Vida Concertada

I

La isla de Arrival perteneciente a la corona Inglesa desde mil seiscientos treinta y nueve fue mi hogar, desde muy temprana edad.

Mi padre el coronel John W. Evans había sido designado a ella dos años antes de mi nacimiento con el fin de administrar y controlar los procesos de colonización de la isla, por orden de la corona Inglesa. Junto a el había partido numerosos soldados y marineros, el gobernador de la isla el señor Crouch y un joven sacerdote, el señor Lainbert. Francés de nacimiento e ingles de corazón.

Durante dos años mi padre permaneció ausente de Inglaterra y por tanto de mi madre y hermana mayor, Petunia. Al tercer año de su partida una misiva llego a manos de mi madre, comunicándole el deseo de mi padre de que ambas se trasladasen junto a él a la paradisíaca isla. Mi madre acepto consciente de que no volvería a ver a su esposo si no lo hacia.

Y así emprendieron el viaje.

Mi padre había pedido un permiso al gobernador para poder recoger personalmente a mi madre y hermana, este satisfecho como estaba con los resultados conseguidos en la colonia no se opuso. Y fue hay, en aquel reencuentro, cuando yo nací.

Inglesa de nacimiento, pues nací en la colonia Inglesa, pero arrival de corazón. Fui, como bien le gusta recordarme mi padre, el ultimo vestigio Ingles que mi madre tuvo el orgullo de ver antes de fallecer.

En aquellas lejanas tierras, rodeadas enteramente de aguas cristalinas, muy pocos remedios bahía para curar el sufrimiento de una parturienta. Mi madre fue cuidada lo mejor que se pudo, recibió ayuda divina por parte del padre Lainbert y ayuda humana por parte de las indígenas colonizadas, sin embargo sus esfuerzos de poco sirvieron pues el delicado cuerpo de mi madre no pudo resistir las innumerables infecciones que contrajo tras el parto y después de tres días y dos noches exhalo su ultimo suspiro contemplando, según mi padre, la cara dormida de sus hijas.

Así pues yo fui criada por mi nana, una señora llamada Naguie que había asistido el parto de mi madre y que mi padre bondadosamente había acogido en el seno de su familia instruyéndole nuestras costumbres y bautizándola con el nombre de Minerva.

Y así entre exótica vegetación y placenteras playas fui criada e instruida en lo que mi padre consideraba algo útil para una mujer; los quehaceres del hogar, la exquisitez de la lectura y el beneficio de los idiomas. Esto ultimo mas obligado que por voluntad, pues con los años la pequeña colonia crecería y varios barcos mercantes comenzarían a atracar en nuestro pequeño puerto trayendo con ellos sedas, tabacos y extranjeros de fluidas lenguas y acentos marcados.

Aun recuerdo como si fuese ayer cuando el primer barco atraco en nuestro improvisado embarcadero de maderas.

El navío se llamaba "La Fugaz" y era un velero de tres mástiles proveniente de las Indias donde había ido en busca de tabaco para comerciar. Su capitán, un hombre rechoncho y bajito de mejillas sonrojadas por el sol y la sal del mar, se hacia llamar así mismo Luke a pesar de ser español.

Mi nana me explicó en aquel entonces que aquel hombre escondía su nombre de su tripulación inglesa por temor a que estos lo despreciasen, que así funcionaba los hombres. Que eran como una gran tribu que debía ser dominada. En aquel entonces yo no comprendía muy bien sus palabras pero aun a si les di crédito y nunca volví a mencionar aquel pequeño detalle.

Con la llegada de "La Fugaz" mi padre tuvo que morderse la lengua y aceptar que el padre Lainbert y en ocasiones el propio capitán Luke, supervisado por Minerva, nos diesen a mí y a mi hermana clases de Español y Francés. Lengua que según el propio capitán seria necesarias dentro de varios años si deseábamos poder comunicarnos con los mercantes que atracaran en nuestras playas o por lo menos, como bien se repetía mi padre para no sucumbir ante la furia, para poder entender lo que esos marinos desvergonzados pensaban de nosotras y poder ponernos a buen recaudo antes de que ellos diesen algún paso.

