El capi no me ha quedado como quería, más corto de lo que pensé, pero al menos ha salido. Mil perdones.


Pacto de sangre 2

Noche de locuras


Catorce años atrás…

—¡Bájate de ahí!

Sakura se mordisqueó los dedos con miedo mientras su cabeza estaba echada hacia atrás lo máximo que podía para mirar al joven encaramado sobre el árbol. El temor y el sentirse inútil la bloqueaban en el sitio.

Ajeno a ello, Naruto Uzumaki saltaba de rama en rama, entre carcajadas y torpes aciertos.

—¡Se lo diré a tu padre! —gritó angustiada.

Él se detuvo para mirarla ofendido.

—¿¡Por qué!? ¡Esto es divertido! Además, los mayores están reunidos. Si fueras a decírselo a mi padre, el tuyo se enfadaría.

Sakura sabía cuan de ciertas eran esas palabras. Aun así, estaba tan asustada que no le importaba recibir unos buenos azotes con tal de que alguien bajara de lo alto del árbol al idiota Uzumaki. Era mejor eso que una pierna rota. Y encima, era el hijo de un líder importante como era el clan Uzumaki. Si ella estaba cuidándole y ocurría una desgracia… ahí su padre no le daría unos simples azotes.

—Tsk, de nuevo.

Giró la cabeza hacia su lado izquierdo al escuchar aquellas palabras. Sasuke Uchiha se había detenido a su lado, con las manos dentro de los bolsillos y mirando fijamente hacia el otro muchacho. Sakura sintió que su corazón se encogía.

—No me hace caso —protestó.

Sasuke asintió y comenzó a correr hacia el tronco del árbol. Antes de que sus pies llegaran a tocar la madera, algo estalló. Un ruido sordo que hizo temblar el suelo y que ella cayera de rodillas. Sasuke cayó de lado. Y obviamente, Naruto se cayó del árbol.

Tan rápido como Sasuke se puso en pie corrió hacia ella, tirando bruscamente hasta esconderla tras el árbol donde Naruto había caído. Ambos niños se miraron con los ojos abiertos de par en par. Si Naruto se había hecho daño no lo dijo, pero por la forma en que apretaba los dientes no necesitaba comprobarlo.

El trio se agazapó tras el arbusto, acurrucándose entre ellos. Pese a que Naruto estaba enrojecido y jadeaba, se quedaron tan inmóviles como pudieron.

Sasuke le cubrió las orejas a Sakura hasta que no pudo más. La chica no necesitaba escuchar realmente para saber qué ocurría. Cuando sus manos descendieron, fue cuando una figura apareció en el patio.

El terror la estrangulaba.

Otro hombre se acercó a él, arrodillándose frente a la figura.

—¿Habéis terminado?

—Con lo que hemos podido, señor.

—¿A qué te refieres?

—Hemos intervenido demasiado tarde. Es cierto que los líderes han sido extinguidos, pero ya habían llegado a un tratado. Ahora, son sus herederas las que cuentan. Han creado un pacto para proteger sus derechos y sus territorios.

—Espero que hayáis extinguido a esas ratas.

—No, me temo que no. Tanto Hinata Hyûga, Ino Yamanaka como Sakura Haruno han caído bajo la protección de los clanes mayores y todas han sido puesta bajo custodia. Ya no podremos volver a tocarlas. Solamente tenemos a una de ellas. Y dado que Arena solo tenía un varón heredero tampoco está presente.

—Tsk. Entonces, nos tendremos que ir con lo que tenemos.

El hombre se volvió hacia ellos…

Presente.

Gritó. Con todas sus fuerzas. El sudor recorriéndole cada poro de su piel. Se llevó la mano a la boca para retener los gritos y las arcadas. Pateó las sábanas y buscó a tientas la luz. Una mano aferró la suya, cerrándose al contorno de sus dedos. Volvió a gritar y removerse.

—Tranquila, Sakura-dono. Tranquila.

La voz de Naruto y la luz encenderse la ayudó a concentrarse. Estaba en su dormitorio, no escondida en aquel matojo. Tampoco tenía menos edad que ahora. Naruto era ya un joven adulto y más fuerte que por aquel entonces. No tenía el brazo herido y tampoco se escondería junto a ella.

