Este fic está dedicado a Arnold.

Segunda Parte


Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de las distancias, y que no importa qué es lo que tienes en la vida sino a quién tienes en la vida, y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir. Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos, si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian.

Te darás cuenta de que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo, haciendo cualquier cosa o simplemente nada, solo por el hecho de disfrutar su compañía.


Teatro Circular, Hillwood

—¿No piensas entrar?

—Tengo que entrar, Phoebe me asesinará si no lo hago.

—¿Y qué hacemos todavía aquí?

—Yo pierdo el tiempo y tú, bueno, parece que pierdes el tiempo conmigo. —Se encogió de hombros—. Me estoy despidiendo.

—¿Qué quieres decir?

¿Qué quieres decir, Helga?

Cuando tenía diecisiete años todavía era muy joven para saber que el amor no se muere. Todavía era muy joven, inexperta y tan llena de rabia, todavía no sabía que el amor podía cambiar y que maduraba con uno mismo cuando pasaba el tiempo. El amor, en una fiesta de graduación y con los zapatos más incómodos del planeta, todavía se parecía mucho al invierno en el que llovió. Era invierno en su corazón, con el calor del verano y el paraguas que se puso sobre su cabeza. A los diecisiete, el amor era Arnold. Todo lo que podía significar se reducía a él, a su sonrisa, a sus ojos, a sus manos y esa calidez inexplicable que se instalaba en su cuerpo cuando pensaba en él. Se envolvía en él, en sus fantasías, en la seguridad de quien es dueño del mundo y tiene todas las respuestas. Helga tenía todas las respuestas, a los diecisiete, a las preguntas equivocadas. ¿Me quieres Arnold?, ¿te gusto?, ¿te fijarías en mi como te fijas en todas las demás chicas?, ¿es suficiente que sea yo o tengo que ser yo en mi mejor versión?, ¿cuál es mi mejor versión, Arnold?, ¿la que no grita, la que no es cruel, la que es más amable?

A los diecisiete, uno ama con todo lo que tiene, con el corazón, con el alma, con la sangre y los huesos. Uno ama como nunca antes porque es la primera vez que ama. Todo se reduce a una mezcla incomprensible de sensaciones que se entremezclan y juegan y revolotean y confunden. Helga Pataki, a los diecisiete, estaba completa y totalmente enamorada de un chico que no le correspondía.

—Nunca me quedé para el final de la fiesta de graduación, no sé si lo sabías. Ni para el comienzo. —Movió sus pies—. ¿Recuerdas cuando nos encontramos aquí?

Arnold la miró sorprendido.

—Sí, fue cuando recién llegaba.

—Nunca entré al salón.

—Por eso no te vi…

—Ni tú ni nadie. —Sonrió para sí misma, irónica—. Fue una decisión estúpida, ¿sabes?, venir a última hora. Uno es estúpido de esa manera.

—¿Por qué no ibas a venir… por qué no entraste?

—¿Además del hecho de no tener pareja? —Alzó una ceja—. Bueno, no tenía razones para ir. No lo malinterpretes, no era tristeza o algo así, simplemente nunca había pensado en la graduación como algo a lo que realmente iría. —Hizo una pausa—. Ese día, cuando Rhonda intentó mandarme al basurero, se lo iba a decir. Ella no tenía poder sobre mi o sobre nada que yo quisiera.

—¿Qué pasó, entonces? —Se inclinó para mirarla con más detenimiento—. Luego de la graduación nadie volvió a verte. Yo no volví a encontrarme contigo, ¿te quedaste en Hillwood?

—Si querías verme, solo tenías que ir a mi casa. —Se burló—. Pero supongo que nadie era lo suficientemente valiente para enfrentarse a Bob. Estuve aquí unos meses antes de irme a la universidad. Un año en Michigan, otro en Boston hasta que me fui a Europa.

—Yo hubiera ido, Helga. No sabía que querías que… pensé, bueno… ya no importa lo que pensé.