Sin embargo nosotras no pensábamos como él.

Solíamos escaparnos de la gran casona de piedra blanca y madera en la cual vivíamos para ir en busca de viejos lobos de mar dispuestos a contarnos mil y una historias sobre sus apasionantes aventuras en mar abierto o sus exóticos países, mucho mas poblados y civilizados que nuestra pequeña isla y por tanto extraños e increíbles para nosotras.

Fue en una de nuestras incursiones en busca de noticias frescas y aventuras cuando lo vimos a él, o mas bien lo vio mi hermana, por primera vez.

En aquel entonces yo tan solo contaba con diez años y aun seguía siendo una criatura ingenua y dócil incapaz imaginar mi futuro mas allá del día en el cual vivía. Sin embargo mi hermana era distinta, ella ya no era una niña como bien le gustaba repetirle a Minerva, y los planes de futuro ya habían comenzado a hacer mella en su cabeza.

Recuerdo que era por la mañana, una mañana soleada como casi todas en la isla. El sol llevaba varias horas sobre el cielo y nosotras habíamos corrido por el sendero de la colina, en la cual se encontraba nuestra casona junto a la del señor gobernador, para llegar lo antes posible al puerto con la esperanza de que el barco que habían anunciado fuese el del capitán Luke, quién se había convertido en un viejo amigo de la familia.

Pero no fue más que un gran error, pues el navío que había anclado a unas cuantas leguas de la playa no era "La Fugaz" si no otra fragata un tanto mas pequeña.

Contaba con dos grandes mástiles y sus grandes velas habían sido recogidas para prevenir que se rompiesen, y una pequeña bandera ondeaba alegre en lo alto del mástil. Una bandera Inglesa, idéntica a todas aquellas que nuestro padre tantas veces nos había mostrado en libros y lienzos.

Era la bandera de nuestro país.

-Mira Lily- había gritado excitada mi hermana- Son ingleses.

-Deberíamos avisar a padre- sugerí en aquel entonces.

Pero muy lejos de escucharme mi hermana había partido por el sinuoso sendero y se había perdido entre los cabos y las barcas del puerto.

Yo asustadiza como era a pesar de ser más curiosa que ella no pude resistir mucho la tensión de la soledad y la seguí con pasos torpes hacia el puerto.

Recuerdo que cuando mis pequeños pies tocaron la madera desgastada del embarcadero y me toque el pecho par retomar el aire los escuche, a ambos.

Estaban hablando jovialmente, como si se conocieran desde hacia años a pesar de no ser mas que completos extraños. El era un hombre robusto, no demasiado alto pero si un poco más que mi hermana, llevaba una camisa azul, del mismo tono que el cielo, unos pantalones anchos de marinero color marrón, o simplemente sucios, un chaleco de cuero rojo abotonado y unas botas altas marrones que le alcanzaban hasta las rodillas.

Seguramente ante los ojos de mi hermana o cualquier dama de su edad parecería todo un aventurero en busca de fortuna y una bella dama, pero para mis ojos infantiles no era más que un fantoche que parecía importunar a mi hermana mayor.

-¿Y cual es vuestro nombre milady?, si me permitís la osadía- había dicho aquel grandullon componiendo una sonrisa que años mas tarde yo llegaría a odiar.

-Petunia, Petunia Evans- había contestado mi hermana ahogando una risita.

Aun cuando recuerdo aquel día pienso que mi hermana se comporto como un pavo real en aquella ocasión, alardeando de su belleza y desplegando todos sus encantos ante aquel desconocido.

-Un bello nombre- había comentado- Sin embargo su propietaria es mas bella aun- añadió poco después besando la mano de mi hermana.

