Notas iniciales: Nuevo fandom... estrés, lo que provocas xD (No llegó un doujinshi, sorry gatito, necesitaba quitarme el estrés)
Dolor
Cruzado de brazos, como si fuera un infante malcriado, Plagg seguía esperando la respuesta de Marinette, quien se calmaba entre ratos y perdía la paciencia en otros.
El kwami de la destrucción no se inmutaba ante sus lágrimas.
Debe dolerle tanto.
—Ayúdame a entender — murmuró la muchacha. Su kwami levantó la cabeza que había tenido oculta en uno de sus brazos — ¿Qué pasó con los anteriores portadores del miraculous del gato.
La chica observó un destello de profundo dolor en el felino negro.
—Murieron. Todos. Fin de la historia. — trató de darle un tono de indiferencia a sus frases cortantes. — Destruye ese ciclo. Es tu deber como heroína destruir...
—Soy el miraculus de la creación — refutó de inmediato Tikki, flotando hasta enfrentar la verde mirada del otro.
—Se pone el anillo, invoca mis poderes, cataclismo, lo usa en el anillo — Plagg se encogió de hombros — Es la única solución que veo en este asunto.
—¿Si lo hago... me permitirás verlo?
—Marinette... no — susurró Tikki, tratando que la chica haga una locura.
—Soy un gato de palabra — replicó Plagg — Me destruirás luego de ver... lo.
La chica no pudo detener sus lágrimas, las que seguían silenciosas recorriendo su rostro, liberándose de su prisión, denotando su dolor.
—Tikki... Transfórmame
La kwami accedió a la petición de la fémina.
Como Ladybug, la fémina descendió ágilmente de la torre de París, siendo seguida sin problemas por el gato negro, sobrevolando a su par. Tal cual la agilidad de su compañero de batallas.
—Al menos cuéntame cómo murió el último portador del miraculous del gato.
El felino refunfuñó entre dientes algo parecido a que ella es demasiado terca.
—Fue en Japón — finalmente accedió Plagg, pensando que dándole una muestra de su mala suerte, ella no lamentará su destrucción — ¿En qué año estamos ahora?
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—Lo sentimos mucho, señor Agreste — replicó el cirujano de cabecera, sin quitarse el cubre boca de su rostro. Como si sus palabras a través de la tela pudieran minimizar el impacto de sus palabras.
Agreste.
El hombre comprimió el rostro, en una mueca de dolor y desagrado. Nunca antes había odiado su apellido.
Agreste.
No hay poder sobre la vida y la muerte.
Eso debió aprenderlo hace mucho tiempo.
No quiso aprender de la historia.
¿Acaso cometió el mismo error?
Su celular sonó.
El galeno aprovechó esa ocasión para darle privacidad al diseñador Agreste, comprometiéndose a mantener lo más posible en reserva lo acontecido con su hijo Adrien.
Gabriel observó el número de la llamada internacional. Para no haberse comunicado con esta persona en los últimos tiempos, en ese día habían tenido demasiado contacto.
El timbre de llamada entrante cesó en los siguientes momentos.
Apretando con fuerza el celular, a Gabriel le bastó un par de segundos devolver la llamada.
—Moshi, moshi — replicó la voz masculina, al otro lado de la línea, haciendo que Gabriel frunza el entrecejo.
—Bonjour fils — respondió en su francés nativo, con un tono en busca de conciliación. El ataque fue directo. La persona, al otro lado de la línea, no supo qué responder. — Sé que no son las mejores circunstancias, y lamento haberte llamado hace...
—Cuatro horas — interrumpió su interlocutor — En Japón es considerado símbolo de mala suerte. ¿Lo sabías? Pero no quiero las noticias por teléfono. Estaré allá en casi un par de horas. Aterrizaré en cuarenta y cinco minutos y calculo una hora hasta encontrarte. Puede que hasta me lleve menos tiempo dar contigo.
—Es imposible que estés llegando, son diez horas de vuelo desde Paris hasta...
