15 de Julio de 1989:
John se había mudado a Londres, por fin dejaba la ciudad escocesa de Edimburgo para irse a vivir a la capital del país. Era un día caluroso y lo único que se hacía era sacar sus cosas del camión de mudanzas. Incluso llamó a Sherlock, con quien mantenía una perfecta relación de amistad, se habían hecho muy buenos amigos. Tanto era así, que en ese caluroso día, el menor de los Holmes, tenía que ayudar a su amigo con la mudanza.
— No debería estar haciendo esto - comentó el joven de pelo rizo - ¿No podías haber contado a alguien para esto? Yo lo habría pagado, ya sabes. En serio John, mi vuelo sale en cinco horas y tengo que irme al aeropuerto.
— Mira tú que bien – dijo John dejando en medio de la carretera la cama – una razón más para que cojas por tu lado de la cama y la subamos, cuanto antes mejor. Se que me estás haciendo un favor y no te quejes.
Entraron con la cama en un viejo y destartalado piso, peor que en el que había vivido John en Edimburgo, con una caldera vieja y que estaba muy gastada por la humedad que había en el ambiente. Además el papel pintado de la pared era muy colorido, otra cosa que tampoco es que incitara a quedarse allí, pero John lo hacía porque era un sitio barato y en el que se podía dormir sin problemas, ya que los vecinos no eran muy ruidosos.
— ¿A que huele? – preguntó Sherlock arrugando la nariz.
- Creo que a cebolla, si, definitivamente es cebolla. Y creo, se, que seré feliz en esta casa – comentó John mirando a su alrededor, mientras Sherlock se reía jocosamente – no, no está nada mal. Ya lo verás cuando lo arregle, no lo vas ni a reconocer. Tengo mi máquina de escribir y mis libros. Y lo más importante, estoy en Londres, en la maldita ciudad de Londres. Todo saldrá bien, ya lo verás.
— Puede que conozcas a alguien, que te enamores y sean feliz. Ya verás, alguien agradable, alguien con quien quieras pasar tus días. Un chico a la vez que guapo, elegante – comentó Sherlock mientras John se paseaba mirando lo que tenía por las cajas.
— Me alegra que te vayas a China – dice John intentando que Sherlock deje de comportarte como un idiota adorable.
— Yo de hecho ya me voy, si, tengo que coger un avión y si no me apuro, ya sabes, lo pierdo y no ha salido barato – John le miró con cara, vete, ya nos veremos o hablaremos – quiero que me sigas mandando esas preciosas y largas cartas que sueles escribir, quiero ser la única persona que las reciba y las lea con mucho gusto. Y como no, sabes que no está prohibido, así que por favor divierte un poco, no te quedes siempre en casa, sal y vive la vida ahora que sigues siendo joven. Se que si te lo propones para estas fechas el año que viene has triunfado.
— Ya veremos ya, ahora por favor vete – comentó John echando a Sherlock de su nuevo apartamento.
15 de Julio de 1990:
John iba a triunfar como había dicho Sherlock, claro que si, en un año iba a conseguirlo, pues no. Había comenzado a trabajar en un restaurante mexicano, con lo que tenía que ir todo el día con un gran sombrero y escuchar todo el santo día la música de los mariachis que tenían contratados para amenizar a los clientes. Mientras estaba diciéndole lo que tenían en el menú a un cliente, su jefe le necesitó. ¿Para qué? Para que se presentara al nuevo y le explicara las cosas.
— Jim, Jim Moriarty, el nuevo – comentó el joven que andaba desubicado y no sabía que diantres hacía allí.
— Bienvenido al lugar donde tus sueños mueren, es broma – dijo en tono de burla, intentando ser gracioso John – bueno, ¿cuál es tu barra? Ya sabes, camarero/escritor, camero/actor.
— Claro, soy comediante – John se alegró por eso – aunque por el momento solo estoy empezando, ya sabes, buscando el estilo que mejor me defina. Por si te interesa, actuó esta noche en la casa de las carcajadas. A lo mejor te piensas que esto es una cita, pero no te lo creas, no quiero interponerme en una relación, que seguro que siendo un chico guapo como lo eres, tendrás novio.
John se encontraba cansado y se había sentado en las escaleras que daban a la zona de personal mientras intentaba escuchar a Jim, pero no daba, su cansancio no le dejaba mucha concentración.
— Gracias por el cumplido, pero de verdad Jim, cuando acabo de trabajar lo único que quiero es ir a casa y comer mientras veo películas románticas tristes.
— No pasa nada, otra vez será, si hay miles de noches para que vengas a verme, no te preocupes. Y hablando de la barra, ¿cuál es la tuya, John?
— Camarero a tiempo completo – al decir eso, se levantó con pocas ganas de seguir hablando. Lo único que quería hacer era volver a su piso y ponerse cómodo para comer helado mientras lloraba porque su vida era miserable, mucho, no había triunfado como había dicho Sherlock, además le extrañaba.
Una vez que salió del restaurante y se quedó en casa durante un buen rato lamentándose, se arregló y fue a una cabina de teléfonos a llamar a Sherlock, ya que al estar en el extranjero, si le llamaba con su teléfono de casa, la factura sería elevada.
— Sabes Sherlock, Londres me mató, me ha dejado peor de cómo estaba en Edimburgo. Aquí nadie me conoce – se dio pequeños cabezazos contra el cristal de la cabina de teléfonos.
— Nada es fácil, todavía no soy rico ni famoso – comentó Sherlock tirando en su cama de su pequeño y coqueto piso de Roma mientras se aguantaba el no agarrar a su estudiante desnudo y llevárselo a la cama en esos momentos – enseñar me va bien, me gusta.
— Pues no te acuestes con ninguno de tus estudiantes, que te conozco Sherlock – aquella advertencia no era muy sólida, con lo que Sherlock se la saltó.
— Bueno John, te tengo que dejar, tengo comida con mi madre, ya sabes que no le gusta que le haga esperar o se cabrea – y antes que dejar que su amigo se despidiera, Sherlock colgó la llamada.
John puso el teléfono en su sitio, salió de la cabina y caminó sin pocas ganas por la ciudad. Mientras tanto, Sherlock se encontraba con su madre en la terraza de un lujoso restaurante de Roma, donde recordó como había disfrutado de la nieve y conocido a aquel esquiador llamado Louise que le había hecho vibrar de emoción hasta haberle dejado sin fuerzas durante semanas. Cuando su madre le empezó a hablar de John, Sherlock bajó de sus pensamientos para escuchar lo que tenía que decirle.
— Me gustan esas largas letras que John te escribe, tiene talento – Sherlock sonrió animado – pero ya veo, dices que solo sois amigos, pues haríais buena pareja.
Sherlock resopló y continuo comiendo mientras su madre le contaba los planes que podían hacer mientras el menor de sus hijos no estaba dando clases de inglés en la academia.
