El hombre se incorporó lentamente, quitándose la manta del regazo y tapándose de nuevo la cuenca del ojo izquierdo con el flequillo. Solo entonces todos estuvieron completamente seguros de que habían oído su voz un instante antes; cabía la posibilidad de que su imaginación les estuviera jugando una mala pasada, haciéndoles creer que oían lo que querían oír.
Sharon corrió hacia Break y le abrazó, haciéndole saber que estaba con él. Porque, ahora que Break estaba ciego, cosa que Sharon había descubierto en la ceremonia de mayoría de edad de Oz en la mansión de Isla Yura, necesitaba tenerla cerca más a menudo. No solo porque el hombre no podía realizar todas las actividades que hacía antes sin ayuda, sino porque ella era una de las pocas personas en las que Break confiaba de verdad, y en aquellos momentos lo que más necesitaba el contratista de Mad Hatter era una persona en la que poder apoyarse, una persona que lo ayudara a recuperarse de sus heridas, tanto mental como psicológicamente.
—Break —susurró la dama, enterrando el rostro en el cabello del hombre—. Oh, Dios mío, Break, estás vivo… Creía que iba a perderte…
Break esbozó una sonrisa, aquella sonrisa que le caracterizaba y que tanto miedo le daba a veces a Oz.
—No se preocupe, señorita —aseguró. Aún tenía la voz débil, pero se esforzó por sacar aquellas palabras de su garganta—. Mi hora aún no ha llegado.
Liam se levantó del sofá, llevando el plato de galletitas hasta Break para que comiera algo. Alice miró a Liam con el ceño fruncido, molesta por perder su comida. El joven también cogió una de las tazas, la única que no había sido utilizada aún, la llenó de té y se la entregó a Break, quien agradeció todo aquello con un asentimiento de cabeza.
—No comas muy rápido, Break —fue lo único que Liam pudo decir—. Estos días no has podido alimentarte demasiado y tu estómago no está acostumbrado. Podrías vomitar toda la comida.
Break rio, aunque la risa sonó de una forma que hizo estremecer a Oz. El hombre no estaba recuperado, aún no. Seguía necesitando cuidados.
—Vamos, Liam, deja a este pobre hombre comer en paz. Creo que he sufrido estos días de una forma más que suficiente —dijo mientras se llevaba a la boca dos galletas seguidas para devorarlas con avidez—. Estaba encerrado en una mazmorra con la rata Nightray rondando por ahí, pero tú estabas… ¿Dónde estabas, por cierto? ¿Tumbado en una cómoda y mullida cama, encerrado en una habitación? Debes de haberlo pasado fatal con toda esa tortura… —tosió un poco, pero ya no salía sangre de su boca.
Oz rio, contento de volver a tener al gracioso hombre con ellos, y al mirar a Gilbert vio que este esbozaba una pequeña sonrisa. Liam se puso muy rojo y apretó los dientes, avergonzado.
Oz estaba, por primera vez en varios días, relativamente tranquilo. Por un momento podía olvidarse de sus preocupaciones y centrarse en Break. Sin embargo, el joven Vessalius sabía que tarde o temprano debían salir de aquel lugar, ya que no tenían ni idea de dónde se encontraban y tal vez corrieran peligro.
Cheryl seguía al lado del sofá con una taza de té entre las manos, conversando con Rufus Barma, así que Oz se acercó a ellos.
— Entonces, ¿dónde nos encontramos, Rufus? ¿Estás seguro de ello? —preguntó la anciana, que llevaba un rato conversando con el duque.
El aludido negó con la cabeza.
—No estoy totalmente seguro de cuál es este lugar, y eso me exaspera. No puedo soportar la falta de información…
Oz se sentó a su lado, uniéndose a la conversación.
—Dentro de poco deberíamos buscar una salida, ¿no? —Preguntó el chico—. Si no salimos pronto, podrían atacarnos. Alguien debe de habernos metido aquí, ¿no?
