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Mascara en la penumbra

Para Yuno.
Mi Yuno, la única en todo mi universo.

Todos usamos mascaras.

Vivimos tras ellas, nos permiten sobrevivir, superar obstáculos, encarar a otras personas y ver a través de sus propios disfraces. Las llamamos "cordialidad", "buena educación" o "comportamiento socialmente aceptado". Nadie puede vivir desnudo. Nadie puede salir a la calle vulnerable y con su verdadero ser a plena vista. Es por eso que convertimos nuestra cara en una máscara y nuestra vida pública en una mera fachada para ocultar lo que hay debajo.

Tal como el chamán de las antiguas tribus animistas que al usar una máscara decía ser poseído por los espíritus que la animaban o adquirir el carácter y el poder del animal que representaba, cuando nos escondemos tras una máscara nos transformamos, nos volvemos poderosos. Pero no tiene nada que ver con una influencia externa o algo que venga del objeto en sí. Los demonios que te dominan están en ti desde antes de usar la careta y el poder y el carácter que adquieres, es el tuyo, pero usando el disfraz te sientes seguro de dejarlo aflorar.

Me imagino que cuando el primer hombre caminó sobre la tierra no tenía miedo de ser él mismo, no temía que nadie lo juzgara. Podía dar rienda suelta a sus pasiones y dejar que sus deseos lo dominaran. No requería fingir ni aparentar. Era él en toda la expresión de la palabra. Pero conforme se rodeó de otras personas, comenzó a tener miedo de los ojos de los otros. Deseó ser aceptado, deseó ser respetado y tuvo que convertir su rostro en una máscara detrás de la cual esconder lo que en realidad era.

Es por eso que detrás de una computadora, dicen, el más educado se puede convertir en un completo imbécil. Imbécil ya era, pero la máscara digital le permitió dejar de fingir que era cordial. Por eso el anonimato da ánimo y valentía. Por eso los luchadores cobran valor detrás del disfraz. Con tu rostro cubierto (la careta que le muestras a todo el mundo) te sientes libre de dar rienda suelta a tus deseos porque si no saben quién eres, no podrán juzgarte.

Irónicamente, esto significa que para poder ser tú mismo, necesitas ocultarte detrás de una máscara.

Sumido en sus pensamientos, vigiló de lejos y en silencio la vivienda hundida en densas tinieblas, pero para él no significaba un obstaculo: sus ojos eran ciegos y estaban cubiertos. Cuando el sonido del cancel al ser corrido alertó sus sensibles oidos de la presencia de su presa, se puso finalmente en movimiento…

Takao Hiyama siempre fue un hombre ejemplar. Trabajaba como profesor de secundaria por las mañanas, de apariencia impecable y perfectos modales, pagaba sus impuestos, era amable, educado, respetuoso y soltero. Seguramente nadie, ni su familia, ni sus vecinos, ni sus alumnos se habrían atrevido a sospechar que el intachable señor Hiyama pudiera estar ocultando un bien reservado secreto.

A la sociedad daba una cara. De ocho a cuatro de la tarde era el respetado profesor. La gente que lo reconocía por la calle le saludaba sonriente y se admiraba de su garbo y propiedad. Cabello peinado, traje impoluto, aspecto inmejorable… pero al ocultarse el sol por el horizonte, quien fungiera como honrado docente se escabullía a hurtadillas al amparo de la noche a rondar las calles de Ciudad Sakurami.

Refugiado en las sombras, el rostro agachado y un atuendo discreto y abrigador. No saludaba a nadie, no hacia ruido al caminar. Tomaba las rutas menos concurridas deambulando por las calles hasta detectar algún objetivo potencial.

Usualmente no le resultaba problemático encontrar alguno. En cada ciudad existen lugares donde se reúnen los indigentes, sobre todo en las temporadas frías. De lejos, con cautela, estudió la situación y cuando tuvo ubicado a la más vulnerable de aquellas almas desvalidas, salió de su escondite directamente a ejecutar su movida.

Se acercó al hombre que tendido en la calle se acurrucaba buscando refugiarse del viento helado de la noche. Takao rebuscó en su maleta lo que ya traía preparado con antelación y al inclinarse sobre aquel menesteroso no dudo un instante y actuó de inmediato…

Le ofreció una manta abrigadora y una porción generosa de sopa caliente. El viejo vagabundo lo miró desconcertado, pero no dudo en aceptar los obsequios. El señor Hiyama se quedó un momento con aquel hombre conversando, proveyéndole con su plática, además de un remedio para el frio y el hambre, un mitigante para la dura soledad.

