OÍDO (Quinn. Segundo curso.)
Berry se movía por el escenario con Finn y la panda de frikis de glee, destrozando el clásico de entre los clásicos de Journey. No tenía ni que mirar a la entrenadora Sylvester para saber que estaba calificando mentalmente la actuación de vergonzosa, ofensiva para la vista, el buen gusto y la decencia, y a sus protagonistas de merecedores de una lapidación pública. Por su parte, Quinn observaba al grupo con fría cólera mientras Santana era el vivo retrato del desdén. La cara de Brittany, sin embargo, alternaba entre la confusión, el ensimismamiento y una torpe imitación de las expresiones de sus compañeras.
El coro alzó las manos hacia el techo alcanzando el tramo final del tema y la irritación de Quinn, aunque genuina (el imbécil de su novio estaba allí abajo jugando a ser artista con su enemiga mortal), vaciló. Como era de esperar, no iba a acostumbrarse súbitamente a escuchar a Rachel en directo.
A la salida, camino de una larga diatriba de Sue, se preguntó distraídamente si, en el fondo, el espectáculo había disgustado tanto a sus compañeras como se empecinaban en aparentar. Era la primera vez que escuchaban a RuPaul fuera de sus supuestamente desternillantes vídeos en Myspace; "No podías hacerte un canal en youtube y vestirte como la gente normal", ¿podía ser que no tuviera el menor efecto en ellas? ¿Sólo en Quinn? Atrapó el labio inferior entre sus dientes y dejó que las palabras de Sue fluyeran como un río cuyo rumor pronto dejas de percibir.
La entrenadora era un ente demoníaco traído a este mundo para torturar adolescentes, no había otra explicación. Era una locura pretender que alumnas de primero sobrevivieran cada día a treinta vueltas al campo de fútbol, diez series de cincuenta abdominales, otras tantas flexiones y sentadillas, un sinnúmero de progresiones, saltos, etcétera, etcétera, etcétera.
Además estaba la dieta. Ya estaba acostumbrada al hambre, que había pasado de acuciante necesidad física a molesta compañera de fatigas, pero echaba de menos una buena hamburguesa con su filete de carne, su loncha de bacon y su queso fundido. Dios. O una chocolatina. Hasta unos M&M's servirían.
Mas como dieta y ejercicio inhumanos eran males necesarios para conseguir el deseado puesto de capitana de las animadoras, puesto por el que mataría, no habría ni hamburguesa, ni chocolatinas, ni M&M's. Quinn siempre hacía lo necesario para conseguir lo que quería. Y en ocasiones también lo que no quería.
En ese momento deseaba un buen lugar para descansar su castigado cuerpo. Como el auditorio. Más de un alumno, y de dos, se había echado una buena siesta en sus cómodas butacas durante el discurso de bienvenida del director Figgins.
Aprovechando una de las ventajas de ser una cheerio, presentó el pase firmado por Sylvester al profesor de Física, escapando de una tediosa lección sobre el movimiento rectilíneo uniformemente acelerado.
Una vez en el auditorio, se recostó contra el asiento, sumergida en una penumbra apacible. Al rato cerró los ojos. Estaba terriblemente cansada pero no iba a dormirse. Un recuerdo lejano flotó en su mente como una nube; su madre horneado pasteles por su cumpleaños. El calor de la sala era agradable, como el olor de los postres recién hechos pero no iba a dormirse. De entre una bruma algodonosa la voz de su madre, y también la de los pastelillos que tenían una pequeña boca hecha con virutas de chocolate, la llamaban. No… iba… a… dormirse… A pesar de ser pasteles parlantes tenía muchas ganas de hincar el diente a uno. No… iba… a… Igual si sólo lo mordisqueaba…
Había acabado con media docena cuando un sonido llamó su atención. Parecía que alguien estaba cantando. Quinn abrazó con fuerza al Señor Cordero, peluche heroico y extraordinario, y subió las escaleras que llevaban a su habitación. La canción no tenía letra, era más bien una vocal repetida constantemente que subía arriba y abajo como un columpio. Ahora alta. Ahora más baja. Luego aún más alta. ¡Altísima! Quinn se paró ante la puerta. La abrió despacio. Muy despacio. En parte porque no quería asustar al ocupante de la habitación y en parte porque era muy pesada. En su camino, la puerta arrastraba algo oscuro y tupido que no dejaba pasar del todo la luz. Avanzó milímetro a milímetro hasta que la habitación al otro lado y el Señor Cordero se desvanecieron. En su lugar, una figura sentada al piano comenzaba una nueva canción en mitad del escenario.