Cheryl asintió con tristeza.
—Rufus ya ha probado todas las puertas que ha podido encontrar, incluso los fondos de los armarios por si pudiera
abrirse un pasadizo, pero todo está cerrado a cal y canto. Es como si nos encontráramos en el interior de una caja de madera; no hay salidas —se alisó el vestido, pensativa—. Pero es extraño, porque si no hay salidas, no debería haber entradas. Si es así, ¿cómo nos han hecho llegar hasta aquí? Hemos estado pensando en ello todo el rato, y llegamos a varias conclusiones, Oz.
En ese momento, Rufus tomó la palabra. Oz le miró, interesado.
El duque Barma siempre había sido fuente de admiración del chico, ya que era un hombre de gran inteligencia, el duque más anciano de las cuatro casas ducales aliadas con Pandora —aunque no aparentara sus sesenta y siete años— y contratista de Dodo, una de las cuatro cadenas con alas negras, que tenía el poder de crear ilusiones. Además, aquel misterioso hombre negociaba con información como harían los comerciantes con el dinero.
—Con esta información, he pensado que quien nos metió aquí tuvo que hacerlo con alguna clase de cadena. Sin embargo, puedo afirmar que conozco todas las cadenas que existen y no hay ninguna capaz de teletransportar, con la excepción de Eques. Y la contratista de Eques, Sharon, se encuentra aquí con nosotros y es de total confianza.
Oz comenzaba a ver adónde quería llegar el pelirrojo.
—Así que… debe de haber alguna fuerza desconocida que nos haya traído hasta aquí, ¿no? —aventuró el joven Vessalius.
—No exactamente —respondió Cheryl—. Es una fuerza distinta a la de las cadenas, eso es cierto, pero el problema es que sí que la conocemos —la anciana se llevó la mano al cuello de su vestido y sacó el espejo sellado con sangre, el colgante que poseían todos los miembros de Pandora que habían firmado un contrato con una cadena—. Todos nosotros, excepto Alice y tú, poseemos un espejo sellado con sangre. Y lo cierto es que, desde que me encuentro aquí, he notado como si el colgante… latiera.
Rufus asintió, cogiendo su colgante también.
—Dado que vosotros sois los únicos que han sido traídos aquí de otra forma —continuó el duque—, creemos que el verdadero objetivo de la persona que ha manipulado los espejos sellados con sangre sois vosotros. Y también que este sitio es más peligroso de lo que parece, porque si nos han enviado hasta aquí también a nosotros solo puede ser por una razón: para protegeros.
Oz desvió la mirada de los inquisitivos ojos ambarinos de Rufus. Estaba confundido; ¿por qué iba a querer alguien encontrarse con Alice y él? Lo cierto era que ambos habían tenido un papel importante en la Tragedia de Sabrie, pero eso no explicaba todo aquello. Además, Oz no recordaba haber visto aquel lugar jamás y, por lo que sabía de Alice, ella tampoco conocía la habitación. Aunque, de todas formas, no creía que aquel lugar constase solo de una habitación; eso quería decir que tendrían que lograr salir de la habitación para poder averiguar dónde estaban y cómo salir de aquel lugar.
Entonces recordó algo que había oído antes.
—Duque Barma —llamó, y el hombre se giró hacia él con curiosidad—. Antes, usted dijo que no estaba totalmente seguro de cuál es este lugar. ¿Tiene alguna teoría al respecto?
Rufus rio, divertido.
—Vaya, Oz, no sabía que eras tan observador —volvió a introducir el colgante en el interior de sus ropas—. Lo cierto es que he oído hablar acerca de un sitio realmente parecido a este. No puedo confirmarlo del todo, ya que aún no hemos podido seguir avanzando, pero… puede que se trate de este lugar.
