Akano 00.1 - A legend is born

No pasó mucho tiempo antes de que Rin se deshiciera de sus responsabilidades como académica. Fue antes incluso de lo que había esperado e incluso soñado, pero no del modo en el que lo hubiera deseado. Una enfermedad respiratoria bastante grave la postró en cama durante meses el primer invierno que pasaron en el Sereitei.

Había conseguido ocultárselo a Kumaru y a Kaiser durante semanas, pero llegó un momento en que su deterioro físico se hizo imposible de esconder. Inmediatamente, se encendieron las alarmas en los dos amigos, que se volcaron completamente en el cuidado de la muchacha.

Tras mucha insistencia, consiguieron la ayuda médica del mismísimo Minami Keita, el joven Teniente de la Cuarta División, quien prometía llegar alguien importante en aquel campo. Su asistencia fue suficiente para que se recuperara.

Sin embargo, aquella enfermedad supuso un antes y un después. Se trataba de la misma dolencia que había acabado con la vida de su padre. Era incurable, aunque con los cuidados precisos podría vivir normalmente como cualquier otra persona. Eso sí, nunca podría llegar a ser una shinigami como, se suponía, deseaba.

Pero la respuesta al pesar del Teniente Minami al comunicar la noticia a su paciente fue una sonrisa de alivio que Rin fue incapaz de ocultar. Aquello despertó las sospechas de su hermano. ¿Por qué sonreía? Su carrera como shinigami había acabado… ¿Qué le pasaba a su hermana? Una noche en que Kaiser estaba ausente decidió poner fin a sus dudas preguntándole.

– Nunca he querido ser shinigami – le respondió directamente.

– ¿Qué?

En la cabeza de Kumaru aquello no parecía tener sentido. ¿Qué le pasaba a su hermana? ¿Por qué no quería ser shinigami? ¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por qué había estado fingiendo durante todo el tiempo que habían pasado? Su sangre comenzaba a hervirle en las venas, pero la sorpresa pudo a la indignación y permaneció boquiabierto mirando a Rin.

– Ni siquiera quería salir del bosque pero…

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Estabas tan ilusionado… Además, ¿te hubieras quedado? – le preguntó. – ¿A que no?

– Vale, pero…

– No iba a vivir en Midgaard sin ti – le cortó. – Así que me fui contigo… pero puedo estar contigo sin ser un shinigami.

– Sigo sin entender por qué no me lo dijiste antes…

– No quería chafarte los planes, simplemente eso… – arguyó, tratando de no ofender a su hermano. – Además… ahora ya no hay nada más que hacerle.

Saber aquello afectó profundamente a Kumaru. El anteriormente impulsivo jovenzuelo venido de los bosques del sur, se volvió más prudente. Sopesaba mucho todo lo que hacía y siempre trataba de atar bien todos los cabos antes de actuar. Por aquel entonces, comenzó a interesarse también por las modernas y exóticas técnicas de meditación que comenzaban a llegar de las lejanas tierras del Este, muchas de ellas aún inexploradas.

Kaiser, que fue junto con Rin el testigo más directo de todo aquel cambio, solía bromear afirmando que Kumaru, el nuevo Kumaru, aportaba la dosis de cordura necesaria dentro de aquel triunvirato que formaban junto a Sadoq. Las capacidades de los tres jóvenes estaban muy por encima de las del resto de sus compañeros. Aquello, más que enfrentarles y convertirles en rivales acérrimos, les había unido y había contribuido a que se forjara entre ellos una amistad entrañable y férrea. Eran prácticamente como hermanos.

A pesar de que el joven noble nunca acabó de dar el paso definitivo de abandonar su casa natal, lo cierto es que pasaba bastantes horas en la por aquel entonces pequeña cabaña de los Akano, junto a sus tres amigos. Al final, acabó enamorándose perdidamente de Rin, pero era incapaz de confesárselo a ella o a sus dos amigos.

Pero lo que, por encima de todo, les había unido era la conciencia de tener un destino común. En ellos tres se daba una extraña confluencia: los tres eran portadores o depositarios de una profecía. Los saberes escondidos de los que hablaban los sacerdotes del Bosque de Midgaard, parecían tener su correlato en la última misión del clan Wolf como defensores del norte o el poder definitivo que estaba prometido a los Ashartîm.

Hablaban de aquello a todas horas, imaginándose su futuro y haciendo planes para lo que hubiera de venir. Aquellas ensoñaciones juveniles estimulaban al máximo sus capacidades intelectuales, y, a pesar de todo, no les distraían de sus obligaciones académicas, en las que seguían destacando muy por encima de la media de sus compañeros.

