Nuevamente, feliz cumpleaños K-Nessy!

Disclaimer: Snif...Todos de Kishimoto-sensei...


CONFÍA EN MÍ…

El kunai silba junto a mi oreja para acabar clavado en el árbol situado detrás. Lo miro un instante y finalmente deduzco que tratar de sacarlo de donde ha quedado encajado a base de fuerza bruta me va ha ser imposible completamente. Sobre todo si Kiba y Akamaru están saltando sobre mi a la vez, acompañados por sendos rugidos rabiosos. Alguien debería decirles que un ataque silencioso es mucho más eficaz que una entrada espectacular aderezada con un grito de guerra que lo único que hace es avisar a tu enemigo de tu posición, pero creo que eso es misión de los entrenadores, y no mía.

Hace ya tres días que Shizune-chan me recetó ese asqueroso jarabe que reduce la "inflamación de las vías respiratorias medias" (palabras textuales) y puedo asegurar que por muy poco apetecible que sea la dichosa medicina, el dolor de mi garganta y la tos han remitido tanto que sería capaz de beberme varios frascos de una sola sentada, mal olor incluido.

Mifume-sempai decidió apartarme del entrenamiento mientras durara el tratamiento, así que ahora trato de repasar lo más rápidamente posible los movimientos que se han impartido y aprendido durante mi ausencia, ayudada por Kiba y Shino. No son muy complicados pero me gusta repetirlos una y otra vez, hasta estar completamente segura de que me han salido a la perfección.

— ¡Descanso!

El grito de uno de los entrenadores nos obliga a detenernos. El campamento es un lugar montado a gran velocidad, así que los campos de entrenamiento son, simple y sencillamente, amplias superficies de tierra blanda y removida, que tenemos que compartir entre todas las divisiones por turnos. Así que, de alguna manera, mientras entrenan las otras Divisiones, nosotros "disfrutamos" de un merecido "descanso", todo con comillas, si tenemos en cuenta que consiste en estudiar mapas, aprender nuevas estrategias y repasar todo aquello que luego llevaremos a la práctica cuando vuelva a ser nuestro turno. Como Kiba dice: es una rutina perfectamente diseñada para que, una vez llegada la noche y nada mas llegar a nuestra cama caigamos tan profundamente dormidos, que ni siquiera una explosión pueda despertarnos; lo cual es bastante contradictorio si tenemos en cuenta que son los gritos de nuestros respectivos sub-capitanes los que nos despiertan cada mañana.

Y hoy es uno de esos días en los que, por casualidades del destino, puedo disfrutar plenamente de dos horas completas de tiempo libre antes de que Mifune-sempai pase lista por última vez antes de marcharnos a dormir. Me tomo un refresco junto con Shino y Kiba; y mientras me río de las payasadas del último, escucho sin querer los retazos de la conversación que se desarrolla a nuestro lado, entre un grupo de unos cinco chuunins.

—Sí, la rubia...

— ¿La de la coleta?

—Ajá. Es la chica a la que el Comandante abrazó.

—No la abrazó... Gaara-sama solo la sostuvo, aunque no se por qué.

—Oí que estaba enferma y él la ayudó

— ¿De veras? ¿Gaara-sama? Wow...

—Bueno, ella es joven, probablemente sea de la misma edad que el Comandante. No sería raro que...

— ¿Ella? ¿Con Gaara-sama? ¡Venga ya! ¡Shinto, deja de beber sake a escondidas, por favor!

Una riada de risas recorre el grupo y me hace sentir enormemente avergonzada el hecho de haber estado escuchando conversaciones ajenas, aunque tengan que ver conmigo. Además, he escuchado la misma conversación en todos los rincones del campamento una y otra vez así que ya no me molesta de ninguna manera. Llevo siendo la chica a la que Gaara-sama abrazó ya tres días, y creo que ya me he hecho completamente inmune. Ahora solo queda que alguien asegure haber visto como nos besábamos para ponerle la guinda al pastel.