»Según la mayor parte de las leyendas, el lugar al que se envía a la gente que ha cometido pecados es el Abismo. Sus mensajeros, como bien sabemos, son los Baskervilles. Pero existen otras leyendas, leyendas que hablan de cómo se desterraba a las personas que cometieron pecados. Se les llevaba a un lugar maligno, donde les esperaba la misma maldad que les había llevado hasta allí. No se esperaba de ellos que regresasen jamás. El nombre de aquel lugar era… la Caja de Pandora. Y, naturalmente, el nombre de quien la guardaba era Pandora. Desde luego, nadie la ha visto, y si alguien ha sido desterrado a la Caja de Pandora, no ha vuelto para contarlo.
»Todos creen que no son más que leyendas, pero el Abismo tampoco existe para ellos y nosotros hemos podido comprobar que realmente hay una prisión llamada Abismo y que los Baskervilles la protegen. Así que también podría existir la Caja de Pandora, y en consecuencia también existiría Pandora.
—Señor Rufus —intervino Oz, curioso—. ¿La organización Pandora se llama así como referencia a esta leyenda?
Rufus rio de nuevo.
—Exacto, pequeño Vessalius. Nosotros descubrimos el Abismo, y teníamos la esperanza de poder descubrir algún día la Caja de Pandora. Pero las esperanzas fueron perdiéndose con el tiempo.
De pronto, Gilbert se sentó al lado de Oz.
—Duque Barma, no confunda a Oz. La Caja de Pandora es una leyenda, nosotros mismos lo comprobamos. Buscamos y buscamos durante años —añadió el joven Nightray, dirigiéndose a Oz—, pero jamás supimos de ningún lugar llamado así.
—Esta vez, Gilbert —intervino Cheryl con educación—, puede que la hayamos encontrado. Hicimos suposiciones años después de las búsquedas, y llegamos a la conclusión de que para poder entrar en la Caja de Pandora, debía ser Pandora quien te llamase. Al igual que con el Abismo, no es fácil llegar hasta ella.
Oz se apartó un mechón de la frente, algo confuso.
—Entonces, ¿Pandora quiere vernos a Alice y a mí? ¿Por qué?
Rufus abrió la boca para responder, pero un estruendo repentino ahogó sus palabras. Algo había golpeado la pared de la habitación en la que estaba la puerta, cuyo recubrimiento de madera se había hecho astillas. Un nuevo golpe hizo tambalear los muebles, y el piano cayó con un gran estrépito. Las teclas, rotas y libres, fueron a parar al suelo.
Nadie tuvo tiempo para pensar nada cuando, de pronto, una llamarada de fuego surgió de la abertura de la pared. Una gigantesca cola escamosa barrió la habitación, llevándose con ella a Alice.
— ¡Oz! —chilló la chica, atrapada por el abrazo de la cola. Al oír la voz de Alice, el joven Vessalius salió de su aturdimiento. Y todos los demás también.
Oz oyó cómo Rufus y Cheryl gritaban órdenes, pero cuando vio al dueño de la larga cola que aprisionaba a Alice se quedó sin habla.
Era una criatura enorme capaz de vomitar fuego por las fauces. Su cola de dragón iba unida a un cuerpo de cabra, que a su vez acababa en una cabeza de león. Se movía a gran velocidad, golpeando las paredes de la habitación para destruirlas. Era sumamente rápida.
Oz logró divisar el extraño lugar que estaba a espaldas de aquella criatura. Cielo oscuro, distintos objetos flotando aquí y allá, suelo de mármol, grandes paredes laberínticas… Lo cierto era que aquel lugar guardaba cierto parecido con el Abismo. Pero, cuando se acercó un poco, aun a riesgo de ser herido por la criatura que tenía atrapada a Alice, Gilbert lo agarró de la cintura y se lo llevó hacia atrás. Antes de quedar oculto por uno de los sofás, parcialmente quemado, el chico vio cómo Dodo, la cadena de Rufus, atacaba al ser con sus alas, de las que caían continuamente plumas negras.