Helga miró al frente, pensando. Cuando la fiesta de graduación terminó y estuvo sola en su habitación, se había sentido muy extraña. Era muy tarde, las ventanas estaban abiertas, el vestido era muy corto y tenía muchas tiras, era tan incómodo que tuvo que bañarse para quitarse la sensación de comezón de encima. ¿Qué había querido esa noche?, no lo recordaba con exactitud, pero no era compañía. Se había sentido sola por tanto tiempo que cuando finalmente se dio cuenta que no le molestaba, no supo cómo reaccionar o qué hacer. Recuerda haber camino hasta la cama para dejarse caer, boca arriba, mirando los juegos de sombras en el techo. Recuerda haberse sentido decepcionada con el final de la secundaria; siempre había tenido muchas expectativas sobre el final. Fue la primera vez que se dio cuenta que los finales no tenían que ser explosivos, que había finales que parecían la continuación de la vida y que solo se notaban cuando ya no hacían falta. El día que se acabó la secundaria, Helga estaba muy confundida.

—Yo quería ir contigo. —Dijo finalmente, despacio, entendiendo qué es lo que había pasado cuando tenía diecisiete.

—¿Qué?

—Yo quería ir al baile contigo. —Explicó—. Siempre quise ir contigo. Esa noche, también, esperaba encontrarte. —Lo miró—. Esperaba que me invitaras a bailar.

—Yo quería invitarte a bailar.

—¿Apenas entrara al salón?

—Apenas entraras al salón.

Helga sonrió.


Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea, tienen influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos.


Laboratorio de ciencias, Secundaria P.S. 119, Hillwood

—Con esto terminamos, Arnold.

—¿En serio? —Parpadeó, se había distraído—. Genial, porque todavía tengo otro proyecto que terminar antes del fin de semana.

—Tú y la mitad de la escuela. —Suspiró mientras apoyaba sus codos sobre la mesa—. El baile es en un mes y ya todos tienen pareja—. Le lanzó una mirada desanimada—. Apuesto que hasta tú tienes una.

Arnold intentó no sentirse ofendido por eso.

—Eh, no, todavía no. Pensaba preguntarle a Emma.

Hanna, su compañera de laboratorio, soltó una risita.

—Emma irá con Jackson.

—¿Cómo estás tan segura? —Preguntó mientras se iba al lavabo a limpiar los tubos de ensayo.

—Daniel, el novio de Betty, está en el equipo de fútbol y escuchó a Jackson decir que la iba a invitar este fin de semana.

—¿Y solo porque Jackson la va a invitar va a decir que sí?

—Emma está enamorada de él. Si acepta ir con cualquier otro pobre desgraciado será porque quiere sacarle celos. Ya sabes cómo es. —Movió su mano en el aire y rodó los ojos—. Es tan fácil ser Emma.

Arnold se rio, se había planteado la posibilidad de invitar a Emma, principalmente porque era, bueno, muy bonita. Cuando recién la vio, en su clase de Física, le pareció que era muy educada, siempre diciendo por favor y perdón. La conoció mejor durante el campamento de verano y para el comienzo del año escolar ya sabía que le gustaba. A él y a casi el noventa por ciento de chicos que cursaban la secundaria, incluyendo a los de primero.

—¿Tú con quién irás? —Preguntó cuando los suspiros de Hanna lo distrajeron de sus pensamientos.

— Eso es muy insensible de tu parte, Arnold.

—¿Eh?

—Si me ves tan deprimida es porque todavía nadie me ha invitado.

Arnold sintió que la incomodidad se sentó en la habitación y forzó a su cerebro a pensar en algo desesperadamente.

—¿Eh?, pero escuché que… David te invitó… ¿la semana pasada?

Hanna le lanzó el tipo de mirada que le lanzan las mujeres a los hombres cuando están siendo idiotas.

—Fue Stuart, ayer. ¿Quién en su sano juicio saldría con Stuart?, es claramente gay. —Rodó los ojos—. El baile será en el Teatro Circular, al menos tengo que ir con alguien que aprecie mi vestido, no que se ponga a criticar el color.

