Yu-Gi-Oh! DM no me pertenece.

Capítulo 2

La siguiente vez que Atem abrió los ojos, ya no estaba tirado en el suelo frente a los establos de su palacio, sino echado sobre unas maderas que suponía, por el ruido de los cascos de los caballos contra el suelo, era una carreta.

Sus labios estaban oprimidos por una tela ajustada y sus manos estaban atadas a su espalda con una gruesa soga.

Aunque sus ojos todavía no lograban enfocar bien su alrededor debido a la oscuridad, podía decir fácilmente que era una carreta pequeña, cubierta del sol con una tela gruesa y oscura.

A su lado habían algunos bolsos tirados o quizás ropajes, los cuales pudo sentir al estirar las piernas.

Lentamente, como si estuviera probando sus límites, Atem comenzó a sentarse. Por supuesto, no fue tan sencillo como cuando uno puede usar sus brazos para impulsarse, pero tampoco fue una tarea díficil. De cierta forma, los baches que lo hacían rebotar contra los laterales ayudaron.

Sabiendo que debía haber algún lugar por el cual había entrado, Atem volvió a mirar alrededor. Hacia el frente de donde estaba era una opción obvia, pero seguramente las personas que lo habían capturado se encontraban ahí. A sus lados solo habían laterales sellados con la tela y a su espalda una pequeña corriente de viento.

Un momento, se dijo y miró hacia atrás.

Había una rendija a la cual había estado tapando. Atem se movió un poco y dejó que la luz de la mañana se colara por el espacio entre tela y tela.

Forzando a sus ojos a acostumbrarse, asomó uno por aquel hueco.

Habían personas usando trajes que no había visto antes. Lograba escuchar frases, conversaciones y murmullos, típicos de las capitales o grandes ciudades, pero no lograba comprenderlas en su totalidad; aunque no sabía si era porque estaba muy lejos o por si hablaban muy rápido.

Poco a poco, la vista de pequeños grupos de personas dispersos alrededor de puestos de comida o casas fue desapareciendo, siendo cambiada por un camino más vacío y vigilado por más guardias.

Pensó en que estaban atravesando alguno de los pueblos de Egipto, uno de los que él no había visitado antes, pero no podía ser así, apenas lo habían capturado la noche anterior...

Un momento, frunció el ceño y se ocultó en la oscuridad de la carreta cuando una persona pasó muy cerca de él, ¿acaso estaba seguro que había sido tan solo la noche anterior?

Atem conocía varios pueblos de Egipto cercanos al palacio e incluso había viajado siguiendo el curso del río Nilo varias veces como para decir que había visitado la mayor parte de sus terriorios, los pocos pueblos que no conocía se encontraban cerca a las fronteras, a las cuales se tardaba días en llegar.

Su corazón latió con miedo.

La carreta en la que estaba dejó de moverse y los caballos al frente relincharon un par de veces al mismo tiempo que las voces de unos hombres intentaban calmarlos.

Atem intentó reconocer la voz, quizás se trataba de algún prisionero fugado que buscaba venganza contra su familia, pero ni siquiera pudo entender bien lo que decían.

Inhaló a través de la tela que cubría su boca cuando se percató de lo último.

No solo se trataba de la longitud recorrida, aquello que lo molestaba también se debía a que no había entendido lo que decían las personas al hablar en aquella plaza.

Otra voz se oyó desde el frente, por la rudeza y severidad de su tono, Atem supuso que se trataba de alguna especie de guardia.

Afinó sus oídos y cerró los ojos para concentrarse. Había aprendido muchos idiomas en sus tutorías, por lo menos debía poder reconocer de cuál se trataba.

"Venimos a ver al rey, le hemos traído una ofrenda," declaró alguien de voz grave y calmada.

"Entendemos eso, pero necesitamos verificar el cargamento antes de que cualquier persona ingrese al palacio. Debería entenderlo," contestó el guardia.

La nuca de Atem sudó fría cuando entendió lo dicho. La ofrenda era él y quizás solo había un reino en el mundo que lo buscaría y nombraría de esa forma. Ahora que había escuchado y entendido, no tenía dudas al respecto.

Se trataba del idioma hitita y probablemente se encontraba en la capital, Hattusa, lo que significaba...

Abrieron toscamente la tela a sus espaldas, lo que hizo que Atem diera un salto hacia el otro lado de la carreta.

