Y aquí, señores, es donde empieza la historia: Rebecca tiene que permitir quedarse en su casa, por una noche, al único amigo de Yugi que no le gusta nada. ¿Cómo se las apañará para no tener pesadillas esa noche?

Desvelemos el misterio...


Bakura iba vestido con unos pantalones vaqueros y un jersey de lana negro que, con su larga y abundante melena albina, le daban el extraño aspecto de una estrella de rock que había decidido pasear de incógnito por las calles de la ciudad donde había vivido antes de ser famoso. Estaba perdido en sus pensamientos, con la mirada posada en algún punto al fondo del pasillo; y las chicas de la habitación contigua, que llegaban en aquel momento con algunas bolsas de la compra, le lanzaban miradas disimuladas y cuchicheaban entre ellas, sonrojadas y entre risitas, mientras fingían buscar las llaves de su apartamento en sus respectivos bolsos. Pero Ryou no les hacía el menor caso, y pareció tardar unos instantes en darse cuenta de que su anfitriona había abierto la puerta.

—¡Ah! Buenas tardes, Rebecca ¿Qué tal te encuentras?

—Mejor. Me ha bajado la fiebre. Gracias por venir, no tenías por qué. Supongo que tú también estarás ocupado con los primeros exámenes del semestre...

—¡No, si no me importa! —respondió él, quitándole importancia con un gesto—. Llevo los asuntos al día, y me da lo mismo quedarme estudiando en mi piso que en el tuyo. Además, para esto están los amigos ¿no?

—Gracias de todos modos... pasa, por favor.

Las vecinas de Rebecca estallaron en carcajadas, y miraron con sorna a aquella adolescente vestida con un grueso y asexuado pijama de franela.

La joven les devolvió una mirada fulminante, retándolas a decirle algo al respecto.

Aquellas chicas solían comportarse como si atreverse a recibir la visita de un chico existiendo ellas debiera ser castigado con veinte azotes y escarnio público. Ya habían inventado algunas historias al verla llegar a casa acompañada de Joey o Yugi; y el asunto se hubiera desbordado hacía tiempo de no ser porque, en cuanto empezaron a correr por la Universidad los rumores sobre las infidelidades reiteradas del Rey de los Juegos con una amiga de la familia menor de edad, se presentó ante su puerta Seto Kaiba en persona, acompañado por un fornido guardaespaldas, para advertirles muy severamente que, si alguno de los dos dueños de la Corporación Kaiba volvía a oir a alguien cuchicheando algún bulo por el estilo en cualquier punto de Ciudad Domino, ni a Yugi Mouto ni a Rebecca Hawkins les iban a faltar los medios legales ni económicos para hacerlas enjuiciar por delitos contra su honor. Aunque a raiz de aquello habían empezado a calmarse un poco, todavía no dejaban pasar la menor oportunidad de abochornar a la muchacha delante de sus visitas.

—Vaya... parece que a la niña americana le van las emociones fuertes.

—¿Vais a beber San Franciscos y a pasar la noche jugando a La Oca?

Rebecca sintió que le hervía la sangre, sobre todo porque Bakura, al oír aquello, se había quedado mirándola, con los ojos y la boca muy abiertos.

—Lo que parece es que las "adultas" japonesas deberían dejar de meterse en asuntos que no les conciernen —les espetó ella, a modo de respuesta—. Hacéos el favor de buscaros una vida.

Y cerró la puerta de un manotazo, con la cara encendida de rabia, ante la mirada todavía estupefacta de Ryou. Hubo unos segundos de silencio incómodo.

—¿Son estas las... ¿cómo las llamó Tristán? "dos pavas con el cerebro de serrín" que le contaban a todo el que quisiera escucharlas que estabas liada con Yugi? —Inquirió el muchacho, arqueando las cejas.

—En carne y hueso —contestó la joven, conteniéndose para no empezar a pegarle patadas a los muebles—. Intento no hacerles caso, pero...

—Vamos, vamos... ahora que saben que tienes a todo un séquito de amigos de tu parte, entre ellos los dos propietarios de la Corporación Kaiba, todo lo que pueden hacer es el tonto. No deberías tomártelas en serio: el tipo de cosas que te dicen habla mucho peor de ellas que de ti.

—Tienes razón. Dejémoslo estar, pues.

Tardó unos instantes en darse cuenta de que el momento había llegado realmente: allí estaba Ryou Bakura, con una mochila tan cargada que parecía a punto de ceder por su propio peso, observando con interés el pequeño apartamento.

—Bu-bueno... instálate donde mejor te venga —le dijo la joven— ¿Quieres algo para beber? Tengo zumos, leche, café...

