Inesperado Encuentro - Jim Mizuhara

Capítulo 2


El bicolor consiguió sentarse en el mismo lugar que el día anterior, aunque tuvo que esperar un rato antes que otra persona que ocupaba el sitio se marchara. Tenía particular interés por sentarse ahí, ya que era el rincón más aislado del café y ciertamente nadie lo molestaría, además que podrían sostener una plática sin que otras personas escucharan. Mientras esperaba al chico rubio, con una creciente ansiedad en su interior, pidió un café expreso para aclararse la mente y recordar toda la serie de preguntas que podría hacerle, en su imaginación las cosas sucedían con una rapidez mayor que lo requerido en realidad, pero como imaginar no le costaba ni un centavo entonces se entretenía con eso mientras los minutos pasaban céleres, en breve el chico estaría ahí.

Max no apareció allí. Ni cinco, ni diez, ni quince minutos después, el bicolor frunció el ceño, detestaba que las personas se atrasaran; aburrido por la espera y enfadado por el engaño, Kai se dispuso a pagar la cuenta y largarse de allí, convencido de que no aparecería más. Se puso de pie para buscar su dinero en los bolsillos cuando lo vio.

El rubio apareció con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta roja, con una mochila a cuestas. Miró hacia todos los lados hasta que, en el fondo, divisó a Kai, con pasos decididos se encaminó hacia él; la hosca expresión de enfado del bicolor desapareció, el chico rubio parecía tener alguna explicación para su atraso.

– Perdone que me haya atrasado – dijo Max a modo de saludo – tuve problemas en mi trabajo.

– Ya veo – replicó Kai, asintiendo comprensivamente. Observó fijamente las orbes del rubio, parecían más sobrecogedoras de cerca.

– Bien, entonces… .¿Dónde está?. – cuestionó Max, ansioso.

– Aquí – replicó Kai, extendiéndole el sobre – espero que…

– Muchas gracias – interrumpió el ojiazul, esbozó una débil sonrisa y guardó el sobre en su mochila – ahora tengo que irme.

– .¿Qué?. – exclamó Kai, estupefacto con la prisa que el rubio tenía por marcharse - .¡Quédate más un poco, al menos!.

Max pareció examinar de arriba abajo al bicolor, cuestionándose internamente las razones por las cuales debía hacerle caso. El ojirubí permanecía de pie, con la mano ligeramente extendida, tal cual estaba cuando le entregó su sobre, con la expresión confundida estampada en sus facciones; en rubio consideró que, por el gran favor que le hizo, no estaría mal complacer su deseo por quince minutos, al menos. Kai esbozó una sonrisa cuando el ojiazul volvió a aproximarse, sentándose frente a la mesa.

– Dos capuccino, por favor – solicitó el bicolor al mozo – ahm… bien, Max, .¿No es así?. Pareces ser una persona agradable, aunque no traes una expresión muy buena, al parecer. .¿Sucede algo?. – inquirió Kai. Interiormente el bicolor quería golpearse contra la pared, invirtió el orden de las preguntas que tenía para hacer y se salió con una que podría ofender a su interlocutor por su impertinencia.

– Hum… talvez sí – contestó suavemente Max, suspirando de forma casi imperceptible. Lejos de parecer molesto con la pregunta, más bien parecía feliz que alguien se lo preguntara.

– Aquel… aquel con quien estabas ayer, en la calle, .¿Era tu novio, no?.

– Mi amigo – corrigió Max, aunque después agregó – no tiene tanto sentido esconderle a usted la verdad, por lo que sí, era mi novio.

– Llámame Kai – murmuró el bicolor, en el justo momento en que su pedido llegaba – vamos, toma el capuccino tú también, hace frío y te hará bien – a estas alturas Kai se sentía un completo tonto, estaba comportándose casi paternalmente con un extraño al cual conoció diez minutos antes.

– Él y yo… peleamos ayer – susurró Max, abstraído, dio un sorbo al humeante café.

– .¿Pelearon?.