Arnold sonrió mientras terminaba de lavar.

—Estoy seguro que alguien que te gusta te invitará a salir.

—¡Faltan dos semanas!, se está quedando sin tiempo. —Volvió a suspirar—. Además, el idiota de Matt ya invitó a Sophie. ¿Cómo es posible que mi ex tenga pareja antes que yo?, su nariz es enorme.

—Eh… bueno, no creo que debas preocuparte por eso.

—Tú no entiendes, Arnold. —Su tono se apagó—. Es de lo único que hablan todas las chicas. Todas, absolutamente todas, han recibido invitación. Este sábado van a ir a comprar vestidos. No sabes lo horrible que es enfrentar a Rhonda en el vestuario de las chicas. Siempre tiene esta lista con todas las parejas que están confirmadas, hablando sobre arreglos, bocadillos y si el salón más grande del Teatro será lo suficientemente grande. Hace que el resto de nosotras se sienta tan… indeseable. Y por el resto de nosotras hablo dos chicas que no conozco y yo. Somos tres, ¿cómo es posible?

—¿Tres?, vaya… —Comentó mientras pensaba que quizá debió apurarse en invitar a alguien.

—¡Arnold! —Chilló Hanna y se le llenaron los ojos de lágrimas. Arnold se tensó de inmediato. Hanna comenzó a llorar, con la cara enterrada en sus manos y con sus rizos almendra cayendo a los lados. Era una chica bastante bonita, agradable y si no la habían invitado era probablemente porque Matt era un bastardo vicioso que amenazaba que nadie podía acercársele o le partiría las piernas. Se acercó con mucho cuidado, pensando en lo que diría, nunca había lidiado bien con las chicas que lloraban.

—Vamos, no llores, lo siento. —Dijo nervioso mientras le pasaba su pañuelo y le daba palmaditas de apoyo en el brazo—. No fue mi intención… —no sabía exactamente cuál había sido su intención, pero con las chicas siempre había que disculparse.

—No está bien, entiendo perfectamente, soy un monstruo. —Articuló entre sollozos.

—¡No!, ¡claro que no!, eres muy agradable y todos los chicos en el campo de béisbol siempre corren cerca del salón de dibujo porque pueden verte por la ventana. —Elaboró un poco. Era cierto que algunos lo hacían por ella, pero la mayoría iba por ver a Emma.

—Sé que van a ver a Emma, ¡no me mientas Arnold!

Uh…

—Hey, si en algo te hace sentir mejor, yo tampoco tengo pareja.

Eso pareció detenerla, alzó el rostro, tenía los ojos rojos.

—¿Por qué?

—Había olvidado todo sobre el baile.

—Eso es muy estúpido, hay decoraciones en todos los pasillos.

—Así parece. —Sonrió nervioso.

—Ahora solo quedan tres chicas y somos unos monstruos.

—Estoy seguro que no lo son.

—No has visto a las otras dos, pero gracias.

—No hay problema.

—¿Con quién irás?

—¿Solo?

Hanna se limpió el rostro y le sonrió.

—¿A un baile?

Arnold no supo exactamente por qué lo dijo, pero en ese momento parecía la única cosa que podía decir.

—Me gustaría ir contigo.

—A mí también.

Hanna parecía más animada. Se levantó y lo ayudó a recoger las cosas del laboratorio sin volver a hablar del baile. Arnold no entendió qué había pasado, pero se sintió más relajado cuando dejaron pasar el tema espinoso y se puso a guardar los materiales de buen ánimo.

Emma Smith, Hanna Anderson y Helga Pataki eran las únicas chicas que todavía no tenían pareja.


Aprenderás que no importa a dónde llegaste, sino a dónde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve. Aprenderás que si no controlas tus actos ellos te controlan y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuán delicada o frágil sea la situación: siempre existen dos lados.


Teatro Circular, Hillwood

—¿Qué hubiera pasado con tu pareja?

—¿A qué te refieres?

