Antes de leer:

Esto es un Universo Alterno, es decir, no países, solo chicos normales.

Todo lo expresado en este fic está basado en experiencias relatadas por gente relativamente cercana y en el conocimiento aprendido en mis clases de la universidad sobre la comunicación humana, igual puede que me equivoque en algunas cosas, si es así acepto críticas constructivas. Y por supuesto mi intención no es faltar el respeto a los no videntes sino al contrario.

Y gracias a mi beta MyobiXHitachiin que es fijona y vigila mis ranazos. Ahora a leer.


Color hard

Llevaba dos semanas acudiendo al "Centro comunitario para no videntes Nandor Héderváry". No estaba resultando una tortura como pensó. Siendo honesto, era mucho más productivo que estar todo el día viendo tele y tonteando con video juegos. Luego de una sesión de lectura se entusiasmó mucho, porque se sintió heroico ayudando a un desvalido, así que terminó yendo tres veces a la semana y comenzó a ensayar su dicción en casa. No podía darse el lujo de que sus oyentes no le comprendieran. Últimamente solo estaba leyéndole a un chico que iba a una escuela de verano para prepararse para la universidad. Se llamaba Feliks y estaba por entrar a la facultad de historia. Había perdido la visión a los catorce años por una degeneración de la retina. Estaba esperando supuestamente por una operación de la cual no se podían garantizar los resultados, pero él, valientemente, había preferido resignarse y aprender a vivir en las sombras.

Feliks distinguía figuras aún, pero definitivamente no podía leer. Tenía miedo de que eso le afectara en geografía para ver mapas aunque el jefe académico le había garantizado que eso no sería un obstáculo. Ahora estaban leyendo sobre la guerra de sucesión Austriaca y francamente, Alfred estaba aprendiendo un montón. Y no sólo de historia.

Había interactuado con los pequeños Toris, Toño y Nathalie, que correteaban y jugaban como si no tuvieran problemas para conocer el mundo. Había conocido a otros chicos de voluntariado: Feliciano, un chico muy alegre, un tanto torpe sí, que les ayudaba a los adolescentes en un taller musical que estaba a cargo de Roderich, un músico de conservatorio, amigo de Elizabeta que – según le contó Arthur - se había aparecido un día con la idea de que la música era una excelente manera de levantar el ánimo a aquéllos que creían que al perder la vista no iban a poder disfrutar de las cosas bellas. La música de Roderich era armoniosa, dulce y cuando estaba en la sala del taller instrumental con los chicos, tocando el piano, toda la casa se paralizaba. Incluso Eliza bajaba de su oficina y se le veía suspirando por los pasillos.

Dentro del escuadrón de lectura habían varios, Emil, Eduard y Gilbert, que eran un poco revoltosos pero a la hora de hacer sus tareas y ayudar a los chicos que llegaban con sus lecturas eran muy entusiastas, dramatizaban las obras literarias e incluso – como le dijo Arthur – comenzaron a construir una audioteca grabando sus voces. Gilbert tenía más experiencia y mejor dicción así que gran parte de los libros que convirtieron en audio eran dichos por él y por la voz potente de Elizabeta.

Sin embargo, por mucho, una de las cosas más impresionantes era la independencia de Arthur. Y le da un poco de vergüenza interna, porque de alguna manera, al conocerlo la primera vez, lo había prejuzgado. Si era un poco mal genio, en especial cuando había desorden y se tropezaba con algún juguete, pero aunque despotricaba, no cambiaría su puesto en el centro, porque él había elegido estar con los más pequeños ya que era el único tutor ciego y además lo suyo era congénito. Sentía que era importante su experiencia para los más pequeños que tenían, en su mayor parte, los mismos problemas que tuvo él a su edad.

Pese a que corría el riesgo de tropezar nunca se le veía con bastón dentro de la casa y aún así parecía conocer todo de memoria: donde estaban los escalones, las puertas, y como saber que venía un chico hacia él escuchando los pasos y eso era, francamente, impresionante. Alfred no entiende como alguien que nunca ha visto puede conocer tan bien el mundo. Es por eso que sus ojos siguen fascinados a ese cínico inglés que es capaz de poner a hervir el agua, hacer el té y llevarlo cuidadosamente a la mesa sin derramar nada.

-Tiene sus ventajas– le explicó Arthur una vez divertido –cuando se corta la electricidad de noche, ni me entero y puedo seguir haciendo todo como si nada-

-Pero ¿Cómo lo hacías en la universidad? – le pregunta curioso Alfred en uno de los recesos en que están en la cocina tomando café.

-Tenía un buen amigo que me leía – sonrió –es francés, era quien me conducía por el campus y cuidaba que no me pasara nada – dijo, con un tono nostálgico.