Quinn se despegó el resto del sueño con un aleteo de las pestañas y cambió de postura.
La voz de la figura era dulce y envolvente. Llevaba de la mano cada nota, firme pero delicadamente, justo hasta donde debía llegar antes de soltarla con suavidad. Quinn sintió cómo la arropaba y la desnudaba a la vez. Tal era el poder de la voz de Rachel Berry; envolver en un cálido manto pero desarmar toda defensa.
La exhortaba a ponerse en pie, a recorrer los pocos metros que las separaban y tocarla. ¿No era eso lo que decía la canción? Tócame. Un himno más honesto que ninguno de los que entonaban en su iglesia. Quinn podría adorar aquella voz como dios de su nueva religión y tocar a su dueña con el fervor que nunca ponía en sus oraciones. Tocaría sus manos, sus pechos, sus piernas, su pelo, sus labios hasta llegar a esa playa de la que hablaba para descansar. Luego la haría cantar de nuevo.
En vez de levantarse, aferró el asiento sintiéndose como Ulises antes de intentar arrojarse a las frías aguas para ser destrozado por los dientes de las sirenas, y escuchó. El piano y la voz se entrelazaban en un baile sensual que no dejaba espacio para nadie más. El primer amor de Rachel era la música y Quinn no tenía derecho a interrumpir su idilio tomando a uno de los amantes para sí, aunque cada frase pareciera querer convencerla de lo contrario.
Más tarde culparía al sueño, al cansancio, al hambre y a su afición a leer demasiado de cada blasfemia, de cada locura. Del calor. Pero sobre todo de tener que apaciguar el ardor entre sus piernas aquella noche, casi todas las noches, al compás de una canción y una voz que sólo había escuchado una vez.
- Q, sé que ver a Finnieves y los cinco trolls aullando y pisoteando el escenario puede ser traumático para cualquiera pero desde que salimos del auditorio pareces un zombi. Qué te pasa. – Por supuesto la pregunta iba cargada de más aspereza que auténtica preocupación.
- La travesti no le quitaba las manos de encima a mi novio. Tú qué crees que me pasa – espetó.
Santana asintió; al fin y al cabo era una respuesta lógica. Se echó sobre las gradas, apoyando la cabeza en las piernas de Brittany.
- Es como super asqueroso – intervino ésta. Tras una pequeña pausa añadió –: La canción me ha gustado. ¿Santana, los trolls saben cantar?
- Claro que no, Britt. Cada vez que un troll canta, muere un gatito.
- Pero Rachel lo hace bien -. No era una protesta sino la exposición de un hecho evidente.
- Cuando Berry canta también muere un gatito – Santana dijo con suficiencia. Para Brittany la palabra de Santana era ley y no dudó un segundo de su veracidad pero no estaba de más contar con el apoyo de Quinn -. ¿Verdad, Q?
- Desde luego – contestó Quinn con la vista perdida en el campo.
En los minutos siguientes, ignoró a sus dos amigas, de todos modos ocupadas bordeando la línea entre amistad y algo más con sus carantoñas, en favor de juguetear con su crucifijo. No tardarían mucho en irse, los días comenzaban a acortarse y sus madres preferían tenerlas en casa antes del anochecer. ¿Subiría Berry algún vídeo nuevo? ¿La abandonaría Finn por ella? ¿Iría a practicar al día siguiente al auditorio? ¿Qué programa necesitaba para descargar audio de Myspace?
Y es que Santana se equivocaba en una cosa: cuando Rachel cantaba, lo único que moría era el pudor de Quinn.
Entramos en el segundo año con referencias a Pilot y flashback incluido. Como curiosidad, parece que no es hasta segundo curso que Rachel crea su myspace y como se muestra en Pilot, Quinn es la primera persona que lo visita.