Hace mucho calor, y pronto empiezo a notar como el bochorno nocturno hace mella en mí, embotándome el cerebro. Me levanto y me despido de los chicos, diciéndoles que voy a dar un paseo para ver si se me despeja la cabeza. Akamaru está empezando caminar sobre dos patas mientras baila con su dueño ante las risas de otros compañeros de División así que no creo que Kiba me haya escuchado. Pero el sutil asentimiento de Shino me indica que él informará al Inuzuka si pregunta por mí.

La media sonrisa plateada que la luna esboza en el cielo ilumina todo, así que puedo caminar tranquilamente entre las tiendas más alejadas de las hogueras. Lo que menos necesito ahora mismo es fuego, así que continuo alejándome del centro del campamento, en busca de aunque sea, una diminuta brisa que pueda refrescarme apropiadamente. Las enormes siluetas de las tiendas de campaña de los capitanes y demás cargos comienzan a recortarse contra el cielo nocturno ante mis ojos, y decido acercarme allí.

Los signos visibles de que una guerra va a comenzar son cada vez más abundantes. Estandartes con banderas prácticamente nuevas. Enormes caballetes que sostienen aun más enormes mapas. Kunais, shurikens y demás armas colgando de largas y gruesas cuerdas probablemente enfriándose tras una forja acelerada. Todo parece haber estallado en caos, y ahora que todo el mundo se encuentra o bien entrenando, o bien disfrutando de su tiempo libre en el centro del campamento, esta zona me recuerda a uno de esos campamentos shinobis, abandonados tras las anteriores guerras, con un aire frío y fantasmal que me pone los pelos de punta.

Del interior de una de las pocas tiendas con luz me llegan los retazos de una conversación en la que puedo distinguir la voz de Mifune-sempai, y para mi sorpresa, la de mi padre también. Debe ser algún tipo de reunión entre capitanes, pues también creo distinguir la sosegada voz de Kakashi-sensei tratando de apaciguar lo que parece una acalorada discusión. Esbozo una sonrisa divertida al oír el vozarrón autoritario de mi padre indicándole "amablemente" que no debe meterse en conversaciones ajenas.

Continuo caminando hasta llegar a la tienda más grande de todas, frente a la cual ondean, exactamente a la misma altura, las banderas de cada una de las naciones que intervienen en la guerra, como una manera de indicar que aquí todos somos iguales, que no hay nadie por encima de nadie en cuestiones de territorio. La tienda es enorme y se extiende hacia los lados como si de una casa se tratara. Es desde aquí desde donde se toman todas las decisiones y se imparten las ordenes que dirigirán el futuro de nuestro mundo; y es aquí, donde descansa nuestro Comandante General.

Inmediatamente decido alejarme. Si alguien me viera merodeando por la tienda de Kazekage-sama, con la cantidad de rumores que corren por ahí, daría pie a multitud de chismes que prefiero evitar.

Y entonces, justo cuando estoy a punto de dar la vuelta a la esquina, el ruido de algo frágil estrellándose contra el suelo, acompañado de un fortísimo golpe llega a mis oídos, haciéndome dar un respingo. Sin pararme a pensar, doy media vuelta y corro hacia la tienda, dispuesta a interrumpir lo que sea que está sucediendo ahí. Estoy a punto de apartar una de las lonas que actúan como pared, cuando me detiene un desconsolado sollozo ahogado.

Entrecierro los ojos intrigada cuando oigo la respiración agitada y desacompasada de una persona llorando. No soy de las que lloran con facilidad, pero sé que nunca es agradable que otras personas te vean en tus momentos de mayor debilidad. Quizá lo mejor sea volver con los chicos y dejar a quien sea que está pasando un mal rato, se quede a solas para tranquilizarse.

Vuelvo a saltar en el sitio cuando algo en el interior de la tienda golpea una superficie, probablemente de madera, que se resquebraja con un chasquido escalofriante. Y ese ruido que me recuerda a platos o cristales rompiéndose contra el suelo vuelve a sonar nuevamente, y esta vez, algo ente un grito y un rugido resuena en el aire, cargado de rabia y dolor. La voz que ha proferido semejante sonido no me es precisamente desconocida. Me acerco lentamente y con suavidad aparto la pesada lona, pasando al interior de la estancia. Contengo la respiración asombrada ante la caótica escena que aparece ante mis ojos.

