¡Feliz día de San Valentín a todos! Como había prometido, aquí está el segundo capitulo. A partir de aquí, las actualizaciones serán semanales. Este capitulo es por el anterior que es demasiado corto. En fin, disfrútenlo :)
Disclaimer: How To Train Your Dragon es propiedad de DreamWorks Animation y/o Cressida Cowell. Esta historia está basada en el primer tomo de la saga de libros Finding Love "Finding Sky" por Joss Stirling.
Desperté de la vieja pesadilla cuando el auto se detuvo y el motor quedó en silencio. La cabeza apoyada contra un cojín, el sueño me arrastraba como un ancla mientras yo trataba de recordar dónde estaba. No me hallaba en esa estación de servicio junto a la autopista sino en Noruega con mi padre, en medio de una mudanza.
–¿Qué te parece? –preguntó Finn, como mi padre prefería que lo llamara. Salió del viejo Ford de había comprado al llegar a Noruega y extendió el brazo hacia la casa con gran dramatismo. En su entusiasmo por enseñarme la nueva vivienda, su largo pelo rubio entrecanado intentó soltarse. Techo en punta, paredes de tabla y ventanas mugrientas: la imagen no era prometedora. Me incorporé y me froté los ojos intentando apartar el terror que siempre me asechaba después de algunos de mis sueños.
–Yo pienso que es… linda –Dije no muy convencida.
Finn me miró desconcertado. Oh no.
–¿Linda? Algo debe andar malo en tu cabeza, Astrid. Yo creo que es fantástica. Mira esos postigos: deben ser originales. ¡Y la galería! Franny siempre quiso ver los atardeceres de esta forma.
Habiendo vivido con él desde los diez años, hacía mucho que había aceptado que estaba levemente desequilibrado. Desde que Franny había muerto, Finn se había propuesto vivir cada sueño que su esposa no había podido experimentar. Al contrario de Finn, yo siempre me consideré una persona ultra moderna, y me imaginé sentada en una silla que no fuera refugio de insectos y un dormitorio que, en invierno, no tuviera hielo en las ventanas… del lado de adentro.
Pero olvidemos la casa: detrás, las montañas eran deslumbrantes y se erguían contra el cielo claro del otoño, las cumbres cubiertas de un manto blanco. Se extendían en el horizonte como un maremoto congelado en el tiempo, que se había detenido justo antes de desplomarse sobre nosotros. Con la luz de las últimas horas de la tarde, sus pendientes rocosas se habían vuelto rosadas, pero, donde las sombras caían a través de los campos nevados, se tornaban de un color azul pizarra. Los bosques que tapizaban las laderas ya estaban teñidos de dorado y los grupos de álamos semejaban un fuego amarillo contra los abetos oscuros. Pude distinguir un teleférico y los claros que indicaban las pistas de esquí, que parecían casi verticales.
Tenían que ser las "Dragon Rocks", las montañas sobre las cuales había leído cuando mi padre me dio la noticia de que nos mudábamos de Londres, Inglaterra a Noruega. Le habían ofrecido un año como artista residente en un nuevo Centro de las Artes de un pueblo llamado Berk. A un multimillonario local y admirador de sus obras se le había metido en la cabeza que al centro de esquí le hacía falta una inyección de cultura y mi padre, Finn Hofferson, sería el encargado de aplicarla.
Cuando me dio la "buena" noticia, consulté el sitio del pueblo y descubrí que Berk era famoso por sus setecientos centímetros anuales de nieve y no mucho más. Se practicaba esquí pero, como yo nunca había podido pagar el viaje escolar a los Alpes, quedaría a años luz por detrás mis contemporáneos. Ya podía ver la humillación en el primer fin de semana con nieve cuando me arrastrara por las pistas para principiantes mientras los otros adolescentes descendían por las pendientes más difíciles.