—Con tu pareja, —Helga se levantó—, la chica que llevaste al baile, ¿qué hubiera pasado con ella?

El piso era de mármol y estaba tan frío que Helga sintió que las plantas de los pies se le calentaban. Caminó un poco, por el filo que separaba el jardín del pasillo, advirtiendo que la música había comenzado. Seguramente estarían Phoebe y el cabeza de afro bailando, seguramente estarían también Patty y Harold, Lila y Stinky, Rhonda y Curly, Nadine y Peapod, Park y Katrinka, todos aquellos que recordaba y los que le faltaba recordar. La música bailoteaba en un eco alegre que terminaba de iluminar la primavera. La música podía ser luz, calidez y despertar la esperanza. La música podía ser la promesa de un baile, la promesa de la noche y de la vida que tendría por delante. Apoyó una mano en una columna y se puso los zapatos con la otra. Para bailar, los zapatos servían.

—¿Me estás escuchando? —Le preguntó Arnold, entre irritado y divertido, repentinamente a su lado, con una ceja alzada.

—Responderte sería confirmar tus sospechas. —Respondió animada mientras encontraba el balance que necesitaba para sostenerse en los tacones.

—¿Ya estás lista para entrar?

—Creo que sí. —Contestó repentinamente nerviosa. Se alisó el vestido, se sacudió las motas de polvo inexistentes y se acomodó uno de los tirantes. Pasó una mano por su cabello y la dejó en la base de su cuello, sus dedos estaban fríos y su piel muy caliente, el escalofrío la lleno de anticipación. No se acordaba si se había puesto aretes, pero tenía zapatos y cartera y eso debería bastar para dar indicios de que sí se los había puesto. Se quitó un mechón de cabello del rostro y porque no había nadie más y porque aunque hubiera habido muchas personas, se volteó y miró a Arnold a los ojos para poder preguntarle—. ¿Cómo me veo?

Reconoció la sorpresa, primero, que se suavizó rápidamente y dejó la más abierta y pura honestidad. Arnold no le contestó de inmediato, se tomó su tiempo, paseó sus ojos por su rostro, por su cabello, inspeccionó las joyas que se había puesto y bajó la mirada por su cuerpo. Su mirada se sentía como el sol al mediodía, caliente sobre su piel, sobre sus hombros, sus brazos, su pecho, su cintura, sus caderas, sus piernas y traspasando el cuero de los zapatos. Era apreciación, era la mirada de un hombre, sin timidez porque le había dado permiso. Se paseó por toda ella, como si tuviera derecho, una, dos, tres veces. Cuando sus ojos retornaron a los de ella, parecían divertidos, casi maliciosos y siempre honestos.

—Eres hermosa, Helga.

Se sonrojó, desde la raíz del cabello hasta la punta de la nariz. Se sonrojó las mejillas, el cuello, los hombros y todo su cuerpo. Se llenó de sangre bombeando acelerada y se llenó de vergüenza. No estaba acostumbrada a los cumplidos, no sabía por qué lo había pedido. Tenía que ser un cumplido, ¿verdad?, si le pedías a Arnold que te dijera como te veías y eras una chica en un vestido en una noche de recuerdos. No podía ser de otra forma, ¿verdad?

—N-no te voy a agradecer, —dijo luego de aclararse la garganta—, porque tú no tienes nada que ver en la forma en cómo me veo.

—Me parece justo. —Asintió sonriendo, sabiendo que no había terminado de hablar.

—Me gusta tu corbata.

—La elegí especialmente para esta noche.

—Es verde, como tus ojos.

—¿Eso quiere decir que se ve bien?

—No se ve mal.

Se quedaron un momento en silencio, la risa bailoteando en sus ojos.

—¿Y bien? —Demandó Helga, impaciente.

—¿Y bien qué?

—¿No vas a ofrecerme tu brazo para entrar?

Arnold demoró medio segundo en superar su perplejidad, se acomodó el saco, se aclaró la garganta (Helga no supo para qué) y le ofreció su brazo, como se estilaba en ese tipo de circunstancias.