—De algo tiene que servir el maldito dinero — volvió a interrumpir el otro con un deje de sarcasmo. Quizá otra persona no viviría para contarlo, pero en menos de un minuto, una persona se había atrevido a interrumpir dos veces a Gabriel Agreste. — Por cierto, llevo compañía. Nos quedaremos en un hotel, cualquiera menos en Le Grand Paris. Odio a la alborotosa Bourgeois y su inepto padre.
—Consideras a todos los padres como inepto — observó Gabriel, mirando inconscientemente la hora en su reloj de oro en su muñeca derecha. Tres horas desde que terminó la cirugía de Adrien. Se le ha hecho una maldita eternidad. — Seguramente estoy pagando por mis pecados, pobre hijo mío.
Gabriel lo dijo más para sí mismo que para su interlocutor, quien no pareció darse por enterado de sus palabras.
—¿En qué hospital se encuentra? — indagó la otra persona, con la tensión en la voz.
— Bourgeois inauguró una clínica — respondió Gabriel, conteniendo la sonrisa de burla ante el gruñido tipo felino del otro — Sabrás dar con ella.
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—Etto ... — murmuró la fémina al ver que su acompañante cerró la llamada. Tenía sus mejillas sonrosadas por haberlo escuchado hablar fluidamente el francés. Ella, apenas podía comunicarse en ese idioma y tenía que decir las palabras lentamente, para poder hacerse entender. Por suerte aún no era tiempo de poner a prueba su dominio en ese idioma, mientras tanto, con él, podía seguir en su natal japonés — Ferikkusu-kun ¿Entendí mal o le diste a entender que aún estábamos viajando desde Japón hacia Francia?
El otro hizo un sonido de asentimiento, mientras abría un pequeño compartimiento en la cabina del helicóptero y tomaba un intercomunicador para avisarle al piloto.
— Clinique de Bourgeois
— Oui, monsieur
Con sus ojos azules, poco común en su ascendencia japonesa, la joven notó la tensión en la mandíbula de su acompañante, como si él quisiera gritar de frustración. Por lo cual ella deslizó su mano izquierda por aquella tensión. Con este gesto, él detectó que ella había cambiado su anillo al dedo medio.
Él no pudo evitar la pequeña sonrisa, siendo su forma de decirle que, simplemente estando ella ahí, todo funciona. Como siempre.
— Burijitto-chan — la vio arquear una ceja mientras sus labios rozaban los dedos gráciles. Había prometido decirle el por qué la llamaba así, para que ella deje de inventarse en su cabeza historias sobre antiguos amores, cuando de pronto el aviso del piloto lo distrajo, avisando que aterrizarían en la terraza de la Clínica Bourgeois en menos de quince minutos.
La tomó de la barbilla y le dio un profundo beso. Ella aún emocionándose como una adolescente porque esos gestos que tenía, decían de lo agradecido que estaba de estar junto a ella.
—Vamos a sorprenderlo — le replicó el muchacho.
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—¿Todos los enemigos se hacen llamar Papillon? — preguntó la fémina, aterrizando en el techo de un edificio. Utilizó las cuerdas atadas a una escalera para deslizarse a la siguiente estructura.
Plagg hizo un sonido que se interpretó como no saber sobre este tema.
—En estas dos últimas veces le ha gustado el akuma — respondió el felino, cuando abruptamente se detuvo por la sensación de vacío que estaba sintiendo dentro de sí mismo. La heroína se detuvo casi al mismo tiempo que el kwami, con el temor en su voz luchando para no hacer la terrible pregunta. Ni siquiera podía calcular qué tan lejos estaba, solo se dedicaba a perseguir al felino. — Aún nos falta un poco. Tan mala suerte tengo.
—¿Qué ocurrió? — logró musitar la muchacha.
—Cuando nos conectamos al humano, podemos sentir sus signos vitales — respondió, lanzando a continuación un profundo suspiro ante de sus siguientes palabras — Ad... Ad... Además de protegerlos en las caídas, evitando que tengan heridas de gravedad.
