I
La alumna nueva

La ceremonia de selección había traído consigo una sorpresa mayúscula y todo el colegio estaba emocionado por el evento que iba a comenzar dentro de unas cuantas semanas. Muchos fantaseaban con la idea de representar al colegio en una competición que hace tiempo que no se llevaba a cabo, claro que había una restricción que había dejado muchas caras tristes.

—¿Te imaginas, Harry? ¿Campeón del Torneo? —decía Ron con un brillo esperanzado en sus ojos—. Es una estupidez eso de la restricción de edad. Hemos hecho cosas muy peligrosas.

—No delante de un jurado, Ron —acotó Hermione, quien tenía por costumbre acarrear media docena de libros en su mochila, lo que le daba un aire como de jorobado—. He leído sobre el Torneo de los Tres Magos y hay gente que ha muerto durante las pruebas. Fue eso precisamente lo que discontinuó el Torneo.

—¿Y tú, Harry? ¿Serías campeón del Torneo?

—¿Estás bromeando? Mejor tú que yo.

—Sensato —dijo Hermione mientras entraban a la clase de Encantamientos. En esa ocasión, los alumnos de Gryffindor compartían clase con los de Ravenclaw. El profesor Flitwick ya estaba esperando por los rezagados.

Cuando hubo pasado la lista, el profesor Flitwick indicó a una alumna de Ravenclaw a que se pusiera de pie y se acercara al frente de la sala. Toda la clase la miró con asombro y curiosidad, pues el color de su cabello era muy peculiar, un inconfundible azul marino. Pese a ello, los chicos la devoraban con la mirada, pues la consideraban muy bella. Hermione bufó, a sabiendas de que las chicas lindas rara vez poseían una inteligencia a la altura de su belleza.

—Queridos alumnos —dijo el profesor Flitwick con su voz chillona—, les quiero presentar a la nueva estudiante de la casa Ravenclaw, la señorita Amy Mizuno. Tiene la misma edad que muchos de ustedes, pero ha demostrado ser una alumna muy talentosa e inteligente durante los cursos de nivelación y es perfectamente capaz de aprender magia de cuarto año. Espero que sea una ilustre adición a nuestra casa y que ustedes la traten con el respeto y dignidad que se merece.

Harry y Ron notaron que esa tal Amy se había puesto colorada y había juntado las manos en señal de nerviosismo antes de dirigirse a su propio pupitre.

—Parece una segunda Hermione —dijo Ron en voz baja—. Lidiar con una ya es suficiente, pero al menos Amy es bonita.

—Tienes razón —dijo Harry, a quien, por alguna razón, se le vino a la mente la imagen de Cho Chang, quien también pertenecía a Ravenclaw. Sin embargo, juzgaba que esa Amy poseía un tipo diferente de belleza y se le antojaba una chica más modesta y amable.

Las predicciones de Ron se vieron confirmadas a medida que la clase fue transcurriendo. Amy respondía preguntas de manera más efectiva que Hermione, usando sus propias palabras y argumentando sus respuestas con referencias a los libros que había leído. Cuando la clase hubo terminado, Hermione no dijo una sola palabra, pero Harry y Ron sabían qué era lo que se escondía tras aquel silencio.

—Relájate, Hermione —dijo Ron, tratando de aliviar la tensión—. Todos sabíamos que este día iba a llegar tarde o temprano.

—¿A qué te refieres, Ron? —inquirió Hermione con brusquedad.

—No te lo tomes a mal —repuso Ron con cierto tiento, pues ya tenía experiencia lidiando con esa Hermione, pero decidió atreverse a decir lo que había en su cabeza—, pero esa Amy es muy inteligente.

—¿Y?

—Pues eso —dijo Ron con un pequeño temblor en la voz—. Jamás pensé que Amy tuviera ese cerebro. Fue como verte a ti, pero en otro cuerpo.

Hermione no dijo nada. Su aspecto era vesubiano y Harry le pisó el pie a Ron, notando que su amiga era un accidente nuclear a punto de explotar. Ron captó la indirecta y, encogiéndose de hombros frente a Hermione, ambos la dejaron sola, encaminando sus pasos hacia el Gran Salón con la perspectiva de un buen y contundente almuerzo.