Pero a mi padre le encantó la idea de pintar en medio de las montañas y yo no me sentí capaz de arruinarle su gran aventura. Fingí que no me molestaba dejar mi colegio de Londres y a todos mis amigos y, en cambio, inscribirme en la escuela secundaria de Berk. En los seis años desde que él y su difunta esposa me habían adoptado, había logrado hacerme un lugar propio en Londres. En medio del terror y el silencio, había superado mi timidez y logrado tener mi propio círculo de amigos, donde me sentía importante. Había clausurado las zonas extrañas de mi personalidad como esos colores con los que había soñado. Ya no me fijaba en el aura de la gente, como hacia cuando era una niña, y trataba de relajarme cuando perdía el control. Era una persona normal… bueno, casi siempre. Y ahora me había lanzado a lo desconocido. Los adolescentes normales de Noruega, ¿tendrían granitos y usarían ropa horrible de vez en cuando? Si resultaba cierto, nunca lograría encajar.
–Muy bien –exclamó Finn frotándose las manos en los muslos de sus jeans desteñidos, una costumbre que dejaba todas sus prendas manchadas con óleo. Estaba vestido con su estilo usual entre bohemio y andrajoso mientras yo llevaba mis Levis razonablemente arrugados–. Vayamos a mirar el interior. El Sr. Norte dijo que había mandado pintores. Prometió que arreglarían el exterior apenas pudieran.
Así que ese era el motivo por el cual parecía una pocilga.
Finn abrió la puerta del frente, que chirrió pero no se desprendió de las bisagras, hecho que yo tomé como una pequeña victoria de nuestro lado. Era evidente que los pintores acababan de de marcharse dejándonos de regalo las telas polvorientas, las escaleras, los tarros de pintura y las paredes a medio pintar. Husmeé los dormitorios del piso de arriba y encontré uno pintado de turquesa con vista a las montañas y cama matrimonial. Tenia que ser para mí. Después de todo, quizá las cosas no resultaran tan terribles.
Con la uña, raspé las salpicaduras de pintura del viejo espejo que había encima de la cómoda. La chica pálida y solemne reflejada en él hacia lo mismo mientras me observaba con sus ojos azules como zafiros. En la penumbra, tenía aspecto fantasmal: su largo cabello rubio se curvaba en bucles rebeldes alrededor del rostro redondo. Se veía frágil, sola, prisionera: una Alicia que nunca logró regresar a través del espejo.
Me estremecí. El sueño continuaba atormentándome, atrayéndome hacia el pasado. Tenía que evitar esos pensamientos. Muchas personas –profesores, amigos, todo el mundo- me habían dicho que era propensa a caer en ensoñaciones melancólicas. Pero ellos no comprendían que yo sentía… no sé… que me faltaba algo. Yo era un misterio para mi misma: un puñado de recuerdos fragmentados y oscuros lugares inexplorados. Mi cabeza estaba llena de secretos y había perdido el plano que me mostraba cómo encontrarlos.
Aparté la mano del vidrio frío, me alejé del espejo y bajé las escaleras.
–¿Hay alguien en casa? –se oyó un golpeteo en la puerta del porche y un hombre mayor irrumpió en la sala. Tenía el pelo gris y piel pálida. Cargado con una gran fuente, cerró la puerta hábilmente con el pie.
–Aquí están. Los vi llegar. Bienvenidos a Berk.
Finn y yo intercambiamos una mirada divertida mientras el hombre se acomodaba y colocaba la fuente en la mesa de entrada.
–Soy Mildew Ingerman*, el vecino de enfrente. Y ustedes son los Hofferson de Inglaterra.
Aparentemente, el Sr. Ingerman no necesitaba a nadie más para mantener una conversación. Su energía era aterradora. Deseé tener la habilidad de una tortuga para refugiarme dentro de mi caparazón.
–Su hija es muy hermosa, ¿no es cierto? –el hombre apartó una lata de pintura–. Los vi detenerse frente a la casa. ¿Sabían que su automóvil pierde aceite? Sería bueno que lo arreglaran. Pueden llevarlo al taller mecánico de Tuffnut** y decirle que yo los mandé. Les hará un buen precio y no les cobrará el estacionamiento.
–Es muy amable de su parte, Sr. Ingerman –repuso Finn mientras me miraba con un gesto de disculpa.
–Para nosotros, es muy importante ser buenos vecinos –contestó el hombre con un gesto de la mano como rechazando el halago–. Tiene que ser así: esperen que pase el invierno y ya me entenderán –dirigió sus ojos sagaces hacia mí–. ¿Estás inscrita en tercer año de la escuela secundaria?
–Si… eh… Sr. Ingerman –balbuceé.