Cuando Gilbert se hubo asegurado de que el chico estaba a salvo, llamó a Raven y se unió a Rufus en el combate. Sharon estaba detrás de otro sofá, junto a Liam; ambos estaban sosteniendo a Break, que aún estaba muy débil como para levantarse. Más allá vio a Vincent, que intentaba apagar el fuego que envolvía algunas partes de la habitación. La criatura que tenía atrapada a Alice seguía vomitando fuego y moviéndose rápidamente ante la amenaza de sus dos enemigos, pero estaba acorralada; no tardaría en ser derrotada.
Cheryl estaba al otro lado de la habitación, a la derecha de los sofás, atenta a las posibles llamaradas que lanzara la criatura.
Oz miró de nuevo a Vincent, que había acabado con su tarea de apagar el fuego. Pensó que la expresión que tenía el joven Nightray era extraña; parecía como si estuviera librando una lucha interna, intentando decidir entre dos opciones igual de malas. Al final, pareció decidir quedarse donde estaba.
De pronto, oyeron un chillido, y Oz se atrevió a asomarse por detrás del sofá. Alcanzó a ver al ser que les había atacado cayendo al suelo con un golpe sordo. Rufus sacó uno de sus letales abanicos y cortó la cola de dragón, dejando libre a Alice. Un chorro de sangre negruzca salió del muñón, empapando a la chica. Esta aún seguía aterrada; teniendo en cuenta su orgullo, aquello era extraño.
— ¡Puaj! —exclamó mientras intentaba limpiarse con la capa de Gilbert. Este esbozó una mueca de asco y trató de apartar la capa de Alice y su suciedad, pero solo consiguió que se desgarrara, dejando a Alice con un trozo de tela para limpiarse.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó Liam, asustado.
Rufus Barma cerró su abanico y lo guardó. Mientras, Vincent se acercó con una ampolla de cristal, con la que tomó una muestra de la sangre de la criatura. Nadie le dijo nada, pero Sharon miró al joven Nightray con el ceño fruncido. Al fin y al cabo, ella había sido víctima de uno de los numerosos venenos que Vincent había fabricado, y gracias a ello Break había entregado el cascabel de Cheshire, que contenía los verdaderos recuerdos de la Tragedia de Sabrie, para salvar a la joven dama.
—Eso era una cadena —respondió Rufus.
Gilbert lo miró con los ojos muy abiertos.
— ¿Una… cadena? —exclamó, desconcertado.
El duque asintió con una media sonrisa. Se sacudió un poco la capa, que estaba quemada por los bordes inferiores.
—Exacto. Ahora es definitivo que nos encontramos en la Caja de Pandora. Esta cadena… es muy diferente a todas las que conocemos. Me he tomado la libertad de buscarle un nombre —hizo una pausa para mirar hacia Cheryl, a quien dirigió una sonrisa dulce—. La he llamado Chimera.
Liam se acercó a su amo.
— ¿Como la criatura mitológica? —preguntó con curiosidad.
Rufus rio, complacido.
—Correcto. Y esto me lleva a sospechar que, al igual que la Chimera guarda un gran parecido a la criatura mitológica de la que recibe su nombre, probablemente nos encontremos más cadenas de este tipo. No solo Chimeras, sino también otras cadenas con forma de distintos seres de la mitología. Podrían ser extremadamente peligrosas.
De pronto, Oz oyó un quejido, y acto seguido, Break estaba a su lado, apoyado en los hombros de Sharon. Gilbert se acercó al hombre para ayudar a Sharon a distribuir el peso, y esta le dirigió una mirada de agradecimiento. Vincent tomó la silla de ruedas de Cheryl y también se acercó hasta ellos.
Todos estaban delante de la gran abertura que la Chimera había provocado.
—Sería mejor si despejáramos el camino —comentó Gilbert mientras recogía su preciado sombrero del suelo. Era una suerte que no estuviera quemado.
Sharon se adelantó, dejando que Gilbert sostuviese todo el peso de Break.