—Un vaso de leche, por favor —contestó él, soltando su mochila en el sofá, con un suspiro de alivio—. Muchas gracias.

Rebecca fue rápidamente a mirar en la nevera, y regresó en menos de un minuto, con un vaso de leche fría. Bakura ya se había recostado cómodamente en el sofá, y se había sumergido en la lectura de un grueso tomo en inglés.

—Si quieres, la puedo calentar.

—No, no, está bien así, gracias —contestó él, con un sonrisa—. Se supone que estoy aquí para que no te quedes sola, no para que me atiendas tú a mí. Lo mejor que puedes hacer es volver a la cama e intentar descansar.

Estuvo a punto de contestarle que ya había dormido una siesta de más de cuatro horas; pero agradeció la oportunidad que le estaba brindando de no tener que sentarse a conversar con él, y regresó a su habitación.

Al parecer, para su desgracia, tampoco había mucho trabajo para ese día; y, al cabo de dos horas, había terminado los deberes, puesto al día sus apuntes e, incluso, avanzado todo lo que podía con su proyecto personal para la Feria de Ciencias que tendría lugar a finales del mes siguiente.

Así que se encontró otra vez tumbada en la cama, arropada por varias mantas, con una compresa húmeda en la frente y siendo totalmente consciente de que, al otro lado de aquella puerta cerrada, sentado en su sofá, estaba Ryou Bakura; y que tenía pensado pasar allí toda la noche.

Lo mejor para sobrellevar la situación sería que se quedara dormida otra vez; pero, como había dormido casi toda la tarde, ya no podía. Pasó un buen rato dando vueltas en la cama, e incluso probó el truco que le había enseñado Tristán para combatir el insomnio más pertinaz, leer y releer algunas de las lecturas más aburridas que había tenido que prepararse para clase, pero ni siquiera llegaba a bostezar.

Finalmente, no le quedó más remedio que enfrentarse a la realidad: iba a pasar la mayor parte de la noche despierta, y la única manera de que esas horas muertas pasaran más rápido era navegar sin rumbo por Internet o darle un poco de conversación a Bakura.

Pero, antes, tendría que prepararse algo para cenar. Aunque no tenía mucho apetito, sabía que no era saludable saltarse comidas; así que tomaría algo, aunque sólo fuera un cuenco de sopa o una patata cocida con algún aliño.Y eso implicaba, naturalmente, invitar a Ryou.

Casi se sonrió al pensar en la situación ¿Quién le iba a decir, el día anterior a aquella misma hora, que iba a acabar invitando a cenar precisamente al único amigo de Yugi Mouto que no le caía bien?

Pero, a veces (gracias a Dios, no siempre), las circunstancias mandan.

Salió del cuarto en silencio, casi con sigilo, y observó al muchacho desde la puerta de su habitación.

Bakura había desperdigado las tres cuartas partes de lo que llevaba en la mochila por todo el sofá y la mesita de café que tenía delante; y, además, tenía un ordenador portátil abierto en el regazo, donde tecleaba a toda velocidad, haciendo pequeñas pausas solamente para tomar notas en su cuaderno o consultar algo en alguno de los libros.

Estaba tan concentrado en su tarea que Rebecca no quiso molestarlo (sinceramente, aunque no podía negar que le alegraba poder retrasar el momento de recibir el impacto de aquellos ojos grandes y oscuros), así que atravesó la sala sin decirle nada y se acercó a la diminuta cocina.

Tenía la suficiente comida como para poder elegir, y todavía le quedaban varias sopas diferentes de las que le habían traído sus amigos al medio día, así que podía preparar una buena cena.

—Bakura, voy a hacerme algo para comer ¿Qué te apetece? ¿Sopa? ¿Fideos? ¿Pollo?

El joven levantó la vista de su ordenador, y durante unos segundos pareció tan serio que Rebecca se estremeció. Pero luego sonrió, con aquella dulzura natural que lo caracterizaba, y que a ella también le daba escalofríos.

—Había pensado en pedirme algo a domicilio ¿Quieres que te pida algo a ti también? Así no tendremos que cocinar.

—Oh... vale. Gracias.

Pasaron unos minutos mirando en Internet, buscando cartas de restaurantes que aceptaran pedidos a domicilio, y Bakura hizo la llamada para encargar una ensalada de arroz y un menú completo. Luego tuvieron un leve regateo, durante el cual Rebecca insistió enérgicamente en pagar toda la cuenta ("¡Te has ofrecido a pasar la noche en mi sofá! Tampoco es cosa de que te cueste el dinero", "Es lo más justo", "No quiero abusar de tu amabilidad", etc.) y Ryou trató de convencerla de que, al menos, cada uno pagara su pedido ("No supone ninguna molestia, en serio", "Lo que yo he encargado es tres veces más caro", "La idea ha sido mía", etc). Finalmente, Rebecca se salió con la suya, y acabó invitando definitivamente a Bakura a cenar (pero, cuando llegó el repartidor, fue él quien abrió la puerta y pagó los pedidos, para ahorrarle a su anfitriona el apuro de abrirle la puerta en pijama a un total desconocido).