-Y ¿dónde está el ahora?-

-Especializándose en estudios medievales en la Universidad de Montreal– contesta Arthur como si le dijera que había muerto.

-Pero va a volver ¿o no?-

-Eventualmente… quien sabe, con él nunca se sabe– Arthur ya estaba poniéndose gruñón y Al prefirió no seguir con el tema. Igualmente tenía una enorme curiosidad de cómo sería esa persona. Se le hizo la imagen mental de un santo, un chico serio y ordenadito como Arthur. Nunca se imaginó la realidad.

Cuando vio al susodicho amigo atravesar la sala con una caja enorme en sus brazos, con su melena rubia al viento y embutido en un traje impecable de diseñador, no podía salir de su asombro.

-Artie, mon cherie, Je suis à la maison (1)– anunció en una voz melosa y aterciopelada como al de un actor de comedia romántica, con un acento francés perfecto. Alfred pudo oír la carrera acelerada de Arthur en el segundo piso y cuando estuvo frente a la escalera preguntó ansioso: -¿Francis?-

El de melena rubia sonrió y le hizo a Alfred un gesto de que callara. Dejó silenciosamente la caja en el piso. Subió la escalera lo más sigilosamente que pudo hasta tomar al inglés por la cintura, provocándole un pequeño sobresalto.

-No me has sorprendido– suspiró molesto Arthur –he escuchado tus pasos de elefante venir hacia mí-

-Oh, vamos, siempre me arruinas la diversión…- hizo un puchero el recién llegado.

-Wine barstard…-

-Anglaise cretin (2) – contestó el francés con una sonrisa autosuficiente- te eché de menos mon amour…-

-Eso no es cierto, y no me llames así que Alfred creerá que tenemos algo – le pidió con un falso tono de molestia el inglés. Ok. Esa era una relación extrañísima entre dos amigos.

-Él es Francis– le introdujo Arthur a su joven amigo –el compañero del que te hablé el otro día-

-Aw… ¿andas hablando de mí? – le molestó el francés divertido.

-Hell no– se defendió inmediatamente el inglés –le comenté de un perro lazarillo que tenía en la universidad para que me guiara y me trajera los libros.

-Ahora soy tu lazarillo… Y luego dicen que los no videntes son siempre buenos y amables –

Arthur soltó una risotada y tocó con sus manos la cara de su viejo amigo. Recorrió sus cabellos, palpó un poco la ropa.

-Ya andas con un traje de galán italiano –

-Déjame ser- se defendió Francis.

-Tienes el cabello más largo, debieras amarrártelo – Francis suspiró desesperado –y por el amor a la reina Elizabeth aféitate alguna vez en tu vida–

-Ok, ya te pusiste peor que mi madre – dice el francés deteniendo el tacto curioso de su amigo. Le toma ambas manos y lo aprisiona en un abrazo de oso. El inglés se queda congelado en ese momento y parece hasta que ha dejado de respirar –así te ves más lindo, callado… si te quedaras siempre así probablemente me casaría contigo –

Arthur se alarmó y lo alejó de un empujón – Bloody wanker – murmura colorado como un tomate y luego le ordena– y anda a dejar lo que sea que hayas traído a la oficina de Eliza-. El francés sonríe triunfal y sube con la caja tarareando "non je ne regrette rien" (3) entre dientes.

Ok. Todo eso fue jodidamente extraño. Sigue a Arthur hacia la biblioteca de braille donde fue a seleccionar juegos para los niños. Está examinando el cajón de los juguetes cuando siente los pasos de Alfred.

-No te ves muy feliz de ver a tu amigo… como me lo habías descrito pensé que darías saltitos cuando viniera-

-Es complicado – explicó el inglés.

-Vamos, es tu mejor amigo ¿no? Qué tan complicado puede ser –

-Realmente no quiero hablar de eso– sentenció el inglés.

-Bien, no te obligaré– observó curioso Alfred. Había algo raro en la amistad de esos dos. Al menos no era cómo él se trataba con sus amigos. Su relación con Ludwig e Iván en el colegio distaba mucho de ser complicada. Era de hecho bastante básica. Eran compañeros de equipo, eran populares, ruidosos, conseguían chicas, se embriagaban y a lo más peleaban por quien sacaba primero a bailar a la jefa de las animadoras. El nivel de dificultad que podía tener la relación de Arthur y Francis se le hacía desconocido.

-Y bueno, ¿te quedarás todo el día allí viéndome?– Le preguntó irritado el inglés -puedo hacer esto solo, conozco bien los juegos, no necesito que me vigiles –

-Bien, bien – Alfred se retiro medio ofendido. Maldito ciego mal agradecido. De alguna manera se esperaba que alguien como Arthur fuera un poco más desvalido. O más amable. Se dice que todos los discapacitados son amables y buenos. Al menos eso pensaba. Seguro el humor sarcástico de Arthur tenía que ver con que podía valerse por sí mismo, entonces no tenía necesidad de ser cordial.