—Eques —murmuró.
De pronto, detrás de ella apareció el majestuoso unicornio negro, de ojos y cabellos morados, que respondía al nombre de Eques. La cadena de Sharon era capaz de teletransportar a personas, como dijo Rufus, pero podía intentar mover a la cadena que tapaba la salida. Después de unos segundos en los que Sharon intentó con todas sus fuerzas mover a la Chimera con los poderes de Eques, una sombra enorme y circular apareció debajo de la Chimera, y acto seguido esta desapareció. Oz se giró para mirar a Sharon, que tenía los ojos cerrados y parecía muy concentrada; cuando se dio la vuelta de nuevo, vio que la Chimera estaba a unos ocho metros de donde se encontraba antes, a la derecha de la abertura de la pared.
—Si lo pensáis bien —comentó Vincent—, esa cadena nos ha ayudado a salir de este lugar.
—Probablemente el ataque estaba planeado de antemano, rata Nightray —respondió Break. Aun estando muy débil, su desprecio por Vincent seguía presente.
Gilbert resopló y se adelantó, ayudando a Break a caminar. Todos se pusieron en marcha, pero Cheryl se retrasó para coger todas las provisiones de las que disponían.
Gran parte de las galletas se había quemado, pero el plato parecía no tener fondo y siempre estaba lleno, por muchas galletas que se cogieran. Finalmente, la duquesa Rainsworth decidió llevarse el cuenco entero para disponer de toda la comida posible. Tomó también la tetera, pero no cogió tazas; al fin y al cabo, ya cargaba con suficiente peso para una persona de su edad, y las tazas no eran del todo necesarias. No era de buena educación beber directamente de la tetera, pero a esas alturas los modales ya no importaban.
Cuando hubieron salido todos, observaron su alrededor con cautela. Como Oz había visto antes, las paredes eran muy altas y formaban un laberinto intrincado. Alice se puso al lado del chico y le sonrió; a Oz no le costó corresponder con otra sonrisa, a pesar del lugar en el que se encontraban.
Ninguno de ellos se atrevió a avanzar muy rápido, ya que otras cadenas podrían ocultarse tras los altos muros de piedra.
—Tal vez deberíamos dividirnos —sugirió Oz.
Rufus sacudió la cabeza con energía, haciendo que su largo cabello rojo se agitara con el movimiento.
—Si nos dividimos, moriremos todos. Necesitamos toda la ayuda posible —se giró hacia los demás—. ¿Todos aquí llevan armas?
Liam se sacó una pistola del bolsillo y le dio otra a Sharon, Break desenvainó su espada —que siempre llevaba de forma que pareciera un bastón—, Gilbert y Vincent sacaron armas de fuego y puñales, Cheryl tomó prestado uno de los abanicos de Rufus, Oz se sacó una pistola del cinturón, que Gilbert le había dado, y Alice sonrió con suficiencia.
— ¿Y tú qué, coneja estúpida? —exigió Gilbert, fastidiado—. ¿Es que quieres morir?
Alice rio.
—No seas idiota, Cabeza de Algas. Mi arma soy yo misma. ¿Olvidabas que soy B-Rabbit?
Rufus le revolvió el pelo, gesto que molestó a Alice.
—No seas tonta, niñita. Deberías tener a mano, aunque sea, un puñal —dicho esto, le tendió uno.
Oz, sorprendido, se preguntó de dónde lo había sacado, porque estaba seguro de que el duque no usaba ese tipo de armas. Es decir, todos sabían que solo usaba sus abanicos, que para él constituían una potente arma, al parecer.
—Xerxes, ¿qué tal te encuentras? —preguntó Cheryl, preocupada.
El aludido tosió antes de responder.
—Creo que puedo caminar perfectamente.
Se soltó de Gilbert, pero al instante comenzó a tambalearse y estuvo a punto de caer al suelo; pero Gilbert volvía a pasarle el brazo izquierdo por la espalda.