–El semestre comenzó hace dos días, pero me imagino que ya lo sabes. Mi nieto está en el mismo año. Le voy a decir que te cuide.
Me asaltó una visión funesta de una versión joven del Sr. Ingerman arreándome por toda la escuela.
–Estoy segura de que no será necesario…
Me interrumpió con el brazo extendido hacia la fuente.
–Pensé que apreciarían un poco de comida casera para estrenar su nueva cocina –se sonó la nariz–. Veo que el Sr. Norte finalmente se decidió a arreglar este lugar. Ya era hora. Le dije que esta casa era una vergüenza para el vecindario. Ahora descansen un poco y volveré cuando ya se hayan instalado.
Desapareció antes de que pudiéramos darle las gracias.
–Bueno –dijo Finn–. Eso sí que fue interesante.
–Por favor arregla la pérdida de aceite mañana mismo –rogué con tono burlón sosteniendo las manos juntas a la altura del pecho–. No podría soportar estar presente si él descubre que no has seguido su consejo… y va a regresar.
-Como la gripe –coincidió Finn.
Esa noche desempaqué mi maleta y coloqué todo en las gavetas de la vieja cómoda, que Finn me había ayudado a forrar con papel. Todavía olía a humedad y las gavetas estaban atascadas pero me agradó la pintura blanca y pálida. Desgastada, la llamó Finn. Yo sabia cómo era eso ya que había pasado muchos años con un gran agotamiento emocional.
Me puse a meditar acerca del Sr. Ingerman y del pueblo al que habíamos arribado. Lo sentía tan diferente… tan extraño. Hasta el aire a esa altura no era suficiente y percibí un leve zumbido como de dolor de cabeza latente. Frente a mi ventana y enmarcadas por las ramas de un manzano que crecía muy cerca de la casa, las montañas eran sombras oscuras recortadas contra el cielo gris de la noche nublada. Las cumbres se cernían sobre el pueblo como si fueran jueces que nos recordaban, a nosotros, los humanos, nuestra insignificancia y fugacidad.
Dediqué bastante tiempo a elegir el atuendo que llevaría a la escuela el primer día y me decidí por unos jeans y una camiseta de Gap: lo suficientemente anónimo como para no destacarme por encima de los demás estudiantes. Al pensarlo dos veces, tomé un suéter ajustado con una inscripción de la Viking Union en dorado. Era mejor que aceptara quien era yo.
Eso era algo que me había enseñado Franny. Ella sabía cuán difícil me resultaba recordar mi pasado y nunca me presionó. Decía que, cuando estuviera preparada, me acortaría de todo. Para ella, fue suficiente que me mostrara tal cual era en ese momento; no tenía que disculparme por ser una persona incompleta. Aun así, no dejaba de sentir un miedo atroz ante lo desconocido que tenía delante de mí.
Sintiéndome algo cobarde, acepté el ofrecimiento Finn de acompañarme a la oficina de la escuela para la inscripción. La secundaria de Berk se hallaba a un kilómetro y medio de nuestro barrio. Era un edificio que se notaba orgulloso de la función que cumplía. Sobre las enormes puertas, tenía el nombre esculpido en piedra y el parque se hallaba muy bien mantenido. El vestíbulo estaba cubierto de tableros con anuncios de las variadas actividades disponibles para los alumnos… o, tal vez, de lo que se esperaba de ellos. Pensé en el instituto donde podría estar de haberme quedado en Inglaterra. Escondido detrás del centro comercial entre una mezcla de edificios de los años sesenta, había sido un lugar anónimo y no un sitio del cual había que formar parte. Tuve la sensación de que, en Berk, pertenecer era algo muy importante. No estaba muy segura de lo que sentía al respecto. Supuse que estaría bien si lograba encajar en esa escuela nueva, pero sería malo si reprobaba el examen de integración.
Finn sabía que estaba nerviosa pero prefirió actuar como si yo fuera a convertirme en la alumna más popular de la escuela.
–Mira, tienen un centro de arte –señaló con alegría–. Podrías hacer un taller de cerámica.
–Soy completamente inútil para eso.
–Entonces música. Veo que hay una orquesta. Y, mira, hay porristas. Eso podría ser divertido.
–Si, seguro.
–Te verías bien con uno de esos trajes.