– Hacía veinte días que no lo veía – continuó el rubio, sus cejas se arquearon lastimeramente – ayer lo vi por casualidad, andando por la calle… no esperaba encontrarlo así de repente.

– Y la carta que escribiste, .¿Era para él?. – inquirió el bicolor, observando atentamente las cambiantes expresiones del menor.

– Sí, lo era – replicó Max, mirando la mesa – le estaba escribiendo para… bueno, ya has leído lo que dice. Sin embargo, ayer me dijo que estaba fastidiado de mí y que… y que no quería verme más – los labios del rubio se apretaron, en una mueca por contener las lágrimas que insistían en salir.

– Oh, vaya – mencionó el bicolor, cerrando los ojos durante algunos segundos para evitar ver la escena que se producía en su frente – puedo imaginar que tú lo querías mucho, .¿no?.

– No – fue la respuesta que pasmó a Kai – n-no sé por qué lo seguía, lo amaba o hacía todo aquello… lo que yo lo amé no alcanza a equipararse con el afecto que me daba… si es que me daba alguno.

– .¿Cómo?. – preguntó el bicolor, más confuso que antes.

– Cuando yo conocí a Peter, él era distinto… decía que me amaba y que seríamos felices juntos, entonces me convenció a huir de casa… me prometió que me daría todo lo que quisiera, que yo terminaría la escuela aquí y que…

– .¿La escuela?. – interrumpió súbitamente el ruso – un momento, .¿Cuántos años tienes?.

– Diecisiete – replicó Max en un hilo de voz.

– .¿Sólo?. .¿Y tus padres?.

– Como ya he dicho, me he marchado con Peter porque me había prometido todo… no soy de esta ciudad, aunque Peter sí y dependía de él para manejarme aquí. Me permitió quedar en su casa apenas durante algunos meses y luego me ordenó que debía mudarme, porque no podría mantenerme durante toda la vida; se volvió frío, insensible y cada vez más me evitaba, sólo me buscaba para… - las acuosas orbes y el repentino rubor en las mejillas de Max dieron a entender lo que seguía – decía que yo sólo servía para eso… en realidad dejó de quererme para ir con otros. Como no tenía coraje para volver a mi casa y tampoco dinero para mantenerme aquí, entonces conseguí un empleo en un periódico, como impresor, la verdad no me va mal… yo aún amo a Peter, mismo con todo lo que pasé…

Cuando el rubio terminó su relato miró a Kai, se sorprendió con la pétrea expresión del ruso. El bicolor pensaba en miles de cosas a la vez, sintió cómo le dolía a él mismo la desgracia que arrastraba el rubio en su vida, tan joven aún y con las esperanzas destruídas… pero no lograba entender la idea de amar a alguien que no correspondía, a alguien que buscaba al otro apenas para saciar sus instintos, para maltratar, herir, humillar… Kai deseaba entender por qué en el mundo existían personas así, que sacrificaban su afecto a cambio de nada, soltaban lágrimas de dolor que nunca serían vistos ni comprendidos por quienes eran destinatarios de ese mismo dolor. Quiso culpar la excesiva ingenuidad por parte del rubio, las maravillosas propuestas por parte de Peter, algún vírus o peste, pero no el mero afecto nacido de forma tan pura e inocente en el pecho de alguien que apenas llegaba a comprender los misterios que unen a dos personas. En efecto, sólo un misterio podía haber unido un chico de aspecto casi angelical con un monstruo como Peter.

– P-Perdón si te he contado todo esto – se excusó Max, acongojado – no debía meterte en mis problemas, ciertamente tendrás los tuyos y…

– No te preocupes – interrumpió el bicolor, haciendo un gesto con la mano – en realidad me pareció interesante lo que me has contado. .¿Dónde vives ahora?.

– He arrendado un pequeño departamento en el suburbio, no es la gran cosa, pero es lo que me alcanza. Debo ahorrar mucho para que me llegue hasta el fin del mes mi salario… por ejemplo, tomando este capuccino no comería el último día del mes – replicó Max, forzando una sonrisa en su expresión triste.

