II
A regañadientes
Un año había pasado desde que Hermione Granger fuera condenada a pasar diez largos años en Azkaban y ya era insoportable tener que esperar otros nueve más para poder salir en libertad. La comida era incomible y los demás prisioneros siempre trataban de ultrajarla. Una vez, Lucius Malfoy, el padre de Draco, se había topado con ella, cuando Hermione contaba los doce meses en la prisión. Ella lo recordaba muy bien, pues no podía olvidarlo.
Mientras comía la masa verde que era su almuerzo, Lucius se puso delante de ella, con los brazos en jarras, sonriendo de la misma manera en que lo hacía su hijo. Tomó asiento y habló con una voz amenazadora.
—Vaya, vaya... vaya. Con que la sangre sucia está en Azkaban. —Lucius soltó una risa fría y amarga—. ¿Qué habrá hecho de malo la sabelotodo, la que hace todo bien y no va en contra de la ley?
Hermione no contestó.
—Bueno, creo que hay algo que debes saber. —El rubio hombre volvió a ponerse de pie—. Aquí en Azkaban no tenemos ningún placer, a excepción de las violaciones, por supuesto. Si piensas que vas a salir de aquí sin que te hayan tocado un pelo, estás en un error muy grave. No he tenido relaciones en dos años con mi mujer y quiero... no, necesito aplacar mis deseos.
Hermione, asustada por cómo la observaba el padre de Draco, alejó el plato de si y se levantó, en dirección a su celda. Sin embargo, Lucius la tomó por el hombro y la jaló hacia él. Ella no podía zafarse de sus fuertes manos por más que intentara hacer fuerzas. El hombre sacó un frasquito de no se sabía dónde y se lo hizo tragar a la del pelo castaño, tomándola violentamente por la boca para obligarla a tragar. Después de unos segundos, ella se relajó, aunque su mente se debatiera mudamente y tratara de escapar. Lucius la arrastró hacia un rincón, sintiendo que se le hacía agua la boca, mientras le arrancaba la ropa como quien desentierra un tesoro oculto por mucho tiempo y no tuvo ningún impedimento en satisfacer sus deseos...
Draco Malfoy se hallaba disfrutando su libertad, maquinando un plan para asesinar a Harry Potter y a su esposa. Sentado en un sillón mullido en la sala de estar de su enorme casa, se sentía como si el Año Nuevo se hubiera prolongado por un año. Desde esa cantidad de tiempo que había salido absuelto de los cargos de asesinato y, aún hoy, no se le olvidaba la intensa mirada que le dirigió la sangre sucia al ser transportada a la prisión. Se trataba de una mirada de súplica, de auxilio, que aunque tuviera merecida la estancia en Azkaban, no deseaba estar en un lugar donde no estaría en contacto con ninguno de sus amigos. Draco pensó, divertido, que podría encontrarse con su padre, quien se hallaba también convicto, y se imaginó la conversación que podrían sostener ambos.
No tenía ni la menor idea que Hermione se hallaba tendida y desnuda sobre el suelo, temblando y llorando.
Y, aunque así fuera, no mostraría ni la menor lástima. Era lo que se merecía, lo que todos los sangre sucia tenían que recibir. Delante de él se hallaba un televisor muy grande el cual mostraba una película muy conocida por los muggles y que le gustaba mucho. "La lista de Schindler" era una de sus favoritas pues mostraba a personas inferiores ser llevadas a cámaras de gas, donde morían por asfixia. Además, tenía documentado algo similar en el mundo mágico. Fue en 1885, donde la pureza de la sangre estaba de moda y todos aquellos magos nacidos de muggles eran masacrados sin restricción. Fue una década horrible para el común de los magos pero para los Malfoy, fue sólo una oportunidad de acrecentar sus arcas.
Ya era muy tarde cuando la película terminó, hora en que Draco fue a tomarse una ducha, Se quitó la elegante ropa, revelando un físico muy desarrollado y trabajado, a causa de su labor como Mortífago. Su pecho estaba algo poblado de rubios vellos apenas visibiles, cosa que hacía aumentar ya su enorme egocentrismo. Se metió a la ducha y se lavó el pelo, pensando en alguna canción de ducha para cantar. De los pensamientos despertados por los magos de sangre sucia, se le ocurrió algo: en segundos, la recia voz del Mortífago llenó el extenso baño. Ya sintiéndose limpio, tanto por fuera como por dentro, salió y se cubrió con una toalla blanca. Subió las escaleras y se dio el lujo de dormir desnudo sobre la cama, cubierto sólo por las sábanas, sin saber que Hermione también dormía desnuda sobre el suelo de Azkaban, sólo que sin ninguna sábana de seda fina cubriéndole el cuerpo.