–Me parecen ridículos esos uniformes –indiqué mientras observaba una fotografía colgada en la pared en donde aparecían todo el equipo de porristas que, supuse eran del año anterior.
–Entonces básquet –continuó Finn.
Puse los ojos en blanco.
–Danza.
Ya parecía una broma.
–El club de los matemáticos.
–Para meterme allí, tendrías que darme un golpe en la cabeza –mascullé y le hice reír.
–Ya encontrarás tu lugar. Recuerda que eres especial –me apretó ligeramente la mano y empujamos la puerta de la oficina.
El secretario se encontraba detrás del mostrador, los lentes sujetos con una cadena alrededor del cuello rebotaban sobre el suéter rosado mientras apilaba los mails en los casilleros de los profesores. Al mismo tiempo, se las arreglaba para sorber café de un vaso de cartón.
–Ah, ¡tú debes ser la chica nueva de Inglaterra! Entren por favor –nos hizo señas de que nos acercáramos y le dio la mano a Finn-. Sr. Hofferson, soy el Sr. Gobber. ¿Le importaría firmar la solicitud? ¿Astrid, verdad?
Asentí.
-Para los alumnos soy Gobber. Tengo aquí un paquete de bienvenida –anunció y me lo alcanzó. Vi que ya tenía una tarjeta de identificación de la escuela con mi foto. Era la que me habían tomado para el pasaporte, donde parecía un conejo enceguecido por los faros de un automóvil. Genial. Me pasé la cadena por la cabeza y escondí la tarjeta.
Cuando se inclinó sobre mí de manera confidencial, sentí el tufillo de su loción para después de afeitarse.
–Deduzco que desconoces cómo funcionan las cosas aquí.
–Es cierto –admití.
Dedicó los diez minutos siguientes a explicarme pacientemente a qué cursos podía asistir y qué notas necesitaba para aprobar.
–Hemos diseñado un horario basado en las elecciones que hiciste al llenar la solicitud, pero recuerda que todo se puede cambiar. Solo tienes que avisarme –miró su reloj–. Te acompañaré directamente a tu primera clase.
Finn me dio un abrazo y me deseó suerte. A partir de ese momento, tenía que arreglarme por mi cuenta.
Gobber echó una mirada airada a un grupito de rezagados y los dispersó como un pastor arreando ovejas reacias antes de conducirme hacia el área de Historia.
–Astrid es un bonito nombre.
No quise decirle que lo habíamos elegido juntos hacía tan solo seis años al ser adoptada. Cuando me hallaron, no fui capaz de decirle a nadie mi nombre de nacimiento y no hablé durante varios años, de modo que la gente de los Servicios Sociales me había llamado Mariana. Solo Mariana, como había bromeado uno de mis hermanos adoptivos temporales, lo cual me hizo odiar ese nombre más que nunca. Un nombre nuevo me ayudaría a comenzar de nuevo con los Hofferson y Mariana quedó en el olvido.
–A mis padres les gustó.
–Pienso que te queda a la perfección. ¿Sabías que significa belleza divina?
–Claro –mi corazón latía con fuerza y tenía las manos húmedas. Me repetí que debía comportarme y no arruinar las cosas.
–Sr. Hamada*** –exclamó Gobber al abrir la puerta. – Le traigo a la alumna nueva.
El profesor japonés-norteamericano alzó la vista de su laptop, donde estaba repasando unas notas en la pantalla interactiva, y veinte cabezas se volvieron hacia mí.
Me miró por encima de sus anteojitos con forma de medialuna, el pelo negro y lacio le caía sobre los lentes.
–¿Astrid Hofferson?
Pequeños silbidos se escucharon por parte de los estudiantes masculinos.
–Si, señor.
–Sr. Gobber, yo me encargo de ella.
–Astrid, no dejes de sonreír –el secretario me dio un empujoncito de aliento y se marchó.
Sentí la urgente necesitad de refugiarme bajo el pupitre más cercano.
El Sr. Hamada pasó la diapositiva siguiente titulada "Guerras Civiles Noruegas".
–Siéntate donde quieras.
Solo alcancé a distinguir un asiento libre, junto a una chica de piel blanca y uñas pintadas de azul marino. Tenía una melena rubia platinada que le llegaba muy por debajo de la cintura. Le eché una sonrisa neutral y me deslicé al lado de ella. Me hizo un saludo con la cabeza y tamborileó las uñas en la mesa mientras el profesor repartía unas hojas. Cuando él se alejó, me rozó levemente la mano.