—Esto no es bueno —dijo Liam—. Mad Hatter es una excelente cadena, sin ella será más difícil… —no tuvo tiempo de acabar la frase, porque Sharon le interrumpió con un grito:
— ¡¿Realmente creías que podría usar a su cadena?! ¡Ya has visto cómo se pone cuando la usa! ¡Su salud peligraría seriamente! ¡¿Es que quieres que muera aquí?!
Break posó una mano sobre su hombro para tranquilizarla.
—No te preocupes, Sharon. De todas formas no puedo usar mi cadena. Supongo que soy un completo inútil —murmuró para sí.
— ¡Bueno, bueno, dejémonos de charla! —Exclamó Alice, impaciente—. ¿Vamos a salir de aquí o no?
Avanzaron a través del laberinto, sin saber siquiera si iban por buen camino. Probablemente se perdieran, pero tarde o temprano encontrarían la salida. Llevaban horas caminando, y ya se habían cruzado con dos Chimeras más.
Oz trataba de memorizar mentalmente el camino. "Izquierda, derecha, de frente, derecha, atrás, izquierda de nuevo…", pero al cabo de un rato desistió.
Al cabo de media hora más se vieron obligados a parar, porque Break había comenzado a toser gotas de sangre y a Liam se le empañaban las gafas por el calor del ejercicio.
Escogieron un lugar bastante despejado, desde el que podrían ver a cualquier atacante y reaccionar a tiempo para derrotarlo. Al fin y al cabo, las Chimeras eran muy veloces y no sabían qué otras cadenas podrían encontrarse.
Oz devoró las galletas con avidez, agradeciendo que no pudieran acabarse jamás.
—Quizá debería quitarse esos zapatos, duque Barma —sugirió Vincent.
Era cierto: las botas que Rufus llevaba puestas tenían tacón —algo que Oz nunca entendió— y después de toda aquella caminata debía de tener los pies destrozados.
—Ni hablar —respondió el hombre, algo ofendido—. Puedo caminar perfectamente con ellos. Son tan cómodos como unas botas de piel.
Nadie dijo nada, pero se pudo percibir en el ambiente que todos se estaban aguantando la risa.
Gilbert miró al cielo, desorientado. No había forma de saber si era de día o de noche, pero se sentía terriblemente cansado. Se preguntó si, de haber estado ahora dentro de la Puerta del Querubín, ya habría salido de aquellas mazmorras con Oz y Alice, volviendo al mundo que él siempre había conocido. Pero al instante se dijo que no. Al fin y al cabo, el viaje a la Caja de Pandora había salvado a su Joven Amo de morir, ya que se había caído del estrecho sendero de piedra por el que estaba caminando. Si hubieran seguido en aquella dimensión… probablemente ni él ni Oz habrían sobrevivido.
Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos de su mente y cogió la tetera para beber un poco.
Al cabo de un rato, todos bromeaban y charlaban entre ellos, aunque Rufus y Vincent les hubieran traicionado, aunque Alice fuera una Baskerville, aunque el cuerpo de Oz fuera en realidad el de Jack Vessalius. Porque, al fin y al cabo, se habían aliado para poder sobrevivir en la Caja de Pandora, sin importar quiénes hubieran traicionado a Pandora y quiénes tuvieran un pasado misterioso e incierto.
Break pareció estar mejor. De hecho, él era el que contaba la mayor parte de los chistes y anécdotas graciosas, la mayoría sobre Gilbert o sobre el cabello de algas que este tenía.
Cuando estaba contando cómo Gilbert trató de dejar de fumar por segunda vez, de pronto oyeron el estruendo de varios pesados pisotones. Al cabo de unos segundos escucharon cómo se derrumbaba uno de los muros de piedra que había cerca.
Break dejó de contar su chiste al instante y aguzó el oído. Las pisadas denotaban que el enemigo, quienquiera que fuese, estaba muy cerca, pero no se le veía por ninguna parte.