—Muy bien, Arnoldo, solo te llevó diez años. —Se burló mientras aceptaba la caballerosidad.


Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes, y sería una tragedia que se lo creyese porque le estarás quitando la esperanza.


Salón 501, Secundaria P.S. 119, Hillwood

No había nadie más en el salón. Los habían castigado y ahora tenían que probar todas y cada una de las transparencias que la maestra de Física todavía se empeñaba en utilizar. Eran láminas aburridas de las fórmulas básicas y algunos dibujos de objetos que caían en el vacío. Helga estaba enojada y no hablaba; Arnold estaba enojado y no hablaba, había mucha animosidad en un cuarto que apenas podía con la de una sola persona.

—Esa no, está rota. —Dijo Helga mientras ordenaba las diapositivas en dos cajas; en una iban las que todavía servían y en otra, las que necesitaban repararse.

Arnold se la dio sin mirarla. Helga rodó los ojos.

Los habían castigado por culpa de Arnold, realmente. Estaban casi al final de la sesión de clase cuando al muchacho que usaba falda irlandesa se le dio por enviarle una nota a su carpeta. Él a ella, le lanzó una nota, qué ultraje. Helga, al comienzo, no entendió y miró a Phoebe tratando de entender qué quería, pero Phoebe seguía muy concentrada mirando el pizarrón. Escuchó que alguien le siseaba, volteó a su derecha y no era Stinky, volteó a su izquierda y no era Nadine. No tenía la menor idea. Se quedó mirando el papel doblado sobre su carpeta hasta que sintió que alguien le tocaba el hombro, casi pega un grito. Se volteó con la fuerza de su indignación y se encontró con la mirada de Arnold. Léela, le indicó mientras señalaba disimuladamente la nota con su índice. No le hizo caso, por supuesto, hasta que Arnold volvió a insistir y esta vez le dijo claramente por favor. Abrió la nota y recordó que Arnold podía ser muy irritante cuando quería.

Helga, ¿hablaste con el encargado de la tienda de repuestos sobre la donación de esponjas?

El lavado de autos había un éxito, fue tanto un éxito que Rhonda sugirió que lo repitieran dos veces más antes de la fiesta de graduación. Los manteles de seda no se pagarán solos, queridos. Por alguna extraña razón todos habían estado de acuerdo, lo cual quería decir que Arnold había aceptado, lo cual quería decir que Helga terminaba por aceptar porque… en fin, porque tenía sus razones.

NO.

Le devolvió el papel y ya que faltaban dos días para el asunto, no le sorprendió que Arnold hiciera escándalo.

—¿QUÉ?

La maestra, que los había observado todo el tiempo, se arregló las gafas antes de hablar. Así pasó, regañaron a Arnold, la regañaron a ella, ni ella sabía mantener la boca cerrada, ni Arnold sabía parecer arrepentido cuando no lo estaba. Una cosa llevó a la otra y terminaron los dos castigados en un aula vacía, con las luces apagadas, mirando aburridos fotogramas de por qué la profesora de Física no tenía amigos.

Helga siguió pasando las diapositivas sin mirar. Estaba pensando en lo que había pasado y decidiendo si finalmente se arrepentía de lo que había hecho o no. La conclusión le llegó rápido. No, no se arrepentía en absoluto. Arnold era un idiota que nunca confiaba en ella. Qué nervio el atreverse a preguntarle DOS DÍAS antes del lavado de autos si no había sido capaz de conseguir una decena de miserables esponjas. Le mintió, claro, ya se enteraría que habían esponjas cuando moviera su trasero hasta el almacén y se diera cuenta que estaban todas ahí. Ya vería ese pequeño…

—No, espera.

—¿Ahora qué?

—Mira. —Arnold estaba sonriendo, lo cual era bastante extraño teniendo en cuenta que cinco segundos antes había estado de un humor de perros. Helga miró sin ver.

—¿Qué?

Arnold señaló la pared, pero parece que señalaba el vacío.

