Ichigo se encontró en un vestíbulo amplio, elegantemente decorado e iluminado por un enorme candelabro de diamantes que colgaba del techo. Había puertas alrededor del vestíbulo, aunque todas cerradas con llave. El pelinaranja intentó abrir todas las puertas, desde la manera tradicional hasta con violentas patadas, pero ninguna cedía. Rabioso, se dirigió al centro de la habitación para tranquilizarse y pensar de manera racional, hasta que se dio cuenta de un pequeñísimo gran detalle: Su ropa. Él tampoco vestía el uniforme escolar ahora, sino un vestido celeste de falda ancha con un delantal blanco, medias bicolores y zapatos negros. Empezó a gritar desaforadamente:
— ¡Quién sea que esté haciendo esto, no es nada divertido! ¿¡Me están escuchando!? ¿Rukia? ¡Se van a arrepentir! ¡Oigan!
Sentía que le iba a explotar la cabeza de tanta ira acumulada. Sólo quería entender qué diablos estaba sucediendo. ¿Estaba soñando? ¿Alucinando? ¿Realmente se había vuelto loco? ¿Quién había osado a ponerle un vestido y en qué momento? Lo que más rabia le daba era que no había nadie allí que respondiera a sus preguntas.
Lo más seguro es que todo aquello era un sueño. Porque aquella locura no podía ser real ¿O sí? De ninguna manera. Dispuesto a comprobar su teoría, se pellizcó el brazo con fuerza, dejando una marca oscura en su piel. Se quejó en voz baja y esperó a despertar en su habitación o en el instituto, donde fuera menos en aquel lugar. Nada. Se pellizcó el otro brazo pero continuaba allí. Resopló, desquiciado. Si no resolvía aquello iba a enloquecer de verdad, si es que no estaba loco ya.
Agotado de tanto correr y de todos los esfuerzos de aquel extraño día, se acostó en la mullida alfombra que cubría el suelo, mirando al techo, soñoliento. "Quizá, si me duermo, luego despierte en mi mundo". No se detuvo mucho a pensar en ello y se quedó dormido.
Luego de un rato, despertó con las energías renovadas pero exactamente en el mismo lugar y con el mismo maldito vestido puesto. Suspiró, frustrado. Sin embargo, notó algo que no estaba antes: Una mesa negra ornamentada y sobre ella descansaba una diminuta llave plateada con un lazo azul atado a ella. "Debe pertenecer a alguna de las malditas puertas de este sitio" pensó, algo aliviado al fin de ver algo que le pudiera ser de utilidad. Tomó la diminuta llave y se dirigió a una puerta al azar para probarla pero pronto se dio cuenta que las cerraduras de todas las puertas eran demasiado grandes para aquella llavecita, por lo tanto no pudo abrir ninguna puerta. "Tch" pensó nuestro desafortunado protagonista. Sin embargo, al dar otra vuelta, descubrió una cortina que no había visto y detrás de ella una pequeña puerta del tamaño de un pájaro. Con mil esfuerzos –dada su estatura- logró introducir la llavecita en la cerradura y por fin, la puerta se abría. Asomó un ojo por la abertura y descubrió del otro lado, un exótico jardín, cuyo bullicio daba indicios de vida. Sin embargo, a los pocos segundos, la puerta se cerró de nuevo. Debía dirigirse hacia allí. El problema ahora era su tamaño comparado al de la puertecita.
Pronto se le ocurrió una gran idea mejor: Un Getsuga Tenshou. ¡Pero qué idiota era! ¡Claro! Quizá con sus poderes shinigami lograría abrir la pared y así salir de ahí. Buscó en sus bolsillos la insignia Shinigami, para descubrir con enojo, que no estaba allí. Por supuesto que no. Estaba en el bolsillo del pantalón de su uniforme. Dio una patada al aire y regresó a la mesa, dispuesto a no darse por vencido y encontrar una solución. En esta ocasión la mesa tenía sobre su superficie, una botellita de cristal –"que desde luego no estaba antes aquí" pensó Ichigo– llena con un líquido color rojo y un mensaje en papel atado alrededor del cuello de la botella que decía "Bébeme". Kurosaki observó el contenido gelatinoso de la botellita con desconfianza, aquel lugar no daba seña de nada bueno o confiable, pero dadas las circunstancias, al parecer era la única opción que tenía y quizá una solución a su problema, así que sin pensarlo mucho más, destapó la botellita y bebió su contenido. "Al menos no sabe asquerosamente mal" pensó. En realidad aquella cosa tenía un sabor dulce, como un pastel de fresas y de cierta forma le recordó a su madre, cuando preparaba postres para la familia por las tardes. Sacudió la cabeza; no quería pensar en eso ahora.