Buscó angustiada a cualquier posible atacante, pero no había nadie más que él y ella en la habitación. Se encogió contra su cuerpo y Naruto la estrechó con fuerza entre sus brazos.

—Ya pasó —le susurró—. Era una pesadilla.

Sakura asintió y escondió la nariz en el cuello de su camisa.

—Soñé con aquel día hace catorce años.

Naruto se tensó en el mismo instante que sus palabras salieron de su boca. Los recuerdos debían de estar atacándole, en los remordimientos de un niño que se sintió impotente.

—Olvídalo, Sakura-dono.

Lo intentó. Pero el recuerdo era tan vívido que apenas podía hacerlo.

Todavía recordaba la forma en que se había agachado frente al tronco del árbol para recoger el lazo que se le había caído de su cabello y cómo se lo llevó a la nariz para inhalar su olor. Nunca jamás volvió a usarlos. El solo pensar en ello la aterraba.

—¿Dónde está Sasuke? —preguntó al percatarse de la falta del moreno en la habitación.

—Es su noche libre, así que seguramente ha salido a beber.

Y tomar algo más que una bebida, se dijo.

Apretó los labios e intentó luchar contra el ramalazo de celos que le llenó las tripas y subió por su boca. Sasuke no tenía por qué darle explicaciones. En sus noches libres ella no era su prioridad y desde luego, era lo suficientemente libre como para acostarse con cualquier mujer que deseara.

Entre la pesadilla y el malestar por un hecho que no podía luchar, sintió que esa noche ya no podría dormir.

Se liberó del agarre de Naruto para intentar ponerse en pie. Las piernas todavía le temblaban y podía sentir la bilis tentando a su estómago.

—¿Sakura-dono?

—Iré a entrenar un poco. Dudo que pueda dormir.

Naruto la observó con esos ojos del cielo cargados de preocupación.

—¿Quiere que me acueste a su lado?

Sakura le miró con una ternura que sentía desde sus tiempos de niñez. Cuando era tan solo una niña Sasuke y Naruto se turnaban para cubrir sus pesadillas y acostarse a su lado. La reconfortaban de un modo cariño y ajeno a todo lo sexual. Pero ambos ya no eran niños y aunque no sentía nada por él, tampoco quería incomodarlo por el hecho de que el cuerpo de un varón despertaba antes que el de una mujer.

La última vez que había pasado aquello Naruto se fue tan incómodo de la habitación que resultó doloroso. Mientras que con Sasuke esas cosas no pasaban.

Ese hombre era un témpano de hielo.

—No. Creo que un poco de ejercicio me ayudará. Gracias.

Naruto asintió y se preparó para darle la espalda. Mientras que Sasuke era descarado y la observaba siempre que se cambiaba, como si la retara a intentar seducirlo de algún modo, aunque estos intentos siempre terminaban en fracaso, Naruto era delicado y respetuoso.

¿Por qué no podía preferir el Sol en vez de la Noche?

Mientras los pensamientos se debatían en su cabeza se vistió. Aprovechó que Sasuke tampoco estaba de por medio para cuestionar su ropa y se enfundó unos leggins apretados de deporte, zapatillas y una camiseta de tirantas que se amoldaba a la perfección a su cuerpo.

No era una mujer de un gran busto, pero le gustaba lucir lo que tenía.

Maldito fuera ese Uchiha y su difícil forma de ser cortejado.

—Ya puedes mirar —informó para que Naruto dejara de entretenerse con las vetas de la madera en la pared.

Se encaminó hacia la puerta y avanzó con Naruto a su espalda hasta la sala de entrenamiento. A sus padres siempre le habían gustado estar en forma y que los hombres que trabajaban para ellos pudieran tener un modo de quemar la adrenalina para evitarse enfrentamientos de más. A Sakura le gustaba ese lugar.

No por quemar grasas, si no por la idea de desfogarse. Solo tenía que plantarse frente a un saco de boxeo, imaginarse que era su peor pesadilla y golpearla con todas sus ganas.

