Capítulo 2: sudor y esfuerzo
Conectó el timbre del despertador, subió el volumen a l máximo y lo lanzó sobre la cama en la que Kagome dormía boca abajo con las sábanas cubriéndola hasta la nariz. El estridente sonido combinado con la aparición de un objeto que revotaba sobre la cama provocó una sacudida en la joven, la cual se movió bruscamente, luchando contra las sábanas. Al lograr apartar la última de ellas, estiró un brazo desnudo, agarró el despertado y, ante su atónita mirada, lo lanzó contra el armario con tal fuerza que podría haberlo partido por la mitad. El despertador, por supuesto, no dejó de sonar, pero a ella no parecía importarle. Volvió a echarse las sábanas por encima, ignorándolo por completo.
Había subestimado a la joven: tenía mucho más carácter del que aparentaba. Lamentablemente, él tampoco se levantaba de buen humor, era su jefe allí y no le gustaba que mal trataran su despertador, con el que acababa de desarrollar una relación afectiva basada en la compasión. Si el ruido no le despegaba las sábanas, lo haría el frío. Se dirigió hacia la cocina, cogió una cubitera y la llenó con el hielo de la máquina que tenía la nevera. Después, echó agua fría de la reserva. No era su estilo congelar a las mujeres a primera hora, lamentaría aquello más tarde.
Tuvo que aprovechar el impulso para hacerlo antes de que la culpabilidad y su estúpido sentido de la caballerosidad lo detuvieran. Caminó hacia el dormitorio y dejó caer el contenido de la cubitera sobre ella sin ningún cuidado o remilgo. Kagome gritó, apartó las sábanas y saltó de la cama. A continuación, empezó a saltar por la habitación mientras trataba de despegarse la ropa de dormir. Por un momento, encontró tan atractiva su figura femenina que se vio obligado a apartar la mirada. La última vez que cometió el error de colarse por una aprendiz, terminó mucho más que escaldado.
— ¿Te has vuelto loco? — le recriminó.
Se las ingenió para sonreír en respuesta.
— ¿No querías ser modelo? — le lanzó la cubitera para que la cogiera en el aire — Para estar guapa, hay que sufrir.
Lo miró con cara de pocos amigos.
— A partir de ahora, te levantarás a las seis de la mañana para empezar tu entrenamiento. Cuando te ponga el despertador, no volverás a mal tratarlo si aún quieres aparecer en las revistas.
A regañadientes, con los dientes bien apretados, Kagome asintió en aceptación de sus condiciones. A juzgar por la blanda que era, la pobre no debía tener ni idea de lo que le esperaba. De repente, lo veía muy claro. Era la típica jovencita esbelta, con curvas y guapa que estaba favorecida por la edad; no necesitaba cuidarse o eso creía ella. El mundo de la moda no funcionaba así. Las modelos de ese tipo no duraban demasiado sobre las pasarelas; se jubilaban en seguida. De ahí en adelante, tendría que adoptar hábitos saludables. El primero de ellos: dormir entre seis y ocho horas.
Le indicó con un gesto de cabeza que la esperaría en la cocina para el desayuno. Había exprimido zumo de naranja, tenía yogures desnatados sin lactosa, fruta y pan tostado para la aspirante a modelo. Para él, café y tostadas con mermelada. Preparó la bandeja del desayuno para ella y la dejó sobre la mesa de la cocina. Kagome llegó poco después recién duchada, con el cabello todavía húmedo y unos vaqueros ajustados con una camisa que a pesar de sentarle de maravilla eran del todo inapropiados para lo que tenía planeado.
— Cámbiate de ropa. — le ordenó sin miramientos — Usarás ropa de deporte para el entrenamiento físico.
— ¿Ropa de deporte? ¿Entrenamiento físico? — se miró a sí misma con incredulidad — No tengo ropa de deporte.
¿Bromeaba? No, esa mirada era tan transparente y tan sincera que podría atravesarlo.
— Te comparé algo. No consentiré más atrasos en tu entrenamiento en adelante.
Kagome asintió de nuevo como una autómata y tomó asiento. Al ver su bandeja con un zumo de naranja, pan tostado a secas, un yogur y dos piezas de fruta, alzó una ceja.
— ¿No hay café? ¿Y la leche?