Varias de las telas que cubrían el suelo y las paredes se encuentran rasgadas y algunas de ellas se han convertido en amasijos de hilos enredados. Absolutamente todos los muebles han sido reducidos a poco más que astillas. Un enorme armario situado al fondo ha caído hacia delante y lo que antes era su fondo, es ahora un enorme boquete. La mitad de lo que antes era una mesa de sólida madera oscura se encuentra a menos de un metro de mí, y la otra mitad asoma por debajo de un gigantesco mapa hecho jirones. Multitud de trozos de vasijas y platos de barro y de cristales se encuentran esparcidos a mis pies, regando el suelo de diminutas esquirlas brillantes que parpadean cual estrellas. Doy un paso vacilante y los cristales crujen bajo mis pies. Unos espesos goterones de color rojo oscuro tiñen algunos de los pedazos, trazando un pequeño reguero encarnado hasta el centro de la habitación, donde se está formando un charquito cada vez más grande a los pies de la persona que allí se encuentra, mirándome sorprendida.

Gaara me observa cuidadosamente con una pierna retrasada, como si se estuviera preparando para saltar sobre mí en cualquier momento. Sin embargo, y a pesar de su postura, su cuerpo se encuentra completamente relajado, con los brazos cayendo desganadamente y los hombros hundidos, como si todo él estuviera invadido por un terrible cansancio. Exactamente el mismo cansancio que veo reflejado en su rostro, y que oscurece sus ojos. Su expresión muestra una mueca de sorpresa, que sin embargo, no logra camuflar el dolor, sobre todo por culpa de esas mejillas húmedas por el llanto. Algo en su rostro me recuerda a un niño pequeño y asustado, que suplica ayuda en silencio. Y sus ojos...

Sus ojos húmedos brillan, con un millar de sentimientos pugnando por salir. Las cadenas que antes sujetaban los sentimientos de dolor y soledad ahora apenas pueden retenerlos, y sus tentáculos oscuros se pasean con total impunidad. Los nervios y la tensión se han convertido en un estallido de energía que ataca todo lo que le rodea, confiriendo a esas pupilas aguamarina una mirada frenética, que me hace pensar en un animal atrapado en un cepo. Pero lo que más destaca en esos iris, es lo que antes era una red formada por multitud de sentimientos negativos, y ahora es un huracán que arrasa con todo, derribando aquello que antes brillaba con tanta fuerza. El miedo, antes contenido, se desborda en forma de lágrimas, destruyéndolo todo a su paso.

La pena me invade y no puedo evitar dar otro paso hacia él con los brazos extendidos. Sin embargo, ese simple movimiento parece despertar algo dentro de Gaara, porque rápidamente tensa sus músculos, irguiéndose en una postura que denota seguridad y confianza, pero que ahora que me fijo, está estudiada al milímetro. Cruza los brazos sobre el pecho y alza la barbilla con orgullo. El brillante sentimiento que antes dominaba todo en la mirada del joven Kage se asoma ahora, tratando de recuperarse de la herida que las lágrimas le han infligido.

— ¿Desea algo, Yamanaka-san?— probablemente ha intentado imprimirle a su voz un tono cortante y autoritario, pero no ha podido evitar que la voz se le quebrase a mitad de frase.

Y entonces, mi cuerpo se mueve antes siquiera de que mi mente se lo ordene, sorprendiéndonos tanto a Gaara como a mi. Doy dos zancadas y mis brazos le rodean, apretándome con fuerza contra su pecho. Puedo oír a la perfección sus latidos acelerados y su respiración, que se detiene un instante debido a la sorpresa antes de volver con renovadas fuerzas. Su aroma sigue recordándome a una hogareña barra de pan, y no puedo evitar inspirar y espirar varias veces tratando de impregnarme de ese olor que me recuerda tanto a casa. Su cuerpo está rígido, y casi puedo adivinar la expresión de su cara. Yo debo parecerle, o bien una loca peligrosa o simple y sencillamente una idiota que no controla sus impulsos. La verdad es que yo apoyo lo segundo; pero tengo que alegar en mi defensa que ya se que es lo que me ha impulsado a abrazarle.

