Capítulo 2. ¿Qué sabes tú de pociones?

Hacía ya varios días que el curso había comenzado en Hogwarts, revestido de inseguridad y timidez.

Los que alguna vez fueran rostros curiosos, que brillaban por la expectación de su primer año en el colegio de Magia y Hechicería británico, no poseían más ambición que pasar desapercibidos por los corredores del pasillo, como si un basilisco les fuera a saltar de una esquina en cualquier momento. Después de todo, ya alguna vez había ocurrido.

Desapasionado, él supuso que los niños habían escuchado historias... y que la mayoría de éstas habían sido verídicas.

No muy lejos de las mazmorras, donde alguna vez había dado clases en el laboratorio de pociones, un grupo de primer año salía con la cabeza gacha, despidiéndose del cansado profesor Slughorn. Un grupo de Gryffindor cuchicheaba entre sí mientras un niño pecoso de Ravenlaw salía disparado hacia los baños, con una enorme mancha oscura sobre el uniforme. Sin embargo, se percató la incolora presencia, una niña de Slytherin, de enmarañado cabello rubio, volvía al interior del laboratorio ocultando la vista a cualquiera que pasara por su lado.

Ligeramente curioso, el fantasma bajó de los sombríos rincones de las mazmorras, echando un vistazo al conocido salón de clases.

― ¿Qué ocurre, Olivia? ―Preguntó la silbante voz de Slughorn― ¿Se te ha olvidado algo?

La niña, que parecía reacia a levantar la vista, se detuvo frente a su mesa de trabajo y sacó un pequeño par de manos pálidas para coger su libro de texto. Entonces, se quedó quieta y sin decir nada, como si alguien le hubiese pillado en alguna travesura.

Severus podía observar, con su ventajosa invisibilidad, que la niña se estaba callando algo gordo. Llevaba su pelo amarrado en una larga y espesa trenza, pero daba la impresión de que se la hubiese retorcido minuto a minuto hasta que un montón de cabellos se le escaparan, dándole la apariencia de quien ha volado en medio de una tormenta eléctrica.

Nervioso por la falta de respuesta por parte de Olivia, Slughorn se alisó una arruga imaginaria de su túnica, poniendo en orden su reloj de bolsillo y reafirmando su postura como profesor.

― Ya vete, Olivia, se te hará tarde para el almuerzo. ―Le animó con un gesto, intentando ser amable.

La pequeña disimuló una mueca de disgusto y se marchó corriendo con el libro abrazado contra el pecho, casi ocultándolo bajo la túnica.

― Tendré que retirarme un día de estos... ―Musitaba el actual profesor de pociones, sin ser consciente aún de Severus.― Sí, eso haré. Un día... enfrentaré a Minerva y le diré "Oh, ya estoy muy viejo para esto". Albus me obligó, pero ella... Oh, por Merlín, que difícil es la escuela hoy en día.

Slughorn tenía razón, pensaba la serena presencia que se alejaba flotando por los pasillos. Desde la guerra, casi un año atrás, los alumnos habían perdido gran parte de su entusiasmo, y a los profesores se les dificultaba más que nunca la labor de enseñar. Quienes habían formado parte de la guerra veían con cansancio y tristeza las estancias del castillo; los pasillos, los terrenos y los invernaderos, todo lugar donde algún mortífago hubiera lanzado un avada kedabra exitoso.

Y los niños de primer año, como el pecoso de Ravenclaw o los malcriados de Gryffindor, resentían gran parte del luto de sus superiores.

Tal vez guiado por la curiosidad de lo que pudiera hacer una mocosa sospechosa en el castillo, o por la incipiente preocupación que resurgía de su muerte por cualquiera que ostentara el emblema de Slytherin, Severus se deslizó por los corredores hasta que pilló de nuevo a la extraña rubia.

