengue - y le hizo burla.
- ¡No soy ninguna blandengue!
- Ya, ya...
- ¡Qué no!
- Deja de incordiar a tu hermana - le ordenó tía Poppy.
Pero en vez de hacerle caso, se acercó a Paige para comenzar a hacerle cosquillas, por lo que sus dos tías suspiraron al mismo tiempo. Algo raro, pues discutían más que otra cosa, incluso respirar.
- Y se supone que tú vas a ayudar a la elegida... Apañados estamos - resopló tía Narcissa.
- ¿No quieres que te acompañe?
Ante la pregunta de su novio, Jodi negó con la cabeza, sonriendo. Deslizó una mano por los negros cabellos del chico, antes de estirarse para propinarle un apasionado beso. Después, se despidieron cariñosamente y comenzó a caminar hacia su casa.
Era noche cerrada. Las nubes oscuras se arremolinaban en lo alto de la cúpula celestial cubriendo las estrellas y la luna casi por completo.
De repente, comenzó a hacer frío, por lo que Jodi se arrebujó en su chaqueta, mientras se detenía al ver como las farolas comenzaban a parpadear. Le pareció extraño... Sobre todo cuando, tras titilar unos instantes, la luz artificial se apagó por completo. Se sintió inquieta, pues se había hecho tal oscuridad que apenas veía nada. Cogió su teléfono móvil para llamar a su novio, decirle que había cambiado de idea y que fuera a buscarla con una linterna, pero no había cobertura.
¿Qué narices estaba ocurriendo?
Poco a poco, muy lentamente, comenzó a caminar hacia su casa. A medida que pasaba el tiempo, sus ojos se iban acostumbrando más y más a la oscuridad, así que veía mejor y pudo acelerar el paso.
El corazón comenzó a latirle desbocado, presa del pánico, pues, además de aquel frío que no era normal, sentía que alguien le estaba vigilando. No... Le estaban siguiendo, podía notarlo. Pero aquello no podía ser real. Qué va. Estaba en la realidad, no en una película de terror. Tenía que recordar eso, dejarse de fantasías paranoicas, así que miró por encima de su hombro para cerciorarse de que no pasaba nada...
Lo que vio la aterró.
Fue a pedir ayudar, pero... Su voz la abandonó.
Las nubes se hacen a un lado para teñir de plata la huida de la joven pelirroja, de Jodi. La chica corre todo lo rápido que puede, corre hasta quedarse sin aliente, pero algo horrible la persigue y la misma Jodi sabe que, por más que lo intente, no va a poder escapar. Sin embargo, el miedo es demasiado poderoso...
En el cielo, mientras tanto, en medio de aquella densa oscuridad, aparece un rostro difuminado, como si fuera un espejismo sin demasiada consistencia. Poco a poco, sus maliciosos rasgos van tomando forma: ojos oscuros y ávidos de poder, sonrisa siniestra... Es Regina Mills, la directora del instituto.
Jodi no la ve, ni siquiera presta atención a nada que no sea su huida.
Pero ella sí. Pueda verla. Quizás se debe a que es su sueño, pero puede ver a la directora Mills persiguiendo a Jodi con la mirada, mientras sonríe. Parece satisfecha. Sobre todo cuando algo brilla en la garganta de la joven pelirroja, algo que se alza hasta desaparecer entre la negrura celestial. Y es entonces cuando Regina parece alcanzar su punto álgido, sobre todo mientras dice:
- Y al fin recupero tu voz... Ariel.
La voz de Regina desaparece junto a su rostro, mientras la chica cae al suelo, intentando gritar sin poder hacer nada más que abrir la boca. Su cara se ve cubierta por una máscara de puro espanto, mientras la muerte se arroja sobre ella, desgarrándola como si estuviera hecha de mantequilla...
... Y Emma, incorporándose bruscamente, no pudo más que gritar hasta que le ardió la garganta por el dolor y, al igual que Jodi en su sueño, perdió su voz.
Siento el retraso, pero espero que el capítulo os haya gustado. Si ha sido así (o si queréis decirle cualquier cosa... O impedir que otra sirena o hada la palme) ya sabéis, dadle a Review this chapter. Mmm, ¿lo de las hadas no ha colado, no? Tenía que intentarlo ;P
Y, por cierto, muchas gracias a Syl y a susan-black7 por haber comantado el capítulo anterior, ¡muchas gracias!
Nos vemos en el próximo capítulo =D