–Ruffnut Thorston –se presentó.
–Astrid Hofferson.
–Si, ya lo escuché.
El Sr. Hamada golpeó las palmas para llamar la atención.
–Muy bien, chicos, ustedes son afortunados en haber elegido estudiar la historia del siglo once de Noruega. Sin embargo, después de años de dar clases, ya no me hago ilusiones y supongo que las vacaciones han borrado todo el conocimiento de sus cerebros. Por lo tanto, comenzaremos con algo fácil. ¿Quién puede decirme cuándo empezó la Era de las Guerras Civiles? Y sí, quiero el año exacto –sus ojos recorrieron una clase de expertos en bajar la cabeza y se detuvieron en mí.
Maldición.
–¿Srta. Hofferson?
Cualquier dato que pudiera conocer de la historia noruega se esfumó como el Hombre Invisible al quitarse el traje y me quedé en blanco.
–Mmm, ¿ustedes tuvieron varias guerras civiles?
La clase lanzó un resoplido masivo.
Supuse que eso significaba que era un dato que yo debería haber sabido.
En el receso, tuve la suerte de que Ruffnut no abandonara a la británica despistada a pesar de mi triste desempeño en el aula y se ofreciera a mostrarme la escuela. Muchos de mis comentarios le hacían reír pero, me explicó, no se debía a que yo fuera graciosa sino muy inglesa.
–Tu acento es muy puro. Suenas como esa actriz… ya sabes, la de las películas de piratas.
¿Realmente sonaba tan elegante?, me pregunté. Siempre había pensado que era demasiado londinense para parecer de clase alta.
–¿Tienes algún parentesco con la reina o algo así? –se burló Ruffnut.
–Si, es algo así como mi prima tercera –contesté con seriedad.
–¡Eres muy chistosa! –exclamó Ruffnut con los ojos abiertos.
–En realidad, lo soy… quiero decir chistosa.
Ruffnut se rio y abanicó la cara con la carpeta.
–Por un momento me engañaste. Estaba preocupada pensando que debía hacerte una reverencia.
–No te detengas.
Fuimos a buscar en almuerzo y luego nos dirigimos con las bandejas al comedor. Había grandes ventanales que dejaban ver las canchas enlodadas y, más atrás, el bosque. Había salido el sol y las cumbres de las montañas estaban cubiertas de un brillo plateado. Algunos alumnos comían afuera reunidos en grupos que se diferenciaban por el estilo de ropa. En esta escuela secundaria, había cuatro años y las edades oscilaban entre los catorce y los dieciocho. Yo estaba en tercer año, uno más bajo de los mayores, que se graduaban ese año.
Agité mi lata de agua mineral hacia ellos.
–Dime Ruff, ¿quién es quién?
–¿Los grupos? –preguntó con una sonrisa-. Ya sabes, Astrid, a veces creo que somos víctimas de nuestros propios estereotipos porque aunque deteste admitirlo, todos nos amoldamos. Cuando tratas de ser distinta, terminas en un grupo de rebeldes todos iguales. La escuela secundaria es así.
Sonaba bien tener un grupo: era un lugar donde refugiarse.
–Creo que allá era igual. Déjame adivinar, ¿aquellos son los deportistas? –sugerí al encontrarlos idénticos a los personajes de cualquiera de las películas que había visto desde Grease hasta High School Musical y eran fáciles de distinguir gracias a que llevaban puesto el equipo de gimnasia.
–Si, los fanáticos del deporte. En general son simpáticos aunque, lamentablemente, no hay muchos que tengan buen físico sino que, en general, no son más que unos adolescentes sudorosos. Los deportes más importantes son beisbol, básquet, hockey, fútbol femenino y fútbol americano. ¿Tú practicas algún deporte?
–Corro un poco y alguna vez le he pegado a alguna pelota de tenis. Eso es todo.
–Me parece bien. Los deportistas pueden ser muy aburridos, ¿sabes? Piensan solamente en una sola cosa… y no precisamente en mujeres.