El muchacho apartó sus cosas de la mesita y colocó todos sus libros ordenadamente en el suelo, formando una pequeña torre, para que Rebecca pudiera sentarse cómodamente a comer en el sofá, envuelta en una manta.

Estaban sentados uno al lado del otro, pero apenas intercambiaron palabra mientras comían, salvo para hacer comentarios sobre la comida o pedirle al otro que le pasara la sal, u ofrecerle otro vaso de zumo. Rebecca y Ryou nunca habían comido juntos, y la joven no pudo evitar quedarse impresionada al ver cómo, casi en el mismo tiempo que ella tardaba en terminarse una ensalada y un yogurt, su comensal devoraba con un placer casi infantil un enorme recipiente de sopa china, tres escalopes de pollo con champiñones y un flan de vainilla. Naturalmente, había oído decir a Joey varias veces que aquel chico siempre comía por tres; pero había pensado que era una exageración. Ahora podía comprobar, como había comprobado con el tema de sus habilidades y estilo de juego como duelista, que no lo era: con una cantidad de comida que a ella le hubiera resultado imposible comer, y que le hubiera provocado una digestión pesada e incómoda, él simplemente se recostó de nuevo en el sofá, con un suspiro de satisfacción; y, unos minutos después, se levantó de nuevo y se ofreció, con toda la buena disposición del mundo, a recoger los restos del banquete.

Rebecca se sintió mal consigo misma al ver cómo llevaba a la basura metódicamente la montaña de recipientes de comida para llevar, y luego ataba y sacaba la bolsa llena del cubo y ponía una nueva ¿Por qué tenía que aceptar a regañadientes la infinita amabilidad de Bakura, cuando cualquier otra persona, fuera del sexo que fuera, casi se hubiera enamorado de él sólo por eso? Pero no ella: allí estaba aquel apuesto joven, con su pasado oscuro y cruel, solícito como D' Artagnan al servicio de la reina de Francia; y ella, que siempre había sido dueña de cada uno de sus actos, era incapaz de conseguir no sentirse anormalmente inquieta en su presencia.

Cuando él volvió a acomodarse en el sofá, ella se dijo que era mejor que volviera a la cama. Pero estaba a gusto allí, envuelta en aquella manta, sentada en el salón. Podía traerse su ordenador y pasar un rato investigando, o leyendo cualquier cosa, simplemente por placer; e irse a la cama más tarde. Ni siquiera necesitaba conversar con Bakura para eso. Sólo tenía que estar allí, en silencio, mientras él hacía sus trabajos para la Universidad, y volver a acostarse cuando él le dijera que necesitaba dormir un poco.

Tal vez así, a través de una compañía silenciosa y distante, aprendería a acostumbrarse a él; y, con el tiempo, superaría aquella aversión culpable.

Estaba tan sumida en estas cavilaciones que tardó un rato en darse cuenta de que Bakura había parado de escribir, y la estaba observando detenidamente por encima de la pantalla de su ordenador, con aquella pentrante mirada tenebrosa. La luz azul sobre sus rasgos los marcaba con sombras profundas, y provocaba en su rostro el curioso efecto de evidenciar aún más la tersa blancura de su piel al mismo tiempo que le restaba suavidad a sus facciones; de manera que su rostro parecía al mismo tiempo más fino y más duro. Rebecca pensó que aquel debía de ser el aspecto que tenía el espectro oscuro del Anillo Milenario sentado en su trono, ante el tablero donde él y Atem se habían jugado el destino de la humanidad entera.

Una sonrisa lobuna, a medio camino entre la ironía y la tristeza, apareció en aquellos labios pálidos.

—¿Todavía piensas que voy a chuparte la sangre mientras duermes?

Aquella pregunta directa impactó a Rebecca, que se dio cuenta, demasiado tarde, de que había apartado la vista y agachado la frente para esquivar su mirada. No sabía qué decirle, porque tampoco le quería mentir. Además, si era tan evidente como parecía, no le quedaba más remedio que admitir la verdad. Aquel silencio, no obstante, le resultó más que elocuente a Ryou, que emitió un suspiro pesaroso.

—Yo... lo siento. De verdad que lo siento.

—No tienes que disculparte por cómo te sientes. En realidad... supongo que no te puedo reprochar nada. De hecho, agradezco que seas tan sincera, conmigo y contigo misma.