— Solo para mí. Tú no necesitas sustancias excitante, ni grasas. Los lácteos son malísimos para los adultos.
— Pero yo desayuno…
— Esta es tu nueva y saludable dieta. Bienvenida al mundo de la moda.
Algo en su semblante le dijo que la conversación no terminaba ahí.
— Pe-Pero yo no estoy gorda… — musitó.
— No, pero tienes muy malos hábitos alimenticios.
— ¿Cómo puedes saber eso? — intentó defenderse.
— Porque estuve en tu casa ayudándote a recoger para la mudanza. Tenías montones de latas de refrescos mega azucarados, envases de pizzas y hamburguesas suficientes como para hacerle una manta de invierno a un vagabundo y tanta bollería industrial que se me pusieron las manos pegajosas solo de verla.
Las mejillas sonrojadas de la muchacha le dieron la razón. Solo el metabolismo de una jovencita podría soportar su modo de vida sin consecuencias más evidentes. Tuvo otra idea en ese instante. Tenía que llevarla a un médico para que le hiciera un chequeo completo. No bastaba con su ojo crítico. Quería que tuviera el mejor cuidado, la dieta más saludable y adecuada a sus características y conocer cualquier problema físico que pudiera causarles inconvenientes. Odiaría que se lesionara.
— ¿No es poca comida?
— No te preocupes por la cantidad. A partir de ahora, harás cinco comidas al día. Dos medianas y tres pequeñas. Nada de atracones.
Lo miraba como si quisiera añadir algo.
— ¿Qué?
— Yo ya hago cinco comidas al día y, a veces, seis…
Esa chica lo iba a volver loco, cada vez estaba más seguro de ello. Respiró hondo para intentar calmarse y volvió a mirarla. Ante sus ojos acababa de presentarse el mayor reto de toda su carrera profesional. Empezaba a arrepentirse de haber aceptado ayudarla y solo estaban en el primer día.
— Aún estás a tiempo de echarte atrás si no crees que eres capaz de…
— ¡Ni soñarlo! — exclamó — No he dejado mi trabajo, el piso más barato que logré alquilar y toda mi vida en general para rendirme a la primera.
Y, para demostrarle su coraje, agarró el pan tostado y le dio el primer bocado como si se tratara de una de sus adoradas hamburguesas. Incluso fingió con un gemino que le resultaba delicioso. Por un momento, sintió ganas de empujar la mermelada hacia ella. Si las proporciones de azúcar que leyó en la etiqueta no hubieran sido tan altas, lo habría hecho. Se dijo a sí mismo que aprendería a hacer mermelada casera para ella. Con las otras modelos, nunca sufrió de esa forma porque no las acompañaba de esa forma en su entrenamiento. Kikio, por otra parte, ya tenía una gran capacidad de sufrimiento en cuanto a pasar hambre cuando la conoció. Kagome, en cambio, era una glotona de campeonato.
Después de desayunar, la llevó al centro, donde le compró dos pares de mayas, sujetadores deportivos, calzado adecuado para diferentes tipos de actividades deportivas y otros complementos necesarios. El más básico de todos: la botella de agua. Tenía que llevarla siempre con ella por orden suya. Pasar un poco de hambre entre comidas no la mataría, pero jamás debía pasar sed y el agua no engordaba. Cuando estaban en la cola esperando para efectuar el pago, cayó en la cuenta de algo muy importante.
— ¿Cómo te depilas?
Kagome lo miró como si fuera un pervertido. ¡Demonios, era su entrenador!
— A mí tienes que poder contarme esas cosas, Kagome.
— Con cuchilla… — dijo en un susurro para que nadie más la oyera.
Imaginar una cuchilla sobre la piel de Kagome hizo que se le revolvieran las tripas. ¡Se acabaron las cuchillas!
— De ahora en adelante, te harás la fotodepilación y, entre sesiones, utilizarás crema depilatoria. Jamás vuelvas a usar una cuchilla.
— ¿Tengo pinta de poder pagar algo que no sea una cuchilla? — replicó.
— Yo pago, ¿recuerdas?