Pasaron caminando tres alumnos enfrascados en una conversación sobre gigabytes con expresiones serias como si estuvieran negociando la paz de Medio Oriente. Uno hacía girar una memoria en el llavero.
–Esos son los genios de la informática: son los más inteligentes y se lo haces saber a todo el mundo. Parecidos a los nerds pero con más tecnología.
–Para ser justa, también hay otros que son brillantes –concedió Ruffnut mientras yo reía–. Son inteligentes, llevan sus altos coeficientes mentales con altura y no se mueven en manada.
–No creo que encaje en ninguno de esos grupos.
–Yo tampoco: no soy tonta pero tampoco súper inteligente. Después está el modelo artístico: la gente de teatro y música. Yo creo que estoy dentro de ese grupo ya que me gusta el arte y el diseño.
–Entonces deberías conocer a mi padre.
Golpeteó las uñas en la lata con emoción.
–¿Quieres decir que formas parte de esa familia? ¿La que venía al Centro de las Artes del Sr. Norte?
–Sí.
–Genial. Me encantaría conocerlo.
Una pandilla pasó delante de nosotras arrastrando los pies: chicos con pantalones caídos como montañistas colgados de una saliente sin sogas de seguridad.
–Esos son algunos de los skaters –resopló Ruffnut-. No tengo nada que agregar. Y no debo olvidarme de los chicos malos. No se juntan con nosotros los perdedores: son demasiado geniales para estar acá. Es probable que estén ahora en el estacionamiento con sus admiradoras comparando… no sé… carburadores tal vez. Eso, si no los suspendieron. ¿Me olvido de alguno? Hay unos pocos inadaptados –señaló a un grupito que comía apartado del resto-. Y luego tenemos nuestra propia comunidad de esquí. En mi opinión, es el mejor deporte del pueblo –tuvo que haber notado mi expresión preocupada porque me tranquilizó rápidamente–. Puedes pertenecer a más de uno: esquiar y ser atleta, actuar y tener las mejores notas. Nadie tiene porqué ser una solo cosa.
–Salvo los inadaptados –eché una mirada hacia los chicos que estaban aislados. En realidad no eran un verdadero grupo sino más bien una colección de personajes raros que no tenían con quien sentarse. Me asaltó un pánico repentino de que terminaría entre ellos una vez que Ruffnut se cansara de mí. Siempre me había sentido medio rara, no me resultaría muy difícil caer en el grupo de los realmente extraños.
–Si, no te preocupes por ellos. Hay en todos lados –abrió el yogur-. Nadie les da mucha importancia. ¿Y cómo era tu escuela? ¿Como Hogwarts? ¿Chicos ricos con trajes negros?
–Eh… no –me atraganté de la risa. Si Ruffnut nos hubiera visto en mi escuela durante el almuerzo, no pensaría en Hogwarts sino en un zoológico: dos mil chicos luchando durante cuarenta y cinco minutos para llegar hasta el estrecho comedor–. Éramos muy parecidos a ustedes.
–Genial. Entonces pronto te sentirás como en tu casa.
Antes de que Franny y Finn me adoptaran, había tenido gran experiencia en eso de ser nueva. En aquella época, había pasado de un hogar a otro como una cadena de cartas que nadie quería aceptar. Y, ahora, otra vez era una extraña. Vagando por los pasillos, plano en mano, me sentí horriblemente llamativa y perdida con respecto al funcionamiento de la escuela, aunque supongo que esa sensación estaba solo en mi mente.
Las aulas y los profesores se convirtieron en faros para orientarme; Ruffnut era una especie de roca a la que podía aferrarme cuando la marea me arrastraba hacia su lado. Pero traté de ocultar mi situación ya que no quería disuadirla de ser mi amiga por temor a verse asfixiada. Pasé horas sin hablar con nadie y tuve que obligarme a ignorar mi timidez y entablar conversaciones con mis compañeros. De todas maneras, tuve la sensación de que había llegado demasiado tarde: hacía años que los alumnos de la secundaria de Berk habían formado sus grupos y se conocían. Yo los observaba desde afuera.
