Los recuerdos del vampiro II

Matsuda claqueataba en la oscuridad fundiéndose con el suelo reptando como una anguila fuera del agua, atropelladamente moribunda. Caminé unos pasos en su dirección hasta situarme en su frente, su cara hinchada besada por el carmín sudaba alcohol además una densa neblina apelmazaba sus ojos pardos. - ¡Ah Môri, muchacho! - gritó viscoso regalándome una expresión ridícula - anda ayúdame, apóyame en la verja. Incapaz de soportar su pútrida hedor cubrí mi rostro con el pasamontañas, así únicamente mis ojos podrían hablarle.

Su cuerpo era una bolsa de basura rota, roído por un ejército de vestidos baratos, abalorios plastificados, pelucas rubias que cada noche seducían a su miembro mientras hábilmente devoraban sus riquezas. Yo también fui un parasito embaucador ocultado tras una máscara brillante, un hábil manipulador. Hombres y mujeres se batían a duelo con tal de poseer un trozo de mis dulces entrañas, para luego sucumbir ante mi envenenado aliento en la intimidad. Arrastrándolo lo empuje contra el herrumbroso tapiz metálico, el hombre simultáneamente tosió mientras reía - ¡La vida es bella pequeño! - masculló escupiendo barro. Inexplicablemente sus gangosas palabras desvelaron una vez más mi verdadero ser aletargado, sin embargo en esta ocasión no salté sobre su cuerpo ardiente. Rasgué mi muñeca, vi nacer diminutos rasguños violáceos, me recree en su serpenteante llamada y espere hasta su coagulación. Sin duda alguna al amanecer, cuando regresara a casa debería empaparme en una ducha de Rohypnol.

Sus azucarados aullidos destrozaban nuestra silenciosa cortina, pasaba por nuestro lado después de medianoche, usualmente a la misma hora. Fruncía sus cansados labios con tal de pronunciar un corto saludo el cual respondía realizando un leve gesto agitando mi cabeza. Hablar era considerado por mí un acto irresistiblemente peligroso, una puerta abierta a la lujuria, temía abandonarme a mis instintos si la destapaba... Una frígida noche lluviosa alguien me llamó, bajo su paraguas parpadeaba su nívea piel. Al voltear sostuve en mis manos mi cotidiano fragmento de irrealidad, una bolsa añil que usaba para transportar comida - ¿me reconoces? - preguntó avergonzada - sí - fui capaz de responder escondiendo raudo mi boca, tapando su abertura con un fugaz gesto, el bozal volvía a resguardarme. - vamos en la misma dirección - me contó ofreciéndome refugio. Acepte a regañadientes haciendo embravecer la lluvia, ella desconocía los poderes que el infierno otorgaba a sus insignificantes súbditos.

Un febril nexo se estableció entre ambos. Akami me persuadía durante nuestros fortuitos encuentros, imponiéndome una intima rutina descorazonada. Desplomándome en mi cama atravesaban mis arterias férreas pulsiones, encerré mis garras cosiendo las ventanas y desfigure mi estomago colmándolo de alimentos, tragándomelos sin masticar sabiendo que siempre seria un engendro hambriento. Ingerí cuatro comprimidos y Morfeo me permitió entrar en su reino. Me revolqué sobre campos grisáceos donde crecían amapolas ensangrentadas, vomité serpientes, vislumbré cuervos arrancando ojos a inofensivos cachorros...Al despertar mis labios emanaban chocolate.

- Môri...yo... – tartamudeo temblando con la cabeza agachada.

- No digas nada, me estás haciendo sufrir.

Rodee su cuello cariñosamente, en la penumbra resplandecía mi deseo. Tape ambas bocas con cinta adhesiva, la mía para contener a la iracunda gula, la suya para que no pudiera gritar. La cuerda tensada tatuó su piel dibujando sedosos círculos, flaquearon sus fuerzas y los dos caímos al suelo, entonces mostré mi verdadera arma, un antiguo recuerdo familiar, el estilete de Rakuda. Tallé en su espalda una rosa abierta, seguidamente le arrebate sus ropas y expuse mi obra colgada en un ciprés. Halle una nota teñida bajo sus pies, al leerla el adhesivo me impidió chillar "sé que soy cobarde, sino no estarías leyendo estas palabras ahora mismo...Apenas te conozco, nos vemos todas las noches pero nunca sueles hablarme...Me gustaría ser tu amiga, conocerte mejor, si tu quieres quizás algún día acabemos compartiendo muchas cosas, ¡ay! ni siquiera soy buena expresándome, perdóname... por favor no me mires ahora me intimidarías, además no quiero ponerme colorada delante tuyo. Te lo ruego, tomate tu tiempo no me rechaces sin pensarlo, me siendo atraída por ti..." Desate una tempestad terrible, el agua invadió calles, parques, plazas... lo reconozco, sofoque mi furia destruyendo la ciudad y llegada el alba fotografié mis estragos satisfecho.