– Es por mi cuenta – murmuró Kai quien, después de hurgarse los bolsillos, extendió su limpio y blanco pañuelo a Max – toma, sécate esas lágrimas que quieren salir y tú no los dejas.

– G-Gracias – replicó el menor, quien obedeció lo que Kai ordenó de un modo casi encantador, según el concepto del bicolor – vaya, qué increíble, traes pañuelos en los bolsillos.

– .¿Y eso qué tiene de increíble?. – preguntó el ruso, interesado.

– Siempre creí que apenas las personas de edad lo hacían. Tú tienes casi mi edad, .¿o no?.

– La tuya más cinco – replicó Kai, extendiendo los cinco dedos de su mano izquierda.

– Pues no parece – agregó Max, aparentemente más tranquilo – cuando hablas pareces mucho mayor, muy adulto, talvez. El pañuelo…

– No es problema – interrumpió Kai, quien lo tomó de vuelta y lo guardó – quizás debas alejarte más de Peter, si dices que no te ama…

– Pienso lo mismo, pero luego me siento tan culpable, como si estuviera traicionando su confianza… .¡hmpf! No sé de qué hablo, él se olvidó de mí hace mucho tiempo y soy el único tonto que cree en él – Max meneó la cabeza con brusquedad – deberás pensar que soy el mayor idiota del mundo, .¿verdad?.

– Al contrario – replicó el ruso, esbozando una leve sonrisa – me parece interesante, en realidad, que existieran personas así. Me hacen creen que aún existen seres capaces de amar. Aunque si direccionaras eso que sientes a otra persona, sería magnífico.

– Quisiera no poder amar nunca más – murmuró el rubio.

– .¡Nunca más digas eso!. – exclamó Kai, dando un golpe en la mesa que sobresaltó a Max – nunca repitas tal cosa, .¿entiendes?. Hablas eso porque no sabes cómo es desesperador no amar. Es un estado donde no importa más nada, ni alcanzar objetivos, ni preocuparse por los demás e incluso por uno mismo. Sientes que quieres morir… o peor aún: que has nacido con el único objetivo de morir. Que es la única tarea que te cede el destino. Comprendo que sufras por el amor que no se corresponde, Max, pero nunca quieras sufrir por no amar, por el deseo de sentir algo por otra persona y que tal deseo nunca aparezca, porque ya se ha extinguido hace mucho de tu interior…

La sorprendida expresión del rubio no se desvaneció cuando Kai terminó de hablar. En verdad, lo impresionó el modo casi ferviente con que defendió su tesis; no se había asustado, en verdad, apenas fue tomado por una curiosidad que provenía de las agradables aunque adustas facciones de su interlocutor. El bicolor se contuvo al observar la reacción de Max.

– Siempre existen otras oportunidades – murmuró Kai, finalizando su disertación con un sorbo de su café.

– .¿Vienes siempre aquí?. – se interesó el rubio, cambiando de asunto.

– En verdad, no, fue apenas una suerte que estuve aquí ayer, no frecuento este sitio.

– Yo tampoco – mencionó Max, con una sonrisa más genuína.

– Entonces fue una suerte lo que pasó ayer – dijo Kai, apoyando su mentón sobre un puño cerrado y mirando con fijeza al ojiazul – caso contrario, no te conocería.

– Apenas estaba aquí porque queda de camino a mi trabajo, y aproveché al salir para escribir aquella carta – susurró Max.

– Cuando leí aquella carta… sentí una envidia tremenda del tal Peter a quien iba direccionado – mencionó el bicolor, pensativo – más bien hubiera querido recibir yo aquella misiva.

– .¿E-En serio?. – tartamudeó Max, atónito.

– Claro. Más aún después de conocer al remitente – añadió Kai, guiñándole un ojo.

El rubio se sonrojó notablemente, haciendo que sus pecas desaparecieran casi. No sabía si debía sentirse halagado por el elogio de un desconocido o avergonzado porque, aparentemente, Kai se le estaba insinuando. Max estaba cansado de elogios falsos y estúpidos, pero por alguna razón las palabras del ruso tenían una veracidad indiscutible, podía percibirlo por la sinceridad de su pronunciación y la suavidad de su volumen. Estaba diciéndolo de verdad, no intentaba impresionarlo.