—Se nota que a Hermione no le gusta la competencia —dijo Harry, tomando asiento junto a Fred y George, quienes discutían lo que harían si fuesen campeones del Torneo de los Tres Magos—. Y es entendible cuando te pones a pensar en los tres años que ha pasado en este colegio sin que nadie la igualara.

—Ah, por favor, Harry. Amy es mucho más inteligente que Hermione —dijo Ron, tomando un trozo de pollo asado con papas salteadas—, y mucho más linda. No me molestaría ser su amigo… o algo más.

—Has cambiado, Ron —observó Harry con los ojos entornados.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando entraste a Hogwarts te molestaba que Hermione fuese inteligente —dijo Harry con una seriedad que no parecía concordar con las circunstancias—, y recuerdo que fuiste muy hiriente en esa ocasión. Pero ahora no dijiste nada en contra de Amy. Es más, por cómo hablas de ella, creo que te gusta.

—Yo y un millón de chicos más —admitió Ron, recordando cómo sus compañeros devoraban a Amy con la mirada—. Además, Amy no es mandona como Hermione, y se le nota.

—Bueno, en algo tienes razón —dijo Harry, poniendo más atención a su puré de papas con costillar de cerdo—. Pero deberías conocer bien a Amy antes de juzgarla tan rápido, y creo que Hermione también lo necesita.

Mientras tanto, en el vestíbulo, Hermione también se dirigía al Gran Salón por culpa de las protestas de su estómago, pero un grupo de Slytherins llamó su atención. Ellos parecían estar burlándose de alguien que ella no podía ver y parte de los alumnos estaba ocultos por las puertas dobles. Hermione salió a los terrenos y pudo escuchar con más claridad lo que esos alumnos estaban diciendo.

—¿Por qué no me haces la tarea si eres tan inteligente? —decía una voz que correspondía a la de Pansy Parkinson.

El estómago de Hermione dio un doble mortal. Tenía una idea de quién estaba en el centro del grupo y se vio invadida por sentimientos encontrados que la dejaron enraizada al piso. Sin embargo, las burlas todavía no se habían acabado y, esta vez, fue el turno de alguien aún más detestable que Pansy Parkinson.

—Oye, ¿y tus padres pueden hacer magia? —quiso saber Draco Malfoy en un tono que ocultaba pobremente su interés en la ascendencia de la chica acosada.

—N… no. No pueden. —Hermione frunció el ceño. Era definitivo. Amy era la chica rodeada por esa manada de Slytherins.

—Bah, lo sabía —dijo Draco despectivamente—. Eres una sangre sucia. Eres tal como otra chica que conozco que estudia en este colegio también.

Aquellas palabras fueron demasiadas para que Hermione pudiera tolerarlas. Tragándose el mal rato en la clase de Encantamientos, se dirigió a paso firme al grupo de Slytherins, gritando el nombre de Draco, lo que hizo que todo el grupo girara sus cabezas en dirección a la intrusa.

—Ah, hablando de rey de Roma —dijo Draco como si acabara de encontrarse con un bicho maloliente—. No me extraña que esta defensora de basuras apareciera en este preciso instante. ¿No creen, muchachos?

Y todo el grupo berreó de risa. Hermione gruñó.

—Sí, lo dice un idiota que, pese a ser sangre pura, es derrotado en cada asignatura por alguien que es inferior en su opinión —dijo Hermione ácidamente, causando el efecto deseado: irritar a Malfoy—. Tienes todo el dinero que puedes desear y aun así tienes la cabeza del tamaño de un bowtruckle.

—¿Cómo te atreves, sangre sucia?

—No deberías usar esa clase de lenguaje, Draco —dijo una voz detrás de Hermione. Ella giró su cabeza y se encontró con nadie más ni nadie menos que el profesor Dumbledore. Draco, por otro lado, bajó la cabeza de manera instintiva, al igual que sus demás compañeros de casa.

—Les aconsejo que disfruten el almuerzo. ¡Está delicioso hoy! —Dumbledore hizo un gesto para que la tropa de Slytherins se dirigiera al Gran Salón, para luego añadir—. Ah, se me había olvidado descontar cincuenta puntos a Slytherin por usar palabras ofensivas en contra de otros alumnos.