A continuación tuvo un sueño muy extraño: sintió que volaba por los cielos a increíble velocidad, pasando por valles, ciudades, bosques, praderas y finalmente, el océano. De pronto, todo se volvió oscuro, un flash y se halló tendido sobre algo frío. Sentía como si fuera sometido a un maleficio Cruciatus pues sufría dolores por todas partes. Al abrir los ojos, pudo observar que el cielo se hallaba nublado. Había paredes de piedra por todas partes y el suelo estaba cubierto de restos de comida putrefacta. Tenía mucho frío y le costaba moverse. Sin embargo, algo andaba mal, y lo entendió cuando miró hacia abajo.
Aquello que observaba no debía estar allí y lo que debía estar, no lo estaba. Sus manos, a pesar de estar sucias, eran suaves, no lo usual en un hombre. Con los brazos se tocó el torso y pudo notar dos bultos. Cuando les puso atención, se horrorizó al saber que era una mujer en lugar de un hombre. Se tocó el cabello y, con un susto inmenso, pudo percibir el conocido color castaño de su enemiga del colegio. Ahora, se sentía como si hubiera vivido una experiencia aterradora. No, esto no estaba pasando. Caminó con pasos cortos hacia un baño sucio y con un olor espantoso para mirarse a un espejo y desmentir de una vez por todas lo que estaba sucediendo. Fue cuando la sorpresa lo recorrió como si un rayo hubiera caído encima de él.
Podía ver el cuerpo rasguñado y sucio de Hermione Granger.
Despertó.
Jadeaba como nunca en su vida y su pecho estaba reluciente de sudor. Se llevó ambas manos a la cara y se masajeó los ojos para asegurarse que había sido una pesadilla. Cuando pudo ver bien, pudo reconocer los lujos de su habitación.
"Sólo fue un sueño"
Draco se levantó de su cama, olvidándose de su desnudez, para tomar un vaso de agua. Eran las tres de la mañana. Su madre dormitaba tranquilamente en su habitación, a treinta metros de la suya. Cogió un vaso para echar un poco de líquido al mismo. Luego, se tomó todo el contenido de un trago. Mientras el agua llenaba su estómago, reflexionó acerca de lo que había pasado: había sido tan real. ¿Qué le había pasado a Hermione, si es que le había pasado algo en verdad¿Y por qué la llamaba por su nombre? Él jamás la había llamado "Hermione" pero ahora, algo estaba cambiando. Se sintió como si ella, en su encierro, se lo hubiera llevado consigo sólo con una mirada. Sabía que él también tenía parte en el asesinato de Weasley y la culpa no lo iba a abandonar tan fácilmente. Todavía no podía sacarse de la cabeza la idea que hubiera sacrificado su libertad a cambio de la suya.
"Pero yo no se lo pedí" se obligó a pensar. Creía que se había buscado sola el presidio en Azkaban y que él no tenía ninguna culpa de su dolor. Aún así, aún así, no se sentía completamente feliz por haber metido a esa castaña sangre impura a prisión. La pena lo invadía a ratos desde que ella lo miró hace un año atrás. Por último, subió las escaleras y se fue a dormir otra vez y, ojalá, sin sueños.
Él se hallaba en una habitación de la cual caían pétalos de rosas rojas. Había una cama con dosel y una mujer cubierta por un velo negro se hallaba acuclillada sobre ella, donde alguien parecía dormir. Él se acercó a la cama y trató de apartar el dosel pero era como si tratara de correr una placa de acero de una tonelada. Por mucho esfuerzo que hiciera, la cortina no cedía. Rabioso, sacó su varita e hizo una explosión con ella pero nada pasó. Desesperado, vio cómo la mujer se iba, quitándose el velo de su cara y dando una última mirada hacia atrás.
