Todos los personajes no me pertenecen. Este fanfic es Omegaverse con Victor-Alfa y Yuuri-Omega.
"Los omegas siempre esperan a su destinado, pero Yuuri se ve obligado a abandonar esa posibilidad para casarse con Víctor, y así evitar ir a la guerra. Resignado a vivir una vida sin amor a cambio de calma, Yuuri aprenderá que hay mucho más sobre ello que lo escrito por el destino."
Fic dedicadoa Ashley Acosta por su bello art.
Escogido
Tras haber amarrado el nudo en aquella cuerda, el niño la posa delicadamente sobre el suelo y luego deja caer una pequeña manta de hojas para cubrirla. Víctor observa el proceso con tranquilidad y el pecho hinchado de orgullo mientras Yuki, su varón alfa, pone con el cuidado de toda una casta de cazadores, la carnada para acabar su trampa. Los ojos azules y vivaces del niño se levantan con seguridad y miran a su padre esperando aprobación. Víctor no cabe en su dicha, y con un ligero asentimiento aprueba su hazaña.
Levanta a su hijo de cuatro años del suelo y se lo lleva tras los matorrales, donde tienen que esperar. Yuki luce ansioso aguardando el resultado de su arduo trabajo y por ello se asoma en el hombro, con las manos juntas sobre los mantos de su padre y apartando los mechones largos de su cabello. Víctor, con una sonrisa que ve incapaz de mudar, dirige su mirada hasta donde la trampa está montada, cerca de la madriguera. No tardaría en aparecer su presa.
Por un momento, Víctor se pierde en el recuerdo que el peso de su hijo atrae contra su pecho, mientras se aferra a él. La memoria de aquella noche nevada cuando Yuki nació y le dijo al mundo que estaba allí con un fuerte llanto, lo envuelve con la suavidad de una manta de seda que acaricia su cara. Esa noche, él estaba alterado. Yuuri hacía esfuerzos sobrehumanos y él se sentía completamente impotente al no saber como ayudar. Pese a la costumbre que tenía de sentir y oler la sangre, el aroma en su cabaña lo estaba mareando y varias veces se vio obligado a respirar afuera. Entonces se escuchó aquel llanto, tan potente, que nadie dentro y fuera de la cabaña dudó de que su primogénito era un alfa.
Cuando le permitieron ir a la habitación, la estampa que le esperaba fue demasiado para él. Con el corazón más grande que su pecho, Víctor caminó hasta el lecho donde un Yuuri agotado y feliz le devolvió la mirada, con sus ojos marrones brillando por la humedad. Víctor mismo no se había percatado que su rostro estaba igual de empapado hasta que sintió la caricia de su esposo consolandolo por un ataque irremediable de dicha. Miró a su pequeño hijo aferrado del pecho de Yuuri, sin intenciones de despegarse de él, y le dedicó un beso fraternal dandole la bienvenida a un mundo donde él, como su padre, se encargaría de ayudarlo a crecer para que fuera tan feliz como él lo era.
El sonido de la trampa accionándose y el quejido de Yuki, al contener el aliento, lo atrae a la realidad para devolver su mirada hacia la madriguera. Un conejo bastante pesado se sortea la vida tratando de escapar de la cuerda que amarra sus patas, y se revuelve usando todo su sentido de supervivencia. Yuki salta de la emoción y se levanta del regazo de su padre para salir de los matorrales y brincar frente a su objetivo. Víctor se levanta con una sonrisa en labios, mientras se acerca hasta donde el conejo yace atrapado.
—¡Atrape conejo! ¡Papi, atrape conejo! —Yuki suelta con efusividad, y Víctor aprueba la acción despeinando sus cabellos negros.
—Lo hiciste muy bien, Yuki. —Se inclina para tomar el conejo desde el estómago, sacándolo de la trampa. Los ojos de su hijo, puestos fijos en el conejo, esperan con ansias que su padre se lo entregue en mano. Pero Víctor tiene otro plan en mente.
Cuando saca el cuchillo, los ojos de Yuki se envuelven en el pasmo. Y con un solo movimiento, empieza a llorar.