—¿Qué cosa? —Se impacientó.

Se rio y se tapó la cara con una mano.

—¿Qué diablos te sucede?

Mientras más lo escuchaba reír, más se enojaba. Iba a reprenderlo, cuando Arnold se movió, despacio, todavía divertido. Rodeó el proyector hasta ponerse detrás de ella, puso las manos en sus hombros y la giró suavemente hacia el lugar que estaba señalando.

—¿Qué…?

Entonces lo notó. Era su silueta. La silueta de su gorra y su cabello. La diapositiva era del espacio, negro y lleno de puntos brillantes. El cielo en la noche más oscura, con la Luna en un punto distante y las estrellas desparramadas en lugares imposibles. Justo ahí, en la luz temblorosa y en el polvo que salía de la lente, se dibujaba la sombra opaca de un conejo asomando la cabeza. Helga se quiso reír, quiero llorar, quiso avergonzarse, quiso golpearlo, todo al mismo tiempo. En cambio, subió sus manos hasta su cabeza y se alborotó los cabellos que le sobresalían de la gorra hasta que el conejo desapareció en el espacio, quizá en un hoyo negro.

Arnold protestó en voz alta.

—Ah, vamos, no puedo creerlo.

—Yo tampoco puedo creer que tengas las agallas de burlarte de mí en un salón vacío cuando puedo liquidarte y librarme de la condena.

—Solo estás enojada porque era un conejo.

—Si hubiera sido un lagarto, al menos…

Arnold soltó una carcajada más fuerte, sus manos todavía descansaban en los hombros de Helga y apretaron su agarre ligeramente, como agradeciendo su broma.

—Las esponjas están en el almacén. —Soltó sin pensar, nerviosa, porque las manos estaban en su cuerpo, porque él estaba demasiado cerca, porque podía sentir su risa vibrar en su espalda, porque cada vez que respiraba el aire caliente le soplaba la oreja, porque era más alto y parecía más grande, porque era Arnold.

Lo siguiente no se lo esperaba, no se lo esperaba para nada.

Arnold se inclinó hacia delante, su rostro a la misma altura que el de ella, sus manos apretando su agarre un poco más, su sonrisa adivinándose en el ambiente. De noche, con estrellas, en el espacio, con la Luna en el horizonte. Su voz era suave, grave, como mecida por su buen humor, masculina y alborotándole el corazón y las entrañas.

—Gracias, Helga, sabía que lo harías.

Era demasiado. Demasiado para su mente, para su cuerpo, demasiado para ese cuarto y demasiado para sus sentimientos y esa fragilidad inmanente del amor. Era demasiado para los fotogramas de cómo Arnold me hace sentir, demasiado para sus sentidos, la razón, la no razón y sus no sentidos. Demasiado para ella y demasiado cerca, demasiado caliente, demasiado todo y demasiadas ganas de acabar con la distancia.

Se soltó como pudo, temblorosa y sin fuerza. Se separó con toda la energía que le quedaba y demostrando que quedaba un rincón para el buen juicio en ese vórtice de locura. Se alejó dos pasos, los que pudo, mientras Arnold sonreía y le daba espacio; mientras Arnold actuaba como si no acabara de robarle el corazón, tan tranquilo, acomodando las diapositivas y sin quitar la que había estado proyectada por demasiado tiempo, siempre demasiado.

—Todavía tengo tu lapicero, lo dejaste en mi casa la última vez.

—Tengo otros.

—Sé que el morado es tu favorito.

—¿Quién dice que lo es?

—Yo lo digo.

Helga puso una mano en el respaldar de una silla, para apoyarse.

—D-dámelo mañana, hay reunión del comité de graduación, ¿no?

—Ah sí, es verdad. Gerald me dijo que iban a hacer un recuento de cuántas parejas habrían, Rhonda planeaba hacer algo con eso.

—¿Cómo qué?

—¿Perdón?

—¿Algo como qué pensaba hacer Rhonda?

—No tengo la menor idea, pero debe ser bueno, si necesitamos todo ese dinero.