Después de un rato se despidió y siguió con su labor. Repartió fruta entre los demás indigentes y un par de zapatos deportivos a un jovencito así como una muñeca a una niña. Parecía que solo hablaba con quienes notaba solitarios, en parte por ser los más necesitados de un escucha, en parte porque Takao se sentía abrumado y vulnerable entre más personas había a su alrededor.

Algunas personas sin hogar ya le conocían o habían oído hablar de él. El rumor de un extraño misterioso que varias noches a la semana salía a dar apoyo a los desvalidos se corría entre las calles y los albergues. No era difícil reconocerlo, aunque de entrada parecía normal desconfiar de él. El rostro cubierto por una careta protectora con gafas, siempre usaba una gabardina y un sombrero de ala ancha debajo del cual le escapaba una larga melena que no era otra cosa que una peluca.

Y la verdad era que, aunque ayudar indigentes durante sus tardes libres no era nada malo, sino antes bien, algo admirable, el profesor Takao Hiyama sentía un enorme temor a que ese secreto suyo fuera descubierto.

Por eso el disfraz y la peluca, por eso las salidas por la noche y el no hablarlo jamás con nadie. Takao llevaba una doble vida y la existencia y naturaleza de su pasatiempo eran mantenidas en la más férrea secrecía.

Era como si, en lo más profundo de su corazón, sintiera el impulso irrefrenable de ocultar una parte esencial de su vida y mantenerla fuera del conocimiento del mundo por completo. No sabía porque lo hacía, no sabía que lo impulsaba, pero sin duda era uno de sus principales motores y el saberse hábil al no dejar rastros y cubrir sus huellas, saliéndose con la suya aun en la realización de tan loable esmero le daba una satisfacción que de otra manera no experimentaría.

De hecho, toda la indumentaria de su disfraz había sido especialmente pensada por temor a que, víctima de una coincidencia monumental, algún amigo suyo lo reconociera por la calle. Pero eso era imposible. A lo que sus conocidos les concernía, el profesor Hiyama todos los días entraba por la puerta de su casa a las seis de la tarde después de hacer sus compras y no salía hasta muy temprano al día siguiente. Nadie tenía que saber que la misteriosa figura que saltaba la verja del patio trasero hacia un olvidado callejón era él mismo, enfundado en su atuendo encubridor.

Fue una de aquellas noches al volver que los nervios del profesor sufrirían un golpe del que ya no se recuperarían nunca más. Como cada noche que salía, al volver saltó la reja del patio de atrás y con paso discreto pero directo atravesó hasta el cancel de vidrio de su cocina, entrando al resguardo de su casa, al refugio de las sombras que mantenían a salvo su secreto.

Se confió por un momento y eso fue suficiente para que al retirarse la máscara protectora, el sombrero y la peluca, su rostro natural saliera a relucir bañado por la luz de las candilejas de la calle y de la luna, que se colaba por el cristal de la puerta que venia del patio.

No habia podido esbozar una sonrisa, cuando al mirar al suelo frente a él descubrió, mezclada con su propia sombra, la de alguien más, que por la postura parecía estar pegado al vidrio del cancel, apoyando contra el cristal las manos y la cabeza… una cabeza enorme y muy redonda.

Abriendo los ojos, Takao debió reprimir un grito y al darse la vuelta, la desconcertante visión fue complementada a la perfección por una voz profunda, fuerte y entonada, que se escuchaba un tanto apagada por venir de detrás del vidrio cerrado, cuando le dijo:

―Sí que es una interesante mascara la que tienes ahí…

El señor Hiyama cayó de espaldas quedando sentado en el suelo. Con uno de sus brazos se cubrió el rostro, en parte para proteger su identidad, en parte para no tener que mirar aquella peculiar aparición. En efecto, apoyado contra la puerta del patio, un hombre alto y de complexión esbelta usando algún tipo de leotardo color negro, guantes, botas y con una suerte de enorme globo redondo y blanco por cabeza parecía mirarlo interesadamente, aun cuando sus ojos no estaban a la vista.