El llanto de su hijo no lo aturde. Suspira mientras lo sostiene con un brazo a su cuerpo, y sujeta la rienda con la otra mano para mantener el galope en su caballo a una velocidad confiable. Los árboles han dejado caer ya sus hojas; solo se ven las marrones ramas secas y el aire frío junto a las nubes cargadas. Víctor observa el ambiente sabiendo que debe apresurarse pues está por llover. No quiere que su primogénito se resfríe, aunque este siga llorando en su regazo.
Le parece impresionante que a sus treinta y cuatro años, las cosas hubieran cambiado de esa manera. Víctor sonríe contento hacia el aire, mientras recuerda como en su juventud y su adultez, se había resignado a una vida de soledad. Su hermanos se veían más comunes, de cabello oscuro y solo ojos claros; por lo tanto habían tenido mejor suerte para conseguir pareja. Para él, que había heredado casi todos los rasgos de sus abuelos, se convirtió en una tarea titánica formar la suya. Miró las bodas de todos sus hermanos desde lejos, y comenzó a frustrarse ante la realidad. Sí, había estado con omegas, algunos atrevidos que se encantaban con la fuerza de su cuerpo y su altura. Pero a la hora de establecer un compromiso, fue dejado de lado porque sus rasgos eran… raros.
Fue una sorpresa para él saber que un omega estaba dispuesto a aceptarlo; se dispuso a prepararle lo mejor, para ser el alfa que él deseaba. Se esmeró para cubrir cabalmente su papel, para ser el esposo que le proveyera protección y suplir todas sus necesidades: cuidadoso, amable y vigoroso a la hora de responder en la cama. Víctor tenía la carga de todo lo que se esperaba de él y él siempre quiso asumirla aunque no fuera en ese momento por amor.
Tiempo después entendió por el mismo Yuuri que habían cosa que no hacía falta y otras que podría cubrir igual. Y a su lado el amor emergió sin pensarlo, sin poderlo detener. Víctor encontró en Yuuri el compañero ideal en todos los ámbitos de su vida. Y aunque el inicio se trató de solo un arreglo, Víctor está seguro de que Yuuri es el hombre de su vida.
Dejando atrás ese recuerdo, llega a su cabaña y detiene el andar del caballo. Baja con su hijo en brazo y apenas tiene los pies en la tierra sale corriendo aún envuelto en llanto mientras va a buscar consuelo de su papá. Yuki es un pequeño alfa, que tiene los miembros gruesos como Yuuri, al igual que su cabello negro y sus ojos rasgados. Pero posee frondosas pestañas, una nariz altanera y unos preciosos ojos azules heredados por él.
Víctor suelta una carcajada cuando imagina la escena que se vive dentro de casa: su hijo corriendo hasta la habitación donde su papá descansa para hacerlo participe de la barbarie que cometió. La chimenea está encendida, eso significa que Yuuri está recostado, quizás leyendo otra vez. Cuando aceptó el matrimonio era esa la estampa que había esperado: un omega cariñoso, con cachorros hiperactivos a quienes mantener.
Tras asegurar en el pequeño establo a su caballo, Víctor entra a la casa después de haber dejado las botas, como se ha acostumbrado, a afuera. La cabaña ha tenido que ser rediseñada y reconstruida para albergar dos cuartos más, ampliar la cocina e incluir un alacena para guardar los granos y las harinas en invierno. Víctor lo recuerda con una sonrisa, porque fue una labor que hizo junto a Yuuri, quien se negó a quedarse sentado mientras él hacía el trabajo. Y fue una experiencia gratificante renovar su hogar juntos, bajo el recuerdo de como se compartían las tareas, terminaban todas las noches agotados y vieron el fruto de su esfuerzo con el rostro forrado de felicidad. La celebración de ese proyecto los sorprendió en el lecho con la llegada del celo de Yuuri, y facilitó la llegada de su primer hijo.
Allí está, su omega con Yuki en brazos, quien llorando desconsolado estruja el manto de su esposo. Su hijo menor yace dormido a su lado.
Yuuri acaricia el manto de cabello negro de su hijo mayor mientras lo consuela y Víctor observa la estampa a los pies de la puerta. Se siente afortunado de estar vivo, de estar allí. Su pequeño beta, Nao, apenas tiene un par de semanas. Es tan pequeño que a Víctor le produce aún miedo agarrarlo y cada vez que lo hace, siente una enorme cuota de felicidad viviendo en ese pequeño cuerpo. Tiene la piel arrugadita, los puños cerrados y su piel roja. En su cabeza se adivina un par de mechones de cabello castaño, y sus ojos tienen un tono gris. Mantienen los mismos rasgos de Yuuri, que ante su mirada, son preciosos.