Ella se había limitado a sonreír, al igual que hizo durante las dos semanas restantes. Durante las cuales solía escapar de la gran casona en mi compañía para reunirse con su valiente marino como ella misma le llamaba.

Minerva intuía que algo le pasaba, al igual que mi padre, sin embargo siempre que alguno de ellos me cuestionaba algo yo debía mentir pues se lo había prometido a Petunia aquella mañana, junto al puerto, cuando ella me descubrió espiando su, según ella, inocente conversión con el señor Dursley.

Ahora me arrepiento de haber guardado el secreto, de haberla protegido y ayudado a llevar su amor a buen puerto, y no es algo literario si no real.

Mi querida hermana se marcho trece días después de conocer al dicho mercader y nunca mas volvimos a saber de ella, o por lo menos no mi padre pues yo recibí una carta de ella dos días después de su partida de manos de uno de los aldeanos que ayudaban en el puerto. En ella me expresaba su gratitud por mi silencio y me deseaba suerte para poder encontrar el amor verdadero al igual que ella.

Muy lejos de la realidad.

Cuando mi padre se dio por vencido con la búsqueda de Petunia, tres años después, yo no tuve el valor de verlo derrumbarse y no pude más que mostrarle la carta y contarle mi pequeña mentira.

Las consecuencias de mis actos, o los de mi hermana y su amado, fueron peores de las que en algún momento pude llegar a imaginar.

Fui repudiada por mi propio padre, el cual se negaba a dirigirme si quería la mirada, mi libertad se me fue arrebata y fui obligada a permanecer aislada del resto de los habitantes de la isla. Un castigo tedioso pero según mi punto de vista merecido dado mi delito. Sin embargo la ira de mi padre no quedo hay. Volvió a organizar partidas para encontrar a mi hermana fugada, sin mucho éxito debo añadir.

Así pues tras dos largos años de nulos resultados el gobernador le propuso a mi padre una oferta demasiado tentadora para rechazarla o por lo menos eso me aseguro cuando se me fue comunicada.

-Siéntate Lilian- comenzó con todo brusco.

Algo que no me alarmó demasiado pues mi padre llevaba demasiado tiempo enfurecido conmigo y seguramente con él mismo como para recordar como era la cordialidad o la ternura.

John William Evans era un hombre de carácter, obsesionado por la disciplina y la obediencia. Pensaba que todos debían seguir ciertas normas y puntos para poder llegar a ser individuos respetables o dignos de ser nombrados. Y nunca se había avergonzado de expresar sus ideas en alto, por muy descabelladas que llegasen a ser. Ese era su mayor orgullo, su ingenio. En sus cincuenta y tres años nunca había sido tachado de ignorante como bien le gustaba repetir muy a menudo.

-He dispuesto que te cases –dijo una vez que yo tome asiento justo a él en el sofá cercano al gran hogar.- El enlace se realizara en cinco meses y se realizara en Inglaterra. El novio será el único hijo de un gran amigo del señor Crouch.

¿Un matrimonio?

-Ya he dado las ordenes pertinentes y las criadas comenzaran a empaquetar tus cosas mañana mismo.- ni siquiera se dignaba a mirarme- Utilizaras el vestido de bodas de tu hermana, ya que tanto amor os tenias no te importara- me dedicó una mirada furiosa de sus ojos color verde oscuro, iguales a los míos, una última demostración de provocación para que yo mostrase mi opinión sin embargo no hable.- Partiremos en dos meses o quizás menos, por lo que no tendrás tiempo de preparar tu ajuar sin embargo no dudo de que tu futuro esposo te proporcionara todos aquellos vestidos que desees una vez que os caséis.- explico-Podrás llevar a Minerva si lo deseas pero después ella deberá volver conmigo.

Alce mi mirada hacia las cenizas de la pasada noche que aun no habían sido retiradas del hogar.

-¿Ella no se quedara a mi lado?- me atreví a aventurar.

-No- contesto más en orden que como información.- Su deber acaba en el mismo momento en el que te desposes, para que retenerla por más tiempo.