Casualmente, en ese momento, la loca idea de ver a un hombre de cabellos negros y oscuros frente a ella, con otra mujer, le acarreó la suficiente furia como para descargarla sobre el saco.

Naruto, tras ella, se acomodó contra la pared y cruzó de brazos.

Desde el día de la reunión en que dieron sus condolencias a Ino y a la amante de Asuma, estaba completamente en babia. Como si su mundo estuviera más en otro sitio que ahí. Y no le extrañaría que fuera a causa de una mujer.

Tras que Karui lo abofeteara esperó que se comportara, pero esa ensoñación continuaba ahí.

Se detuvo para limpiarse el sudor bajo la barbilla y lo miró de reojo.

—¿Hay algo que quieras contarme, Naruto? —cuestionó.

Sabía de sobras que los hombres tenían esa facilidad de contarse las cosas a medias y entenderse. A veces, pareciera que con solo una mirada fueran capaces de ver más allá. Quizás las mujeres fueran más complicadas porque necesitaban hasta fecha y nombres.

Naruto se mostró sorprendido, hasta dubitativo.

—¿Algo, Sakura-dono?

Asintió y volvió a golpear el saco con la rodilla, esa vez.

—Estás algo despistados estos días y solo conozco una razón para que sea. Y mucho me temo que realmente no tiene nada que ver con la muerte de Asuma Sarutobi.

El dolor ante el recuerdo de la muerte del hombre se mostró en el tic de su quijada. Sin embargo, continuó mirándola con detenimiento.

—Una mujer —recalcó cuando vio que no se daba cuenta de por dónde iban los tiros—. Estás enamorado o algo así.

Naruto se quedó pálido. Se arrodilló y apretó los labios de forma sumisa. Sakura suspiró. Se acercó a él y colocó una mano en su hombro antes de sentarse frente a él.

—Olvídate de que ahora soy quien soy. Siempre hemos sido amigos. Háblame como uno de tus amigos.

Naruto levantó la cabeza para estudiar su rostro. Seguramente si Sasuke hubiera estado ahí no habría cedido. Pero se sentó frente a ella de piernas cruzadas y rascándose la nuca.

—Me acosté el otro día con una mujer que no puedo olvidar —expresó avergonzado de una forma tan adorable que Sakura sintió deseos de apretarle las mejillas—. Pienso que hasta podría ser la mujer de mi vida. Las demás chicas, Sakura-dono, no se ofenda, pero no terminan de entrarme siempre dentro. Calarme. Pero esta mujer… tengo el sabor en la boca, mis manos recuerdan su tacto —añadió mirándoselas—, y mi nariz está impregnada de su olor. Y sin embargo, no sé quién es.

Sakura se mostró interesada. No era ajena al hecho de que Naruto buscara una compañera sentimental a la que aferrarse. La vida le había quitado a su familia y que él deseara formarla no le parecía tan horrible. Por más que fuera su mano izquierda.

—¿No tienes ninguna pista?

—No —negó pensativo—. O quizás sí.

Sakura se echó hacia delante, emocionada con la idea de compartir algo tan importante.

—Creo que tiene que pertenecer al clan de los Hyûga. Sus ojos, no puedo olvidarlos. Y eran esa característica que solo ellos poseen.

Fue el turno de Sakura quedarse pensativa.

El clan Hyûga contaba con muchas ramas familiares que, por suerte, no desaparecieron cuatro años atrás. Eran tantos que resultó imposible para la raíz destruirlos. Hinata fue de las primeras niñas que abandonaron el lugar, siendo cobijadas por sus familiares. Tenía tantos primos, tíos, familiares extras que eran como un nido de arañas.

Escarbar para buscar a la mujer especial de Naruto solo tenía un punto.

Llamar a Hinata.

.

.

Sasuke detuvo el vaso de whisky que estaba llevando a su boca cuando sintió las pequeñas manos pasarle por los hombros. No necesitó echarle dos miradas para reconocerla. Tampoco era necesario percatarse del guardaespaldas tras ella que fingía tomar una copa como cualquier otro comensal.

La cantante se dejó caer en el asiento junto a él, sacudiéndose el cabello y mirándole en espera. Levantó un dedo y la indicó. El camarero no tardó en servirle una copa.