Su expresión seria, con un matiz melancólico, le daba el aspecto de un ángel de mármol blanco. Un ángel frío, ajeno al resto del mundo y hecho de piedra pálida, que podía darle a un visitante despistado un susto de muerte si se topaba con él en la penumbra aterciopelada de una catedral o en el silencio ultraterreno de un cementerio vacío; pero un ángel, al fin y al cabo. Rebecca, con el estómago encogido, dudó de si realmente era buena idea quedarse allí, o si debía ser consecuente con sus palabras y dejarlo a solas. Pero, antes de que se hubiera decantado por una de las dos opciones, Ryou siguió hablando.

—Verás... esto tampoco es fácil para mí. A veces... yo siento lo mismo también. No eres capaz de imaginarte cuánto me ha costado salir adelante con todo lo que llevo encima. Mirarme al espejo todas las mañanas y darme cuenta de que tengo la misma cara que él, ir a cambiarme de camisa y ver las cicatrices del Anillo, oir a Yugi y los demás hablar de aquellos días y recordar que él... era yo.

La joven tuvo la sensación que se le había congelado hasta el alma: el tono de su huesped estaba lleno de amargura, pero hablaba con una firmeza y una serenidad aterradoras.

—Imagínate que te levantas de la cama un día. Estas tan débil que es casi como si recuperaras la consciencia después de una paliza en lugar de despertar. O, peor todavía... que, de repente, sin saber cómo ni por qué, te encuentras en mitad de una clase, o de una calle, o de cualquier otro lugar, conocido o desconocido. A veces, ni siquiera estás segura de en qué día vives. Sólo sabes que te sientes como si te hubiera pasado un maremoto por encima, que la ropa que llevas en ese momento no es la que recuerdas haberte puesto, y que no sabes lo que se supone que estabas haciendo en ese lugar. No recuerdas qué es lo último que comiste o bebiste, y ni siquiera sabes cuánto llevas sin atender a tus necesidades físicas, pero la boca te sabe a hierro. Y tampoco sabes lo que has estado haciendo... pero tienes restos de sangre en las manos, y ni siquera puedes estar del todo segura de si es tuya o no. Repasas detenidamente los últimos recuerdos más o menos claros que tienes, para intentar hacer memoria, para aferrarte a cualquier cosa que te diga algo sobre lo que pudo pasar durante el fundido a negro, pero no lo consigues: lo último que eres capaz de recordar, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, es una voz dentro de tu cabeza, una voz que se parece a la tuya pero que no lo es, tenebrosa, cruel, que se ríe de ti; y un dolor terrible y lacerante en el pecho: el Anillo clavándose por voluntad propia a tu cuerpo, apuñalándote sin piedad, para que no te atrevas a intentar quitártelo. Es como estar atrapada bajo el hielo en un estanque congelado muy profundo, de aguas densas y oscuras, y romperte las manos intentando quebrar la barrera translúcida que te aparta de la superficie, el oxígeno y la luz del sol, mientras una fuerza monstruosa te arrastra implacablemente hacia las profundidades. Sólo pensar en ello hace que las piernas te tiemblen, se te nuble la vista y te ardan los pulmones. Entonces... intentas retomar tu vida, porque no te queda otra. Y tus amigos te hablan de situaciones en las que supuestamente habías participado, pero en las que sabes que no estabas; y de cosas que sabes que no hiciste ni dijiste, ni recuerdas haber hecho ni dicho jamás. Vas encontrándote cosas extrañas en tu casa, sin que sepas, o recuerdes, de dónde proceden y cómo las has conseguido. Vas escuchando cosas extrañas en televisión, o comentarios extraños a tu alrededor... y una parte de ti intuye que todo eso está relacionado contigo, que has sido , que en algún momento de esa laguna negra que tienes en la memoria... has hecho algo. Algo terrible. Y que no sabes cómo remediarlo, que no sabes ni siquiera si puedes hacerlo, porque no sabes exactamente qué es. Además de que, aunque vives rodeado de gente que te quiere y se preocupa por ti, y que te pregunta todos los días cómo estás y cómo te van las cosas, eres la única que sabe que, durante ese lapso de tiempo, eras otra persona. Una persona a la que no puedes evitar temer y odiar... porque va y viene cuando quiere y como quiere, hace lo que quiere usando tu cuerpo para ello; te está usurpando tu identidad, tus cosas, tus relaciones con tus seres queridos. A veces parece que está consiguiendo apropiarse incluso de tus emociones, de tus pensamientos, de tus sentimientos. Se está apoderando de todo lo que eres, te está robando la vida. Así, un día sí y otro no, porque ni siquiera sabes cuándo volverá a ocurrir, cuándo volverá a tomar los hilos de esa marioneta que eres para él, para dirigirte a su antojo y cometer otra atrocidad usando tu cara. A veces sólo por una o dos horas, otras durante días enteros, o semanas completas... durante años.