Lamentablemente él no tenía un carácter tan difícil como el inglés. Porque cuando hubo terminado la jornada. Como a las ocho de la noche se encontraron cerrando la casa y de nuevo estaba con el humor compuesto, no simpático, ni cordial, ni nada de eso, pero un humor sociable, por así decirlo. Le sorprendió de sobremanera que fuera el mismo Arthur el que comenzara la conversación de pronto.

-Te estás yendo tarde ahora, Jones…- comentó casi complacido el inglés mientras desplegaba su bastón para comenzar a andar por la calle hasta la parada de autobús.

-Es que no nos dimos cuenta de la hora – reconoce encogiéndose de hombros. Arthur esbozó una sonrisa.

-Parece que ahora estás más a gusto en el centro-

-Sí, digo… es mejor que estar en casa sin hacer nada útil – conviene el chico mientras se reprime de agarrar a Arthur en un cruce, pero bueno, parece que sabe perfectamente como cruzar la calle solo, así que sólo se ha detenido y vuelve a andar cuando escucha el timbre del semáforo "Para eso sirven los timbres de semáforos" pensó Al, sintiéndose nuevamente, algo idiota.

-¿Qué haces cuando el semáforo no tiene timbre? – preguntó curioso.

-Escucho el frenar de los autos y el sonido que hacen cuando están en marcha – respondió el inglés –si no pregunto, de todos modos la gente espontáneamente al ver el bastón se fija en mí, va a ser difícil que me atropellen–

Alfred solo emitió una vocalización de asombro y reconoció: -sigue pareciéndome fascinante que hagas tantas cosas solo-

-Es normal– reconoció Arthur –la gente suele asumir que siempre tenemos que estar del brazo de un alma caritativa o con un perro– luego cambió el tema abruptamente -¿Por qué tu madre hizo que te enrolaras en el voluntariado?-

Alfred siente que se atraganta. Tose ruidosamente. Arthur no se pierde ninguna seña de la reacción ofuscada del chiquillo.

-Me da vergüenza decirlo… - admitió Al bastante apenado.

-Vamos, ¿qué tan grave puede ser? ¿Te emborrachaste un día?, no eres mal estudiante porque entraste al tecnológico… no me imagino que pudiste haber hecho…-

-Hice un escándalo cuando me recetaron los anteojos– confesó avergonzado –no sé, pensé que moriría de miopía– Arthur se volvió a él, incrédulo –y pensé que quedaría ciego, y me daba miedo, porque yo no quería ir al médico a una revisión, porque estaba viendo cada vez peor y si me daba lentes entonces luciría raro– continuó Alfred –y aún me jode un poco, pero ya que se puede hacer–

-¿A qué le temes exactamente?– preguntó Arthur con voz neutral.

-No estoy seguro- contestó Alfred –supongo que a volverme débil y torpe, o a perderme cosas si dejo de ver bien…-

Esta vez Arthur tiene que reconocer que tiene rabia. Le molesta la gente como Alfred. Son tan prejuiciosos. De alguna manera la gente espera que alguien como él se ande tropezando con todo en cada paso que da y sea débil, deficiente e ignorante. Por gente como ellos se fue de Londres a Harvard, a probarles que él, el ciego, podría estudiar en la universidad número uno y salir con honores.

-La gente como tú no sabe nada– escupió enfadado -creen que son superiores porque ven el mundo a todo color y en alta definición, pero no tienen una puta idea, no conocen el mundo y lo que es peor algunos mueren en esa ignorancia-

Alfred oía perplejo. No era para nada su intención ofenderlo o hacerlo enfadar. No debió responder esa pregunta. Conociendo a Arthur se hubiera enojado igual si no la hubiera respondido. "Así con el inglés bipolar…" pensó, aún así no se atrevía a interrumpir.

-Se creen muy especiales con sus reinas de belleza, y sus diseñadores… yo sé que me estoy perdiendo de algo, al menos reconozco mis límites, se que nunca podré ver la Mona Lisa, ni la Última cena, ni siquiera me los puedo imaginar– estaba realmente irritado, casi con un temblor en la voz –ustedes en cambio ni siquiera imaginan que veo otras cosas que tú nunca podrás ver– Alfred estaba en una pieza sin entender mucho, el inglés lo percibió y le aclaró -¿No te das cuenta? Son tus ojos los que no te dejan ver-

Y diciendo esto dobló a la esquina dejándolo solo, sintiéndose más niño y más idiota que nunca.


(1) "Artie, querido mío, ya estoy en casa"

(2) Inglés idiota

(3) Es una canción de la Edith Piaff, significa "No me arrepiento de nada"