Draco se sintió traspasado una vez más por esos mismos ojos miel que se perdieron hace doce meses atrás. Después, sintió que lo jalaban desde el cabello y fue transportado hacia una cocina sencilla y limpia, donde se hallaba ella, ya no con el velo negro, sino que se hallaba con un vestido blanco. Parecía revolver en los cajones, buscando algo quizá para limpiar los platos. No vio lo que ocurría hasta que ella se desplomó en el suelo, con un cuchillo destrozándole el corazón. La cabeza de la mujer cayó sobre el piso, con la mirada ausente directo hacia él. Un dolor poderoso lo hizo despertar.
Estaba tirado en el suelo de su cuarto y lloraba desconsoladamente. Ya los rayos de sol se colaban entre las cortinas, dibujando formas difusas sobre el piso de madera lustrada. Draco tardó unos minutos en darse cuenta que estaba fuera de su cama y que salían lágrimas de sus ojos. Nunca antes en su vida había llorado. Golpeó el suelo con un puño, maldiciendo a esa odiosa muchacha por las pesadillas que tenía. ¿Qué significaba todo eso¿Por qué ella aparecía en sus sueños con tanta frecuencia? Nada parecía responder su interrogante por lo que se levantó, cogió su ropa y llamó a su elfo doméstico para que le sirviera el desayuno mientras él se sentaba a pensar en lo de anoche.
¿Era el odio el que le estaba jugando una mala pasada? Era verdad. Él odiaba a Hermione desde que la conoció, y siempre se había asegurado que todos lo supieran. La insultaba, le dedicaba los improperios más hirientes que alguien le puede decir a otra persona. Quizá el odio que le profesaba creó a uno de sus peores enemigos en el colegio. Hermione Granger era una mujer más inteligente y más ingeniosa que él y, gracias a sus comentarios, alguien con un carácter muy fuerte. Cada vez que se encontraban, los palos, los sarcasmos y las ironías llenaban sus bocas y sus oídos. Pero nunca se puso a pensar por qué jamás la había agredido personalmente. Claro, quería que le pasaran cosas malas, incluso que muriera pero nunca con sus propias manos. Si la odiaba tanto, hace tiempo que ya estaría muerta. Pero no lo estaba. ¿Por qué¿Por qué jamás trató siquiera de pegarle un puñetazo si la aborrecía tanto¿Le tenía cariño? La sóla idea le repugnaba y hacía que tuviera arcadas. A continuación se preguntó cómo podía querer a una sangre sucia, a alguien inferior, a una mujer.
Corky, su elfo doméstico, ya tenía listo su desayuno, el cual lo depositó en una mesita cercana. Draco le hizo una seña para que se inclinara y desapareciera y comenzó a engullir el contenido de la bandeja dorada con creciente aprensión y desconcierto. Se sacudió la cabeza, creyendo que estaba volviéndose loco y se concentró en los suculentos pastelillos de vainilla con crema batida que tanto le gustaban. Por un momento, pareció que la sangre impura se había esfumado de su mente, a juzgar por el silencio que percibía en el salón.
¿Has tenido la sensación que después de ir a un local nocturno y dormir, de repente escuchas la música de la fiesta por unos segundos para después desaparecer cuando la tratas de escuchar? Pues eso mismo le pasó a Malfoy en ese momento. Los recuerdos del sueño volvieron involuntariamente hacia él y, cuando trató de comprenderlos, se le esfumaron así sin más. ¿Tenían algún sentido aquellos sueños? Sí, los tenían pero es mejor dajar para más tarde eso. El punto era que Draco quería borrar esos sueños de su mente. Y la mejor forma de hacerlo era pensar en un plan para matar a Harry y a Ginny, o al menos eso pensaba.
Las imágenes de Hermione en cueros y toda lastimada se le aparecían a cada momento delante de los ojos del color de los témpanos de hielo de Draco. No le dejaban pensar ni razonar de manera coherente. Se quedó con la canasta de soluciones vacía; no iba a dejar su conciencia tranquila mientras pensara que estaba sufriendo, por lo que optó por una decisión paradójica en él. Pescó su abrigo y salió a la calle nevada donde usó la aparición para llegar a su destino.