– Esto… .¿Debo entender que no tienes relaciones con alguien actualmente?. – inquirió Max, recompuesto.

– Tengo una orgía de trabajo diariamente, pero supongo que eso no cuenta como una relación en la acepción de la palabra – contestó Kai – quizás me vendría bien estar con alguien. Pero yo soy malhumorado, fastidioso, irritado, odioso, perfeccionista, tengo un pésimo carácter, detesto las personas frívolas y las estupideces que eventualmente digan.

– Oh, vaya – sopesó el rubio, exhibiendo una relampagueante sonrisa – con un currículum así creo que difícilmente atraerías a alguien.

– Es cierto, tendría que ser… alguien así como tú, por ejemplo – sugirió el bicolor.

– .¿Y por qué como yo?.

– Hmmm… me gustaría tener a alguien que me esperara, algo así. Que lo vea feliz cuando yo llegue a casa, que le agrade mis demostraciones de cariño y que me corresponda. Que me haga sentir importante en su vida. Que le fascine mis sorpresas y apoye mis decisiones. Que sea dulce, tierno, y no tan cursi como estoy siendo yo ahora.

Ante la última asertiva el rubio estalló en carcajadas, en una extraña risa que parecía tanto más rara porque esta sí era auténtica. Max había estado ansioso y triste en las últimas semanas, lo suficiente como para no tener fuerzas de esbozar una sonrisa siquiera; pero esta era la primera ocasión que tenía de reír así, de forma tan libre, dejando que el bálsamo de esa pequeña y efímera alegría untara su alma deshecha por las preocupaciones y el temor. Dejó de reír y, en su reemplazo, soltó un suspiro, aliviado, los músculos de su rostro aparecían más relajados.

– Puede que seas todo eso, Kai, aunque a veces eres chistoso.

– Pero eso porque sólo tú le hallas gracia a lo que digo – replicó el bicolor.

– .¿Y no era para ser?.

– Las cosas suenan distintas para aquellos con quienes tenemos alguna especie de afinidad – acotó el ruso, bebiendo el último sorbo de su café.

– Yo… lo siento, Kai, pero debo marcharme ya – dijo Max, en tono de disculpa.

– Bien, ya está casi oscureciendo, de modo que también me marcharé. .¿A dónde vas tú?.

– A mi casa.

– Tengo un coche esperándome, te llevaré – indicó Kai.

– .¿Un coche te espera?. – repuso Max, sorprendido – yo pensaba que esas cosas sólo sucedían con esos personajes adinerados de las películas.

– Hum… ya sabes, las películas suelen mentir mucho – dijo el bicolor benévolamente.

Kai se encaminó al balcón del establecimiento y pagó la cuenta, siguió al rubio hasta el automóvil que lo aguardaba afuera. A Max no le pareció ni remotamente que aquél vehículo donde se acomodarían tranquilamente unas siete personas debería recibir el nombre de "coche", dado su tamaño y los detalles cromados que enceguecían la vista. Un hombre alto y vestido como un maestro de ópera se adelantó y, para su espanto, le abrió la puerta al rubio. El chico llegó a sentirse aprensivo al acomodarse sobre el mullido tapizado del asiento, como temiendo estropearlo con su peso. Era inmenso, lujoso e increíble. No era un coche, era una limusina. La única cosa mayor en que había subido antes era, según recordaba, en el tren subterráneo.

– Bien, Joe, toma la avenida principal y luego a la derecha, por el paseo de los álamos – indicó Kai, quien después presionó un botón y un vidrio automático comenzó a subir, separando al chofer de los pasajeros detrás. El potente motor puso en marcha el vehículo, conduciéndolos con toda la comodidad que los amortiguadores hidráulicos podrían proporcionar.

– .¿Cómo sabes que es ahí?. – preguntó el rubio, quien no sabía con qué sorprenderse más.