Ryou hizo una pausa, y Rebecca se dio cuenta, de repente, de que se había quedado como hipnotizada escuchando su voz. De que casi podía ver en su mente las escenas que él le estaba describiendo, y que una especie de engrudo informe había empezado a fraguarse en su estómago, negro y espeso como el alquitrán.

—Es enloquecedor. —Musitó Rebecca, conmocionada.

Para su sorpresa, volvió a aparecer en los labios del joven aquella sonrisa lobuna, casi retadora, y sus rasgos se endurecieron durante un instante.

—Y ahora... todo se ha acabado. Sé quién era él, y lo que quería de mí. Atem lo venció, y lo desterró para siempre al Reino de las Sombras. Ya no puede hacer más daño, ni a mí ni a nadie. Hasta los Objetos Milenarios han sido puestos a buen recaudo, lejos para siempre de todo aquel que pueda sentir la tentación de volver a usarlos. Pero yo no puedo olvidarlo. Ni debo hacerlo, porque él fue quien me dijo... quien me mostró que yo también tengo un lado oscuro, Rebecca. Soy el Rey de los Ladrones, y el Rey de los Ladrones era yo. De la misma manera que Yugi es Atem. Se podría decir que ambos eramos lo que el otro podría haber sido, si hubieramos tomado decisiones distintas de las que habíamos tomado. Yo no hice aquellas monstruosidades, pero sé que podría haberlas hecho. Como las hice en otro tiempo... en otra vida. A veces miro a Yugi, a Tea, a Joey, a Tristán; y pienso en el Faraón... y tengo la impresión de que sólo él sabía la verdad sobre mí. Lo lejos que puede llegar mi perversidad si le doy rienda suelta a las tinieblas que hay en mi corazón, y de las que no me puedo deshacer del todo, porque forman parte de mí mismo tanto como la buena voluntad que pueda tener ¿Y sabes qué? Casi me alegra que tú también te hayas dado cuenta, porque eres una persona más que me conoce de verdad, que tiene conciencia plena de que no soy una criatura excelsa hecha de luz pura. Ante ti no tengo que fingir que escapé indemne de aquella pesadilla; ni esconder que todavía hay días en los que me despierto completmente aterrorizado, y en los que me pregunto cuántos de mis amigos conservaría si tuvieran la mitad de la intuición que tú tienes ¡Pero tranquila! En esos momentos, en los que no me atrevo ni siquiera a miraros a los ojos, también me acuerdo de lo que Atem me diría si le contara esto: me pediría que recordara aquel primer duelo en el que el espíritu del Anillo se enfrentó a él, el único momento en que pude verlo cara a cara, reconocerme en él, y tomar una decisión por mí mismo. El momento en que elegí a mis amigos. Ese día, a esa hora, elegí luchar contra él mientras fuera dueño de mis sentimientos y mi voluntad... estuve dispuesto a morir, preferí morir antes que someterme a él y hacerle daño a un solo inocente más. De hecho, así hubiera sido, de no ser porque el Faraón intercambió mi alma con la suya y lo encerró en la carta Cambio de Corazón en el último instante, justo antes de que Yugi lanzara el Ataque de Magia Oscura. Y sé perfectamente que, de volver a verme en una situación como esa, haría exactamente lo mismo, porque es lo que quiero hacer... lo que me sale del corazón. Esa decisión, que tomé yo, Ryou Bakura... demuestra ante quien haga falta, ante el mundo, ante los dioses, e incluso ante mí mismo, que todavía había, y hay, esperanza para mí. Y eso me da fuerzas. Me recuerda que, a pesar de todo, a pesar de que todos llevamos la oscuridad dentro de nosotros, somos lo que decidimos hacer con ella.

Guardaron un silencio espectante durante unos segundos, mientras Rebecca seguía absorbiendo aquellas palabras y todo lo que evocaban. Entonces, Bakura rió; y la franca frescura de aquella risa rompió el embrujo. Hasta ese momento, la joven americana no se había dado cuenta de que estaba sentada casi al borde del sofá, mirando fijamente las facciones esculpidas del muchacho, aguantando la respiración.

—¡Hey! ¿Estás bien? Si hubiera sabido que te iba a impactar tanto, hubiera esperado a otro momento para las explicaciones.

—N-no... no tienes que explicarte, es que... que...

