Capítulo 2
- Regreso -
Cuando Mycroft llegó a su casa se vistió con uno de los trajes más elegantes que encontró y se adecentó frente al espejo. John le había citado en aquel restaurante, para decirle que tenían que hablar de algo importante.
Llevaban un tiempo viviendo juntos pero ese día aún no lo había visto. Solo leyó la nota que había dejado en la cocina.
"No llegues tarde, el país puede esperar" JW
Mycroft sonrió y dobló la nota para guardarla en el interior de su chaqueta. Condujo el mismo hasta el lugar y aparcó no muy lejos del restaurante. Estaba bastante nervioso. No sabía que esperar de ese día, su hermano volvía, John le haría una gran confesión… Estaba algo inquietado.
John ya estaba en la mesa cuando Mycroft entró al restaurante. Dejó su abrigo en la puerta y se acercó a él.
—Perdón por la tardanza –dijo dándole un beso antes de sentarse frente a él.
John sonrió.
—Has venido más pronto de lo que esperaba, créeme —dijo sonriéndole.
—Estás muy guapo, ¿lo sabes?
—Por supuesto, este traje me sienta genial…
—Fue una buena idea comprarlo a medida.
Se quedaron un rato en silencio antes de reírse a la vez. Hablaron del trabajo y de lo sucedido en las noticias estos últimos días mientras comían. Antes del postre, Mycroft se levantó y le besó la sien.
—Voy al baño, enseguida vuelvo —le dijo antes de dirigirse escaleras arriba.
Miró la cena y suspiró. Sherlock aún no había llegado y estaba al caer… No podía ni pensar en lo que podría pasar cuando John se enterara de que estaba vivo…
John miraba nervioso la carta, sin saber que vino o que champán elegir para la ocasión. Sherlock entró en el restaurante y se acercó a él.
—¿Quiere que le aconseje señor? —preguntó con un marcado acento francés.
—Oh si —dijo este nervioso, no le miró pero le enseño la carta un poco —. Estoy buscando una botella de champán. Una buena.
—Esa son las mejores cosechas —dijo Sherlock moviendo la mano por encimad e la carta.
—No entiendo mucho, ¿qué me recomienda?
—Con esos no puede fallar pero si quiere mi sugerencia personal… El último es mi preferido —dijo señalándolo —. Es… Podría decirse… Como un rostro del pasado.
John, que no había apartado la vista de la carta, la alzó y se la entregó.
—Bien —dijo —. Pues una botella —concluyó antes de darle un sorbo a la copa de vino.
—Familiar pero con la capacidad de sorprender —dijo Sherlock entusiasmado alzando los brazos.
John hizo una mueca al saborear el vino, demasiada cantidad.
—Pues sorpréndame —dijo con la voz algo ronca.
Sherlock gruñó.
—Me estoy esforzando señor —dijo antes de colocarse las gafas mientras se iba.
John se buscó en la chaqueta la caja con el anillo y lo abrió para observarlo. Era de acero y plata, dividido en dos listones, uno más oscuro que el otro. Dejó la caja en la mesa y la giró varias veces sin saber en qué posición ponerla hasta que se la volvió a guardar justo antes de que Mycroft se sentara.
—Ya estoy, ¿todo bien? —preguntó.
John apretó la caja del anillo en su bolsillo y asintió.
—Sí… Eh… ¿Quieres más vino?
—Claro, pero estás pálido. ¿Seguro que estás bien? —preguntó Mycroft.
John bebió algo de su copa de vino y tosió.
—Quería hablar contigo, preguntarte una cosa —murmuró.
—Lo que quieras —dijo Mycroft antes de cogerle la mano por encima de la mesa.
—Yo… Verás Mycroft tú… —murmuró John apretando su mano.
El político sonrió.
—Coge aire y suéltalo con calma —le dijo —. Vamos…
John rió algo nervioso pero le hizo caso. Se calmó un poco y sacó la mano del bolsillo para dejarla apoyada sobre la mesa.
—Quiero decirte que has sido una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida, me has ayudado mucho a superarlo todo, he descubierto nuevas cosas gracias a ti… —le dijo —. Y no solo me refiero al sexo —aclaró antes de reírse.