Incline la cabeza como una hija buena y obediente, sin oponer resistencia para evitar mayores represarías, y me mordí los labios impidiendo que los gritos de frustración que amenazaban con salir no cumpliesen su cometido.

-¿Puedo retirarme o desea comunicarme algo más, padre?- pregunte cuando puede estar totalmente segura de que no estallaría en lagrimas.

-No, puedes retirarte.

Salí apresuradamente de la sala aun con ganas de llorar, porque ¿qué le había hecho realmente yo? Solamente había protegido a mi hermana, eso era lealtad, amor y mi padre no podía enfurecerse por ello. No hasta aquel punto, no hasta llegar a odiarme.

No podía pretender que tomase la responsabilidad de los actos de otros, no podía obligarme a pagar por algo que ya había sido zanjado.

Sin embargo se que me equivoco; en este mundo, paradisíaco o no, eran los hombres quienes gobernaban y decidían. Eran ellos quienes tenían las últimas palabras y yo debía obedecer. Ser una buena hija y cumplir los deseos de mi padre, aunque dichos deseos involucrasen mi desgracia y el no volver a ver a la única mujer que ha sido para mí una madre.

Pero aun así, a pesar de saber que debía cumplir con mi deber, el miedo me dominaba y no era capaz de coordinar mis pasos por lo que tuve que parar mi marcha y apoyarme en una ventana del amplio corredor.

Cerré mis ojos, esperanzada, deseosa de que todo fuese una pesadilla y que al abrirlos estuviese en mi dormitorio, entre mis calidas sabanas.

Note como las lagrimas salían veloces y sin piedad de mis ojos empapando mis mejillas.

-Ya lo sabes, ¿cierto?- pregunto en voz baja Minerva mientras se acercaba con cuidado a mi y me rodeaba con sus propios brazos.- No lo odies- me susurro al oído tras varios minutos- El simplemente hace lo que cree mejor para ti, no desea perderte al igual que a tu madre y hermana- me confeso.

Me volví lentamente hacia la mujer que me había cuidado desde el día de mi nacimiento. Minerva tenía treinta y cinco años, era ligeramente más alta que yo, que no era gran cosa. Su cabello castaño comenzaba a teñirse de tonos grisáceos por algunos lugares, a pesar de que ella solía ocultar aquel echo recogiendo sus cabellos en recogidos sutiles. Sus ojos castaños, al igual que su tono de piel y su cabello, me dedicaban una mirada cariñosa. Como la que las madres suelen dedicar a sus hijos, porque eso era yo para ella, su hija.

Minerva había perdido a su bebe de un año a manos de la gripe dos meses antes de mi nacimiento, fue por ello que mi padre la escogió a ella, a pesar de su temprana edad, entre otras para que fuese mi nana. Ella podía proporcionarme alimento y sobre todo cariño.

Y había cumplido con creces…y ahora debía alejarme de ella.

-Mi padre me ha comunicado que no podré estar contigo- le murmure- me negó el volver a tenerte junto a mi y me obligara a soportar mi condena sola- grite.- ¿Es acaso eso amor?

-Si- dijo acariciando mi cabello- El señor siente miedo de perderos pequeña, por eso actúa así. Pero estoy segura que no te entregaría a cualquiera, ese hombre debe ser muy bueno si su padre acepto esposarla con el.

¿Debía creerla? ¿Cierto?

-Os contare un secreto pequeña- murmuro empujándome con delicadeza por el pasillo- El señor Gobernador le expuso su oferta hace un año a su padre pero el no acepto hasta que estuvo bien informado. Le pidió al capitán Luke que averiguase sobre vuestro pretendiente y eso hizo.

Alce mi mirada intrigada.

Las lágrimas habían dejado de brotar hacia tiempo y mis pies caminaban ahora por voluntada propia hacia mi habitación.

Estaba hipnotizada con las palabras de Minerva.