—Hacía tiempo que no te veía por aquí. ¿Tu ama te tiene demasiado sujeto por la correa?

La miró solo un instante, lo suficiente como para que notara su desagrado ante su pregunta. Ella hizo una perfecta o con sus labios.

—Se me olvidaba lo fiel que eras.

Sasuke apuró un sorbo de su copa. Ella se inclinó más, acomodando la cabeza contra su hombro.

—Siempre has sido igual. Siempre he querido acercarme a ti y era imposible. Cuando eras un niño te echabas a berrear y tu hermano era el que tenía que calmarte. Nunca me has querido y aún así, eres capaz de sentir por mí.

Su mano, ágil y cálida traspasó la barrera hasta su entrepierna. Sasuke sintió como su sexo quedaba a su merced y, muy en contra de él, reaccionaba a las caricias de la mujer.

—Esto no te ocurre con ella. ¿Verdad?

Sasuke maldijo entre dientes. Con esfuerzo llevó su mano hasta la de ella pero no la detuvo.

—Ven conmigo —susurró la mujer en su oído.

Se alejó de él lo suficiente para que el aire cargado del bar le recordara dónde y quién era.

—No —negó firme echándose hacia atrás.

Se puso en pie y la miró desde su altura. La erección empezaba a desaparecer.

—¿Qué? —siseó ella—. No me digas que has venido para decirme que esto se ha terminado. ¿Acaso tu ama te lo ha ordenado? —chirrió. Sus ojos castaños se abrieron de sobremanera—. ¡Esa zorra frígida!

Sasuke la aferró del cuello del vestido. Llevó su mano hasta su arma y apuntó al guardaespaldas. Le bastó para mirarle de reojo y ver que se sentaba. La mujer se debatió en su agarre.

—No vuelvas a insultarla nunca jamás delante de mí —recordó volviendo a centrarse en la mujer.

Ella echó la cabeza hacia atrás.

—Bien. Si quieres que deje a esa mujer. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Sasuke le sostuvo la mirada durante un rato. El tiempo suficiente como para guardar el arma y soltarla. La mujer volvió a girarse y caminar hacia los vestuarios.

Sasuke comenzó a seguirla.

Con la mandíbula apretada y la venganza en la punta de la lengua.

Los camerinos eran un añadido más al bar. Únicamente la cantante y el personal tenían derechos a traspasarlo. El gorila frente a la puerta lo detuvo un brusco movimiento de su mano y extendió la otra. Sasuke maldijo entre dientes. Sacó el arma de su funda y se la entregó. El gorila gruñó colocándola sobre una mesa y volvió a extender la mano.

Por supuesto.

Le entregó las armas y bufó para seguir a la mujer al interior del pasillo. Diversas estancias remarcadas por puertas separaban el lugar de mercancías con las habitaciones. El despacho del jefe estaba al final del todo. El camerino de ella la segunda puerta. Las demás seguramente serían utilizadas para otros trabajos sucios.

No le importaba.

Solo tenía que seguirla, mirando a cualquier otra parte que no fueran las curvas y el movimiento de sus caderas.

Cuando entraron en el camerino, la mujer cerró la puerta tras él con el pestillo. Sasuke solo miró un instante, el tiempo suficiente para que ella ni lo notara. Se centró en la decoración llamativa. De colgantes y fulares. De seda y ropajes caros. Un maniquí con un vestido oscuro descansaba en un rincón. Tras largas cortinas cojines que utilizaba como litera.

Suspiró al sentir que le tocaba.

—Siempre tan dócil para ella y para mí… odio que me mires así.

Ni siquiera sabía la verdad. Él no era dócil con ninguna mujer. Ni siquiera Sakura conseguía eso de él.

—¿Por qué nunca puedes ser mío?

Rechinó los dientes para no responder. Ella le rodeó hasta quedar frente a frente. Sus ojos se encontraron.

—Sois diferentes y a la vez tenéis la misma mirada. Tú y tu hermano… parecéis cortados por el mismo patrón.

Sasuke intentó controlar sus instintos. La mujer continuó meciéndose a su alrededor hasta que lo empujó con ambas manos hacia la litera. Sus pies tropezaron con las telas. Ella lo rodeó nuevamente y gateó entre los cojines. Le aferró la corbata entre los dedos y tiró de él hasta que sus bocas quedaron a escasos centímetros.