Mycroft también se rio, sonrojándose.
—Por eso… —prosiguió John
Mycroft cerró los ojos cuando notó una sombra a su lado y ese falso acento francés.
—Lo siento —le dijo antes de que John se volviera para mirarlo.
John le miró extrañado y levantó la vista para echar al camarero y al ver allí a Sherlock, quitándose las gafas se quedó helado.
—Es curioso lo del esmoquin —dijo Sherlock —. Confiere distinción a los amigos y anonimatos a los camareros…
John miró a Mycroft, intentando saber si era una vil broma, pero Mycroft no reaccionó. Ni se atrevió a mirarle a la cara. John se levantó poco a poco, el estómago le ardía y el pulso le temblaba un poco.
—Resumiendo —dijo Sherlock —. Estoy vivo.
Mycroft apretó la servilleta con el puño. Le tendría que enseñar a su hermano lo que era el tacto.
—Ha sido un poco cruel enterarte así, podría haberte dado un infarto pero en mi defensa seré que ha sido gracioso… —siguió Sherlock, John lo miraba con seriedad, fijamente a los ojos —. Vale no es muy buena defensa.
—Sherlock… —susurró Mycroft tapándose la cara con las manos.
El nombrado sonrió.
—Disculpa —cogió una servilleta y la mojó en la copa de agua para quitarse el bigote falso —. Sé que interrumpo algo importante, pero…
John golpeó la mesa con ambos puños.
—Dos años… —susurró John con la voz rota —. Dos años… Pensé… Pensé, que estabas muerto. Dejaste que sufriera, ¿cómo has podido…? ¿Cómo? –dijo en un gruñido.
—Espera, antes de que hagas nada de lo puedas arrepentirte una pregunta. Deja que te haga una. ¿De verdad le ibas a pedir matrimonio? —dijo y miró a Mycroft riéndose.
Mycroft se tapó la cara con las manos y suspiró. John, en cambio tomó aire, se alisó el traje y se lanzó contra el cuello de Sherlock, cambiando unos metros antes de caerse con él al suelo. Mycroft se aproximó a él para separarlo, al igual que medio restaurante. Cuando el rubio se puso de pie miraba con asco a Sherlock, casi con deseos de patearlo
—John, por favor… —pidió Mycroft.
—No me toques —le dijo John con tono amenazador —. Eres igual que él, jodido…
Pero no acabó la frase, se dio la vuelta y salió por el restaurante con paso firme y rápido. Mycroft tomó aire y miró a Sherlock.
—¿Qué? —preguntó el detective alzando una ceja.
Mycroft negó con la cabeza y se dio la vuelta para salir por la puerta. John no estaba en la calle así que cogió su coche y se dirigió a su casa. Cuando aparcó vio las luces de la cocina encendidas y suspiró.
Dejó las llaves y el abrigo en la entradilla y se dirigió a la cocina, John estaba sentado en una mesa. Ni siquiera estaba bebiendo solo miraba la mesa con espanto.
—John…
—¿Lo sabías? —le interrumpió el rubio.
Mycroft tomó aire y se movió en el sitio.
—Yo debí…
—Respóndeme —ordenó John —. ¿Lo sabías? Sí o No.
—Sí lo sabía John —respondió Mycroft —. Yo le ayudé a desaparecer —le confesó.
—¿Por qué…? —preguntó —. Pensé que había muerto, ¡JODER! Mycroft, ¡era mi mejor amigo! ¿Por qué coño no me dijiste nada? ¡Solo una maldita frase! Haberle pedido que me llamara, lo que sea joder pero alguna muestra de ello. Me dejasteis que sufriera de forma cruel.
—No podíamos decirte la verdad, John —murmuró Mycroft sin ser capaz de mirarle a la cara —. No podías saberlo.
—¿Es que no os fiabais de mí?
—Claro, pero…
—¿PERO? ¿Y TIENES PEROS? —gritó, aunque tomó aire y apretó los puños —. ¿Por qué? Solo… Dime por qué.
—Para salvarte —murmuró Mycroft.
—¿Salvarme? ¿De qué? ¿Qué podía pasarme si no sabía que Sherlock estaba vivo?
