Pues bien aqui les traigo el segundo capitulo de esta historia, tratare de subir un capitulo por semana ok.

Gracias a todas aquellas personas que estan dejando Reviews, eso motiva a seguir publicando la historia, pues bien empecemos con el segundo capitulo.

Capítulo Dos

Serena se sobresaltó cuando el timbre de la puerta rompió el silencio de su apartamento. El carrillón, que siempre le había parecido armonioso, le resultó en aquella ocasión estridente y amenazante. Con gestos nerviosos se estiró el jersey color turquesa sobre los vaqueros deslavados. ¡Darien había llegado! No tenía razón alguna para ponerse tan nerviosa, pues nunca se había sentido incómoda con él. Exasperada, muchas veces, frustrada y excitada a menudo, pero no nerviosa.

Claro que esta vez iban a simular un noviazgo y la idea la llenaba de sentimientos encontrados, entre los cuales dominaba la esperanza. Y el nerviosismo.

El timbre sonó de nuevo. Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que no había dejado a la vista ninguno de los cientos de retratos de Darien en todas las posturas que había realizado en el último año y medio, abrió la puerta.

La visión de Darien en su puerta, vestido con elegante informalidad, la dejó un segundo sin habla. Con el jersey gris que llevaba parecía todavía más grande. Y diferente.

—Buenas tardes —dijo Serena sintiéndose muy torpe. Su pretendido noviazgo había introducido un elemento nuevo en su relación. Un elemento al que no terminaba de acostumbrarse.

—¡De momento no han sido buenas! —exclamó Darien entrando en el apartamento.

Serena lo miró, sorprendida por su exabrupto. ¿Estaría ya arrepintiéndose de su trato?

—Diamante pasó esta tarde por la oficina, después de que te marcharas —anunció Darien—. Trajo al modelo que había contratado para enseñártelo.

—Y pensar que me he perdido una escena tan buena —bromeó Serena al darse cuenta de que el mal humor de Darien nada tenía que ver con su cita.

—Me hubiera encantado que estuvieras —dijo Darien amargamente—. Dado que tú le diste la genial idea.

—¡Yo! Soy intelectual y moralmente contraria a la explotación del cuerpo femenino para fines comerciales.

El enfado de Darien pareció disolverse ante su expresión indignada.

—Muy bien. ¿Sueles practicar o los eslóganes te salen siempre así de bien?

—Estoy hablando en serio —masculló Serena—. Pienso que es algo horrible.

—Estoy de acuerdo contigo, pero te equivocas de cabo a rabo. Diamante se puso a pensar en lo que le dijiste de contratar un modelo masculino musculoso con indumentaria de obrero y concluyó que era una gran idea.

Serena abrió la boca, comprendiendo el estupor de Darien.

—¿Encontró a un modelo en calzoncillos con un martillo mecánico?

—Bueno, llevaba pantalones azules —dijo Darien—. No pude convencerlo de que se los quitara.

—¡Eso espero! —exclamó Serena con pudor—. El desnudo integral me parece excesivo.

—¿Y dónde está ahora tu indignación?

—La estoy buscando.

—Pues a ver si la encuentras antes del lunes. Porque Diamante vuelve al ataque.

Serena sonrió.

—Estupendo. Así dan ganas de ir a trabajar el lunes. Ojalá traiga al modelo otra vez.

Darien sonrió siguiéndole la broma, pero no le hacía mucha gracia pensar en Serena admirando a otro hombre. No entendía a qué venían sus celos, pero había muchas emociones que no entendía bien en relación con Serena. Estaba deseando explorarlas para que se disiparan.

—¿Dónde está tu bolsa? —preguntó Serena de pronto al observar que no traía equipaje. ¿Se lo habría pensando de nuevo, quizás? Una profunda decepción se apoderó de ella.

—La he dejado en el coche —murmuró Darien mientras decidía si era un buen momento para darle el anillo que se había pasado la tarde buscando, o si debía esperar a llegar a casa de sus padres. Mejor en aquel momento, decidió, dispuesto a convencerla si protestaba.