Es el miedo. Ese miedo que veo reflejado en sus ojos, que no es otra cosa que el mismo miedo que yo siento, pero un millar de veces amplificado. Es el miedo que no veo en los ojos de Kiba, ni en los de Shikamaru, ni Chouji, ni en los de la frentona, ni en ninguna de las personas a las que quiero. Porque es verdad que ellos están ahí, apoyándome en todo momento; pero es que últimamente lo que necesito no es apoyo, sino comprensión, y eso es algo que ellos no pueden darme. Es verdad que todos están asustados en lo que a la guerra se refiere, pero o bien lo ocultan muy eficazmente, o bien no es el mismo tipo de miedo que el mío. Porque mi miedo es muy especial. Es el que se siente cuando ves un kunai dirigiéndose al corazón de un amigo. El que sientes cuando eres consciente de que ahora mismo, vayas a donde vayas ni tú ni nadie estaréis a salvo. El que te recuerda que no puedes estar seguro de que todo estará en su sitio cuando vuelvas a casa. El que te hace vacilar y dudar cuando tu mano debe ser firme. Ese miedo que te paraliza y que sin embargo no está enfocado en protegerte a ti, sino a los otros. Ese es el miedo que yo veo oscureciendo la mirada de Sabaku no Gaara.

Estoy a punto de apartarme avergonzada con miles de disculpas preparadas, cuando un sonido similar a un sollozo, suena un poco más arriba de mi oreja derecha. El cuerpo de Gaara se estremece un instante y yo alzo la cabeza para mirarle. Su mano cubre sus ojos pero puedo ver como las lágrimas continúan cayendo. Eso me hace sonreír de pura alegría. Una gota de algo más espeso que las lágrimas cae sobre mi mejilla. En el dorso de su mano, desde el dedo anular hasta la muñeca, veo una fina cicatriz que no deja de gotear sangre. Ciertamente me sorprende, ya que he oído que la arena le protege automáticamente de todo daño; pero supongo que en el frenesí de su ira no fue consciente de que estaba obligando a la arena a retroceder.

Me separo de él y tirando suavemente de su otra mano, le arrastro hasta el fondo, donde a través de una tela rasgada puedo ver un pequeño cuarto. Me siento en la pequeña cama y él me imita sin mediar palabra. Cojo el rollo de venda que siempre llevo metido en el bolsito de los kunais y, tras limpiar un poco la herida le vendo la mano. Me concentro en mi tarea y evito levantar la mirada, porque puedo notar su mirada en mi nuca.

—...erlo

Un quedo susurro llega a mis oídos y entonces sí alzo la cabeza para mirarle. Con la mano que tiene libre se ha secado las lágrimas, pero sus ojos aun siguen brillantes; lo cual, sumado a su expresión solemne, le hace parecer enormemente atractivo.

Oh, vamos, Yamanaka, ¡céntrate!

—Perdona ¿qué has dicho?

—No puedo hacerlo

— ¿Hacer el qué?— la verdad es que me ha pillado desprevenida.

—Esto. Ser... Estar al cargo de algo tan grande. Tener tanta... responsabilidad.

Vaya... Es el mayor número de frases seguidas que le he oído decir y algo en la franqueza con la que lo dice me recuerda a Kiba. Eso me hace sonreír.

—Claro que sí. Te han escogido a ti porque eres el mejor para hacer esto. El más apropiado. ¿No crees que si hubieran considerado que no valías, ahora mismo alguno de los otros kages estaría en tu lugar?

—Se equivocaron

La rotundidad con la que lo dice me cabrea enormemente.