Él la observaba atentamente, con una ceja arqueada y la diversión escrita en la cara, mientras ella, un poco avergonzada por haberse quedado desarmada de aquella manera, intentaba encontrar palabras para explicar lo que le había sucedido. Acababa de percatarse de otra de las habilidades de Bakura, una que en cualquier otro momento le hubiera parecido casi siniestra, porque implicaba una gran capacidad de sugestión. Aunque él no tenía pelos en la lengua para opinar, casi nunca hablaba mucho; y prefería escuchar las peripecias y anécdotas de los demás antes que contar las suyas, de manera que, a veces, podía llegar incluso a pasar desapercibido en grupos grandes. Pero, una vez se decidía a contar algo, fuera lo que fuera, no pasaba desapercibido jamás. En su boca, hasta el chiste más viejo del mundo podía acabar haciendo reír al mismísimo Seto Kaiba, y los bulos ya desenmascarados despertar las dudas de los escépticos.

Por suerte, una vez más, estaba utilizándola para algo bueno, y no para hacer el mal (para abrirle su corazón a otra persona, y no para seducir a una eventual presa incauta); así que no tenía motivos para pensar en lo que podría haberle ocurrido si la hubiera visto en acción en otras circunstancias.

—Es que... ¡guau! ¡Eres un narrador brutal!

Aquello pareció sorprender bastante a Ryou; y, por primera vez desde que ella lo conocía, agachó la vista tímidamente, muy sonrojado, como si todavía fuera aquel niño que temía acabar haciendo daño a alguien si permitía a los demás acercarse a él.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto. Yo nunca bromeo con estas cosas ¿Alguna vez has pensado en ser escritor?

El comentario le había salido de dentro, y durante unos segundos se dijo que tal vez se estaba tomando demasiadas confianzas con aquel muchacho, ante el que acababa de reconocer sin la menor ambigüedad su más irracional antipatía. Pero la expresión que apareció en la cara de Ryou le dijo que acababa de hacerle el mejor cumplido que se le podría haber ocurrido nunca.

—A decir verdad... sí. De hecho, he querido ser escritor desde que era pequeño. Antes de empezar a tener problemas con el asunto del Anillo solía escribir por gusto siempre que podía. Y, a día de hoy, estoy estudiando Literaturas Euroasiaticas; y de vez en cuando escribo alguna cosilla, principalmente cuentos de terror o aventuras. Pero todavía no tengo nada que me convenza lo suficiente como para publicarlo. En realidad, todavía me estoy definiendo.

Rebecca tenía la impresión de que le incomodaba un poco hablar de aquello, como si se resistiera a tomarse en serio lo que ella le estaba diciendo. Por la prisa que se dió para decírselo y lo rápido que había intentado restarle importancia, parecía que Ryou no quisiera convencerse a sí mismo de su propio talento.

Fue en ese momento, mucho más que con la explicación que acababa de darle él, cuando se percató de que los horrendos abusos que había sufrido bajo la dominación del espectro oscuro le habían dejado unas huellas profundas y dolorosas, mucho más atroces que las cicatrices del Anillo en el pecho o las súbitas mareas de aguas negras; y sintió que la garganta se le cerraba de angustia.

Aunque ahora sabía claramente qué era lo que no le gustaba de Bakura, no podía dejar de pensar que aquel Rey de los Ladrones que había decidido no llegar a serlo se merecía recuperar la confianza en sí mismo que su yo maligno le había arrebatado.

—Pues a mí me encantaría leer algo escrito por ti. O escucharlo.

Se observaron al otro fijamente, en una especie de duelo de miradas. Ahora era él quien parecía incómodo; pero los ojos de color esmeralda de su anfitriona, vibrantes y llenos de vida, parecieron despertar en él, nuevamente, el deseo de compartir algo. Y, cuando habló, más para sí mismo que para ella, se entrevió en su voz algo que parecía sincera decepción.

—Debes de estar agotada. Has tenido una fiebre muy alta, así que seguramente dormiste mal anoche... y deberías descansar de verdad.

—En realidad me he pasado la tarde durmiendo, y no tengo nada de sueño —contestó Rebecca—. Pero a lo mejor eres tú el que necesita que te deje hacer tus cosas de la facultad... así que, si lo prefieres, puedo irme a mi cuarto.

—No, si es por mí, no te preocupes. Mañana tengo las clases por la tarde, y ya había decidido quedarme levantado trabajando toda la noche. De hecho, si es verdad que quieres oír algo escrito por mí... podrías incluso ayudarme con mi proyecto, que tengo que presentar dentro de unos días. Si realmente quieres, claro.

—¿Ayudarte cómo? No estoy segura de que pueda...

El joven le dedicó su acostumbrada sonrisa pícara, acompañada por el guiño cómplice.

