No sabía con certeza a dónde ir, la culpa lo invadía y temía regresar a casa, aunque no tuviera sentido.

Todo el tiempo que había vivido con El Cid jamás le había desobedecido, al menos no voluntariamente. Su padre lo era todo en su vida desde que lo había adoptado…

Los recuerdos en su mente comenzaron a arremolinarse, provocando dolor físico en sus sienes; palpó sus bolsillos en busca de sus cigarrillos, sin éxito, buscó dinero en los mismos, encontrando un par de billetes. Caminó un par de cuadras en busca de un almacén, tienda o lo que sea, mientras le vendieran un cigarrillo.

–Maldición… ¿Por qué no tomé la cigarrera?

Se llamó la atención él mismo, percatandose que había vuelto al cerro que había visitado la noche anterior. Se adentró en el mismo sendero por el que horas atrás había recorrido; todo estaba mojado, hacían unos diez minutos del cese de precipitaciones. Al cabo de unos minutos divisó la banca donde había descansado la pasada noche.

No entendía por qué había regresado a ese lugar, nada tenía sentido en su cabeza, era consciente de todo lo que hacía, pero al mismo tiempo sentía que no controlaba sus acciones…

Llegó hasta la banca, quedando frente a ella, y la analizó con la mirada; como era de esperarse estaba completamente mojada, por la madera se deslizaban finas gotas de agua aún. Chasqueó la lengua y escondió ambas manos del frío en sus bolsillos, volteó el rostro para ver el camino por el que había llegado, analizando si volver por el mismo lugar; negó mentalmente al tiempo que cerraba sus ojos, sus pies comenzaron a andar, continuando su recorrido.

No fue hasta que levantó la mirada del lodoso camino que divisó una figura delante suyo. Lo primero que vio fueron un par de gruesas botas negras y enlodadas que llegaban hasta la mitad de las pantorrillas de esas delgadas piernas cubiertas por un jeans rojo, las cuales continuó analizando en ascenso; las piernas se perdieron a la mitad de los muslos debido a un abrigo verde musgo; las manos de la persona estaban resguardadas del frío, al interior de los bolsillos del abrigo, al igual que las suyas propias; el cuello del hombre estaba cubierto por una abultada bufanda gris; una gran nube de vaho se formaba en cortos lapsos tiempo, producto de su exhalaciones; su cabello era de un inusual color blanco, el cual, resaltaba su piel morena y sus… ojos.

Su mirar colisionó con unos intensos orbes rojos, cual fuego ardiente, que lo miraban de vuelta; el perderse en aquella intensa mirada mientras caminaba casi lo hace resbalar al pisar un charco, provocando que el moreno liberara su diestra y la llevara hasta la bufanda, sujetándola mientras reía disimuladamente. El pelinegro desvió la mirada completamente avergonzado, maldiciéndose internamente; continuó caminando con el rostro escondido debido a la vergüenza, evitando pasar demasiado cerca del cuerpo contrario.

No reparó en aquella persona hasta que estuvo un par de metros, al menos diez, más lejos, fue en ese momento que volteó a ver su espalda, sin embargo no la encontró; el joven de ojos rojos se encontraba en la misma posición que él mismo había adoptado frente a la banca; observó intrigado cómo aquel joven la analizaba de la misma forma que él minutos atrás. Intentó enfocar mejor su visión al cerrar levemente los ojos, fue ahí cuando el extraño volteó a verlo; se quedó mirándolo con descaro escasos segundos, hasta que la mano derecha del contrario se alzó en forma de saludo.

Una corriente eléctrica subió desde su sacro, recorriendo su columna vertebral hasta la base de su cráneo, haciéndole estremecer de forma extraña; estaba avergonzado, así que, de un hábil movimiento se giró sobre su propio eje y se alejó con paso seguro.

Su pecho se contraria estrepitosamente, le faltaba el aliento por correr de esa manera; sus zapatillas de lona estaban cubiertas de lodo, debido a que había pisado un gran número de charcos en el camino. Había corrido sin descanso, huyendo sin saber por qué.

Estaba sentado en el piso, con la puerta principal a sus espaldas, respirando ya un poco más calmado; el ver a ese extraño le había hecho olvidar todo… cayendo en cuenta de donde estaba: había regresado a casa.

–¿Qué me está pasando?