-Hace cuatro días "La Fugaz" arribo en el puerto y el capitán Luke vino en busca de vuestro padre para darle su informe, fue hay cuando yo supe todo esto que os cuento, el propio capitán me lo contó. Ya sabéis como le gusta hablar a ese marino.

Sonreí y me apoye en la puerta de madera que separaba mi espacio personal del corredor. Minerva tenía razón; al capitán le gustaba demasiado hablar, un defecto que siempre aseguro que le traería desgracias y que sin embargo ahora yo encontraba muy conveniente.

-¿Qué os contó Minerva?- quise saber.

Mis preocupaciones habían desaparecido, mi mente se centraba ahora en solo punto. En el rostro borroso de un joven que pronto seria mi esposo.

Quien sabe, tal vez no fuese tan terrible, quizás seria un muchacho sano y joven con el cual podría vivir una agradable vida; y con un poco de suerte incluso podría enamorarme de él. Podría darle hijos y el los querría tanto como mi padre nos quiso a Petunia y a mi antes de que todo este malentendido comenzase.

Si, no era un mal futuro.

Minerva entró en mi cuarto, que sólo era un poco más grande que el suyo propio, y fue hasta la ventana donde se encontraba un pequeño diván forrado de terciopelo rojo que el capitán Luke me había regalado para mi decimoquinto cumpleaños hacia menos de dos meses.

Yo tome asiento junto a ella y permití que tomase mis manos entre las suyas.

-El capitán comento, sin proponérselo por supuesto, que el joven con el cual os desposareis es el único hijo del conde de Gryffindor, el señor Charlus Potter.- comenzó.

-Entonces es lo que mi padre suele llamar un lord, al igual que el señor Crouch –dije intrigada.- ¿Cierto?

-Creo que si pequeña, aunque nunca e visto un lord de esos así que no puedo asegurarlo.- dijo soltando una de mis manos y acariciando mi mejilla.

-¿Qué más dijo el capitán Luke?- quise saber.

Minerva sonrió, aliviada de que mi pesar hubiese disminuido aunque solo fuese un poco.

-Dijo que el joven era mayor que usted pequeña y que era respetado entre sus semejantes.

¿Mayor? ¿Cuánto de mayor?

-¿Cómo de mayor?- pregunte expresando mis dudas en voz alta.

-No estoy segura pequeña, pero seguramente no serán muchos años. Vuestro padre nunca os casaría con un anciano- intento animarme.

-¿Dijo algo más el capitán Luke?- cambie de tema.

No deseaba pensar en ello, no quería imaginarme casada con un anciano libidinoso.

Eso seria demasiado cruel, por muy furioso que mi padre estuviese Minerva tenia razón el nunca me desearía un futuro desgraciado.

Pero y si el caballero en cuestión era bien visto por mi padre, ¿importarían los años entonces?

-No, vuestro padre llego en aquel momento- confeso Minerva- Tuve que huir para que no me descubriese.

-Tranquila, no importa- le asegure apartando sus manos de mi y levantándome.- Nada importa ya, la decisión a sido tomada. ¿No?

Gire sobre mis talones y el dedique una sonrisa, sin embargo estoy segura de que no me cree pues incluso yo se que la alegría que expresa ese gesto no a llegado a mis ojos.

Más tarde, aquella misma noche, me senté ante el tocador para mirarme en el espejo.

Durante el resto de la tarde, tras la marcha de Minerva, una nueva duda había inundado mi mente.

¿Seria lo suficientemente hermosa para mi futuro esposo?

¿O tal vez el se reiría de mi al verme?

Y si realmente era mayor que yo, ¿como debería actuar frente a él?

Allí en Inglaterra las mujeres eran muy distintas de mí; eran refinadas, vestían exquisitos vestidos y sus peinados y sus rostros eran los de una muñeca. O así las describían todos los marineros a los que había peguntado a lo largo de los años, incluso mi propia madre y hermana habían sido así. De belleza delicada y frágil, exquisitas.