—Pero… en estos momentos da igual Itachi o esa mujer. Tú… eres solo mío.

Cerró los ojos y se dejó llevar. El pasado repitió en su mente los sucesos de aquel día, aquel momento tan amargo de hacía quince años…

.

¿Por qué? —Su voz temblando.

¿Qué importa por qué? Simplemente es algo que ha de suceder. Eres el último hijo, simplemente si te erradicamos, nunca tendremos que agachar la cabeza para con ella.

Sasuke recordaba la sensación del grito acallado en su garganta. La presión de sus cuerdas por estallar en un grito.

La katana cerca de su cuello.

Y, de repente, una figura aparecer frente a él, protegiéndolo con su cuerpo.

¡No!

Sakura-dono. Apártese. Esto es algo interno del clan Uchiha.

La niña negó, cabezona.

El clan Uchiha está bajo mi mandato. Y es Mío. Sasuke Uchiha estará bajo mi protección, aún si pertenece al clan o como si no. Si lo asesinas, me aseguraré de que todo el clan Uchiha caiga bajo mi poder.

.

Para una niña, en aquel tiempo, aquella fuerza de voluntad y decisión sorprendió al resto del clan. El deber de obedecerla y soportar sus órdenes le salvaron la vida. Pero Sakura había cosas que no sabía de él. De su clan.

Y era mejor que continuara así.

.

.

Shikamaru cerró el encendedor una y otra vez hasta que se pellizcó el pulgar. Maldijo entre dientes y apretó el objeto entre sus dedos. Los ojos se le aguaron por un instante al recordar quién se lo regaló.

Asuma Sarutobi no solo había sido su mentor, si no que era un padre para él. Cuando su padre y el de Ino fallecieron años atrás, Sarutobi ocupó ese lugar y se lo ganó con creces. Aunque fuera el mentor de muchos de ellos, Shikamaru había sido testigo muchas veces de su extraña preferencia por el clan InoshikaCho, como le gustaba llamarles.

La muerte había sido un ramalazo para ellos. Perderle les había dolido demasiado.

Y era el tipo de dolor que mirar las nubes no se llevaba. Seguía agarrado a su pecho con fuerza.

Se había pateado las calles en busca, no solo de distracción, si no de también de la mera oportunidad de encontrarse con el desgraciado que hubiera osado asesinarle. Aunque sabía que eso iba a traer una consecuencia a cambio.

Por eso, cuando Ino apareció en la entrada de su dormitorio y lo abofeteó no le pareció una sorpresa.

—¿Tienes idea de lo preocupada que estaba por ti, Shikamaru?

El hombre solo atinó a llevarse la mano al lugar palpitante de su cabeza y mirarla sin estar realmente ahí. Ino tenía los ojos acuosos y los labios le temblaban.

Cuando tiró de ella para estrecharla entre sus brazos fue como si viera todo desde fuera. Como si él realmente no fuera dueño de sus actos. Ni siquiera cuando sus bocas se unieron o cuando cerró la puerta tras ellos.

Horas más tarde, cuando mirase la espalda desnuda de la mujer a la que había jurado servir por encima de todo, bostezaría ajeno a ello. Su mente estaba en las mil y una forma de vengarse.

—Siento que te perderé si sigues por ese camino, Shikamaru.

Ino se volvió para mirarle. Apoyó la mano sobre su torso desnudo y acomodó el rostro en su cuello.

—No soportaría perderte a ti también. O a Chôji.

Shikamaru le rodeó los hombros con el brazo y besó su frente.

—Tengo que hacerlo. He de encontrar a su asesino.

—Entonces, hagámoslo bien. No en plan kamikaze —suplicó incorporándose para mirarle a los ojos.

Shikamaru le sostuvo la mirada.

—No lo haré en ese plan. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados.

Ino jugueteó con sus cabellos.

—¿Y si te consiguiera una entrevista con Gaara? Ese hombre tiene oídos por todos lados. Podría servirte.