Oyeron un chillido ahogado, y cuando se giraron, vieron cómo Sharon se alzaba en el aire, a cuatro metros del suelo.
— ¿Qué ocurre? —exclamó Break. Él no podía ver nada.
Pero, por primera vez, los demás tampoco.
Podían oír gruñidos, propios de una bestia, mas ninguno de ellos sabía dónde se encontraba su adversario.
— ¡Suéltame! —chilló Sharon mientras agitaba los pies, tratando de alcanzar a su invisible captor. Cuando vio que no surtía efecto, comenzó a agitar también los puños.
— ¡Hay que ayudar a Sharon! —instó Cheryl.
Break trató de levantarse. Esta vez, las fuerzas no le fallaron. Estaba dispuesto a salvar a su señorita, y es que sabía que el único que podría derrotar a aquel gigantesco ser era él. Al estar ciego, se había acostumbrado a reaccionar ante el menor sonido, y sabía con exactitud dónde se encontraba la cadena.
Era cierto que hacía mucho ruido, pero a su paso el suelo se llenaba de cráteres profundos y los muros se destrozaban, por lo que debía de tener un arma. Break era capaz de oír hasta el silbido del aire que provocaba aquella arma, así que le sería fácil esquivarla, algo que los demás no podrían hacer.
Desenvainó la espada y se secó las comisuras de los labios, que goteaban sangre. No se podía permitir ser débil. No cuando Sharon corría peligro.
Empuñó su espada, acostumbrándose a manejarla después de todo aquel tiempo encerrado en una mazmorra. Cuando estuvo seguro de dónde se situaba su enemigo y del próximo punto al que atacaría, corrió hacia él. Saltó y realizó un arco lateral con el filo de la espada.
Un desagradable sonido sonó cuando un enorme brazo, de color grisáceo, cayó al suelo, acompañado de un chorro de roja sangre.
Ahora, todos podían ver al ser que había cogido a Sharon. Medía cuatro metros, quizá un poco más, y en su enorme y feo rostro solo había un ojo. El brazo que Break le había cortado estaba en el suelo, y a poca distancia de este se encontraba el gigante mazo que había usado para destruir paredes y suelos.
— ¡Break, podemos verle! —gritó Gilbert.
Liam se acercó a Break, que había caído al suelo por el esfuerzo. Lo ayudó a levantarse, cogió su espada y la volvió a envainar. Se dirigieron hacia el grupo de personas al tiempo que Rufus y Gilbert llamaban a sus cadenas de nuevo.
Normalmente, ninguno de ellos podría usar tan seguido a sus cadenas, pero la Caja de Pandora tenía un aura extraña que hacía que las criaturas tuvieran un poder mucho mayor que antes.
Dodo y Raven atacaron al ser que tenía a Sharon, pero no conseguían que este soltara a la joven dama. Si caía desde toda su altura, sin duda Sharon moriría aplastada por aquel cuerpo gigantesco.
— ¡Hay que cortarle la mano! —exclamó Gilbert.
— ¡¿Cómo?! —respondió Rufus. Era una de las pocas veces en las que el duque Barma no sabía qué hacer ni cómo hacerlo. Bueno, tal vez sí que lo supiera… pero no estaba seguro de que la persona en la que estaba pensando se atreviera a hacer lo necesario para que su plan surtiera efecto.
Acababa de pensar aquello cuando, de pronto, una imponente cadena apareció al lado de Raven. Tenía la forma de un gran esqueleto de ciervo, que poseía dos grandes cuernos y alas afiladas. Estaba, además, cubierta por una capa rota.
Gilbert miró hacia atrás, sorprendido. Rufus sonrió cuando sus suposiciones se hicieron ciertas.
Ahí estaba Vincent, esbozando una media sonrisa. Sus ojos bicolores brillaban de forma extraña.
—Ahora ya no importan los secretos, ¿no, hermano? Yo soy el Cazador de Cabezas.
