II
"Insufrible" era un término benévolo para describir a Sirius Black. Alto, guaperas y no exento de talento, como el resto de la familia, había hecho de desprestigiar lo más posible la solera y el renombre de su apellido el leit motiv de su vida. Algo que, en un principio, Susan había achacado a una particularmente turbulenta adolescencia que, llegado el momento, amainaría. Con el tiempo se dio cuenta de que había errado en su juicio.
Recordaba vívidamente su selección. De manera resumida, podía evocar que no le pareció especialmente interesante cuando se dirigía hacia el taburete. En cambio, cuando se alejó del mismo había conseguido despertar su curiosidad. Bueno, decir eso es poco, había despertado la curiosidad de prácticamente todo el Gran Comedor. Casi como su propia selección años atrás. Y no era para menos. Sirius Black, contra todo pronóstico, acababa de ser seleccionado para el sempiterno archienemigo: Gryffindor. ¿Sería que el sombrero empezaba a acusar la edad?
La causa de su interés no era, por supuesto, la extraordinaria reacción que parecía haber causado en sus primas, la expresión de colapso mental que Minerva McGonegall no se esforzaba lo más mínimo en contener o la igualmente mal disimulada decepción de Horace Slughorn, que parecía querer coleccionar Blacks como si fueran cromos de las ranas de chocolate. Era algo en su expresión, que parecía desafiar a lo divino y a lo humano, lo que despertó su curiosidad.
Susan inmediatamente se percató de la peculiar relación que los primos mantenían. Sospechaba que con Bellatrix la cosa debía ir muy tensa, pero afortunadamente, la mayor de las hermanas Black ya estaba fuera del colegio, así que no habría ocasión de comprobarlo. Andrómeda era prudentemente respetada por el díscolo primo, cosa que no le extrañaba puesto que se trataba de alguien muy capaz que hacía lo que le daba la gana dejando muy claro que los demás ni sabían de sus andanzas ni tenían por qué saberlo. Susan comprendía bastante bien a Andrómeda. Ella también era la hermanda de en medio y había aprendido a volar por debajo del radar familiar. No estaba segura, sin embargo, de si se trataba de admiración, temor, o más bien una mezcla de los dos lo que realmente hacía que Sirius respetase a la mediana de las Black.
En esta tesitura, era lógico que el principal objetivo de sus odios fuera Narcissa. A Susan Narcissa no le caía del todo mal. Era estirada, si, y rica, sumamente rica. Y de familia de sangre pura y además blasonada. Pero al menos Narcissa era capaz de disimular, cosa que su noviete por entonces, el cretino rubiales de Lucius Malfoy tenía todavía que practicar mucho. Pero, volviendo a Narcissa, era digna y distante, capaz de tomar distancia de las disparatadas andanzas de su primo. Hasta que la sacaban de quicio, claro está. Y Sirius Black se esmeraba particularmente en eso precisamente, en sacar de quicio a Narcissa.
Lechuzas que arrojaban bombas fétidas a su paso por un corredor oscuro, petardos debajo de la mesa, libros hechizados para cerrarse de golpe en medio del venerado silencio impuesto por la señora Pince, grajeas de todos los sabores trucadas o incluso una pluma que arrojaba tinta a la cara fueron algunas de las bromas más sonadas. La venganza de Narcissa, que sin duda tuvo lugar puntualmente para todas y cada una de las fechorías de Sirius, permaneció siempre desconocida para Susan, que lo único que observaba era que la euforia post fechoría le duraba poco a Sirius, tornándose pronto por una expresión mal contenida de disgusto.
Generalmente, todos los demás Slytherins, excepto tal vez el rarito de Severus Snape, podían permanecer al margen. Y en el caso de Snape se debía, en gran medida, a la influencia perniciosa de otro camorrista, el tal James Potter. Generalmente. Pero en aquella ocasión no ocurrió así. Y aquello fue la causa que hizo que Susan Boyle y Narcissa Black sellaran una alianza.