—Trajimos conejo. —Se acerca el alfa, mientras su hijo mayor se hace bolita sobre el pecho de su papá y suelta un sollozo desconsolado. Yuuri lo mira con ternura desmedida—. Yuki lo cazó.
—Se murió… conejo… —dice entre hipidos, mientras Yuuri seca sus lágrimas.
—¿Yuki le trajo conejo a papá? —Levantó el rostro redondo de su hijo, mientras reparte caricias—. Gracias amor, papá quería comer conejo.
El niño respira hondo, conteniendo el aliento. Sus grandes ojos azules lo observan con sorpresa y sus mejillas rojas por el llanto aumentan el color. Víctor contiene su risa de felicidad mientras observa contento aquel cuadro familiar con el que tanto había soñado.
—A papá le gusta comer conejo, ¿recuerdas? —Yuuri dialoga con su hijo, peinando sus hebras negras—. Así puede ser fuerte y cuidar mejor de Yuki, de Nao y de papi. ¿Te acuerdas cuando sembramos los tomates y luego los comimos? —El niño asiente—. Es igual…
—¿No... enoja papá? —Yuuri reniega ante su hijo, para calmarlo mientras seca sus lágrimas atrapadas en las frondosas pestañas negras.
—No, papá está orgulloso. Porque Yuki será un alfa fuerte como papi.
Víctor decide agregarse a la escena, y se acerca con calma. Despeina los cabellos de Yuki, se inclina para dejar un beso lleno de amor a la cabecita de Nao, y luego busca los labios de su esposo, los que besa largamente entre el suspiro que Yuuri deja escapar de sus labios y el ligero gruñido de Yuki, celándolos. El alfa mayor obviamente no atiende a ese acto de posesividad de su hijo, y termina el beso restregando su nariz con la de Yuuri, en una muestra de su pura felicidad. Su esposo luce contento, radiante pero agotado. El parto fue doloroso, y Nao ha resultado bastante activo y glotón, consumiendo sus fuerzas.
—Ya me levantaré a cocinar… —susurra Yuuri, estirándose mientras deja notar seductoramente espacio de su piel descubierta. Víctor muerde su labio y se niega al instante.
—No, quédate aquí. Yo me encargo de la cena.
—Gracias Víctor… —El alfa se sonríe y reniega dejándole un beso sobre su frente.
—No, gracias a tí por escogerme.
—Hoy y siempre…
Escogerse todos los días, en cada mañana al despertar y mirarse a los ojos, se ha convertido en la manera de alimentar su relación y sobreponerse a los cambios que el país, la sociedad, su pueblo y sus propias vidas, han sufrido. Se escogen, pese a los malos entendidos, pese a los comentarios mal intencionados, a los malos ratos, a los momentos duros. Se escogen pese a la escasez, a la enfermedad, el mal humor y las lágrimas.
Se escogen.
Víctor escoge a Yuuri como su amante, su esposo, su pareja, su amigo. Lo escoge por encima de todos, lo ve como un igual, como el compañero con el que puede seguir su vida. Han decidido criar a sus hijos bajo los valores que ambos descubrieron juntos, tomando lo mejor de sus respectivas familias para formar la suya.
Escogen, todos los días, amarse. Así que cuando Víctor siente el abrazo de su esposo en su espalda, no puede evitar sentirse complacido al percibir su calor y su manera de hacerle sentir querido. Y de ese modo, no puede haber otro resultado más que la felicidad.
Notas de autor: Mil gracias a todos, espero que este pequeño regalo les guste y puedan disfrutarlo. La familia que Víctor tanto había deseado en este fic. Quizás la temporada colaboró para no poderme despedir de esta historia sin darle el deseo que Víctor tenía. ¿Y qué mejor que eso para regalo de navidad? Agradezco todo el apoyo que recibí por parte de ustedes en este trabajo y eternos agradecimientos a Ashley, la mano maestra que no sólo dibujó los hermosos arts, sino que me dio la preciosa idea y me retó para salir de mi zona de confort.
Les invito a leer mis otros trabajos si les gustó este; en todos ellos hay un pedacito de mí. Y espero contar con ustedes en este 2018.