―¿Dime… te gusta la mia? ―preguntó el desconocido al tiempo que Takao desviaba la mirada buscando por el suelo su teléfono celular con la mano que no tenía ocupada cubriéndose desesperadamente el rostro.

¿Peligraba su vida? Talves, existen muchos locos en el mundo y alguien que tranquilamente invade la privacidad de otros en su misma casa es muy probable que sea capaz de un homicidio. Extrañamente, lo que más tenía preocupado al profesor Hiyama era que su identidad pudiera estar en riesgo. No su identidad como educador, su verdadera identidad, aquella que tenía por rostro una careta protectora y una larga peluca.

Con un esfuerzo más, pescó el teléfono móvil en su mano libre y llevándoselo al oído, levantó la mirada nuevamente hacia la puerta del patio, con el otro brazo aun cubriéndose el rostro.

No hubo necesidad. Aquel hombre extraño se había marchado sin dejar rastro de haber estado ahí siquiera.

Desconfiado, se echó hacia atrás con el rostro aun cubierto, vigilando alternadamente la puerta del patio y la ventana de la sala de estar. Se arrastró tras el sofá frente a la pantalla y, sintiéndose resguardado, se descubrió el rostro nuevamente, aferró el celular decidido y se quedó en silencio por si escuchaba los pasos del intruso.

El sueño lo sorprendió ahí, apoyado tras el sillón de su sala y se quedó dormido. Cerca de las siete de la mañana del día siguiente cuando los primeros rayos del sol se colaron por sus persianas despertó y poniéndose de pie, incómodo y adolorido se dispuso a prepararse para su rutina diaria.

Con lo apurado que estaba, por poco y no notó que había una entrada nueva de texto en su celular. La descubrió al mirar la hora mientras vaciaba su primera taza de café de la mañana, ya peinado, vestido y arreglado. El texto rezaba:

"Ya he matado mi primera víctima. La acorralé en el callejón tras el cine. Creo que jamás voy a poder olvidar la sensación del cuchillo hundiéndose en su pecho aunada a la experiencia de ver la luz de sus ojos apagarse para siempre".

Takao Hiyama apretó los labios y frunció el entrecejo consternado. No recordaba haber escrito nada de eso y la naturaleza grotesca del mensaje no le hizo ningún bien a su desbalanceado estado nervioso. Bajó la taza de golpe, mirando a un lado y a otro, temiendo que talvez el intruso de la noche anterior fuera algún tipo de loco psicópata que, sin darse cuenta él, se hubiera colado en su vivienda y se hubiera ocultado dejándole en su teléfono ese mensaje como la pista de algún enfermizo juego sádico.

Inspeccionar la casa le costó salir tarde y sufrir una demora en su horario, pero ese perturbador recado lo mantendría intranquilo durante el día entero. No ayudó en nada el hecho de que, al revisar la hora de escrito el texto, su móvil le respondiera indiferente que estaba fechado una noche de la semana siguiente.

"Eso lo explica" pensó Hiyama tratando más de convencerse así mismo que por de verdad creer lo que decía "se ha averiado el cachivache…"

Pero el profesor sabía bien que por muy dañado que este un teléfono celular, no es común que un móvil confiese un homicidio que aún no ha pasado.

―¡Perfecto! Por fin se ha involucrado. Comenzaba a preocuparme que este juego comenzara sin la reglamentaria defunción del tercero ―saltaba animada Muru Muru mirando a la pantalla.

―¿Es necesario que resulte inmiscuido? Ese hombre no ha hecho nada malo ¿Por qué tiene que ser parte del juego si es inocente? ―la cuestionó su amo desde su asiento echándose hacia atrás el cabello blanco.

―Ay… Deus, Deus, Deus. A estas alturas ya deberías haber entendido que nadie es plenamente inocente. ―lo instruyó la criatura comenzando a levitar a su lado ―En un juego de supervivencia todos son ya culpables de los asesinatos que tendrán que cometer para permanecer con vida. Además ¿no te parece suficiente crimen aspirar a robar tu trono? Al comenzar a jugar, todos están ya condenados a muerte. La razón por la que luchan y matan es por aferrarse a sus propias vidas.

―Así que… un juego… ―entornó los ojos el muchacho y se revolvió en su trono, incomodo.