Ella no se detuvo hasta encontrar un refugio seguro en un pasillo sin salida del segundo piso, no muy lejos de las escaleras. Con lo pequeña que era, esconderse no parecía una misión complicada. Cuando el fantasma notó lo que ella pretendía, su voz se hizo sólida por primera vez desde su muerte.

― No deberías beber eso.

Olivia dio un respingo y por poco dejó caer el pequeño elixir. La poción, hasta entonces oculta detrás del libro de la misma materia, temblaba en las pequeñas manos de la niña, pero ella se negaba a soltarla. En cambio, levantó la vista hacia la vaporosa figura de un hombre traslúcido, de expresión severa y una nariz exageradamente larga.

― ¿Q-Quién es usted? ―Preguntó ella en un claro esfuerzo por que no le temblara la voz.

― Eso que tienes ahí es muy delicado. ―Insistió el fantasma, señalando con su largo y platinado dedo lo que intentaba esconder la rubia.― Más específicamente, eres muy joven para beberlo. Te hará daño al estómago, y probablemente te de fiebre.

― ¿Usted qué sabe de pociones? ―Se mofó la Slytherin, levantando una nariz pequeña pero orgullosa.

Severus adoptó una expresión casi metafísica. Cuánto sabía él de pociones. Podría decirle a Olivia Bennet lo mucho que él sabía de pociones, y cuánto más sabía de la magia oscura y sus consecuencias.

Sin embargo, lo único que podía ver delante de sí, sólo que en un rostro mucho más hermoso, era la misma mirada que él alguna vez había adoptado de niño, cuando la escuela lo asustaba. Eran los ojos de quien se veía muy pequeño en un mundo muy grande, cuando todos bajaban la cabeza o reían sin que uno supiera la razón; incluso los temblores de su cuerpo le parecían familiares, y la actitud orgullosa le recordaba al escudo protector que Draco Malfoy había usado los últimos años en el colegio.

La imponente figura del fantasma de Severus Snape descendió hasta llegar a la altura de la pequeña; un gesto que jamás había hecho en vida.

― La suerte líquida no hará que el miedo desaparezca... ―Le dedicó una mirada tranquila y fija, y Olivia sintió en aquella mirada una sonrisa, pero supuso que podía estarlo imaginando.― Lo harán tus decisiones.

― Pero el profesor Slughorn dijo que...

― Es una pena que Slytherin tenga como Jefe de casa a un hombre tan pomposo como él. ―Se burló Severus, desviando la mirada.― Aprende de él, pero no creas que la fama lo es todo. Te lo puedo jurar.

― ¿Usted a qué casa perteneció? ―Inquirió Olivia con curiosidad, sin darse cuenta que sus manos dejaban de temblar y que ya no aferraba el Felix Felicis como náufrago a la tierra.

Severus se quedó en silencio un rato, pensándolo.

― No estoy seguro. ―Le devolvió la mirada.― Quizás ya lo olvidé.

― Creo que no importa. ―Susurró ella, pensativamente. Al final, miró al fantasma con congoja pero una clara resolución en los ojos.― Iré a devolver esto antes de que el profesor Slughorn se de cuenta que lo tomé. ―Porque claro, ningún Slytherin en sus cabales admitiría sus pecados con la cabeza gacha. Para eso estaban los Hufflepuff.

Cuando la niña se hubiera marchado a las mazmorras, Severus continuó su camino hacia la lejana dirección del colegio. Minerva McGonagall no se veía en ninguna parte, por fin. Pero una voz todavía más insoportable lo asaltó, no del todo desprevenido. Ya le había oído por varias décadas atrás.

― Sigues siendo un buen samaritano en las sombras, Severus.

El fantasma evitó mirar fijamente el cuadro del antiguo director.

― Albus.

― Si mal no recuerdo ―comentó el anciano desde su pintura, con aquella odiosa serenidad de por medio―, el Felix Felicis no tiene edad mínima de consumo. ¿Ha sido un consejo personal del antiguo Jefe de Slytherin?

― Oh, cállate.