— ¡Qué raro! —Exclamó de repente— Siento que me estoy encogiendo…
Y en efecto, así era. Siguió encogiéndose y encogiéndose hasta quedar del tamaño de un ratón. La ventaja de aquella diminuta estatura era que por fin podría cruzar la puertecilla que había abierto hace un rato. Aliviado –Y a decir verdad, algo contento– se apresuró a dirigirse hacia la pequeña puerta con aire seguro, hasta que se detuvo en seco por dos razones: Su ropa –ahora de dimensiones gigantescas– lo había dejado… Como Dios lo trajo al mundo. "Lo que me faltaba…" pensó, avergonzado. Al menos no había nadie allí. ¿Pero al traspasar la puerta? Andar desnudo por ahí era incómodo para cualquier persona estuviera sola o no.
La segunda razón –y la más importante– es que había dejado la llave sobre la mesa. Le dieron ganas de pegar la cabeza contra la pared. "¿Y ahora qué demonios hago?" pensó, bastante irritado. Regresó a la mesa con la esperanza que ésta se hubiera encogido como él, pero seguía de su tamaño normal, ahora bastante inalcanzable para su persona. Pero al dar una vuelta alrededor de la mesa descubrió una cajita debajo de ésta. La abrió y descubrió un pastelillo delicadamente glaseado con la palabra "Cómeme" inscrita en él. Ichigo le dio un mordisquito, esperando el resultado. "Bueno, si esta cosa me hace crecer podré agarrar la puta llave y largarme de aquí y si me hace disminuir aún más, entonces podré pasar por debajo de la puerta. El asunto es que no pienso quedarme aquí ni un minuto más" pensó, decisivo.
De repente dio un brusco estirón. Arriba, arriba, arriba…
— ¡Joder! —Exclamó, asombrado. Siempre había sido alto, era un hecho, pero podía jurar que ahora medía más de 3 metros. Algo que podía ser imposible hace unas horas…
Justo en ese instante su cabeza chocó con el techo de la sala. Se inclinó a como pudo y tomó la llavecita con mil y un esfuerzos –dadas las manazas que tenía ahora– y se agachó para ver por la puertecita. ¿Cómo diablos iba a achicarse de nuevo y pasar por la puerta?
Al momento escuchó unas pisadas como a lo lejos, así que tomó rápidamente las –ahora cortas– telas del vestido para cubrirse aunque sea lo primordial. Las pisadas que había escuchado eran de Rukia Kuchiki, la Coneja Blanca que volvía, con su impecable atuendo, una botellita en una mano y el famoso reloj de bolsillo en la otra. Se acercaba corriendo a toda prisa, mientras murmuraba para sí:
— ¡Oh! ¡La Reina! ¡Va a matarme si la hago esperar! ¡Y defraudaré a Nii-sama! ¡Oh no, debo darme prisa! ¡Pyon, pyon!
Ichigo estaba desquiciado. De toda la situación lo que más le molestaba era que Rukia lo ignoraba. ¿Una venganza por la desvelada de anoche? Lo creía improbable, ella no era así. ¿Entonces? Cuando pasó cerca de él, decidió enfrentarla:
— ¡Oye, Rukia!
La Coneja se detuvo por primera vez en su presencia y del tremendo susto que se llevó al ver semejante criatura, soltó la botellita y por poco deja caer su preciado reloj. Aunque obtuvo algo más que un susto: un sonrojo, al ver a aquel monstruo enorme con un simple harapo cubriéndole poco el cuerpo, por lo cual su delicado rostro se tornó de color carmesí. Salió de su trance al ver la hora por enésima vez y echó a correr de nuevo, más asustada –y avergonzada– que por llegar a tiempo a sus asuntos.
— ¿A dónde vas, maldita sea? ¡Rukia! —Gritó Ichigo, ya casi afónico de tanto gritar.
Suspiró con frustración, pero se dio cuenta de un detalle: La botellita que Rukia había dejado caer, era igual al que él había tomado para encogerse. Así que dejó la llavecita cerca de la puerta, tomó la botellita y sin pensarlo, tomó el preciado líquido. Inmediatamente empezó a encogerse, hasta medir aproximadamente unos 50 centímetros. Tomó la llave y abrió la puertecilla finalmente, pero antes de traspasarla, tomó otro pedazo de tela para cubrirse y sin saber qué esperar realmente, se aventuró al interior de aquella misteriosa puerta…