—Anoche tú luciste el trabajo de clase de tu amiga ¿no? Ella necesitaba una modelo para mostrarle a los profesores el resultado de su trabajo; y eso fue lo que tú hiciste, de manera que la ayudaste, aunque el traje fuera un regalo para ti. En mi caso, lo que necesito es... un público. O, más bien, un crítico.

A Rebecca no se le daba demasiado bien la escritura literaria (la escritura científica, que sí dominaba desde pequeña, era mucho más técnica y directa), pero no podía evitar sentir cierta curiosidad por la propuesta de Ryou. Además de que tampoco tenía nada mejor que hacer esa noche.

—Bueno... pues empieza por contarme en qué consiste tu proyecto.

Bakura recogió del suelo el pesado libro que se había puesto a leer poco después de llegar, y sacó de su mochila un cuaderno grueso de pastas duras. Cuando él comenzó a ojear el volumen, a todas luces en busca de un capítulo en concreto, la muchacha pudo leer el título, no sin cierta dificultad: Obras Completas del Romanticismo Británico.

—En clase de Literatura Occidental estamos estudiando ahora mismo la influencia del los movimientos literarios del siglo XIX en la literatura actual. Y, como no, eso incluye hablar del terror gótico: por qué empezó a hacerse popular, por qué se está haciendo popular ahora, en qué se parece el terror neogótico al terror gótico de época... el objetivo es acabar explicando qué tendencias, figuras literarias, arquetipos y tópicos se han mantenido, y cuáles han evolucionado. Para estas fechas, en las que se celebra la fiesta anglosajona de Halloween, a mi profesor se le ha ocurrido un pequeño reto: quienes se presentaran voluntarios tenían que reescribir un relato de la época, uno que no hubiéramos leído ni estudiado antes, empleando sus conocimientos sobre aquellas tendencias literarias, para poner a prueba lo que han aprendido; y para que sus compañeror estudien hasta qué punto se parecen realmente al original del que proceden, o incluso si podrían pasar por relatos de entonces. Naturalmente, tenemos que justificar cualquier respuesta que demos, así como los cambios que hayamos introducido.

—¡Qué idea más extraña!

—Desde luego. Pero la alternativa era pasar una tarde entera encerrados en un anfiteatro para hacer un comentario de texto exhaustivo sobre varias de las obras de Emily Brönte, Mary Shelley o Anne Radcliffe; y todos estábamos más que de acuerdo en que no queríamos acabar odiando el resto de nuestra vida a ninguna de las tres.

Era evidente que al joven, independientemente de sus sueños más o menos frustrados de ser escritor, le encantaba su carrera. Su más que perceptible pasión era, cuanto menos, contagiosa.

—Además, si lo piensas, es un trabajo difícil e interesante: intentar ponerse en la piel de un escritor de hace más de cien años requiere mucho trabajo, consultas, lecturas de artículos especializados e investigaciones de literatura comparada. Así que, sí; es un trabajo extravagante. Pero también es un auténtico desafío para nosotros como investigadores. No es como si nos hubiera mandado hacer lo primero que se le ha venido a la cabeza, sólo para asegurarse de que pasamos un mes entero escribiendo sobre fantasmas.

—¿Y cómo os lo habéis montado? Si es vuestra especialidad, debe de haber sido complicado dar con relatos con los que no hayáis trabajado ya.

—El profesor contaba con eso, así que ha ampliado el registro, y ha incluido algunos poemas en prosa. Como casi nadie las ha leído absolutamente todas, ha hecho un sondeo, y ha elegido las obras más minoritarias entre nosotros. Por ejemplo: yo hubiera podido hacer este trabajo con mucha facilidad con tres de las siete propuestas, pero la mía ha sido un auténtico desafío.

Ryou encontró por fin lo que estaba buscando, y le pasó a Rebecca el grueso tomo para que lo viera.

—Ese es el cuento con el que he tenido que trabajar yo: La historia de Willie el Vagabundo, del que ya existe una adaptación, una obra de teatro romántico francés titulada El recibo del diablo. No es muy largo; pero, al existir ya una adaptación, he tenido que esforzarme bastante por hacer algo más o menos original. No sabía cómo podía recrear una historia como esa, utilizando recursos propios de la época pero sin llegar a copiar ninguna de las dos versiones. Entonces... me acordé de Bakura. Mi yo del pasado.

Aquella mención repentina del oscuro ser, cuya larga sombra habían espantado sólo a medias, hizo que Rebecca diera un respingo. Pero, esta vez, Ryou no parecía en absoluto inquieto, ni incómodo, al mencionar a su predecesor. Como si, al exponer sus sentimientos ante alguien que intuía claramente las huellas de la Oscuridad en él, alguien ante quien no había necesitado ocultar aquella parte de su vida, se hubiera liberado de una pesada carga que lo lastrara; y, tal y como él mismo le acababa de comentar, una vez había puesto rostro y nombre a su fantasma, este hubiera perdido gran parte del poder que tenía sobre él.