—Las industrias Arenas ahora van por un camino correcto. Dudo que Gaara quiera meterse en un asunto tan turbio.

Ino lo sopesó.

—Sigue siendo un Yakuza. Y si consigue algo a cambio, seguro que querrá.

—¿Y qué propones que le dé a cambio?

Ino apretó los labios. Antes de que sus palabras salieran de su boca, Shikamaru lo comprendió. Se incorporó para asirla de los hombros.

—¿Estás de broma? Ni hablar.

—Es lo único que puedo ofrecerle. Así que irás y lo harás —aseveró soltándose de su agarre.

Buscó su kimono y se lo echó por encima. Shikamaru se quedó estático en el lugar viendo cómo la mujer se alejaba.

La decisión que había tomado no aceptaría un no por respuesta. Y mucho menos haría caso de lo que él o Chôji dijeran.

.

.

Gaara miró frustrado su colchón.

Quería acostarse. Hundirse en el plácido abrazo de Morfeo y no despertar hasta que el mundo dejara de ser mundo. O que las ranas criaran pelo. No importaba. Solo quería descansar.

Y sin embargo tenía que haberse llevado a casa trabajo. No podía haberse llevado una mujer, que sería lo más factible. Echar un polvo y luego podría sumergirse en el mundo de los sueños. Pero es que ni siquiera eso le apetecía en ese momento.

Desde la muerte de Asuma Sarutobi el trabajo le había llovido del cielo. Aunque era una gozada llenarse los bolsillos, también un quebradero de cabeza el hecho de que todas las familias del territorio se pusieran de acuerdo para asustarse a la vez y querer reforzar sus hogares.

Las firmas de contratos aumentaron a un límite superior y tenía más reuniones organizadas de las que podría asistir si quiera. Su bandeja de correo estaba que echaba humo mientras su café se quedaba helado.

Maldijo por dentro y se levantó para calentarlo en el microondas. Al cuerno el café fresco.

Pero cuando salió al pasillo se detuvo al escuchar la voz de su hermana.

—Lo entiendo, pero es una suma demasiado grande solo para lo que nos pide. Deja que lo consulte igualmente con mi hermano, pero aún así no puedo aceptarlo. Sí. Sé que mi hermano es el jefe… no. No quiero crear una guerra entre clanes… yo… ¡Dios! ¿No vas a escucharme?

Gaara se asomó al salón con su taza de Tanuki en la mano. Temari iba en pijama y caminaba de un lado a otro mientras se alborotaba sus ya rebeldes de por sí cabellos. En una de sus vueltas se detuvo al verle.

—Vale. Ya está. Si no puedo convencerte… hablaré con mi hermano. Buenas noches.

Gaara desvió la mirada hacia el reloj sobre el mueble de la entrada. Las tres y media. Aquella debía de ser una llamada importante. Temari lanzó el móvil bruscamente sobre la mesa del comedor y apoyó el trasero sobre esta.

—Dios…

Gaara enarcó una ceja.

—¿Quién era?

—Si te lo cuento no me creerías. Pero has de creerme porque es algo… un follón —terminó al encontrar no otra palabra que describiera la gravedad del asunto—. Más te vale decir que no. Pero por otro lado podrían tomarlo como un insulto. ¿Cómo demonios vamos a tratar esto?

Gaara dejó la taza sobre la mesa. Se metió las manos en los bolsillos y se inclinó hacia ella.

—¿Qué tal si empiezas por contármelo?

Temari le miró horrorizada.

—Si te lo cuento será como si ya hubiera expuesto la petición.

Gaara chasqueó la lengua con impaciencia. Un gesto que siempre solía hacer que su hermana soltara cualquier problema que tuviera y él estuviera incluido. Aunque era cierto que Temari tendía a guardarse demasiadas cosas para ella.

—Ino Yamanaka ha propuesto un casamiento entre vosotros a cambio de que la ayudes a buscar al asesino de Asuma Sarutobi —soltó en un tropel de palabras rápidas.

Gaara apenas captó unas cuantas. Hubo una que le creo un escalofrío más grande que si le hubieran echado una cubeta de agua helada encima.

—¿Matrimonio?

