El primer mes corrió lentamente para él… literalmente hablando, con la pierna rota tuvo que estar en cama sin poder hacer mucho. Al principio insistía en que podía solo, pero ella se cansó de tener que estar lavando la comida que a cada rato tiraba en el trayecto de la cocina su cuarto, por lo que se vio sometido a tener servicio personal de veinticuatro horas a la cama, un gesto maligno sin lugar a dudas.
—Podría construir un robot que haga esto, se llamaría Norm —dijo mientras su mente iba armando los mecanismos necesarios para su construcción.
—No es momento para que juegues a ser el científico malvado, cariño —respondió mientras dejaba el vaso sobre el taburete.
—A veces creo que desestimas mis niveles de maldad, en verdad no sabes lo terrible que puedo llegar a ser.
Heinz era algo así como la cosa menos nociva que conocía, y aunque no lo aparentara, ella había pasado buena parte de su vida entre gente tóxica, por decir lo menos. Bromeó diciendo que el reglamento de tránsito era más malvado que él y aunque no pudo evitar estar de acuerdo (¡Y los impuestos, no se podían dejar de lado los terribles impuestos!) no pudo evitar gesticular al ver cómo no lo tomaba en serio.
—Mira, iré un rato con mis amigas del club literario, no intentes nada "malvado", ¿de acuerdo?
Lanzó un suspiro largo y tendido. Se puso la almohada sobre la cabeza y su esposa salió sin mirar. Se mordía los labios y preguntaba cómo rayos le demostraría a su futuro descendiente sobre la maldad si ni siquiera su esposa le creía. Le consolaba saber que los niños eran más fáciles de impresionar.
Las cuitas del joven Werther le parecían un mero drama de telenovela a comparación de las de su esposo, si Goethe lo hubiese conocido definitivamente el protagonista se llamaría Heinz y la menor de sus penas sería la de no conseguir el amor de una rubia comprometida; de hecho, ahora no podía dejar de pensar que en comparación, el protagonista no era mas que un adolescente hormonal y melodramático.
—¡Charlene! Te toca la página treinta y cinco —gritó su compañera de a lado y su mente regresó a la habitación, no podía evitarlo, los nervios llevaban semanas comiéndosela por dentro a ella también.
—¿Y tu marido está bien? ¿No sobre-reaccionó cuando le diste la noticia? —preguntó la dama de blusa verde.
—Algo así, pudo ser peor —y en verdad pudo serlo.
—¿Dejarás el trabajo de la empresa? —coreó otra señora.
—Ya lo he hecho, quiero dedicar todo mi tiempo a esto.
—Quien fuera tú como para darse esos lujos, mientras una se mata como burro trabajando para medio darle de comer a sus hijos —refunfuño la gorda de lentes a la que nunca le parecía nada.
—Pero tú también tienes tiempo para venir aquí, y bastante seguido, ¿no es así, Estela?
Y la mujer no volvió a decir nada más, cuando ella contestaba con ese tono lo mejor era terminar los pleitos por las buenas. Charlene era la hija menor de un magnate muy poderoso de la ciudad de Danville. Ya que sus hermanos mayores manejaban la empresa de su padre, ella tenía la libertad y los recursos para poderse dedicar a las cosas que verdaderamente le gustaban, pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo o dedicándose a pasatiempos como la fotografía y la pintura; estudió danza en una de las mejores universidades del país y ocasionalmente agarraba trabajos de medio tiempo para no aburrirse, el tenerlo todo no siempre era lo mejor, mucho menos cuando se trataba de chicos. Siempre lo mismo: patanes que la asechaban por su dinero, tontos que intentaban impresionarla con sonrisas falsas y chocolates baratos para que ella sacara la tarjeta de crédito al momento de ir a restaurantes verdaderamente lujosos.
Mientras el apuesto joven alemán se lamentaba no ser digno del amor de Carlota, su vista se posó en un juego de ajedrez en la mesa del fondo. Recordó ese día hace cerca de dos años en que decidió unirse al club de ajedrez local, cosa que causo un revuelto total entre los hombres del lugar, las chicas lindas no entraban a clubs considerados para 'nerds'. En su primer día ganó tres rondas seguidas en menos de una hora, se preguntaba si el nerviosismo excesivo de sus rivales al verla tenía algo que ver con sus victorias fáciles.