Pensativo…

El resto del día no la pasó bien. El profesor Hiyama era un hombre de hábitos, de rutinas, y algo que podía desbalancearlo poderosamente era la perdida de valiosas horas de sueño. Trató de equilibrarlo con algunas tazas de café extras pero fue inútil. El cuerpo cobra factura cuando se le priva de aquello a lo que se ha acostumbrado por años y durante los siguientes cuatro días, el sueño lo evadió eficazmente durante la noche y le hacia los parpados pesados durante el día.

Cuando finalmente pudo volver a salir, esperanzado a que la adrenalina que le proporcionaba el ejercicio de su doble vida mitigaría sus malestares nerviosos, se arrepintió rápidamente al comprobar que sus sospechas e inquietudes se convertían rápidamente en paranoia.

Al principio le pareció escuchar un par de pasos, vagos y ligeros andando a su espalda. Dobló un par de veces en algunas calles como despistando, incluso dio una vuelta a una manzana para descartar que el sonido de aquellos pasos fuera algo más que una coincidencia. Al notar que no, trémulo, pero envalentonado por el anonimato que su máscara anti-gas le confería se dio la vuelta para encontrarse de frente con un callejón vacío.

Pero la noche estaba lejos de terminar y la oscuridad le deparaba desagradables sorpresas a Takao Hiyama.

Después de finalizar varias entregas y vaciar los generosos termos que había llenado con sopa miso mitigando el hambre de algunos desvalidos, al evadirse en un callejón estrecho volvió a escucharlos. Pasos. Se detuvo un momento, como para que el dueño de aquel andar pasara de largo o por lo menos revelara sus intenciones, pero nadie apareció por la boca del callejón. Los pasos solo se silenciaron de la nada.

Fue entonces cuando decidió tomar una ruta distinta. Tardaría por lo menos una hora más en llegar a su casa, pero no permitiría que nadie lo siguiera. Ese juego del acechador había comenzado a pesar severamente en la mente del profesor, y él, un hombre de paz y aborrecedor de la violencia, se estaba preguntando ya si no debería cargar un arma para protección personal.

Pasando por una gruesa a venida, decidido a subir a un puente peatonal, le pareció escuchar un descarado tarareo a su espalda. Intempestivamente, subió lo escalones a todo correr y desde lo alto se dio la vuelta escrutando los oscuros alrededores. No había un alma. Su respiración se agitó. Definitivamente no se sentía preparado para aquello. Nunca, ni en sus más locos sueños o terribles pesadillas, había esperado que alguien pusiera tanto empeño y deseo para vulnerar lo que él consideraba más preciado: su verdadera identidad.

Alguien estaba jugando con sus nervios y no pensaba darle ese placer. De pronto empezó a correr. Dobló en un par de esquinas y saltó una barda de malla ciclónica. No recordaba haberse fatigado tanto nunca en su vida, pero ahora si estaba seguro de haber despistado a su acosador. Un poco más tranquilo, se detuvo y apoyó su mano en una pared de ladrillo cercana dándose un segundo para poder respirar. Su máscara había comenzado a sofocarlo, su peluca lo hacía sudar y en general su atuendo lo acaloraba bastante…

Un sonido, y Takao dio un respingo casi dejando escapar un grito. Pero no era nada. Solo su celular.

"La he matado. Encajé el cuchillo en lo profundo de su pecho y su sangre caliente manó de la herida empapando mi guante de brillante carmesí. Debo irme, desaparecer. No puedo permitir que me atrapen."

El profesor Hiyama entornó los ojos tras las gafas humeadas de su máscara. De nuevo un extraño texto sanguinario. De nuevo fechado en una noche de la siguiente semana. ¿De dónde venía semejante información? ¿Qué significaba el desfase en la fecha? Pensó en llamar a la compañía telefónica para poner una queja, cuando, al levantarla vista hacia el muro que le servía de apoyo, su corazón se contrajo de manera tan brusca que le causo un dolor intenso en el pecho.

Recortada contra la luz que proyectaba una de las luces duras de la calle, ahí, entre posters de conciertos y carteles de mascotas perdidas; la silueta, deformada y aterradora del hombre encorvado de la cabeza redonda y gigante lo observaba en silencio.

