Jodido dolor.

Regresó a su casa bastante irritado, su madre lo recibió como de costumbre y tuvo que contener el impulso de responderle mordazmente; después de todo, si había algunas pocas personas que no merecían su hostilidad, ella era de las primeras. Casi todos los demás tenían que compartir el amor familiar para dos. Quizás Eric hubiese podido sentir lo mismo hacia Jack Tenorman, pero no; viviendo en South Park, no se molestó en tener contacto con él (las razones poco le importaban, iba directo a los hechos), dejándole únicamente un vacío que cada tanto volvía a dolerle. Así que sólo con su madre, su pequeño mundo hogareño estaba más que completo.

Subió las escaleras, arrastrando los pies con pesadez, sentía todo el cuerpo hecho de plomo y la razón de aquella sensación desagradable le ponía de los nervios. Prendió la computadora y entró a la carpeta de música, activó el orden aleatorio y se dejó sumir en aquello, igual que hacía el estúpido hippy. Mierda, ¿cuál era la diferencia en ese momento entre ambos? Primero, que él no tenía esos ataques constantemente; segundo… Bien, no había segundo.

He ate my heart
He a-a-ate my heart
(You little monster)

Dejó escapar un largo suspiro mientras se tumbaba boca arriba sobre la cama. La fiel rana de trapo dio un pequeño salto por el impacto, la sujetó antes de que cayera al suelo y contempló varios minutos, haciendo un pequeño viaje al pasado, dándose cuenta del cambio que experimentó cuando comenzó a transitar la adolescencia. Por ejemplo, solía decirle a cierto judío cada vez que lo abrumaba con su parlotear, que le chupara las bolas, una forma de burlase un tanto grotesca y muy divertida. En cambio, ahora tenía una connotación bastante jodida, el chupar bolas pasó a ser sexo oral y el chiste se transformó en búsqueda de placer.

El único que tenía noción de todo aquello era Kenny y no porque Cartman quiso decírselo. McCormick simplemente llevaba un Doctor Corazón dentro, podía intuir las cosas con gestos mínimos que él consideraba insignificantes, lo descifró cual crucigrama para niños. También prometió no decir ni una sola palabra, se encargó de ello con desesperación, llegando al nivel del patetismo, pero no podía permitir que otro ser viviente supiera de aquello y mucho menos Broflovski.

Escúchame bien, saco de mierda, con una sola palabra bastará para que te haga comer tus bolas vivo. No te estoy jodiendo, ¿bien? Abre la boca, comete un error, balbucea ebrio, cualquier cosa, y amanecerás saboreando tu escroto.

Kenny solamente sonreía animado, parecía tener la primicia del momento. Detestaba esa expresión de picardía, detestaba que viera sus riñas con el judío como si viese cachorros jugueteando o una comedia romántica. Prefería gozar solo el vaivén, la voz agria de Kyle cuando perdía la paciencia en serio.

Claramente, si seguía con esa actitud no llegaría demasiado lejos. Y allí estaba el punto: no tenía sentido llegar a algo que de por sí no tenía existencia ni siquiera en Imaginacionlandia. Eric Cartman detestaba a Kyle Broflovski, como si fuera una puta ecuación exacta cuyo resultado siempre llegaba a la misma pregunta: ¿dónde puede haber… "amor"?

Pues bien, lo había. Escondido en cada sílaba, pensamiento y sueño erótico no-deseado que lo relacionaba. ¿Cómo podían explicar eso, eh? Llega, igual que los inmigrantes: sin que te lo propongas, una vez que te das cuenta viven allí, a centímetros tuyo, cambiando la forma de ver el mundo. En este caso, el amor logró acelerar su ritmo cardíaco, obligándolo a permanecer despierto y, lo que es más humillante y difícil, causarle dolor.

A veces, en un abrir y cerrar de ojos, Kyle podía formarle un nudo en el estómago. Uno que no le permitía comer, relajarse, hacer nada. Ni siquiera conseguía controlar su cuerpo: el brillo agresivo en los grandes ojos castaños cambiaba por otro, hablaba menos, quedaba absorto en sus pensamientos y se esforzaba al máximo por esconderlo. Stan y Kyle se lo tragaban, Kenny no. Kenny es un puto sabueso al que no se le escapa nada.

¿Me acompañas a comprar cigarrillos, culón?

Aquella excusa, verdadera en el fondo, era perfecta para sacarlo de la situación y alejarse de los súper mejores amigos (que siempre se negaban a acompañar al rubio a autodestruirse los pulmones). Le estaba agradecido por ese gesto. Nunca se lo dijo, claro, prefería suponer que ya sabía lo mucho que lo ayudaba.

El Sapo Clyde sabía de su yo de nueve años, Kenny sabía bastante del de dieciocho. La diferencia era que el primero estaba relleno de felpa, el segundo de mierda.

Mientras reía malicioso con aquella poética comparación, su mano sujetó con delicadeza a la pequeña rana y la acarició con el dedo pulgar, luego la abrazó y quedó sumido en un sueño profundo.