Tropezó con sus piernas y se goleó la mejilla por la falta de movilidad de sus manos.

Una vez más se vio cegado por la fuerte luz del sol y poco a poco las siluetas de dos hombres se formaron frente a él.

"Príncipe Atem," saludó en su idioma. Tenía un acento realmente marcado, pero entendible, algo que Atem agradeció en silencio. "Bienvenido al reino Hitita. El rey lo va a recibir."

Si el alivio pasó por el cuerpo de Atem, no lo sintió.

Antes de que se diera cuenta, ya estaba caminando a través de los enormes pasillos. Sus pies estabas sueltos y sus labios habían sido liberados, pero sus manos seguían atadad frente a él y a cada uno de sus lados, una larga fila de guardias que se unían a su espalda para rodearlo casi en forma de U, obligándolo a solo avanzar y sin siquiera darle tiempo a buscar algún lugar por el cual escapar.

Los pasos resonaban fuertemente en el silencio, a veces el sonido de espadas chocando contra las armaduras se unían y Atem estaba seguro que cada cierto rato, alguien pasaba corriendo con cortos y pequeños pasos. Sirvientes, supuso.

Se detuvieron frente a un enorme y esplendoroso portón. Dos guardias la vigilaban.

"El rey nos ha llamado..." entendió cuando uno de los guardias que lo cuidaban a él se acercó al de la puerta.

"¿Quién es?" preguntó el otro.

Pero Atem ya no escuchó respuesta. Desde dentro, las puertas se abrieron, dejando ver a un consejo —similar a sus guardianes de los artículos del milenio —sentados en contorno a los laterales dejando el espacio del gobernante en el medio.

"¡Que pase el Príncipe Atem de Egipto!"

Con un empujón, uno de los guardias instó a Atem a entrar.

Trastabilló, pero logró mantenerse de pie y alzó la cabeza hacia —la mayoría ancianos —el consejo.

Sentía la mirada de cada uno sobre él y lo odiaba. No porque no estuviera acostumbrado a las miradas, sino porque lo estaban degradando. Sí, aquellas miradas eran del mismo tipo que la de Aknadin.

Sonrió y mostró sus manos atadas.

"No esperaba que fueras a hacer un acto tan bajo como secuestrar al príncipe de un reino adversario," dijo con arrogancia en su idioma, esperando que le respondieran con el mismo.

El emperador Hitita lo estudió por unos segundos, con la misma mirada de seguridad, antes de enviar a un guardia a liberarlo y después contestar:

"Por desgracia, príncipe, esta no fue obra mía," dijo con la espalda erguida y el mentón levantado. "Sucedió la casualidad que mis guardias se cruzaron con dos sobrevivientes de Kul Elna, quienes lo tuvieron cautivo hasta hace unos momentos."

Kul Elna, otra vez ese nombre, pensó el príncipe.

Alzando una ceja y paseando la mirada por toda la sala, Atem continuó:

"En ese caso, le agradezco su colaboración con Kemet y yo mismo me encargaré de recompensarlo apropiadamente una vez que regrese a mi reino, claro está."

Algunos de los consejeros rieron en silencio, mientras que otros intentaron cruzar miradas con el rey.

"Lo lamento, Príncipe, pero nunca dije que lo regresaríamos a su reino," contestó el emperador con un severo tono. "Teana, la hija de mi más leal consejero, está bajo... sus cuidados, ¿o me equivoco? Creo que hacer un trato sería lo justo."

Atem frunció el ceño. ¿Un intercambio?

"Bueno, debido a mi posición, a mi padre no le importaría devolver a la joven Teana a su tierra natal con tal de que yo regrese sano y salvo..."

"Nunca pedí un intercambio, joven príncipe," lo interrumpió el emperador. "No es exactamente lo que quiero."

Obligando a sus ojos a no mostrar la sorpresa en su expresión, Atem lo miró con el rostro más apacible que logró, recordando cuántas veces Shimon le había dicho lo importante que era para un gobernante no mostrar sus emociones fácilmente.

"¿Entonces?" quiso saber.

El emperador se tomó su tiempo.

"Como rey, joven príncipe de Kemet, entiendo muy bien la posición política que te obliga a tomar tu padre. Sé que Teana es la mejor opción entre tus concubinas para casarte, pero también sé que ustedes, los egipcios, pueden llegar a tomar muy en cuenta los sentimientos de los demás. No te pediré que te cases con Teana, ella debería volver a su hogar con su familia o lo que ella quiera, pero en cambio, quiero que te cases con una de mis hijas," declaró aplaudiendo un par de veces.