Hacía meses que deseaba regalarle algo, como una joya. Un colgante que se balanceara suavemente entre sus senos, sujeto por una cadena de oro. Entre sus senos desnudos. Más tarde, se dijo, tragando saliva ante la tentadora imagen. Cuando fueran amantes, le compraría lo que quisiera. Pero de momento, tenía que convencerla de que aceptara al anillo.

Darien sacó la pequeña caja negra de su pantalón y se la tendió a Serena.

—Esto es para ayudar al engaño —anunció.

Serena miró la caja con una repentina melancolía. Tenía que ser un anillo de compromiso. Y hubiera deseado tanto que fuera real. Un anillo que significara algo para él, la promesa de una vida juntos.

Serena tomó la caja y la abrió lentamente. Soltó una exclamación al ver el enorme diamante que absorbía la luz y la devolvía en un millón de fragmentos coloreados. El anillo era una hermosura en su simplicidad. Una piedra sobre una banda de oro. Era una prueba de buen gusto y... de mucho dinero. No podía aceptar algo que le había costado una fortuna, aunque fuera temporalmente. Aunque fuera una idea perfecta.

—Si no te gusta...

—Es el anillo más bonito que he visto nunca —admitió Serena.

—¿Qué ocurre entonces?

—¿Qué pasa si lo pierdo? —preguntó Serena.

—Lo recuperaré. Está asegurado. Es un anillo que compré hace unos años y luego no llegué a usar —mintió para convencerla. Por algún motivo, quería verla con el anillo.

—¿Hace unos años? —Serena intentó disimular la repentina ira que le entró al pensar que le estaba ofreciendo el anillo que había prometido a otra mujer. De manera que aquel enemigo del matrimonio había estado a punto de casarse.

—Pues sí. Era una rubia impresionante... —siguió Darien para acallar sus prejuicios.

—¿Por qué siempre tiene que ser rubia? —dijo Serena que no tenía ganas de oír hablar de la mujer que casi se casa con Darien. ¿O era ella la que le había quitado las ganas de casarse para siempre?

—No siempre es rubia —la tranquilizó Darien—. Hubo una pelirroja llamada Beryl que era...

—Hablaba de forma retórica —le interrumpió Serena con irritación—. No te he pedido una lista de tus conquistas.

Darien sonrió con alegría.

—En realidad, yo fui la conquista de Beryl y no al revés. Pero por mucho que te fascine mi vida amorosa, tenemos que marcharnos. Me he enterado de que podemos tardar tres buenas horas en llegar a Scranton.

—Tres malas horas, querrás decir. El tráfico es un espanto —dijo Serena, repentinamente abrumada por las dudas de última hora. No sabía dónde la llevaría su cambio de estatus. Percibía oscuramente que una vez que se pusiera el anillo de Darien, nada volvería a ser lo mismo. Podía superar su enamoramiento por él, pero si se acostumbraba a su cercanía física, a su galantería simulada, le costaría enormemente recuperar un papel distante el lunes en la oficina, cuando todo terminara.

—Perdona, ¿en qué estaré pensando? Casi se me olvida.

Serena miró a Darien preguntándose de qué hablaría, pero éste la sacó de dudas. La tomó por los brazos y la apretó contra su pecho, en un abrazo intenso que hizo que el cuerpo de Serena comenzara a arder. Lo que más deseaba era cerrar los ojos y saborear la situación. Pero en lugar de eso se esforzó en mantener la cabeza fría.

—¿Has olvidado qué? —murmuró contra su jersey.

—Que somos novios. Que debo besarte.

Serena luchó contra el deseo que estaba saboteando su compostura mientras intentaba pensar.

Era inútil. Sólo pensaba en lo bueno que era estar entre sus brazos. Mejor de lo que había imaginado, y no carecía de imaginación.

Le miró a los ojos y vio en ellos pequeños destellos diabólicos. Como explosiones de pasión bajo una apariencia tranquila. ¿Sería pasión o sólo su humor canalla? ¿Y si era pasión, sería igual hacia cualquier mujer que tuviera la ocasión de abrazar?

La pregunta perdió interés al notar que Darien bajaba la cabeza hacia ella. Dejó de respirar mirándole a los labios. Eran tan sensuales, tan apetecibles. Deseaba morderlos y saborearlos, descubrir su textura y su forma.