— ¿Y cómo se supone que voy a devolverte todos los gastos y tu asesoría? — se cruzó de brazos molesta — No me gusta vivir de gorra…
Ninguna aspirante se había preocupado por sus gastos antes. Una vez que él las escogía, todas daban por asumido que las atendería y mimaría hasta que pudieran trabajar y costearse sus propios caprichos. Ninguna puso nunca en duda que tuvieran derecho a que él les pagara las facturas. Funcionaba así. Ese dinero regresaría cuando hicieran los primeros reportajes fotográficos y subiera su caché. Kagome no parecía conocer los términos de su acuerdo. Sin embargo, algo en su forma de decirlo lo había impresionado en lo más hondo de su ser. La falta de egoísmo y de codicia de la joven lo tenía anonadado. ¿Podría seguir siendo igual de humilde después de que le pagaran tanto dinero por sesión que no pudiera ni gastarlo todo en un año?
— Me pagarás cuando empieces a trabajar.
Dio un paso adelante en la cola cuando otro cliente fue atendido.
— ¿Y si no lo consigo? — insistió.
— Habré hecho una mala inversión… — se encogió de hombros — No me deberás nada.
— ¿Solo pago si triunfo? — repitió — No me parece muy justo para ti…
¿Y eso qué importaba? El mundo de los negocios funcionaba así. Para que los jóvenes se hicieran camino, los veteranos como él debían invertir. La dependienta lo atendió antes de que Kagome volviera a abrir la boca con sus ingenuas preguntas, para su suerte. Le estaba haciendo preguntas para las que no estaba preparado; preguntas que nunca antes se le habían planteado. Ella no entendía que el mundo no era tan agradable y justo como le quisieron enseñar en el colegio. No, el mundo era de todo menos agradable y justo. Podía conformarse con haber encontrado un pequeño rincón en el que vivir en paz.
Después, se dirigieron hacia un salón de belleza. Allí, pidió cita para Kagome de fotodepilación en cinco zonas, una cita mensual de retoque de cejas, manicura y pedicura y mascarilla facial mensual. El cabello no quería que se lo tocara nadie. Tenía una melena preciosa, de lo más natural. Había soñado con que hundía su cabeza en ella, aspiraba la fragancia y frotaba la nariz contra su suavidad. Después, había despertado y se había dado cuenta de que esa clase de sueños llevaban a un hombre a la desgracia. No podía cometer el mismo error dos veces. Si la primera vez se rieron de él, a la segunda lo machacarían.
La siguiente parada fue en el gimnasio, donde la apuntó a yoga dos veces por semana, pilates tres veces por semana y spinning otras tres veces. Aparte de eso, tenía planeado que corriera por la playa a diario y al menos nadara unas tres veces a la semana. Prefería que nadase en la playa, ya que el cloro de la piscina podría estropear su cabello y su piel. Mientras le explicaba el itinerario físico diario, Kagome tragó saliva tan fuerte que pudo escucharla. Con lo deportistas que eran las jóvenes de entonces, le sorprendía el poco esfuerzo físico de Kagome. Si la daba un solo día libre por completo, vaguearía.
— ¿Sabes caminar con tacones?
— Por supuesto.
Los zapatos con tacón de cuña que observó en sus maletas no eran la clase de tacón que él esperaba.
— ¿Tacón de aguja?
— Sí, aunque no tengo muchas ocasiones de usarlo. — admitió.
— ¿Y qué altura tiene ese tacón? ¿Has caminado sobre doce centímetros de tacón de aguja? ¿Y sobre plataformas de veinte centímetros?
Notó que se ponía blanca. También tendrían que practicar la técnica para usar tacones. La llevó a una zapatería donde sabía que tenían calzado de diseño. Al ver los precios, Kagome lanzó una exclamación ahogada por su propia timidez ante la perspectiva de que las otras clientas la miraran. A pesar de sus quejas, le compró unos auténticos Manolo Blahnik, unos Dior y unas plataformas de Desigual más sencillas. Cuando dio un paso con los Dior, tuvo que agarrarla antes de que se cayera de cabeza contra el suelo. Eso iba a requerir mucha práctica y era lo más básico de todo. Si Kagome no sabía caminar con los tacones, nadie la querría en su pasarela.