Aquella distracción les acompañó durante los cuatro años reglamentarios que por aquel entonces debían permanecer los alumnos en la Academia. Los tres se graduaron con honores y por todo el Sereitei se hacían ya eco de las virtudes de aquellos tres novatos que aún daban sus primeros pasos en el verdadero mundo de los shinigami.

Se habían jurado mutuamente permanecer siempre juntos y, como escenario de aquella promesa, habían decidido solicitar los tres el ingreso en la Décima División, liderada por Georgos el Grande, quien había sido uno de sus profesores durante su estancia en la Academia y con quien habían mantenido una estrecha relación, extraña entre maestros y alumnos.

Sin embargo, aquella fue una batalla que Sadoq no pudo ganar. La vacante producida por la repentina promoción del Capitán de la Novena División, fue suplida inmediatamente por Xabier Suddley, el Teniente de la Sexta División. Aquello dejaba el camino libre a Farés Asharet para hacer valer todo el peso de la tradición y toda su influencia para que su hijo primogénito ocupara, según exigía el protocolo, el segundo lugar en la escala de mando de la Sexta División.

Kaiser y Kumaru lamentaron enormemente perder a su otro "hermano", pero no pudieron variar la solicitud para dirigirse al escuadrón donde su amigo sería el nuevo Teniente y acabaron ingresando en la Décima División.

Su Capitán y los altos cargos del Gotei 13 se dieron cuenta muy pronto de que su potencial era todavía mucho mayor del que se rumoreaba. Muy rápido fueron promovidos a oficiales, pero ni siquiera aquello parecía hacer justicia a las increíbles capacidades de los dos novatos. Así, tan sólo un año después de haberse graduado, Kumaru fue nombrado Teniente de la Novena División, bajo el mando de Xabier Suddley mientras que Kaiser ocupó el mismo puesto en la Décima.

De la misma forma que las tenencias, tampoco tardaron en llegar los puestos de cierta responsabilidad en la Academia. Su labor como colaboradores de los Departamentos, ya en su etapa de alumnos, les llevó a convertirse en profesores y a asumir cargos importantes en algunas secciones de la institución educativa no mucho después de abandonar su periodo de instrucción.

Afortunadamente para él, el flamante segundo del Escuadrón del Capitán Suddley obtuvo permiso para poder residir de forma habitual en su casa, la pequeña cabaña que habían ocupado en el Distrito 7 Oeste. Allí vivía aún Rin, en la más absoluta tranquilidad. Ella había encontrado también su sitio, cuidando de su exitoso y cada vez más célebre hermano y de sus dos amigos, aunque fuera en la distancia.

Incluso se había acostumbrado a aquel nombre y había cedido a los encantos de galán que ponía en práctica Kaiser. Durante una pequeña temporada habían mantenido una relación sentimental, que no había sentado muy bien a Sadoq, a pesar de que trataba de ocultarlo a los ojos de los demás y sólo se desahogaba en la intimidad de su cuarto en la Mansión Asharet. De todas formas Kaiser y Rin se dieron cuenta de que no era su destino estar juntos.

Establecidos de forma estable en lo que sería la Mansión Akano, Kumaru comenzó, para sorpresa de su hermana pequeña, a recuperar viejas costumbres del bosque de Midgaard. Así, frente al portal de la casa, como mandaba la tradición, plantó un olivo, el árbol de los Dioses, que garantizaba protección a la vivienda y la convertía en tierra sagrada.

Más tarde, había comenzado a excavar el santuario que correspondía a cada uno de los varones de los Åska, aquella especie de refugio personal en el que serían custodiados celosamente todos los objetos de su propietario hasta el advenimiento del Ragnarok, el final de los días.

Rin nunca le preguntó el motivo de todo aquello, pero tampoco era necesario. Lo sabía de sobra porque ella también lo experimentaba muy a menudo. A pesar de que su decisión de ser un shinigami siguiera firme, Akano Kumaru comenzaba a echar de menos a Kumhard Åska y a su tierra de Midgaard.

Rin no bajaba nunca al santuario de su hermano, sabía que estaba totalmente prohibido para alguien que no fuera el dueño a excepción de que este hubiera muerto o le hubiera concedido su permiso. Así había sido desde siempre, desde que el Señor de las Aguas había fundado la aldea en el bosque y había encomendado las escrituras a los Custodios de la Luz y a los Hijos del Trueno, los Sken y los Åska.