Le pesaban los párpados ante la fuerza del deseo. Tenía que hacer un esfuerzo para no asirlo por el cuello y besarlo de una vez. Por fin, cuando estaba a punto de gritar de frustración, sus labios la rozaron y lanzaron un sinfín de sensaciones por su cuerpo. Se le puso la carne de gallina, pero para su asombro, Darien no profundizó el beso. Se apartó de ella y la miró con seriedad, con algo indescifrable en la mirada.

¿En qué estaba pensando? La timidez empezó a diluir el placer que Serena había sentido.

Quizás no deseaba besarla más, o quizás el anterior beso lo había decepcionado. La tristeza se hizo sitio junto con la timidez, al pensar que Darien podía encontrarla decepcionante en el terreno sexual. Se sentía confusa y pensó que hasta la fecha su relación había sido ante todo clara y agradable. Quizás perdiera la buena relación con Darien sin ganar su amor a cambio.

Serena observó a Darien tomar su mano y colocarle con delicadeza el anillo. Le quedaba perfecto. ¿Sería una señal del destino? Pero lo único que significaba era que la novia de Darien tenía su tamaño, se dijo Serena con irritación. La idea de que no era más que otra de las mujeres que aparecían y desaparecían en la vida de Darien la ponía furiosa.

—Gracias —dijo secamente y se dio la vuelta para recoger su maleta.

Darien frunció el ceño ante su tono cortante, preguntándose qué habría hecho mal y si estaba enfadada por el anillo o por el beso. ¿O estaría nerviosa ante el fin de semana que se avecinaba?

No lo sabía. No sabía muchas cosas de ella, se dijo, intimidado. Empezando por cómo actuar ante una gran familia. Su experiencia familiar se limitaba a alguna visita a sus amigos casados y lo que veía en la televisión. Y no creía que aquello representara la realidad.

Tenía que olvidarse de aquello sobre lo que no podía actuar, como había hecho siempre. Al fin y al cabo, había logrado penetrar en la muy exclusiva intimidad de Serena y romper sus barreras. O más bien, su madre lo había conseguido. El caso es que le había sido concedida la oportunidad de conocer a Serena desde un punto de vista no profesional.

Darien intentó apartar la oleada de imágenes que lo asaltaban al pensar en cómo le gustaría conocerla. Deseaba tanto abrazarla de nuevo. Acariciar la piel sedosa de su mejilla. Deslizar los labios por el terciopelo vibrante de su garganta. Recorrer la textura deliciosa de sus senos. Seguir hacia abajo... Tomó aire para calmarse. Llevaba meses deseando tocarla, pero el breve y tímido beso que habían intercambiado no había hecho sino aumentar su apetito. Había comprobado cómo era tenerla en sus brazos y quería más, mucho más.

Darien perdió el hilo de sus pensamientos cuando Serena se agachó para cerrar la maleta y sus vaqueros se ciñeron sobre sus nalgas y sus caderas. Disfrutó de la vista y comprobó que tenía un tipo estupendo, delgado y redondeado. Sólo podía estar más guapa desnuda. Pero no debía pensar en eso.

Necesitas una mujer, se dijo. Pero no, no era una mujer. Necesitaba a Serena Tsukino y más de lo que quería admitir. Se estaba hartando de pasarse horas mascullando su frustración, incapaz de trabajar y desahogándose en el gimnasio.

El ruido de la maleta al cerrarse interrumpió sus pensamientos.

—¿Eso es todo lo que llevas? —preguntó señalando el equipaje.

—Eso y cinco docenas de panecillos.

Darien la miró con asombro.

—¿Cinco docenas? —repitió—. ¿Qué vamos a hacer con tantos panecillos?

Serena sonrió.

—Aunque te parezca raro, vamos a comerlos. O más bien, mi madre los servirá esta noche, pues no acepta otros panecillos que los de Nueva York.

—Tiene razón. Tú llevas el pan y yo la maleta.

Serena buscó las bolsas de panes en la cocina y comprobó una vez más que lo dejaba todo en orden antes de apresurarse detrás de Darien que llevaba su maleta como si fuera una pluma.