Si hubiera sido otra modelo, habría hecho una parada en el solárium. Con Kagome era totalmente innecesario. Sería un necio si estropeara la pureza de su piel bronceándola. Kagome había hecho un gran trabajo protegiendo su tez en una región donde tenían gran potencia los rayos UVA. Estaba harto de ver modelos bronceadas. Kagome no sería una más del montón. Pondría de moda el blanco, la suavidad, la piel de porcelana de una muñeca. Cuando la vieran, creerían que era una princesa a la que nunca le dio el sol o un ser místico como una ninfa de los bosques. Había mucho en ella para hacer una puesta en marcha original que rompiera con lo establecido.
Sí hizo una última parada en una academia de idiomas. Aunque el inglés era el idioma internacional, necesitaba que ella aprendiera más idiomas. Por lo menos, quería que aprendiera francés y español; eso la beneficiaría en futuras campañas. Asimismo, se había propuesto enseñarle a estudiar para prepararse un dossier que la ayudara en futuros destinos. Una muestra de interés por la historia y la cultura de otro país siempre lograba engrosar la agenda de contactos. Al margen de lo que la gente creyera, el intelecto podía más que la belleza de la modelo en muchas ocasiones.
Al mediodía, aunque planificaron muchas cosas, sintió que había perdido el día. Por la tarde no la pondría a hacer ejercicio, no con el sol en lo más alto. Quería una modelo sana, no una modelo desmayada. Por eso, tomó la decisión de entrenarla en otros aspectos. Le pidió que se pusiera un diminuto vestido veraniego que encontró en su armario y desalojó el salón para dejar el amplio espacio libre de obstáculos.
— ¿Sabes caminar como una modelo?
Kagome caminó para él en respuesta. Los muslos juntos como correspondía, levantaba la pantorrilla lo suficiente, el contoneo de cadera, los hombros erguidos y el pecho hacia fuera y la cabeza bien alta. Conocía la técnica al menos.
— Ahora, inténtalo con los tacones.
No se mostró tan valiente tras esa indicación. Él mismo tuvo que ir a buscarlos y ponérselos para que no se tuviera que levantar con ellos.
— Recuerda esto bien: hasta que logres domar los zapatos, te sangrarán los pies.
— ¡Qué afortunada!
Pilló el sarcasmo a la primera.
— Les he echado desodorante antitranspirante primero para evitar las ampollas debajo de los dedos. También he colocado una plantilla que proteja las zonas sensibles de la planta. Protegeremos más tus dedos si la punta no es muy apretada y tendremos que fijarnos en…
— ¡Espera! ¿Qué? — dio un paso hacia atrás con cautela — ¿Le has echado desodorante a los zapatos?
— Te sorprendería saber lo útil que es el desodorante, el antitranspirante. Un día de estos te daré un cursillo acelerado sobre el tema.
— No sé si estoy preparada para escucharlo…
— Deberías. Las más grandes han llegado hasta arriba siguiendo mis consejos.
Le explicó cuál sería el escenario imaginario sobre el que caminaría y él se situó en una butaca, donde el público estaría observándola. En toda su vida, nunca había visto a una modelo tropezarse tanto. Cada vez lo asustaba más la idea de que se torciera uno de esos frágiles tobillos. El entrenamiento lo estaba poniendo más que frenético. En más de una ocasión había estado a punto de levantarse para socorrerla. Hacerlo habría sido un completo error. Si había algo que destacaba en la actitud de Kagome, era la perseverancia. De alguna forma, sabía que ella se lo tomó al pie de la letra, que no pararía hasta que le sangraran los pies.
Fue él quien tuvo que poner punto y final a la sesión tras dos intensas horas. Todavía se tropezaba, pero había avanzado bastante. Calculaba que en una semana podría caminar sin mirarse a los pies para no perder el equilibrio. Entonces, tendría que añadir más dificultades al entrenamiento. Pasear por una pasarela iba mucho más allá de poner un pie frente al otro. Kagome tenía grandes aptitudes, era un diamante en bruto. El problema era que pulirla llevaría su tiempo.