Un estremecimiento recorrió al felino, en sus recuerdos viendo cómo el anterior Chat Noir caía, perdiendo sus poderes.
La súplica de Plagg para el muchacho pida que lo vuelva a transformar, en contraste con el frío análisis de su humano.
—No has repuesto tus fuerzas, te estaría arriesgando. Si renuncio a ti, Papillon no podrá acceder al anillo. Solo tendrá un metal sin poderes.
—Si renuncias ahora, serás papilla — Plagg intentó hacer uso de su estúpido sentido del humor. — Por si no lo notas, estás cayendo, sin poderes que te ayuden a amortiguar el golpe.
Los verdes ojos del chico parecieron contener la risa. Un gesto rara vez visto en él. Y eso que hizo de todo, molestarlo hasta el hastío con sus estúpidas bromas, para verlo aunque sea alguna vez sonreír. Bueno, quizá no debió tirarle los libros encima. En retrospectiva ya no resultaba tan gracioso.
—Plagg... — La sonrisa no llegó a sus verdes ojos, parecía tan decidido que, por una milésima de segundo, engañó al felino haciéndolo creer que iba a pedir la transformación para volver a ser Chat Noir y salvarlo. — Renuncio a ti.
Lo último que el felino vio fue cómo desaparecía de su rango de visión aquel humano que estaba cayendo contra el piso.
Luego...
Total silencio y oscuridad.
Solo sintió que fue devuelto al guardián.
Nadie lo invocó.
Nadie lo dejó despedirse de su humano.
Estuvo encerrado en aquel anillo, no sabe exactamente por cuánto tiempo.
Podrán haber sido siglos, la herida aún estaba abierta, uniéndose a la desgracia que había acontecido a los anteriores portadores del anillo del gato.
Quizá, llegó a pensar en ese entonces el felino, estaba maldito. Ser el kwami de la destrucción, tarde o temprano terminaba de destruir a su portador. Literalmente la mala suerte andante.
Lo mejor es no volver a ligarse a un humano.
Pensó que sería así.
Hasta que apareció ante Adrien.
Tuvo que cumplir la misión de otorgarle sus poderes pero al mismo tiempo...
Trató de ser sarcástico.
Trató de ser solo el portador de poderes sorprendentes.
Trató de no quererlo.
Trató de no apegarse.
...
No lo consiguió.
Sacudiendo la cabeza, como si con aquello pudiera liberarse de sus ideas, el felino le indicó que debían avanzar. Aunque lo veía menos acelerado que antes.
La fémina, conteniendo las ganas de desmoronarse, empezó a seguirlo. A los pocos minutos llegaron a lo alto de la Clínica Bourgeois.
Qué inusitada coincidencia.
Ladybug se ocultó entre unos pilares al notar que un helicóptero sobrevolaba la zona. Al parecer iba a aterrizar en la terraza. Por impulso escondió a Plagg, para que nadie notara su presencia.
El ruido de las hélices no permitían escuchar lo que aquellas personas decían, pero debían ser de grandes recursos económicos, de aquella más alta clase social, para llegar a la Clínica con un helicóptero. Apenas logró visualizar que ingresaron por una puerta, al otro extremo de donde se encontraba ella.
El piloto abruptamente miró hacia el cielo, creyendo que algún ave iba a caerle, ante una sombra sobrevolando encima de él. Se extrañó al no encontrar nada anormal.
Quizá sea el cansancio del vuelo.
Viajar desde Grecia hasta Francia, era sumamente pesado. Por suerte no había sido el doble de tiempo, si hubiera sido desde Japón, de donde apenas entendía que eran sus pasajeros. En su trabajo no podía hacer preguntas que incomodaran a sus clientes. Solo transportarlos y listo.
Como sea, a él no le interesaba el origen de sus clientes. Le pagaban para llevarlos, aunque hubiera salido caro para ellos por interrumpirlo en su luna de miel. Por suerte su esposa accedió a que hiciera esa ruta, sabe cuán importante es su trabajo y no están en condiciones de rechazar cualquier ingreso adicional.