Hermione resistió las ganas de reír frente a la expresión de horror que había aparecido en la cara de Draco cuando oyó la sentencia de parte del mismísimo director de Hogwarts. Amy quedó sola junto con Dumbledore mientras que Hermione seguía observando la escena con sentimientos encontrados. Por una parte, no podía aguantar que Draco empleara semejante vocabulario con una alumna nueva que nada le había hecho, pero tampoco podía olvidar la manera en que Amy la había humillado, y justo en el primer día de clases. Al final, se limitó a mirar cómo Amy era conducida por Dumbledore hacia las escaleras dobles, seguramente para tener una conversación privada con ella en su despacho. Fue cuando la envidia volvió a atenazarla. ¿Por qué ella en especial? Al no hallar una respuesta convincente, Hermione decidió que su prioridad era llenar su estómago y se encaminó al Gran Salón en completo mutismo.

Algunos minutos más tarde, Amy estaba sentada frente al amplio despacho del profesor Dumbledore. Tenía sus manos juntas sobre sus piernas y miraba al suelo, como si éste le fascinase.

—Eres una chica tímida —dijo Dumbledore amablemente, tomando asiento frente a ella—, pero no tienes nada que temer aquí.

—Sé lo que significa la frase "sangre sucia" —dijo Amy en voz baja, sin levantar la mirada—. Lo aprendí en mis clases de nivelación.

—Lo sé, señorita Mizuno —dijo Dumbledore amigablemente—, pero hay alumnos que tienen la mala costumbre de usar palabras ofensivas. No es culpa de ellos, por supuesto. Si algo me ha enseñado la vida, es que el entorno cumple un papel decisivo en la formación de una persona. Y usted fue educada para ser honrada.

Amy alzó la cabeza lentamente, encontrándose con los ojos azules del profesor Dumbledore. Era una mirada penetrante, como si fuese capaz de leer intenciones, pensamientos e incluso emociones, pero no era una mirada incómoda.

—Filius me platicó sobre esa clase de Encantamientos— continuó Dumbledore, poniéndose de pie y mirando a un ave de plumaje rojizo—, y, por lo que me contó, creo que usted posee un talento que no he visto en cincuenta años, aunque creo que una alumna no se lo tomó muy bien que digamos.

—No fue mi intención.

—Y estoy seguro que no lo fue —dijo Dumbledore, acariciando el plumaje de su mascota, notando que Amy tenía la mirada fija en el pájaro—. Se llama Fawkes. Es un fénix.

—Sí, animales que hasta hace poco yo creí que formaban parte de un mito.

—Es lo que pasa cuando uno entra en el mundo mágico —dijo Dumbledore, volviéndose a sentar en su despacho—. Pero asumo que usted ya tenía poderes mágicos cuando el señor Robinson la encontró.

—Sí —admitió Amy con una pequeña sonrisa—. Saqué a una amiga de una cámara de inspección sin querer.

—No me refiero a eso, señorita Mizuno. Estoy hablando de sus poderes sobre el agua.

Amy sintió cómo su corazón comenzaba a acelerar el pulso. Se puso colorada.

—¿Qué poderes sobre el agua?

—Señorita Mizuno —dijo Dumbledore sin juicio ni amenaza. De hecho, lucía encantado—. Jamás en mi vida creí que una chica como usted acudiera a este colegio. Debo confesarle que es un honor tenerla aquí.

—¿De qué habla? Sólo soy una alumna.

—Una alumna que ha combatido dos veces el mal y triunfado —dijo Dumbledore en un tono más calmado pero no con menos entusiasmo—. Señorita Mizuno, no se menosprecie. Es notable que una bruja tan brillante como usted sea, al mismo tiempo, una guerrera de la luna llena, una Sailor Senshi.

Amy abrió ambos ojos. Apenas podía mover las manos y ni hablar de sus piernas.

—¿Cómo lo supo?

—Soy un mago con bastante experiencia, o al menos eso me han dicho —dijo Dumbledore con simpleza—. Y, con el tiempo, y espero que también con lo que aprendas aquí, puedas ver cosas que los demás no, aunque estén ocultas.

Amy llegó al Gran Salón a comer, pero no había mucha gente ya. La clase de Pociones iba a comenzar en veinte minutos y detestaba darse prisa con la comida. Al final decidió comer poco. Sin embargo, no podía sacarse de la cabeza al profesor Dumbledore. Había bastado con una mirada penetrante para descubrir su identidad secreta.

Amy se dio cuenta que había mucho, pero mucho por aprender en el mundo mágico.