Miró un segundo sus brazos y deseó saber hasta qué punto era fuerte. Había jugado al rugby como profesional hasta unos años antes, cuando decidió dejarlo y abrió una agencia.

Quizás tuviera la oportunidad de descubrir la extensión de su musculatura durante el fin de semana. Un estremecimiento de anticipación recorrió su espina dorsal. Las posibilidades parecían infinitas.

Para sorpresa de Serena, Darien era un conductor tranquilo y competente, capaz de mostrar la mayor paciencia ante las manías e imprudencias de otros conductores. Aparentemente había escapado al síndrome de la velocidad del macho que había afectado a muchos de sus conocidos y pretendientes.

—¿Hacia dónde? —preguntó Darien cuando entraron en la ciudad de Scranton.

—A la derecha en el semáforo y luego seguimos recto.

—Un sitio interesante —Darien miraba con curiosidad las viejas casas dispuestas sobre el entorno de colinas—. ¿Has crecido aquí?

—Sí, mi familia lleva en la zona unos ciento cincuenta años. Antes de eso nos moríamos de hambre en Irlanda. Gira a la derecha —añadió mientras intentaba decidir qué debía contarle de su familia. ¿Debía advertirle sobre los peligros de la conversación y los temas prohibidos, como mencionarle al tío Artemis los males del tabaco, o hablar de política con la tía Luna, o bien comentar el estado de la universidad pública con el primo Taiki? No parecía justo dejar que Darien se encontrara con su familia en la suposición de que todos eran adultos coherentes y bien educados, capaces de pasar por encima de cualquier desacuerdo sin mayores problemas.

Serena se agitó, nerviosa, en su asiento de cuero, pensando en el lío en el que había metido a Darien. El pobre debía provenir de una familia normal, educada y agradable, cuyos miembros trataban bien a los invitados, cualquiera que fuera la provocación. En realidad no sabía mucho de los antecedentes familiares de Darien. Frunció el ceño, intentando recordar algún dato. De hecho sólo sabía que había compaginado su carrera deportiva con los estudios y prácticas en el mundo de la publicidad hasta que una lesión en la rodilla había forzado su retirada. Y el hecho de que envidiaba las familias grandes cuando era un niño.

Una sensación extraña fue creciendo en ella al pensarlo. Era muy raro que Darien no hablara nunca de su familia. ¿Quizás era discreción? ¿Autodefensa ante la idea de que una mujer pudiera interesarse por su vida privada? ¿O no quería mezclar lo profesional con su vida íntima?

En cierto modo, aquella idea la hizo sentirse optimista. Darien no tenía la menor idea de que ella acunaba deseos muy diferentes en relación con él. No pensaba conformarse con un fin de semana en su vida. Y puesto que no lo sospechaba, no estaría en guardia. Con un poco de suerte, podría deslizarse bajo sus defensas antes de que percibiera lo que estaba ocurriendo. Y con mucha suerte, quizás descubriera qué había en su vida que justificara su total negativa a fundar una familia.

Miró de reojo la fuerte mandíbula de Darien que conducía tranquilo. Deslizarse bajo su piel sería un gran placer. Se removió, inquieta, al recordar cómo la había abrazado y besado unas horas atrás.

Aunque no acababa de entenderlo, besar a Darien le había producido sensaciones que iban mucho más lejos de lo que un beso podía provocar. Mucho más lejos de lo que su experiencia le permitía imaginar. Lo que la hacía preguntarse cómo sería hacer el amor con él.

—Gira a la izquierda en esa esquina —le ordenó mientras intentaba poner freno a su imaginación con algún tema inocuo—. Mi madre vive en lo alto de la colina, en aquella casa amarilla de la derecha. La que tiene un coche aparcado fuera —añadió lentamente. ¿Se habrían presentado el tío Souichi y su familia?

Darien la miró mientras aparcaba.

—¿Qué pasa?

—Nada, ¿qué iba a pasar?

—Yo he preguntado primero. Pero dime, después de venir hasta aquí, ¿vamos a quedarnos en el coche? Te he prometido portarme bien y no hacer nada insociable.