Hablando de ingresos... Tomó su celular y llamó a la agencia.
—Cliente en el lugar que decidió quedarse dentro de París. Tomamos también el helicóptero, tal cual estaba previsto. Indicó que desde este punto se movilizaba por su propia cuenta.
—Felicidades, tendrás tu buena bonificación y podrás continuar con tus vacaciones, de hecho te facilitamos una semana más, con todo pagado, gracias a los japoneses — reportaron desde su lugar de trabajo — Es una suerte que hayas estado en Grecia.
El piloto sonrió, satisfecho de sí mismo.
Es una grandiosa suerte.
Por unas cuatro horas de ida y cuatro horas de regreso, que es aproximadamente una jornada laboral de una persona en un puesto de oficina, ha ganado una semana más de vacaciones con todo pagado, además de una bonificación.
Aunque admite que volar un avión y casi de inmediato un helicóptero es agotador.
Su esfuerzo valió la pena.
Qué afortunado era todo para él.
Descansará un poco y regresará a Grecia, junto a su amada esposa.
Aprovechando esa suerte, puede que consigan la bendición que han querido desde que se hicieron novios.
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—¿Puedes sentir la presencia de... — la fémina ni siquiera podía decir el nombre del alter ego de Chat Noir y sintió sus mejillas enrojecidas, aunque no sabía si por la agitación desde la torre u otras emociones revueltas.
—Sentirla, como tal — el otro volvió a su expresión sombría — No soy una brújula de humanos que hacen tratos con kwamis. Aunque de por sí su presencia está...
La fémina no permitió que el felino terminara, cuando se percató que algunos médicos se acercaban hacia ellos, sin embargo no los notaron por estar revisando los expedientes clínicos de sus pacientes.
Encerrándose en el cuarto de limpieza, la muchacha pensó que era más fácil para Marinette moverse, aduciendo haberse perdido en caso de que la encontraran en una zona restringida, que ver a Ladybug, causando el alboroto ante cualquier enemigo, que es cuando su presencia estaba justificada.
Pidió a Tikki la destransformación y la hizo ocultarse en su pequeño bolso. También le hizo un gesto a Plagg para que repitiera la acción.
—Abriré el bolso cuando necesite hablar contigo — le indicó la chica.
Saliendo del cuarto de limpieza, Marinette se vuelve hacia la recepción, pensando cómo averiguar por el alter ego de Chat Noir, sabiendo de antemano que Plagg no se lo dirá.
Se negó a revelarlo, estando horas en la Torre Eiffel, ignorando sus súplicas y llanto, cuando bien pudieron venir desde antes.
Pero sus propias palabras le jugaron en contra.
Somos super héroes. No debemos saber de la identidad del otro.
¿Por qué demonios dijo eso? Nunca pensó en encontrarse en la circunstancia de tener que buscar a ciegas a su compañero de batallas, donde cada segundo es vital.
Y aún está el tema de destruir el anillo.
No sabe cómo va a hacerlo. Se lo prometió a Plagg, y ella siempre cumple sus palabras. Aunque sea deseaba que el felino sea un poco más flexible y le dé un periodo de duelo o al menos hacerse la idea de que se atreverá a hacerlo.
Destruir el anillo del gato es destruir una parte de Chat Noir.
Estaba girando hacia el pasillo que llevaba a una recepción en aquella planta alta, cuando el corazón de la joven diseñadora pareció detenerse al ver a Adrien agarrando del brazo a una fémina de cabello oscuro y ojos azules que brillaban de emoción, hablando en un idioma que, honestamente, Marinette no entendía.
No era el chino que aprendía para comunicarse con su tío.
Entonces él sí estaba enamorado de otra.
Y era muy feliz con ella.
Vaya que sí dolía.
Continuará...
Comentarios y demás, me entero en el review n_n