—Eso he dicho —confirmó Temari frotándose las manos—. Ella quiere ofrecerse a cambio de que busquemos a un asesino por ella. Es cierto que nosotros siempre hemos manejado la información mejor que ninguno de los clanes, pero ofrecerse de ese modo por tal de llevar a cabo tal venganza… es excesivo.

Gaara retrocedió pensativo.

Conocía a esa mujer. Era una de las mujeres más hermosas de los clanes. Hubo un año en que se celebró una encuesta en una revista de popularidad y belleza. Yamanaka Ino quedó como la primera seguida de cerca por Hinata Hyûga y tercera por Sakura Haruno. No podía negar que era una mujer hermosa. No. Sus curvas eran un vicio para cualquier hombre. Pero ese era el problema que residía en ella.

Era como un varón cuyo pene siempre necesita adentrarse en la cueva de una mujer. La única diferencia es que era una hembra.

Si se casaba con ella estaba seguro de que tendría los cuernos más impresionantes del mundo. Y no, gracias. Él no tenía relaciones precisamente por ese punto, entre muchos otros, claro.

Si esa mujer ofrecía, no solo su cuerpo y su unión de por vida, si no sus bienes por tal de conseguir quién asesinó a Sarutobi, es que estaba desesperada. ¿Acaso la furia y el dolor no le permitían pensar?

No. Antes tenía que averiguar qué ocurría ahí.

—Preara una cita con ella. Para mañana. Déjale claro que no quiero un subordinado en mi despacho; la quiero a ella.

—Gaara —suplicó Temari aferrándole de la camiseta.

Gaara la miró un instante. Generalmente, Temari se soltaría al percatarse de su atrevimiento. Podía haber cambiado, pero sus hermanos continuaban teniendo cierto recelo hacia él. Sin embargo, la preocupación por él pudo conmoverle un poco.

Le sostuvo con delicadeza las manos.

—Deja que me ocupe de esto, Temari. Confía en mí.

Cogió nuevamente su taza y decidió que iba a tener que hacer la cafetera. Esa noche iba a ser más larga de lo que creía.

.

.

Hinata alargó la mano para apagar el sonido del despertador hasta que se dio cuenta que por más que golpeara el aparato el sonido continuaba intermitente en sus oídos. Abrió un ojo y lo cerró al darse de lleno con la luz del teléfono.

Eran las seis de la mañana. Todavía podría dormir una hora más. ¿Quién demonios había colocado la alarma a esa hora?

Podría pensar en matarlo si no fuera porque fue ella misma.

Se levantó a regañadientes y bostezos y caminó hasta su armario mientras luchaba por apagar la dichosa alarma. Cuando fue consciente de que realmente no se trataba de esta, descolgó.

—¿Sakura-chan?

—Ah. Hinata. ¿Te desperté?

—No —mintió. A veces era mejor así—. ¿Ocurre algo?

Escuchó una risita por parte de Sakura.

—Algo así. Quería llamarte temprano por qué sé que sobre esta hora sueles ir a tus prácticas de tiro y quería pillarte antes de que fueras a ellas.

Miró hacia el calendario casi forzando la vista. Aunque tuviera una visión al cien por ciento, cuando una persona está dormida y todavía tiene lagañas en los ojos, no importaba. Vio el cuadrado marcado en rojo que confirmaba que sí, realmente tenía prácticas de tiro. Ya podía imaginarse a Shino desayunando un café con tostadas mientras intentaba echar de la cama a un Kiba perezoso.

Volvió a bostezar y atrapó su ropa de deporte. Si iba a practicar, al menos estar cómoda.

Pese a que se podía esperar de ella una plataforma, un arma y una diana, Kiba y Shino eran peores que un perro royendo un hueso, así que sus prácticas no eran para nada normal. Un campo completo de tiroteo le esperaba.

—Espera un momento, Sakura-chan —pidió.

Dejo el móvil a un lado y se quitó la parte de arriba del pijama para ponerse la del chándal. Volvió a pegar el teléfono al oído y caminó hacia la silla más cercana para ponerse los pantalones.

—¿Qué me decías?

—Te contaba acerca de si sabes si algunas de tus chicas ha estado de fiesta estos días.

—¿De fiesta? —lo sopesó.