—Escúchame Gaara— él gira la cabeza y yo aprieto su antebrazo para llamar su atención— ¡Escúchame! ¿Quieres que te diga porqué estás ahí? Estás ahí porque tú eres la persona que con una sola mirada y una sola palabra será capaz de movilizar naciones —El hecho de saber que lo que estoy diciendo es cierto hace que mi voz cobre fuerza, aun con esos profundos ojos clavados en mi— Estás ahí porque, de todos ellos eres el que más se preocupa; el que más reticencias tendría en enviar a tus soldados a una misión suicida. Estás ahí porque ese miedo que sientes hará que, llegado el momento, tengas la fuerza suficiente para llevarnos a la victoria.

Puff... Bravo, Yamanaka, bravo... Si lo hubieras ensayado no te habría salido mejor. La expresión curiosa en el rostro de Gaara no tiene precio, y ahora es cuando más me doy cuenta de se juventud. Sus quince años encajan mucho mejor con esa mueca.

— ¿Por qué me dices esto?

"¿Por qué?" pregunta... ¡Ja! Porque decírtelo a ti es una manera de reprochármelo a mi misma.

—Porque lo necesitas. Porque es lo que creo. Porque es la verdad.

—Permíteme el beneficio de la duda

¡Wow! el Señor de Hielo tiene sentido del humor. En una noche le he visto llorar y confesar su debilidad, le he visto hacer un amago de broma ¿Qué será lo siguiente? ¿Un chiste?

— ¿Hacemos un trato?

—Un... ¿trato?

—Ajá— las palabras salen de mi boca antes incluso de pensarlas— Dado que tu no confías en ti mismo, y yo no confío en mi misma... No confíes en ti. Tú confía en mí. Y entonces yo confiaré en ti. —Suena tan extraño que me veo obligada a sacudir la cabeza— Es un trato justo.

—No confío en mi, sino en tí...

—Exacto— la verdad es que me siento bastante orgullosa de mi conclusión— como a ambos nos resulta imposible tener autoconfianza, pero no tanto confiar en otras personas, le cedemos nuestra confianza al otro… y asunto solucionado.

Entonces él sonríe. Con una sonrisa amplia y auténtica. Y no se porque, pero ver esa sonrisa me hace sentir tan inmensamente feliz, tan llena de fuerza, que ya podía presentarse aquí Madara Uchiha ahora mismo, que me lo comería con patatas.

— ¿Aceptas?

—... —vacila un instante y entonces un sonido similar a un gruñido de Akamaru, que logro identificar como una risa brota de sus labios— Acepto.

Últimamente no entiendo muchas cosas. Por ejemplo, ahora tampoco entiendo porque esa simple palabra me hace sentir tan dichosa.

— ¡Genial! Entonces solo nos queda sellar el trato —no puedo evitar bromear. La verdad es que tras la tensión que acabo de vivir esto es como un soplo de aire— ¿Qué prefieres? Un contrato, un pacto de sangre, un escupitaj...

Y es entonces, en este segundo, de este minuto, de este día, de este mes, de este año, cuando sucede la cosa más impresionante, alucinante, asombrosa y todos los sinónimos posibles, de mi vida.

Sabaku no Gaara, Kazekage de Suna, se inclina a la velocidad del rayo y antes de que yo pueda reaccionar planta en mis labios el beso más dulce que nadie me ha dado jamás.

El mundo parece detenerse cuando nos separamos y entonces puedo verlo. El dolor, la soledad, el miedo... Todo sigue ahí, pero lo que ahora inunda esos ojos tan maravillosos es un sentimiento cálido y pleno, que me graba a fuego en la mente una sola frase:

"Estoy enamorada de Sabaku no Gaara"

Y lo peor es que no se por qué, ni cómo, ni cuándo... Bueno, eso aproximadamente sí. Pero ahora todo eso es lo de menos, sobretodo teniendo en cuenta que me a cogido por la cintura exactamente de la misma manera que hace tres días y me está besando como no me han besado nunca.

Tras lo que me parecen los segundos más maravillosos de mi vida nos separamos con un suspiro. Y sus palabras son suaves, pero quedan grabadas en mi corazón como si fueran una confesión de amor:

—Ya está… trato sellado.


Espero que os haya gustado tanto como a mí me gustó escribirlo. Se acepta cualquier tipo de crítica, mientras sea constructiva ¿ok?

:3 ¿Review?