Entonces, comenzó a correr. Tomó una bocanada de aire tan bruscamente que se atragantó. Casi tropezó al salir por un callejón y sus tobillos se resintieron cuando saltó de un desnivel de por lo menos su propia altura. Estaba aterrado y cuando sus piernas estaban a punto de dejar de responderle, se detuvo para apoyarse en la estructura de una parada de autobús.

Se detuvo un momento, al ver un hombre sentado en ella. Apretó los dientes hasta que se hirió a sí mismo, pero de pronto notó algo que le hizo bajar la guardia. De cabello castaño y vestimenta modesta, el sujeto de no más de treinta tenía entre las manos un bastón blanco. Su mirada perdida, su oído alerta, girando el rostro buscando sonidos. En definitiva era invidente y Takao, acostumbrado al dolor de personas sin hogar o impedidas por alguna discapacidad, no pudo desconfiar de él.

Tomó asiento del otro lado de la banca y, tratando de normalizar su respiración para no alertar al ciego, decidió saludar, sabiendo que el otro seguramente había notado su presencia.

―Buenas noches… ―bajó la cara, cubierta aun por la careta protectora y descansó los brazos sobre las fatigadas rodillas. El visor comenzaba a empañarse y el sudor le recorría el rostro.

―Muy buenas ―respondió con voz grave y tranquila, el bastón firme en el suelo. Todo iba bien para Hiyama, hasta que el hombre ciego, entonando la voz hasta el colmo de lo dramático agregó: ―Así que esa es tu verdadera cara…

El profesor tragó saliva. Ya había reconocido esa voz.

―Tú ya conoces la mía… aunque te hacía falta conocer esta, que es mi mascara ―una sardónica sonrisa se dibujó en el rostro del invidente al decir estas palabras.

Takao trató de correr pero sus piernas no le respondieron. Calló al suelo quedando sentado, como aquella noche tres días atrás. El ciego se puso de pie ante él. Esbelto, alto, terrible.

―Tu futuro parece estar sellado ¿no es así? ―el cabello le caía sobre la cara, escondiendo en sombras sus ojos sin vista, hacia pausas y hablaba con la modulación de un narrador de historias de la radio ―pero yo cuidaré de ti. No tienes que descender por el camino del mal. No tienes que morir como tantas veces antes. Las predicciones en el diario se cumplirán solamente si no haces nada para cambiar tu destino…

Hiyama ya no lo escuchaba. Temblaba de miedo en el suelo. ¿El diario? No pensaba quedarse a averiguarlo. Haciendo acopio de valor, se levantó apoyándose en su brazo y echo a correr sin parar ni tomar desvíos hasta su casa. Saltó la barda, abrió el cancel de la cocina y dejándose caer sobre el sofá, cayo rendido y no abrió los ojos hasta el día siguiente quedándose profundamente dormido, esta vez sin despojarse de su disfraz.

Los siguientes tres días fueron aún peores. Sus alumnos comenzaron a notar su falta de concentración en las clases y su caligrafía en el pizarrón denotaba también la alteración en su pulso que ni siquiera cinco tazas de buen café oscuro podían remediar. Su carácter normalmente afable y respetuoso se tornó irritable y un tanto arbitrario. En una sola sesión regañó varias veces a una de sus alumnas, una chica de apellido Gasai, solo por estar mirando distraídamente hacia uno de sus compañeros de la fila de atrás.

Los mensajes continuaron llegando a su celular, cada vez con más frecuencia. Describían escenas terribles desde la perspectiva de un homicida. Un depredador sin escrúpulos que parecía tener el hábito de acorralar a sus víctimas y asesinarlas a sangre fría. La mañana del séptimo día después de su primer encuentro con el hombre ciego, simplemente decidió comenzar a ignorarlos.

La oscuridad se cernió sobre Sakurami y las luces de la calle trataron de responder prestando sus diminutos resplandores. Era hora de volver a salir. Era hora de volver su humilde mascarada benefactora, pero Takao Hiyama, había comenzado a dudar.

Sentado en su sillón de respaldo alto contempló la máscara entre sus manos. ¿Valía la pena salir? ¿Cambiaría aquello que más le daba alegría en su vida por encerrarse temeroso e indefenso? ¿Qué es lo que realmente lo movía a seguir saliendo, ayudar a los desamparados o la emoción de tener un secreto resguardado?