Hermione se hallaba mordiéndose las uñas, acurrucada en un rincón de su celda, hablando cosas para sí misma, dándose ánimos después de lo que pasó hace doce horas atrás. ¿Por qué había sacrificado su libertad para dejar libre a un asesino? Era un error que estaba pagando en ese momento, de una manera muy amarga. Bueno, hay que recordar que ella también tenía parte de culpa en la muerte de Ron pero no al punto de encerrarla por diez años. Le parecían décadas desde la primera vez que entró a la prisión de los magos y el ambiente no contribuía en nada a mitigar su ansiedad.
"Quiero salir, quiero salir" se decía a si misma, temblando y agarrando algunas piedras sueltas del piso desgastado. Tenía al frente como cuatro boles con comida para perro que había rechazado por sentirse como si todos sus seres queridos hubieran muerto. Miró hacia el cielo. Apenas se podían ver algunas estrellas en una pequeña franja de cielo despejado entre tanta nube negra, una metáfora casi perfecta de lo que pasaba en su vida. Fue en ese instante en que una estrella fugaz cruzó la estrecha porción de cielo despejado. Su luz se reflejó en sus ojos. Inclinó la cabeza de manera que su frente tocara el suelo y deseó sinceramente salir de Azkaban, aunque sabía que pedirle un deseo a una estrella fugaz era una pérdida de tiempo. Se sentó otra vez sobre el frío suelo e inclinó la cabeza, como mirándose los pies.
Unos magos con traje de oficina se plantaron delante de ella y abrieron su celda a un encantamiento.
—Usted debe ser la señorita Granger —dijo uno de ellos. La mujer levantó la cabeza y vio a los magos que se encontraban de pie. Parecían fuera de lugar en la prisión.
Ella asintió con la cabeza.
—Pues debe saber que desde ahora en adelante, usted se encuentra en libertad bajo fianza.
Ella levantó la cabeza, estando segura que no había oído bien.
—¿Estoy... libre?
—Así es, señorita Granger.
Fue uno de los momentos de más regocijo en su vida. En ese momento no le importaba quién había pagado el precio de su libertad: lo único que le importaba en ese instante era que estaba libre, por fin saldría de Azkaban y volvería a hacer una vida normal como la abogada que era antes de caer en el nido de ratas que hasta hace un año era su morada. A duras penas se incorporó, ayudada por los magos y caminaron a una especie de plataforma habilitada para las apariciones. Hermione esbozó una sonrisa débil y cayó inconsciente al mismo tiempo en que los magos desaparecían junto con ella.
Draco Malfoy tenía en su poder una carta que confirmaba su petición. Contra su propia voluntad, había pagado la fianza de doscientos cincuenta mil Galleons para poner en libertad a esa Granger, todo fuera para tratar de apaciguar esas pesadillas que tenía a causa del sentimiento de culpa que tenía por haberla mandado, aunque sea indirectamente, a Azkaban. Se hallaba sentado en un banquillo en el hospital de San Mungo, esperando por los resultados de los exámenes que le practicaban a Hermione.
"¿Por qué la habré puesto en libertad?"
Su mente se hallaba dividida: por un lado, sentía que había obrado bien. De todas maneras, le debía la libertad. Por otra parte, habría deseado que se pudriera allá, para que no volviera a molestarlo más. "No la voy a alojar en mi casa. La mandaré junto a ese Potter" Malfoy no iba a tolerar que una sangre sucia ingresara a su casa.
Un sanador se presentó delante de la imponente figura de Draco y le habló con voz telegráfica.
—Tiene muchos indicios de intentos de violación. Y, lamentablemente, tengo que informar que ella fue violada durante su estancia en la prisión.
—Eso a mí no me concierne —rebatió Draco con frialdad.
—Pero señor, sabemos quién fue.
—No me interesa.
El sanador puso una cara muy seria.
—Fue su padre, señor. Lucius Malfoy.
Draco sintió que lo habían apuñalado con un cuchillo de hielo. De inmediato se le vino a la mente el sueño que había tenido cuando personificaba a Granger. Recordó su cuerpo; estaba todo magullado, arañado y sucio. Como si una lanza lo pichara por detrás, caminó hacia la sala de observación y allí la halló, con los mismos rasguños que había visto en el sueño, y se tambaleó, llevándose una mano a su pecho, sintiendo su corazón latir con violencia.
Fue en ese momento cuando ella abrió los ojos.