"¡Ey! ¿Por qué no pruebas con el de allá? Nadie le ha podido ganar" dijo el dueño del club señalando a una sombría figura que sostenía con sus huesudas manos una reina negra. Lo saludo sin dejarse intimidar demasiado por el aura pesimista que desprendía su potencial contrincante; la miró un momento a los ojos y bajando la mirada se limito a preguntarle: "¿blancas o negras?". Tras responderle 'negras', comenzaron una batalla campal de horas donde ninguno de los dos cedió; cayeron torres, marfiles, peones y finalmente:
—Jaque mate —pronunciaron los largos labios de aquel hombre algo encorvado con bata.
—¡Realmente eres muy bueno! ¿Cuál es tu nombre?
—Heinz… Doofenshmirtz —más parecía que le respondía un ratón que un hombre.
—Se me ha hecho bastante tarde, pero mañana vendré por la revancha, Heinz.
No dijo nada, se limito a despedirse con el brazo y a volver a acomodar las piezas. Se notaba a leguas que era tímido, pero con el tiempo consiguió que fuera hablando un poco más, cada día se iba volviendo una batalla que ella no podía ganar, al menos en el terreno de juego, porque en el verbal ella siempre tenía una jugada maestra.
—¿Entonces eres inventor?
—Algo así, construí mi primer inador a los siete años, pero siempre me terminan derrotando los volcanes de bicarbonato.
—Lo típico, hay gente que nunca sale de los clásicos, —esperaba que él comenzara a llevar las riendas de la conversación, pero era más difícil de lo que pensaba—. Y cambiando de tema, ¿eres casado?¿Estas saliendo con alguien?
La pregunta le hizo tirar su pieza por accidente.
—Realmente... no quiero hablar de eso —volvió a ponerla en su lugar pretendiendo que no había escuchado nada. Normalmente ella no era tan insistente, al menos no en seguir una conversación si la otra persona no lo deseaba, pero esa vez decidió arriesgarse del mismo modo que a veces le gustaba afrontar los retos para hacer que su vida no se volviera una ciclo de repeticiones aburridas.
—No debes dejarte caer por una mala experiencia, todos hemos tenido nuestros malos ratos y además...
—¡Mi última cita me cambió por una ballena! —Dijo casi gritando, pero logró contenerse—. Pero, da igual, siempre me terminan cambiando por alguien o algo más, que importa si es un chico de manos grandes o una ballena—y aunque logró acallar sus palabras, no así pudo con esa expresión de melancolía y profundo dolor.
Sin querer, lo primero que sintió fue algo de lástima... vaya... ¡Una ballena! Eso sonaba bastante peor que sus constantes fracasos con patanes que al menos eran humanos, con todo y que a veces se comportaban como bestias. Pero de algún modo esa pena comenzó a transformarme por genuina simpatía ya que los dos compartían de alguna manera esa clase de soledad forzada.
—Yo... sólo quería decirte que eventualmente encontrarás a alguien que en verdad pueda apreciar lo muy agradable que eres.
—¿De… de verdad piensas que soy una persona agradable? —le preguntó con un gran rubor en el rostro.
—Bueno, a lo que me refiero es que… ¿De verdad vas a jugar ese caballo?
—¡Ah, esto… no claro que no! Esa sería jugada de principiantes, moveré esto aquí y… gané de nuevo.
Pero mentía, Charlene había ganado algo ese día. No pasó mucho tiempo para que empezaran a salir, sus citas eran poco menos que románticas, pero los dos se sentían a gusto así, porque a él no le importaba su dinero, ni a ella sus traumas del pasado que le fue relatando eventualmente, ni sus supuestas aspiraciones a ser un científico malvado porque ella sólo podía a ver a un joven tierno y amable aunque muy inseguro de sí mismo.
—Ya llegué, Heinz.
No recibió respuesta, subió al cuarto y lo encontró mirando la televisión, complemente aburrido y con la misma mirada de perro apaleado de cuando lo conoció.
—¿De nuevo te han comido la lengua los ratones? Tal vez esto te anime un poco —y de su bolsa sacó un tablero de ajedrez. Pasaron el resto de la noche jugando. Esa noche, la reina negra venció al rey blanco.