Cierta duda en su voz la obligó a mirarlo con sorpresa. ¿Era posible que Darien estuviera nervioso? Siempre parecía frío y controlado. Pero sin duda tenía debilidades y rasgos de timidez que ella nunca había descubierto. Ojalá no se pusiera nervioso ahora, se dijo. Ya tenía bastante con soportar a su familia.

—No sé qué te parecerá, pero en mi familia si no haces nada insociable, te tomarán por un extraterrestre —suspiró Serena.

Para su sorpresa, la respuesta de Darien consistió en asirla por los brazos y sentarla en su regazo, provocando un torrente de sensaciones en Serena.

—¿Qué haces? —tartamudeó Serena sabiendo que la pregunta era idiota, pero deseando ganar tiempo.

—Me estoy metiendo en el papel de un hombre enamorado —explicó—. Y lo primero es besar al objeto de mi afecto.

Serena le miró a los ojos. Tenía unos ojos tan hermosos, pensó. Azul Oscuro y aterciopelados, rodeados de pestañas espesas y largas. Parecía que uno podía hundirse en ellos. Su descripción llegó a término cuando Darien la acercó y capturó sus labios.

Labios que eran ardientes y firmes y se apretaron con pasión contra los suyos haciéndola temblar mientras lo dejaba penetrar en su boca con la mente invadida por las deliciosas sensaciones de extravío. Su lengua se unió a la suya y un pequeño gemido escapó de su garganta.

—Empiezo a sentirme comprometido —dijo Darien sin separarse de sus labios—. Pero no lo suficiente. Además, por desgracia para mi puesta a punto, alguien nos mira desde la puerta de al lado.

Serena movió la cabeza, siguiendo la mirada de Darien. Allí había un joven despeinado de mirada torva, observándolos con atención. ¿Sería el hijo del primo segundo del marido de la vecina? Si era así, tenía mucho que agradecerle a Darien.

—¿Mi rival? —dijo Darien mientras se inclinaba y rozaba con los labios el cuello de Serena. La reacción de ésta fue instantánea, sintió que un fuego ardiente nacía en sus labios y recorría su piel y deseó estar en cualquier sitio que no fuera un coche, con un vecino mirándolos. Pero recordó que el motivo por el que la besaba era precisamente porque allí podían ser vistos.

Decidió ser coherente y se separó de Darien para abrir la puerta.

—Vamos a la casa, antes de que salga mamá y toda la calle venga a conocerte.

Serena salió del coche y esperó a que Darien se reuniera con ella en la acera. Se sobresaltó al sentir una palmada en su trasero y se dio la vuelta, indignada.

—¡Darien Chiba!

Darien la miró con inocencia.

—¿Las parejas de novios no hacen eso?

—Esta pareja de novios no hace eso.

—Eso no es cierto del todo, puesto que yo lo he hecho —Darien parecía dispuesto a argumentar la estadística cuando una voz lo interrumpió.

—¡Cielo, pero entra! Os he esperado toda la tarde —la voz cariñosa de Ikuko los llamaba desde el umbral.

Serena miró a Darien antes de darle la espalda y dijo con severidad:

—Compórtate.

Después corrió a la puerta a abrazar a su madre.

—Cariño, estás muy guapa y éste debe ser... —Ikuko miró a Darien.

—Mamá, te presento a Darien Chiba. Es...

—¡Hija! —exclamó Ikuko al observar el anillo de compromiso que llevaba su hija—. ¡Así que has aceptado!

Serena se sobresaltó ante la nota de éxtasis en la voz de su madre.

—Me alegro tanto de conocerte. Llámame Ikuko —dijo ésta sonriendo a Darien—. Así me llama mi otro yerno.

—Ikuko —repitió Darien obedientemente.

Un grito agudo seguido de una caída se oyó en ese momento, proveniente del piso superior e Ikuko miró a su hija con cara de temor:

—Dios mío —murmuró.

Serena la miró al escuchar otro golpe.

—Parece que alguien tiene problemas allá arriba —comentó Darien.

Serena saltó al oír otro golpe sordo.

—Mamá, ¿no deberíamos subir a ver qué pasa?