La dejó descansar por ese día. Al día siguiente, terminarían las rebajas y comenzarían a trabajar de verdad. Para que no se le hiciera demasiado duro, tenía planeado llevarla a un circuito de SPA durante al menos un par de horas cada fin de semana para que se relajara en el agua y le dieran un masaje. Esas intenciones quedaron en el olvido cuando, al entrar en su habitación de revelado, vio la fotografía que había tomado el día anterior. En ella, aparecía Kagome abrazándose las piernas en la playa con el atardecer por delante. Era la fotografía perfecta para el especial de otoño del Cosmopolitan. Le pidieron una buena fotografía en la playa que representara la nostalgia del verano y ahí la tenía. Aunque la situación no fue esa exactamente, bien podría dar el pego y ser el trampolín para Kagome. Todos verían lo hermosa que era.
Solo necesitaba una cosa antes. Salió de la habitación de revelado y siguió el sonido de la televisión hacia el salón. Kagome estaba viendo el Jeopardy. Tumbada en el sofá de forma totalmente descuidada, tanto que la falda se le había deslizado hasta las lumbares y se le veían las bragas, no aparentaba en absoluto ser una modelo. Era tan natural y tan descuidada que no sabía si sería capaz de ponerla a punto para la ciudad. Allí, no podría permitirse el lujo de relajarse de esa forma, no mientras estuviera contratada.
Cogió el mando de la televisión y la apagó. Kagome se volvió para tumbarse sobre la espalda y lo miró con cara de pocos amigos. Entendió a la perfección la silenciosa reclamación del tiempo libre que le prometió.
— Solo te robaré unos instantes. — prometió — Vas a salir en la revista Cosmopolitan.
Kagome se incorporó de golpe, atónita.
— Todavía no me lo han confirmado, pero me pidieron una fotografía para el especial de otoño y voy a enviar una tuya. La aceptarán, estoy seguro de ello, pero necesito tu permiso para que se publique.
— ¿Y cuándo vamos a tomarla? — se mesó el cabello con nerviosismo — No esperaba que tan pronto…
— Ya está tomada.
La incertidumbre sustituyó la sorpresa inicial.
— Te tomé una fotografía el otro día, cuando estabas en la playa. — se la mostró — Creo que sería perfecta para lo que me han pedido.
Kagome estudió la fotografía durante unos instantes, seguramente recordando que, por un instante, estuvo a punto de rendirse por culpa de los delirios de una vieja gloria. Después, asintió con la cabeza aceptando la oferta y lo acompañó al estudio, donde le hizo firmar la plantilla de uno de sus contratos que más tarde completaría con los datos del reportaje. Era muy importante que el asunto del Copyright estuviera siempre bien asegurado. Envió la fotografía a su contacto en la revista y lo llamó. En seguida le confirmó que la quería y no solo la fotografía. Tal y como imaginó, Kagome lo había impresionado. Cuando le dijo que la estaba preparando, dejó caer que podría meterla en el especial de primavera y en el desfile de Milán con las nuevas caras de la industria. Eso eran muy buenas noticias.
Se tomó una cerveza en el jardín para celebrarlo. Le daría las noticias a Kagome en pequeñas dosis. Primero, le hablaría de la fotografía. Quizás para las navidades, le dejaría caer lo del número de primavera. Del desfile de Milán prefería no decir nada porque era más difícil y más engañoso. En un desfile podía haber cambios hasta en el último minuto. Prefería no poner la mano en el fuego por el desfile.
Estaba a punto de tomar el segundo trago cuando Kagome se dejó caer por el jardín. No era un encuentro casual, lo buscaba intencionadamente. ¿Acaso iba a acabar su paz tan pronto?
— Kagome…
— Solo quería agradecerte.
Antes de que pudiera decir nada, dejó caer una cadena. La atrapó justo a tiempo antes de que se cayera y se perdiera entre la hierba. Era una cadena de oro con una cruz del mismo material sencilla.
— Era de mi madre. Para ella era muy importante, siempre decía que me protegería… — sonrió de una forma tan genuina que lamentó no tener la cámara a mano para inmortalizarla — Quería dártela a ti para que te proteja. Creo que lo necesitas y… bueno… es muy importante para mí. Cuídala, ¿vale?
No fue capaz de pronunciar una sola palabra en respuesta. Kagome asintió con la cabeza dando por asumido que él cumpliría su petición y regresó al interior de la casa en la que él había vivido en solitario hasta entonces. Estudió la cruz entre sus dedos y respiró hondo. Le gustara o no, aquello le estaba sucediendo por segunda vez.
Continuará…