¿Minutos, horas, días?

No estaba seguro de cuánto tiempo fue que estuvo recostado sobre el suelo donde crecían muchas plumas mullidas con olor a vainilla en lugar de pasto, observando unos ojos verdes en el cielo. No había necesidad de hacer nada más, ni correr, ni buscar algo, simplemente contemplarlos toda la eternidad. Podía olvidarse de parpadear tranquilamente, pero si desviaba su atención los globos oculares le lagrimeaban como si pelase toneladas de cebollas. Una brisa helada le recorrió el cuerpo, después se volvía llovizna, nieve, ardientes rayos de sol; las cuatro estaciones pasaban en cámara rápida.

Y él no necesitaba nada más que seguir hundiéndose en ese verde aceituna, exquisito.

Glorioso.

Una mano acompañada de un murmullo, lo sacaron del paraíso.

—Hey, Cartman, ¿estás despierto?

Se removió perezoso, frotándose sus ojos, molesto. Al ver la mirada azul intenso bufó. Se fijó en la hora: once y media de la noche.

—No, idiota, sólo esperaba a que vinieras a ver si fingía estar muerto —protestó acomodándose el cabello—. Te conviene que sea importante, ¿sabes la hora que es? ¿No tienes alguna chica que follarte?

No obstante, Kenny no parecía estar de humor para bromas. Gran parte de su rostro permanecía tras la capucha del anorak, lo que indicaba malas noticias, los ojos trataban de enfocarse en él y cada tanto se posaban en cualquier otro rincón. Cartman puso los suyos en blanco, ¿y ahora qué? Se sentó sobre la cama y le ordenó hablar.

—Bien, no… no sé cómo decirte esto —murmuró, cerrando aún más la capucha.

—Escúpelo ya —dijo arqueando una ceja, intrigado—. ¿Qué carajo hiciste?

—Dije algo que no debía.

—¿Y qué tengo que ver yo?

—Pues, justamente…

Todavía seguía un tanto adormilado para comprender todo. Se masajeó las sientes, tratando de armar aquel estúpido rompecabezas, pues era obvio que Kenny no le diría nada directamente y él sólo tenía ganas de volver a dormir (o mejor dicho soñar) y dejar de jugar a las adivinanzas. Además-

No.

Imposible.

Algo que no debía + Eric Cartman = desliz.
Cantidad de cosas que no deben "deslizarse": una.
Desliz = Kyle.

Abrió los ojos mientras se ponía de pie, frunciendo los labios en una mueca mezcla de horror y furia. El rubio retrocedió un par de pasos, llevándose automáticamente una mano a la entrepierna y tragó lentamente, sabía lo que le esperaba y evitó mirar. Se oyó el sonido seco de uno de los parlantes impactando contra su cabeza, un hilo de sangre le bajó por la frente, la habitación dio vueltas.

—¡¿Que tú qué, saco de mierda?

—No sé qué sucedió, Cartman —se apresuró a justificar mientras esquivaba el segundo parlante volador—. De veras, estábamos hablando en el KFC sobre ti, que eras amigo nuestro y… y… se lo dije. Oye, no vas a-

Demasiado tarde, Cartman lo sujetó por la cabeza y lo estampó contra el suelo, acorralándolo entre sus piernas. Podía ver claramente un destello rojizo en las orbes color café, el mismo demonio en persona, y eso que él tenía contacto con el inframundo, pero pocas veces había presenciado algo así. Cerró los ojos, resignado a aceptar el castigo por su error.

No más lo zarandeó con fuerza por los hombros, luego regresó a la cama, sentándose con las piernas cruzadas. Algo mucho peor que la amenaza de castración, habría preferido que le gritara más cosas y lastimara, que vivir una semana entera con esa mirada fría e indiferente.

—Entonces, ¿así de simple?, ¿el judío sabe que yo…?

—Sabe que le gustas, no sé qué habrá entendido exactamente con eso. Podría ser una buena oportunidad para-

—Para que te den SIDA por el culo, hijo de puta —sentenció levantando su dedo mayor hacia él—. No hay oportunidad para nada y mucho menos cuando tiene que hacer de niñera de Stanley.

Kenny se puso de pie con torpeza y recostó el cuerpo en el marco de la puerta. Sacó del bolsillo de sus vaqueros un cigarro y lo encendió, largó la primera bocanada de humo unida a un suspiro angustioso. Allí estaba de nuevo ese dolor que le causaba cierta empatía, que de poder, apagaría.

—¿Por qué armas una competencia imaginaria con Stan? —preguntó con un hilo de voz—. Es la segunda vez que crees con tanta determinación que a Kyle le interesa alguien más, antes era Testaburger, ¿recuerdas?

—Eso fue una confusión de pendejo, y nadie compite con Stan, no soy tan estúpido para hacerlo en algo en lo que me pateará el culo —argumentó con fingida altanería, como si fuese su voluntad todo aquello y no al revés—. Apuesto a que no falta mucho para que deje de lado a Testaburger y salga con el judío.