Se revolvió el cabello con desesperación, intentando hallar una respuesta con tal acción.

–¿Qué se supone que haga ahora?

Observó a su alrededor, notando lo sombría que se había vuelto la casa. Se quitó las zapatillas y las hizo a un lado; se puso de pie y caminó hacia la sala de estar, se dejó caer sobre el sofá, soltando un muy largo suspiro de resignación.

-Qué vergüenza… -sus manos se dirigieron a su rostro, cubriéndolo por completo- El tipo ése hasta me saludó, y aún así escapé… ¿de qué? -los miembros sobre su rostro se alzaron, permitiéndole a sus ojos observar sus palmas- Lo único que sé hacer es escapar…

El sonido de un golpe lo hizo dar un brinco, incorporándose del impulso, buscando con su mirada al responsable; abrió su boca para respirar mejor, ya que su cuerpo se había tensado sobremanera al no saber qué había ocasionado dicho estruendo. Sonó como cuando cierras un…

-El cofre…

Se puso de pie y corrió hasta la habitación de su padre, abriendo sus ojos de par en par al ver que este estaba cerrado.

-Imposible…

Su vista se fijó en la ventana comprobando que estaba cerrada, por ende, no había sido culpa del viento; escrutó con lentitud toda la habitación, todo estaba tal cual lo recordaba, hasta llegar al cofre nuevamente; lamió sus labios, humectándolos, mientras daba un paso desconfiado hacia el objeto. Al llegar a su lado lo abrió, relajó un poco sus músculos y se acomodó frente a él; cruzó sus piernas y se dejó caer, sentándose; tomó el libro con algo de desconfianza y lo abrió, mas esta vez evitó la primera página.

No sé con certeza qué escribir. Manigoldo me ha regalado este viejo libro en blanco al conocer mi afición por las antigüedades. Debo admitir que no me esperaba un regalo de esta índole, sin embargo, estoy muy feliz… me ha sorprendido sobremanera.

-Manigoldo… -divagó unos minutos en su mente, buscando recordar alguna ocasión en que su padre le haya mencionado ese nombre, mas no tuvo éxito- Si fue tan importante para ti ¿por qué nunca me hablaste de él? -se preguntó en voz alta mientras comenzaba a leer el siguiente párrafo-

2 de Julio:

Manigoldo me ha pedido que entre al club de teatro de la escuela… no me llama la atención en lo más mínimo, pero me es imposible negarme ante una petición de su persona.

-¡Dios! -se exaltó al leer las últimas palabras- ¡¿A papá le gustaban los hombres?! -exclamó algo alterado, para luego tragar con dificultad- E-eso explicaría por qué nunca encontró a la indicada…

Flashback

Sólo tenía 8 años y en la escuela estaban haciendo los preparativos para el evento del día de la madre, fue sólo en ese momento que se preguntó por qué su padre siempre estaba solo; decidido, esa misma noche durante la cena, shura mencionó el tema.

Padre… -llamó la atención del mayor-

¿Sucede algo, hijo? -preguntó serio-

¿Por qué no estás casado? -preguntó inocentemente, rodando los ojos hasta el mayor-

Pues… -era raro ver ese tipo de expresión en el rostro de El Cid, la cual, denotaba sorpresa en extremo; sus ojos se abrieron más de lo normal y sus labios temblaban- Creo… que aún no conozco a la indicada.

Shura guardó silencio y volteó a ver su plato, el cual contenía una porción de arroz a la valenciana a medio comer, sintió la incomodidad que su padre transmitió al responder, por ende, no volvería a tocar el tema.

Fin Flashback

¿Cómo se supone que debía sentirse? Jamás había dudado de su heterosexualidad y, si bien nunca había tenido una novia, no conocía a nadie que lo hiciera cuestionar su sexualidad; sin embargo, en ese momento un par de orbes destellantes hicieron acto de presencia en su subconsciente. Dio un respingo y negó enérgicamente con su cabeza.

–No debería pensar en estas cosas… -dijo derrotado- Es todo por hoy, o me volveré loco -cerró el diario y lo devolvió a su lugar, cerró el cofre; se acomodó en su lugar, juntando las rodillas para después abrazarlas-. Me siento traicionado… He leído sólo dos páginas de tu diario, y puedo comprobar que tú verdadero ser era completamente ajeno a mí...