Allí abajo, Kumaru pasaba muchas horas estudiando y entrenando sin desmayo. La vida del shinigami le llenaba mucho más que la de asistente de los sacerdotes a la que se suponía que estaba destinado, pero sentía que aún le faltaba mucho para alcanzar aquello a lo que realmente había sido llamado por los dioses y no podía relajarse en su búsqueda.

Aquel era el motivo que le había llevado a recuperar aquellos retazos del pasado. Akano Kumaru era una criatura de ficción, de su imaginación. Aunque fuera a seguir manteniendo esa careta, pues ahora sentía que ya no podía cambiarla, el que verdaderamente era él era Kumhard Åska, y era él quien había sido llamado. Si recuperaba, aunque fuera sólo para él, a Kumhard Åska, podría entender qué es lo que le faltaba.

Pero él no era el único que había progresado. Dos años viviendo sola, hasta que Kumaru había conseguido el permiso definitivo para vivir fuera del Sereitei, habían hecho mucho más fuerte a Rin. Al final, el Capitán Minami Keita le había concedido permiso para ir a recibir el tratamiento al Sereitei, en el Cuartel Hospital de la Cuarta División.

Aquello supuso un profundo cambio para ella. Descubrió un nuevo modo de ser shinigami. Sanar a los que lo necesitaban se le ofrecía como el verdadero camino que ella debía seguir, el que los dioses altísimos habían puesto para ella. Su destino era aquel.

Con cierto afán, a pesar de la reticencia inicial del Capitán Minami, se empeñó en retomar sus estudios en la Academia. La condición que le puso su mentor era que sólo se le permitiría el ingreso en la Cuarta División, por lo que debía especializarse en las artes curativas. Aquello no supuso ningún problema para ella, era precisamente lo que pretendía.

Aunque su hermano había aceptado ya hacía tiempo que su hermana no seguiría sus pasos y se había acostumbrado a ello, se llevó una gratísima sorpresa al verla de nuevo utilizando el uniforme de académica. Rin se graduó entre las primeras de su promoción e ingresó en el escuadrón médico y de apoyo logístico como estaba previsto.

Su dedicación cada obsesiva a su trabajo y sus cada vez mayores conocimientos y capacidades técnicas hicieron que pronto se ganara el puesto de Teniente. Sólo superaban sus habilidades médicas las del gran Minami Keita, a quien apodaban el Nigromante, el mayor médico que había pisado la Sociedad de almas.

Los dos hermanos Akano eran ahora ya Tenientes y su apellido comenzó a hacerse famoso en todo el Sereitei como símbolo de éxito. Se auparon casi al nivel de los grandes clanes, lo que suscitó ciertas envidias entre sus miembros, pero sus méritos justificaban su posición preponderante y el apoyo del heredero de los Ashartîm era suficiente como para ahuyentar a posibles conspiradores movidos por la ambición.

Sin embargo, siempre rechazaron el boato y la ceremoniosidad que iban asociados a la relevancia social en su mundo. De todas formas, a pesar de que ellos no querían llamar la atención sobre sí mismos, aquello influía notablemente y así, la pequeña cabaña se convirtió pronto en la Mansión Akano, que nada tenía que envidiarle a las casas de los nobles.

La cercanía provocada por la nueva posición social había estrechado los lazos entre Sadoq y los hermanos Akano y le había terminado por convencer del amor que sentía hacia Rin. Una noche, durante una gala en su casa, decidió confesarle lo que sentía por ella. Aturdido, escuchó como ella respondía a su declaración con una muy parecida. Era algo que los dos se habían callado por miedo durante mucho tiempo, pero, al final, todo se había resuelto.

Poco después de aquello, Sadoq y Rin se casaron y tuvieron su primer hijo, Ajaz, que estaría destinado a suceder a su padre en lo que sería la renovada estirpe de los Ashartîm, que se iría alejando progresivamente de las tradiciones que Sadoq tanto odiaba, como se había dicho tantas y tantas veces.

Así pasaron los años y las décadas, tranquilamente. Ninguno de los cuatro era ya el adolecente alocado de antaño y su madurez era cada vez mayor. Sus preocupaciones, mucho más adultas, dieron paso a otras mucho más adultas que sustituyeron poco a poco a las ensoñaciones juveniles que habían alimentado su imaginación durante tantos y tantos años y que ahora se iban diluyendo poco a poco en la distancia de la memoria.

Aunque no sucedía así con todos. Había uno de ellos que seguía pensando en las profecías. Aquello terminó por llevarle a la locura…