—Sigo sin entender, solamente son amigos muy unidos a su manera. Tú y yo también somos amigos —tras esa última palabra Eric lo fulminó con la mirada, Kenny lo ignoró—, pero nunca nos imaginarás actuando del mismo modo en que ellos —protestó—. Cada uno es como es, ¿bien?

He ate my heart
He a-a-ate my heart
(You little monster)

La computadora había quedado prendida, reproduciendo música. Fue en el silencio después de las palabras de Kenny que prestaron atención al tema de Gaga. Cartman se recostó sobre el almohadón, coincidiendo perfectamente con aquellas palabras que resonaban por el cuarto. No podían estar más acertadas: de un día al otro, la rata pelirroja se había comido lo que vendría a ser su corazón, metiéndoselo a la boca en un movimiento elegante, masticando despacio y albergándolo dentro suyo hasta que pasara eso que cada tanto solía esperar: lo haría mierda.

Si es que a esas alturas del juego no lo estaba.

—El próximo año tendremos otra vida, es una oportunidad para cambiar —insistió.

—Ni siquiera estudiaremos la misma carrera, ¿dónde ves la oportunidad, cara de culo?

—Las universidades se concentran en el mismo lugar, gordo, además, yo no creo poder subsistir por la mí cuenta, o nos buscamos un departamento compartido o tomamos las habitaciones del campus —le recordó—. Muéstrale que puedes ir en serio.

¿Tirarle pequeñas muestras de sus sentimientos? Sí que sonaba de lo más extraño y loco, un acto kamikaze, exponerse al ridículo, bastante tenía con que Kyle ya sabía que le interesaba por mediación de terceros. ¿Qué necesidad tenía de ir a ofrecer todo para que se ría de él? No, prefería millones veces quedarse en lo seguro: el amistoso y cínico vaivén.

Stan tenía las cualidades que, pensaba, Kyle buscaba en una pareja o amante: sensibilidad, madurez, comprensión, simpatía, diversión, predisposición. Pocas veces actuaba de forma racista, sabía escuchar, tenía metas en su vida (igual que él, pero le restaba importancia). Vomitivo, insoportable y jodidamente ideal; Kenny lo acababa de decir: hace unos años Testaburger tenía las cualidades que buscaba, pero era distinto. No por nada Stan y él eran súper mejores amigos.

Y un día el "súper" ya no sería suficiente, entonces…

Otra vez el nudo en el estómago.

Judío hijo de puta.

—Es tarde, ¿podemos seguir la terapia otro día? —dijo mordaz. Kenny se encogió de hombros y asintió con la cabeza—. Te acompaño, tengo que salir y pasar por unas cosas a la tienda.

Ambos salieron de la casa, caminaron un par de calles en silencio, McCormick continuaba inquieto porque no recibió el castigo que tanto estaba esperando, las palabras de Cartman lo dejaron pensativo y se preguntón qué tan intenso sería todo lo que guardaba dentro, y cómo reaccionaría Kyle cuando lo viese ahora que se situaba en el ángulo de "yo lo sé". Si había algo en lo que eran buenos esos dos, era en fingir que nada había pasado, cosa que no representaba mucha ventaja, pues la indiferencia puede ser mucho peor que los golpes o gritos.

Se detuvo, dispuesto a seguir persuadiendo al castaño. El claxon de un camión se escuchó cerca y, sin previo aviso, exhibiendo una de sus mejores sonrisas endemoniadas, Cartman le dio un puntapié, haciéndolo tropezara justo delante del vehículo.

—No sé qué sucedió, saco de mierda. De veras, estábamos aquí caminado tranquilamente y… —ronroneó, citando las palabras que usó para excusarse hace unos momentos.

La sensación familiar de grandes ruedas pasándole por encima y reventando varios órganos internos lo agobió. Una expresión débil de paz se dibujó en su rostro mientras oía la risa de su amigo, regresando a casa. Tosió varias veces, degustando la sangre, ahogándose en ella, otro auto pasó cerca y lo arrastró al medio de la calle.

A puesto que era un dolor totalmente distinto al que tienen los que sienten y no reciben de forma recíproca.

El tercer auto acabó con todo.

Ojalá Kyle no hiciese lo mismo con Eric.


Soy una persona que raramente termina lo que empieza, salvo one-shot. Cruzo los dedos para que esto no quede en la nada. Publico porque mi cabeza no da mucho para conectarse con la realidad, se siente más cómoda mudándose a pieles ajenas. Sí, tengo Monster en el Mp3… lo necesito para escribir esta cosa, ¿cuántas veces van ya? Estoy segura que pasé las cien. Maldita inspiración. Maldito y sensual Cartyle. Anteayer vi Le petit Tourette X3 como si no fuese tan evidente.

Gracias por sus comentarios.

¿Dudas, quejas, sugerencias, ganas de apaciguar el dolor de Eric, de llevar a Kenny al hospital? Decidlo con libertad.