Esculcó el compartimento alto de su armario y de un estuche largo de madera barnizada rescató un objeto por él preciado. Odiaba las armas y todo lo que significara violencia, pero aquella posesión había pertenecido a su padre, un soldado condecorado del ejército japonés. Metió la mano enguantada y apretó la empuñadura con cierta incomodidad. La hoja de un cuchillo con el reverso acerrado le respondió mostrándole su reflejo. Pero no fue su máscara pública lo que vio, no fue la cara del respetado profesor de secundaria. En su reflejo vio su verdadero rostro, vio la careta anti-gas, la larga peluca y el sombrero.

Aquella noche estaba más inquieto que nunca. Una euforia extraña lo llenó conforme recorría las calles, mucho más veloz, mucho más escurridizo que nunca. Al detenerse miraba desconfiado, examinando cada silencio y cada sombra. Por momentos, su mano se deslizaba involuntariamente hacia la terrible pieza de acero que guardaba en una funda. Un instrumento de dolor. Para él era defensa, era protección. Debía devolverle su vida, no prodigar muerte.

Comenzó a llover.

Caminó por la calle a la protección de la oscuridad de los toldos fijos de las tiendas. No había nadie en las calles. De pronto, un escalofrió le recorrió cada vertebra de la espina. Vio luces y escuchó una sirena. Autos patrulla recorrieron una calle perpendicular a su espalda perturbando la superficie mojada del asfalto urbano. Las manos le temblaban. Era noche para transitar a solas, pero por la lluvia el sombrero y el abrigo eran justificables, pero jamás encontraría manera de explicar la máscara, la peluca y el cuchillo. En toda su vida, una vida entera de salir por las noches de incognito, jamás había temido que lo atraparan, pero ahora, no solo lucia tremendamente sospechoso, aquella única noche tenía un arma en su persona, no solo mantas y comida para los indigentes.

Todo fue cuesta bajo desde ahí. Era como si las patrullas hubiesen cercado un perímetro a su alrededor y hubieran comenzado a cerrarlo cada vez más cerca, acorralándolo. Cada vuelta, tras cada esquina. Un retén de oficiales detenía a los coches e inspeccionaba a los ocupantes antes de permitirles seguir avanzando por una avenida. Un par de policías recorrían una calle con linternas. ¿A quién estaban buscando? Solo un criminar terrible ameritaría semejante movilización.

No había salida, ninguna ruta despejada, debía mantenerse en movimiento o lo pescarían. ¿Cómo había logrado meterse en semejante predicamento? Se detuvo en la calle detrás del cine a tomar un respiro. La noche se le antojó demasiado larga y vencido por la tentación echó un vistazo a la hora de su teléfono celular. Tenía una docena de mensajes nuevos. Tragó saliva. Su pulgar se movió casi por si solo y al echar un vistazo, leer las primeras líneas le heló la sangre…

"La he matado…"

"Está muerta…"

"La apuñalé…"

"Tomé su vida…"

"La asesiné…"

Al hombre al que la policía buscaba… ¿era él? Los dientes le castañeaban debajo de la máscara y la piel de sus guantes crujió al cerrarse con fuerza sobre la empuñadura del cuchillo.

Pasos. Pasos en la escalerilla de emergencia. Levantó la cara perturbado, lo único que resplandecía en el oscuro callejón era la luz de la pantalla del móvil. Ahí estaba ese tararear, esa voz chillante y gritona. Su corazón palpitaba desbocado. Miró a un lado y al otro y se sintió como un animal acorralado. Tan solo estaba esperando ver aparecer aquella infernal cabeza de globo, pero esta vez no lo tomaría por sorpresa. Estaba cansado de ser acechado y se defendería sin dudar.

Pasos nuevamente en la entrada del callejón. El cuchillo salió de su vaina. Al dar la vuelta, una joven se topó de frente con él. Para cuando Takao reparó en ella, era tarde para detener el estoque. Casi como si lo viera en cámara lenta, los ojos de una inocente chica andando hacia él se abrían de terror al contemplar el filo helado de la cuchilla que el mismo sostenía en su propia mano. Su mente aterrada comprendió en una décima de segundo que estaba por cometer una atrocidad y en su corazón deseo con todas sus fuerzas que su brazo se detuviera y que la joven no avanzara más.