Al llegar al final del día escolar, me pregunté si siempre estaría condenada a sentir que mi vida era una sombra fura de foco, una película de mala calidad. Insatisfecha y un poquito deprimida, crucé las puertas de la escuela para dirigirme a casa. Al abrirme paso a través de la multitud que salía en masa del edificio, capté un vistazo fugaz de los chicos malos que Ruffnut había mencionado durante el almuerzo. Atrapados bajo un rayo de luz en el estacionamiento, no había nada confuso en ellos, pero si tenían un marcado aspecto ilegal. Eran cinco varones recostados contra sus motocicletas: los cinco eran blancos, pero uno era de cabello castaño rojizo. En cualquier momento y lugar, uno habría pensado de inmediato que traerían problemas. Sus expresiones hacían juego: una mirada de desprecio al mundo de la educación representado por todos nosotros, los buenos alumnos, que salíamos obedientemente a horario. La mayoría de los estudiantes se mantenían lejos de ellos como barcos evitando una franja de tierra peligrosa; el resto les lanzaba miradas de envidia y se sentían tentados a acercarse.
Una parte de mí deseaba actuar de la misma manera: quedarme ahí, segura de mí misma, observando con desdén al resto del aburrido planeta. Qué bueno sería, si tan solo tuviera grandes pechos****, gran agudeza mental y una apariencia que hiciera que todos se detuvieran a mirarme. Claro que ser hombre ayudaba. Yo nunca podría lograr esa pose con la cadera caída, los pulgares colgando de la hebilla del cinturón, pateando la tierra con la puntera de la bota. ¿Era algo natural en ellos o practicaban frente al espejo para conseguir en efecto? Aparté el pensamiento rápidamente, eso era algo que harían las fracasadas como yo. Seguramente, ellos tenían un aplomo natural, innato. El que más me fascinaba particularmente era el blanco de cabellos castaños rojizos: los ojos ocultos tras las gafas, se reclinaba con los brazos cruzados contra el asiento de su motocicleta, el rey entre su corte de caballeros. No tenia que luchar contra la convicción de que le faltaba algo.
Mientas yo observaba, se trepó a la moto y la aceleró como un guerrero intentando despertar a un monstruoso corcel. Con escuetos saludos a sus compañeros, salió disparando del estacionamiento mientras los demás estudiantes se dispersaban. Yo daría todo por alejarme de la escuela en la parte de atrás de esa motocicleta y que mi caballero me llevara raudamente a mi hogar. Mejor aún, seria la conductora, la heroína solitaria que lucha contra la injusticia en su traje de cuero pegado a la piel, los hombres extasiados a su paso.
Una carajada burlona interrumpió el hilo de mis pensamientos. ¡Escúchate por un momento!, increpé a mi recalentada imaginación. ¿Guerreros, monstruos… superhéroes? Había estado leyendo demasiadas historietas del manga japonés. Esos chicos eran de una raza distinta a la mía. Yo ni siquiera existía para ellos. Debería estar agradecida de que nadie pudiera ver dentro de mi cabeza cómo volaba mi imaginación. A veces, mi comprensión de la realidad era un poco precaria y permitía que mis ensoñaciones tiñeran de percepción. Yo era la simple y sencilla Astrid Hofferson y ellos eran dioses: así funcionaba el mundo.
*Sé que Mildew no es Ingerman, pero necesitaba que ocupase ese papel tanto porque su carácter de la serie es muy parecido (lol) sino también porque es el abuelo de Patapez (creo que eso había quedado claro cuando apareció "Mildew Ingerman")
**Ruffnut y Tuffnut siguen siendo hermanos gemelos, solo que Tuffnut dejó de estudiar y se dedicó a la mecánica.
***Desde que leí 'japonés-norteamericano' pensé en los hermanos Hamada. De verdad, en el libro dice que el profesor es japonés-norteamericano. No es invento mio.
****En el libro, Sky (nombre original de la protagonista) mide 1.55 m (según la describe otro personaje) Evidentemente, Astrid no mide 1.55 m así que decidí poner otra cosa.
Tal vez deba de marcar esto como un crossover, porque tiene muchos personajes de otras películas animadas. Al principio no tenia esa intención, pero cuando estaba tomando lista de los personajes del libro y los convertía en los de HTTYD, me di cuenta que con el reparto de la película no serían suficientes. De todos modos no se preocupen, esos personajes no son principales (la gran mayoría)
¿Quién de aqui se pasó San Valentin solo? Si fue así, pongan eso en sus comentarios.
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Saludos y hasta la próxima semana.