Ikuko negó vigorosamente con la cabeza.

—No quiero saberlo. Es tu primo Kevin. Tu tío Souichi lo envío arriba y le dijo que no saldría hasta que no se portara bien.

—Eso será toda la vida —masculló Serena—. Creí que no iban a venir.

—¡Han venido! —susurró Ikuko confidencialmente—. Se presentaron hará una hora diciendo que al final lo habían arreglado. Y no sé dónde ponerlos. He llamado a todos los parientes y no queda una cama libre.

Serena hizo una mueca.

—¿Y te extraña? Esos niños están completamente fuera de control. ¿Por qué no los mandas a un hotel?

Ikuko la miró con aire escandalizado.

—No puedo, querida, son mi familia. Y quiero a Souichi y a Setsuna.

—Yo también los quiero, pero mi amor aumenta cuando sus hijos están lejos.

—Shhh —susurró Ikuko—. Pueden oírte. Ven.

—Es fascinante —murmuró Darien mientras la seguían al salón y Serena no supo si se refería a la rabieta que continuaba arriba o a su madre. Ambas cosas, probablemente.

—¡Bienvenido a la familia! —el tío Souichi se levantó y apretó con energía la mano tendida de Darien—. No tengo que decirte que has encontrado una joya en Serena.

—Nos alegramos mucho de conocerte, Darien —declaró Setsuna—. Mis niñas van a estar encantadas. ¿Las dejarás ser tus madrinas, verdad, Serena?

—No hemos llegado tan lejos —dijo Serena.

—Sigue mi consejo, Darien, y retrasa el momento —comentó Souichi.

—Serena, cariño —intervino Ikuko—. ¿Me ayudas un minuto en la cocina?

—Ven, Darien —dijo Serena, incapaz de dejarlo a solas con sus parientes. Souichi debía estar preparando una de sus temibles historias sobre pesca.

—Cielo, siento pedirte esto —dijo Ikuko en cuanto cerró la puerta de la cocina—, pero no se me ocurre otra forma. ¿Os importaría a los dos pasar el fin de semana en casa de tu hermana? Mina se ha negado a recibir a los hijos de Souichi. Dice que todavía no se ha recuperado de su última visita —Ikuko movió la cabeza con censura—. Y eso que Mina es profesora. Pensé que sabría cómo tratar con ellos.

—Con una silla y un látigo —masculló Serena, pero su madre la ignoró.

—Pero dice que le encantaría recibiros a vosotros dos —continuó Ikuko.

—Nos parece muy bien —dijo Darien inmediatamente recibiendo la sonrisa agradecida de Ikuko,

—Qué amable eres —dijo.

¿Amable? Serena pensó en la descripción y tuvo que darle la razón a su madre. Era cierto que Darien era amable y simpático, no de la clase pesada, sino práctico y discreto.

—Tenéis el tiempo justo de ir a casa de Mina y dejarlo todo antes de la cena en casa de Luna. Y por favor, no os retraséis —advirtió Ikuko—. Luna ya está enfadada por el hecho de que tus abuelos no vienen a la cena. Parece que yo tengo la culpa de que el médico de papá le haya prohibido salir hoy si mañana recibe a toda la familia. Y acuérdate de traer los panecillos. ¿Los tienes, verdad?

Ante el asentimiento de Serena, Ikuko se puso de puntillas y besó a Darien en la mejilla antes de abrazar a su hija.

—Estoy deseando presumir de nuevo yerno. Espero que no penséis en un largo noviazgo.

—Por lo que sé, no va a ser largo —dijo Darien y Serena oyó la risa oculta en su voz, pero como siempre, su madre ignoró el matiz.

—¡Perfecto! —Ikuko apretó las manos con alegría—. Me encantan las bodas en Navidad.

—O en el día de Acción de Gracias —añadió Darien.

Serena le lanzó una mirada homicida mientras se lo llevaba hacia la puerta. Hacer su papel era una cosa, pero no debía sobreactuar.

Continuara…

Y ahora que pasara con nuestra pareja favorita? Por lo pronto no se pierdan el siguiente capitulo y sabremos lo que les espera en casa de mina hasta la proxima y gracias por leer.