—Yugi me contó hace un tiempo que, durante el juego que Atem libró contra el espectro del Anillo, pudo ver durante unos instantes al Rey de los Ladrones. Al auténtico Bakura, tal y como había sido antes de dejarse embaucar por Zorc: un chico bastante curtido, pero que podría tener más o menos nuestra edad, desorientado y aterrorizado, lúcido durante unos instantes, suplicando ayuda mientras su cuerpo se reducía a polvo. Eso me ha hecho pensar: si el hombre a quien el Faraón desterró al Reino de las Sombras era en realidad una encarnación de Zorc... eso significa que Bakura fue seducido por la oscuridad desde su sed de venganza, pero que él no era la oscuridad. Al menos no todavía, no hasta que se sacrificó para invocar a Zorc. En aquella época, saquear la tumba de un rey era un acto verdaderamente impío, una blasfemia de la peor clase, porque los faraones eran considerados la encarnación viviente del dios Horus. Bakura hizo eso para reclamar los Objetos Milenarios como rescate de la momia de Aknamkanon, un gesto desesperado y arrogante. Pero no es lo mismo que provocar la destrucción de la raza humana. Cada vez estoy más convencido de que, en realidad, el verdadero artífice de aquella catástrofe fue Zorc; y que Bakura sólo acabó ofreciéndose a él tras un proceso lento y largo de degradación mental y espiritual bajo su influencia.

—Me recuerda un poco a lo que cuentan las leyendas sobre los pactos con el diablo —comentó Rebecca—. Mi abuelo, como arqueólogo, tiene unas cuantas nociones de teología. Según sus teorías, las supuestas ceremonias satánicas para pactar con Lucifer, con todo el rollo de sacrificar vírgenes, realizar orgías, cometer incestos y cosas por el estilo, en realidad no forman parte de los rituales de invocación. Son sólo el paso previo para poder llamar al Ángel Caído: mancillar hasta el límite de lo inhumano el alma del invocador, dirigirse voluntariamente hacia la condenación, alcanzar el nivel de maldad requerido para ser reclamado por Satanás. Porque, de lo contrario, si todavía queda un resquicio de bondad, una esperanza de arrepentimiento, Dios puede arrancar el alma de las garras del diablo en el instante mismo de la muerte; y entonces el pacto no se completará.

—Eso es lo mismo que yo pensé —corroboró Ryou, sonriente—. Y, a partir de ahí, se me ocurrió una manera de adaptar el relato: ambientarlo en el Antiguo Egipto, entorno a los Objetos Milenarios y los Juegos de las Sombras. Son personajes oscuros de la Historia, y una de las tendencias más habituales en la narrativa romántica es la evasión, los entornos exóticos y misteriosos, las intrigas históricas y las aventuras envueltas en grandes acontecimientos del pasado, el recurso favorito de Walter Scott. Así que no es del todo inverosímil que este hombre pudiera escribir una novela sobre saqueadores de tumbas, espectros oscuros y reliquias malditas ¿verdad?

No estaba del todo segura de que escuchar un relato sobre el Rey de los Ladrones fuera a ayudarle con insomnio circunstancial. De hecho, aunque había sido ella quien lo había sacado a colación, los pactos con el diablo eran uno de los pocos temas de literatura y cine de terror que le desagradaban infinitamente, y sobre los que no quería ver ni leer nada. Pero sí le interesaba la posibilidad de escuchar una historia ambientada en el Antiguo Egipto, y enterarse de algunos detalles más sobre la aventura que su grupo de amigos había vivido para rescatar los recuerdos del Faraón. Bakura estaba sacando a relucir de nuevo su talento secreto: ella estaba empezando a entusiasmarse con la idea tanto como él, y tenía que contenerse para no mirar con impaciencia el cuaderno abierto del muchacho, donde podía reconocer páginas enteras cubiertas con su elegante y discreta caligrafía.

—Estoy deseando escucharlo.

Todavía un poco azorado, Ryou respiró hondo, se aclaró la garganta y empezó a leer.


El título de esta historia, Egytian Nights, hace referencia al título en inglés de Las mil y una noches. Lo he llamado así porque es, en realidad, una historia de historias. Los capítulos que siguen son una versión YuGiOh! de este cuento gótico, La historia de Willie el Vagabundo, de Walter Scott, que leí hace poco y me pareció perfecto para este relato.

El título de este capítulo hace referencia a una canción del grupo español Celtas Cortos.

Espero que les guste.

¡Pasen la página y lean...! Si se atreven.