—Yo creo que será más bien desastroso. —Pensar en Rhonda la enervaba—. Realmente no entiendo por qué estoy ayudando en todo esto.

—Mmm… porque tú también irás, es una buena razón, ¿no?

—¿Quién dice que lo haré?

Arnold la miró.

—¿No lo harás?

—Es una estúpida graduación de secundaria.

—Yo creo que te arrepentirás si no vas.

—¿Por qué?, puedo ver a Phoebe cuando quiera y si quiero una excusa para usar un vestido escotado, siempre está el verano.

Arnold rodó los ojos, divertido.

—No se trata de nada de eso. No necesito explicarte, tú debes saberlo Helga, es el último día en el que estaremos juntos. Creo que es una buena excusa para ir.

—Hablas como si no existiera el internet o el teléfono. Con ellos, además, puedo llamar a quien se me dé la gana. Mientras menos memorias tenga con Rhonda, mejor.

—¿Lo dices en serio?

—Muy en serio, Rhonda es…

—No, sobre venir a la fiesta.

Helga suavizó su voz.

—Ya te dije que no me interesa. Además… —Se agachó de pronto, como si necesitara amarrarse una agujeta suelta—. Además, ¿quién podría conseguir pareja a semana y media del baile?

—No necesitas pareja para ir.

—¿Ah no?

—Yo tampoco tengo una y estoy seguro que hay muchos chicos que irán solos.

Helga iba a burlarse de su ingenuidad y de su confianza, se iba a burlar de sus ideas absurdas sobre cómo no había prejuicios, ni inseguridades en el mundo, se iba a burlar de su honestidad aplastante y echaría todo a la basura. No pudo, no con él, no en ese momento.

—Así que irás solo.

—No es tan malo, Helga. Quién sabe, a lo mejor encuentras pareja esa misma noche, podrías empezar a bailar antes de que te des cuenta.

Arnold hizo eso que hacía inesperadamente y que ponía el mundo de cabeza. Le guiñó el ojo, con seguridad aplastante, divertido, lleno de optimismo, como si estuviera diciéndole cosas importantes sin darse muchos aires. Helga no podía entenderlo de otra forma, en ese salón donde solo estaban los dos y no había lugar a malas interpretaciones, donde lo que decían solo podía significar una sola cosa, donde la esperanza crecía y se volvía imposible de destruir. Helga creyó.

—A-a lo mejor… —Sin darse cuenta, poco a poco, sonrió para sí misma.


Continuará…


A todos mis retoños, muchísimas gracias por la bienvenida. Leer sus comentarios me hace muy feliz y me anima a avanzar más rápidamente. Como les había comentado, subiré nuevos capítulos este fin de semana y esta historia solo tendrá una parte más, así que el final estará pronto. Espero que les esté gustando, no duden en hacerme llegar sus comentarios, estaré encantada de responderles. Gracias mil veces, todo en esta sección siempre son tan buenos conmigo, no sé cómo más recompersarlos. ¡Un abrazo muy fuerte a todos!

Respuesta a los review anónimos (en orden de llegada):

Anak. ¡He vuelto, cariño! Muchas gracias por encontrarte de nuevo conmigo. Es un gusto leerte a ti también. :)

Guest. :D Muchas gracias por la deferencia, cariño. Espero que sigas animándote a dejar review en todas las historias que te gusten.

Guest. Espero que haya sido así, gracias por escribir, cariño. :)

Roo-Uchiha. Gracias a ti por leerla y comentarla, me alegra que te gustara. Las actualizaciones serán prontas, lo prometo. Que andes muy bien, cariño :)

Ariel. ¿Ya te dije que te extraño y me muero con canciones de Sin Bandera ahora que no tengo a nadie que me patee fuera de mi cama? Te extraño muchísimo, espero que estés bien ahí donde andas y que siempre tengas tiempo de escribirme, aunque me insultes. No te cuento nada, pero te mando mi amor.

¡Nos vemos pronto, retoñitos!

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