– Has puesto tu dirección en el sobre – replicó Kai, encogiéndose de hombros. Encendió el equipo estereofónico que estaba a su lado.

– Tienes un automóvil… genial – opinó el rubio, a falta de adjetivos más completos para definir su entera sorpresa – debes ser una persona millonaria, supongo.

– Bah, no me gusta que me traten así – dijo Kai, restándole importancia al hecho – detesto las personas que se ponen serviles o falsas por lo que tengo.

– .¡Debes vivir en una casa inmensa!. – musitó Max, imaginando cuán grande sería.

– .¿Nunca te enseñaron que no debes aceptar transporte de desconocidos?. – interrumpió el bicolor, sacando a Max de sus divagaciones.

– .¿Qué?.

– Sí, tú eres bonito y completamente apetecible, de modo que yo, siendo un desconocido, podría simplemente ponerme encima de ti, sacarte toda tu ropa y hacerte mío al menos un par de veces antes que me dé ganas de descansar – sugirió Kai. El rostro de Max adquirió un tono ceniciento.

– .¿Ha-hablas en serio?. – balbuceó el rubio, perplejo.

– Claro que no. Apenas bromeo – agregó el bicolor, con una sonrisa. El ojiazul también sonrió, aunque no muy convencido.

– .¿Harías eso, Kai?. – insistió el rubio.

– .¿Con alguien?. Imposible. Y contigo mucho menos – replicó el ruso – aún tengo ideales que me gustaría seguir, entre ellos que yo quiera a alguien que también sienta algo por mí.

– .¿Entonces por qué has dicho aquello?.

– Talvez para ver cómo reaccionabas… aunque debo admitir que personas con una cierta dosis de ingenuidad son encantadoras – dijo el ruso, provocando que Max se sonrojara de nuevo.

– Yo no soy ingenuo – se defendió el rubio.

– No dije que eras. Apenas dije con una cierta dosis – señaló Kai.

El traqueteo del automóvil indicó a ambos que llegaron a la calle donde Max vivía. El rubio señaló un pequeño edificio de departamentos, poco visible en la oscuridad, pero de todas formas el automóvil logró estacionarse allí. El chofer se apeó de su puesto, corriendo casi para abrir la puerta a ambos pasajeros. Tanto Kai como Max quedaron allí en la acera, parados y sin saber cómo despedirse uno del otro, observándose fijamente y sin decidirse por estrecharse la mano o hacer algo. Por fin el bicolor, cediendo a un impulso extraño en él, extendió ligeramente ambos brazos, abrazó al rubio de la misma forma como Max había planeado hacer también. Permanecieron varios segundos así, con el rubio apoyando su cabeza en el hombro del ruso.

– Quisiera poder verte de nuevo – susurró quedamente Kai, el aliento tibio del ruso estremeció al ojiazul cuando lo sintió pasar por su oreja.

– M-Mañana… mañana podrás verme – contestó Max en el mismo tono, apartándose con rapidez. Hizo una ligera seña al bicolor antes de encaminarse a paso rápido por las escaleras.

El ruso permaneció allí, contemplando la silueta del rubio hasta que desapareció. Luego desvió la mirada hacia sí mismo, su camisa estaba arrugada y tibia por el calor del abrazo de Max… aquel rubio no lo amaba, pero Kai sentía que, internamente, iba despedazarse de felicidad. Tenía la vaga impresión de que era un elegido de los dioses, pocas veces en la vida sintió algo parecido con lo que estaba sintiendo ahora; era estúpido, tonto y cursi, pero Max lo había abrazado y nada más en el mundo importaba, por breves segundos sintió la suave respiración del menor sobre sí, y creyó positivamente que el rubio hizo un intento algo disimulado de aspirar su propio aroma… .¿Qué más daba, si él estaba solo y Max estaba tan desamparado?. Entró en su automóvil dando un portazo.

– .¿A dónde señor?. – preguntó el chofer.

– Vámonos a casa, Joe… después vete a tomar unos tragos y tómate el día siguiente libre – replicó Kai, frotándose las manos de satisfacción.

Continua...