Pero yo era distinta.

Mi piel blanquecina, herencia de madre, había ido tornándose colorada con los años hasta el punto de parecer un gran tomate. Mi cabello, muy a diferencia de mi madre o hermana que eran rubias, tenía un tono rojizo similar al de mi piel que no hacia más que incrementar mi parecido a cierta hortaliza y por si fuera poco solía encresparse con facilidad por lo que su longitud debía ser limitada a un poco mas por debajo de mis hombros. Mis ojos, lo único heredado de mi padre, eran de un tono verde oscuro, demasiado llamativos en contrasté con mi rostro. Mi nariz era más bien respingona por la punta y mi rostro era ovalado, casi en forma de corazón.

Mi estatura tampoco ayudaba, era condenadamente bajita, mucho más que las pequeñas francesas según el capitán Luke. Y en lugar de tener pechos llenos y curvas suaves y redondeadas, era mas bien delgada. Mis pechos no eran demasiado grandes, incluso en ocasiones Minerva había bromeado diciendo que cuando llegase la hora de amamantar a mi hijo la pobre criatura se quedaría con hambre demasiadas veces.

Y aunque sabia que era broma me molestaba.

Yo no era más que una niña, tan solo contaba con quince años; ¿realmente un hombre acostumbrado a las damas y a las mujeres bellas podría quererme o agradarle?

Creo que no.

Y además estaba el asunto de la educación. Porque por muy buena educación que el padre Lainbert, y en ocasiones el capitán Luke, me hubiesen brindado yo no dejaba de ser una inexperta en todos los sentidos.

Mis dotes culinarias dejaban mucho que desear y mi habilidad con la aguja se limitaba a perforar mis dedos uno tras otro. Para colmo era demasiado perspicaz, don que mi padre consideraba ofensivo en una dama; según sus propias palabras, y las de otros caballero del lugar, una mujer que mostrase cierta inteligencia mas allá de los limites establecidos por la actual sociedad era un peligro para ella misma y una molestia para su esposo.

-Ay, Lily, te preocupas innecesariamente -susurre en voz alta- Debo confiar en que todo saldrá bien; pronto marchare para encontrarme… con un total desconocido y viviré con él como su obediente esposa. -deje escapar un suspiro y retire mi mirada del espejo-Su esposa... ¿Qué se sentirá al ser la esposa de alguien?

Bostece y deje que mi mirada vagara de nuevo por el reflejo de mi rostro; mis ojos se toparon con las puntas de mi cabello y sin ser conciente tome algunos mechones con mis manos, analizándolos.

El sol había comenzado ha hacer estragos en mi cabello de nuevo, decolorándolo por las puntas y por siguiente consiguiendo que diese la sensación de que estuviese en llamas.

-¿Quién podría encontrarme interesante?- me queje soltando los mechones bruscamente.

Me puse de pie y fui hacia la gran cama con dosel, con sus volantes de color marfil y blanco. Me metí bajo las sabanas, las noches solían tornase frías en la isla en aquellas épocas del año, y eche mis cabellos sueltos a un lado de la almohada, con desagrado.

Definitivamente tendría que hacer algo con respecto a ellos; Petunia siempre me lo advirtió cuando éramos pequeñas, mis cabellos eran de un tono demasiado chillón y llegaban incluso a ser desagradables. Seguramente en Inglaterra todas las mujeres serian rubias de ojos azules o morenas de exuberantes ojos grises y yo a su lado parecería un fenómeno.

Un motivo más para no desear volver.

Aquí en la isla nadie me juzgaba, nadie ponía en tela de juicio mi apariencia o modales…sin embargo allí. Tenía la baga sospecha de que no seria igual y eso me tenía realmente preocupada, tanto que llegaba al punto de poder conciliar el sueño.

Esa noche di demasiadas vueltas en la cama, tantas que acabe enredada entre mis propias sabanas, sin embargo al final conseguí quedarme dormida. Después de lo que para mi fueron eternas horas.