No tenía mucho conocimiento de ello. Mientras que Kiba armaba un jaleo cada vez que ella salía de fiesta, Hinata no tendía a preocuparse de sobremanera porque alguna de sus chicas decidiera echarse una cana al aire. Tampoco las tenía vetadas. Y de todas maneras, la mitad de ellas estaban entrenadas para protegerlas.

La otra raíz de la familia vivía en otras casas extendidas y poco sabía de ellas más que en las reuniones necesarias. Tampoco podía decir mucho de ellas.

—Puede que alguna haya salido estos días. ¿Por qué lo preguntas?

Se cambió el móvil de oído para abrir el grifo del agua y mojar el cepillo de dientes. Un nuevo bostezo la atacó.

—Me da curiosidad —expresó Sakura desde el otro lado—. Porque quizás tenga que buscar a una especial. Confiaba en que tú supieras quien es. No te ofendas, Hinata, pero toda tu familia os parecéis un montón que a alguien de fuera nos cuenta descubrir quién es quién.

Hinata rio entre dientes.

Era un hecho conocido. Su padre mismo tenía un gemelo idéntico al que usaba como cebo muchas veces. Mientras que su padre había odiado a muerte ese hecho, cuando ocurrió la tragedia catorce años atrás, ambos murieron. Y para sorpresa de todos, su padre se interpuso entre la bala que iba a por su tío. Su tío, no obstante, al final fue masacrado cuando en un acto heroico se lanzó contra sus atacantes.

Así pues, la chica que estaba queriendo conocer Sakura podría ser cualquiera. Mientras que para ella sería muy sencillo de encontrar, para Sakura era como un mundo.

—¿Tienes alguna pista?

Sakura pareció meditarlo, tiempo que ella usó para enjuagarse la boca y salir al dormitorio.

—No sé… un tatuaje, la forma de su cabello. El olor, incluso —expuso.

—Espera, voy a preguntar.

—¿Preguntar?

Sakura no respondió. La escuchó cubrir el auricular y aún así, logró escuchar el murmullo de una voz masculina desde el otro lado.

Aguantando el auricular con el hombro, abrió la cortina para quedarse mirando fijamente a la limusina que había aparcada frente a la puerta de su casa.

Cuando la puerta se abrió apretó los labios en sorpresa.

—Bueno, esa chica tiene un tatuaje en la espalda en forma de…

—Lo siento, Sakura-chan —interrumpió—. Tengo que dejarte. Luego más tarde te llamaré para intentar ayudarte.

Sin esperar una respuesta colgó.

Se recogió los cabellos en una coleta y abandonó la habitación. Los murmullos ya habían comenzado a su alrededor. Mujeres preguntándose quién era el visitante. Otras más conocedoras de la verdad, cuestionándose por qué había vuelto.

Fuera como fuera, Hinata sentía el corazón latirle a mil por hora en el pecho.

Kiba y Shino se reunieron con ella en la entrada a la par. Ambos escoltándola.

Cuando llegaron a la altura de la puerta él ya había descendido. En un traje de vestir negro, con corbata y los cabellos sueltos. Unos ojos semejantes a los suyos le devolvieron la mirada, severa.

—Neji-nii-san —saludó en una reverencia—. Bienvenido a casa.

Neji Hyûga era el hijo del hermano de su padre. Un joven mayor que ella que no había tenido la vida dulce que se esperaba para un niño y quien tampoco había podido extender la mano para tener de todo cuanto deseara.

Se detuvo frente a ella e inclinó la cabeza.

—Estoy en casa, Hinata-dono —saludó—. Y creo que he llegado justo a tiempo de evitar una hecatombe en nuestra casa.

Hinata le miró sin comprender. Al menos, hasta que extendió la carpeta frente a su rostro. Kiba fue quien la tomó por ella y la abrió por seguridad. Neji se cruzó de brazos mientras esperaba. Hinata se inclinó para ver, con sorpresa, las imágenes dentro de la carpeta.

Ella, sujeta del brazo de un hombre al que la cámara no había conseguido capturar su cabeza.

Ella, riendo como loca y quitándose los zapatos.

Ella, en su noche más loca.

Continuará...