Y sucedió el milagro. Una mano sujetó con fuerza el brazo del profesor al tiempo que otra paró la carrera de la aterrada chica.

―Estuviste cerca, amigo mío ―la voz melodramática del hombre de la cabeza redonda sonaba distante e inverosímil detrás de su empapada mascara en forma de globo, blanca, decorada con un motivo circular en rojo y negro.

El grito de horror de la joven rompió el silencio de la noche y sin esperar una presentación formal, salió corriendo, resbalando el suelo mojado, alejándose de aquel callejón de pesadilla llena de fenómenos enmascarados donde casi le arrancan la vida a puñaladas.

―Eso, corre más aprisa, a la seguridad de casa y con tus seres queridos. No hace falta que me agradezcas ―la animó el encorvado sujeto de la cabeza de globo entre carcajadas ―¿Acaso no soy genial?

Posando exageradamente, se presentó ante Hiyama, pero no hubo respuesta alguna. Tumbado de rodillas sobre el suelo de la calle, el profesor contemplaba el cuchillo inerte frente a él. La hoja estaba limpia, mojándose con las gotas de la lluvia, pero en su mente perturbada casi podía verlo goteando, rebosante del escarlata de la sangre de la joven.

Desvió la vista a un lado para mirar su teléfono que aun sostenia apretándolo con la otra mano. Releyó aquel primer mensaje pero su voz salió muda de su pecho horrorizado:

―…en el callejón tras el cine… la sensación del cuchillo hundiéndose en su pecho… la luz de sus ojos apagarse para siempre…

―Vamos, vamos. Arriba ―lo apuró el otro con su sonora y grave voz ―si te atrapan pierdes, aun si no la mataste y solo los malvados pierde. Para ser justo tienes que salir ganando.

Con un grito agudo, como el de un ave, el individuo enmascarado dio un largo salto, despegándose del suelo se aferró nuevamente a la escalerilla de emergencia y se internó nuevamente en la oscuridad de la noche desapareciendo…

Pero Takao Hiyama no hizo lo mismo.

―Yo… iba a matarla.

No había prestado atención alguna a las palabras de su acosador sino que con los ojos abiertos como platos y su mente embotada trataban en vano de concentrarse en la pantalla de su teléfono celular, revisando todos y cada uno de los mensajes terribles y mórbidos que recibiera aquella semana. La predicción casi se había cumplido al pie de la letra, si tan solo aquel sujeto no hubiera aparecido para detenerlo…

Con un sonido extraño como de interferencia electrónica, la pantalla del aparato se desdibujó quedando en blanco y cuando recuperó la imagen, todos las entradas del diario habían desaparecido y fueron reemplazadas por una sola. La boca del profesor se abrió atónita al tiempo que sentía la presión fría y dura de un objeto delgado y pequeño contra su nuca.

―Vaya, vaya. ¿Qué paso aquí? ¿Noche difícil, eh? Se te ha escapado la presa y ahora estas sitiado… ―la voz de una mujer. En el reflejo de un charco de lluvia frente a él, donde aún descansaba su inocente cuchillo, alcanzó a ver su rostro:

Usaba corbata, saco y camisa. Un par de anteojos y el cabello peinado en una coleta, abundante de color morado. ¿Era una detective del departamento de policía? El sonar del martillo de la pistola que tenía apoyada contra el cráneo obligó a Hiyama a volver a la realidad.

―Es una lástima que no tenga otra opción. Al doceavo le encantan estas cosas y es la única manera de llamar su atención. Ha hecho enfadar al de arriba y eso se paga caro. ―era una mujer joven y muy bella, pero su rostro se volvió espeluznante cuando sonrió maliciosa ―hasta nunca, tercero. Mejor suerte para la próxima.

―¿Ter… cero?

Hubo disparo en la noche y fue la sangre de Takao Hiyama la que manchó el suelo húmedo del callejón. La policía no tardaría en descubrir su cuerpo, junto con su cuchillo y su teléfono móvil, en cuya pantalla encontrarían un mensaje críptico e incomprensible que supondría un misterio para todos, excepto talvez, para el detective a cargo de la investigación:

"Hoy casi mato a mi primer víctima. Me han acorralado en el callejón detrás del cine. No tengo escapatoria y una mujer me mata dándome un disparo en la nuca. DEAD END."