Al instante, las puertas se abrieron y varias jóvenes de su edad y menores comenzaron a desfilar en sus mejores vestimentas.

Atem apretó los labios y cerró las manos en puños. ¿Se estaba asegurando un puesto en la realeza de Egipto? ¿Un acuerdo tácito para la no invasión? ¿O solo quería humillarlo como planeaban hacerlo sus sacerdotes con Teana?

Las bellas mujeres caminaron hasta ubicarse frente al trono de su padre, saludándolo con la mirada antes de volverse hacia Atem.

El emperador extendió un brazo.

"Ahora, eres libre de escoger, Príncipe Atem, y después de celebrar el matrimonio, podrás volver a tu reino con una esposa en mano."

Una vez más, Atem miró alrededor. La cantidad de guardias se había reducido significativamente después del ingreso de las muchachas, pero todavía quedaban algunos a sus lados.

Manejable, pensó Atem después de estudiarlos. Solo faltaba una manera de salir del salón y, posteriormente, del palacio.

Ya pensaría en cómo regresar a Egipto una vez fuera.

Atem comenzó dando pequeños pasos hacia adelante, como si probara terreno. Los guardias compartieron una mirada con el emperador, quien asintió con sigilo, quizás pensando en que se iba a acercar a sus hijas. El joven príncipe paseó libremente la mirada sobre cada una de las jóvenes mientras avanzaba hasta la última, quien se encontraba más pegada a la salida.

Se detuvo de inmediato cuando vio a la última. Su mirada de color aquamarino le dio un duro golpe en el corazón y un recuerdo azotó con fuerza en su mente.

"... ¡Eres mi mejor amigo, príncipe!"

Tragó saliva, eso lo había tomado por sorpresa. ¿Tenía... Tenía algo que ver?

"¿Ha tomado una decisión, Príncipe Atem?" preguntó el emperador acomodándose mejor en su asiento.

Atem volvió al presente y, tras suspirar, contestó:

"Desafortunadamente, no importa cuán bellas me parezcan sus hijas, primero debo consultar con mi padre, el Faraón. Supongo que, como gobernante de igual posición, entiende a qué me refiero," dijo mirándolo con dureza.

Esperó a que replicara algo que le diera tiempo a pensar en cómo abrir la puerta con rapidez.

"Desafortunadamente," repitió el emperador. "No creo que su padre se vea en la capacidad de decidir prontamente."

Algo saltó en el cerebro de Atem.

"¿A qué se refiere?" quiso saber.

"Príncipe, ¿qué cree que sucede cuando un padre pierde a su hijo?"

"¿Perder?"

"La noticia no tardó en llegar a los demás reinos," continuó. "Y cito tal y como llegó a mis oídos: 'La enfermedad explotó en el cuerpo del Faraón Aknankamon después de escuchar la noticia de su hijo perdido'..."

Los dientes de Atem se apretaron, casi al punto de rechinarlos.

"¿No le dijeron que me trajeron?" preguntó, aunque probablemente sonó como un gruñido.

"Quizás enviamos un mensajero, pero probablemente no llegó a tiempo. Después de todo, ha estado perdido por varios días, príncipe," dijo con desinterés. "¿O debería comenzar a llamarlo 'Faraón'?"

La ira llenó a Atem, ni siquiera pensó en ocultarla. Estaba furioso, realmente furioso, sobretodo por el tono burlesco que adornaba sus palabras.

Uno de los guardias intentó tomarlo por el hombro, pero Atem reaccionó golpeándolo con el codo en el rostro. Otro se apresuró, pero Atem también lo golpeó.

Corrió y empujó a los que se pusieron en su camino, varios adornos cayeron y se rompieron, las muchachas gritaron y más guardias entraron.

Antes de ser sometido, Atem miró al emperador. Él le sonrió y ordenó a sus guardias.

"Llévenlo a una de las mazmorras menos llenas, necesita silencio para pensar en su mejor opción como gobernante de Kemet... o como único hijo de Aknankamon."

La mejilla de Atem fue pegada al suelo, era seguramente la posición más humillante que alguna vez conocería y entonces, con otro golpe en la cabeza, dejó de resistirse.