Mycroft se apretó las manos y tomó aire.
—Moriarty amenazó a Sherlock, le dijo que si no se suicidaba te mataría. A ti, a la señora Hudson y a Lestrade. Y Sherlock prefirió fingir su muerte. Si en algún momento te hubieras enterado los secuaces de Moriarty te hubiesen pillado y te hubieran asesinado y su esfuerzo no hubiese servido —le dijo.
—¿Y por qué ahora? —preguntó John.
—Sherlock acabó con la red de Moriarty. Ya podía volver.
John suspiró, se levantó en silencio y chasqueó la lengua. Cuando Mycroft alzó la cabeza John le besó antes de abrazarle. El político le abrazó con fuerza y besó la parte superior de su cabeza varias veces.
—John… Dios, pensé que te perdía —le dijo en un susurro.
John rió.
—Te libras porque el anillo está gravado y no lo puedo devolver —le dijo —. No creo que haya muchos Mycrofts con los que pueda casarme…
Este rió.
—Entonces, ¿no estás enfadado?
—Estoy muy enfado —le dijo John —. Pero te quiero más a ti —dijo antes de besarlo.
Mycroft suspiró y respondió al beso con necesidad. John se separó antes de profundizarlo más y le sonrió antes de subir al piso superior e ir a la habitación. Mycroft sonrió y le siguió.
John le empujó sobre la cama con fuerza antes de colocarse a horcajadas sobre él. Le desabrochó la corbata a tirones antes de besarle el cuello.
—John… —suspiró Mycroft.
El nombrado se apresuró a cogerle las manos y las pegó al colchón.
—Te quedarás quietecito —susurró contra su oído —. Como un niño bueno…
Mycroft bajó las manos y se aferró a las sábanas cuando John le mordió el cuello. Le fue besando el pecho mientras le desabotonaba la camisa y cuando llegó al ombligo se la sacó acompañada de la chaqueta.
John le notaba duro contra su muslo pero decidió ignorarlo mientras le quitaba los pantalones y la ropa interior.
—Mierda, John… —suplicó.
El rubio se fue desnudando lentamente ante la mirada del político. Le miraba con malicia, alegre de que estuviera tan desesperado.
—Ponte a cuatro patas y separa las piernas —pidió John mientras se acariciaba así mismo.
—Quiero verte… —pidió Mycroft.
—No. Eres un niño malo y se te tratará como tal, date la vuelta exigió.
Mycroft gruñó pero le hizo caso, frotándose su erección con las sábanas antes de ponerse de incorporarse un poco. John se acercó a él y le dio una palmada en el culo.
—Ah no —le regañó —. No te vas a seguir toqueteando, o te quedarás ciego.
—¿Y qué harás si sigo? —murmuró Mycroft girando la cabeza para mirarle.
—Hay una revista en el baño —dijo John poniéndose de rodillas en la cama y apoyándose sobre la espalda del político para alcanzar su rostro —. Podría ir a masturbarme allí si no me haces caso.
Mycroft movió la cabeza hacia él y le besó hasta que John le apartó mordiéndole el labio, gimió de frustración cuando se separó.
—Vamos John… —suplicó.
Este sonrió y se colocó tras Mycroft, agachándose para que su rostro quedara entre sus nalgas. Las separó un poco y lamió superficialmente la zona antes de introducir su lengua.
Mycroft se inclinó hacia delante, aferrándose a las sábanas y pegando su culo con el rostro de John.
—Joder…
John mordió ligeramente una nalga antes de continuar. Introdujo la lengua un par de veces hasta que la zona estuvo lubricada para poder introducir dos de sus dedos y hacer la tijera.
Mycroft gruñó levemente.
—Fóllame… —pidió.
—Espera… —susurró John besándole la espalda —. Paciencia.
Movió los dedos en círculos antes de meter un tercero y repetir las acciones. Mycroft temblaba de placer y gemía con necesidad.
—Vale… —susurró —. Relájate, ¿sí?
Mycroft asintió lentamente y apoyó su cabeza en la almohada. John se masturbó un par de veces antes de agarrarle de las caderas. Introdujo primero el glande antes de volver a apartarse pero a la segunda vez le penetró de una sola vez.
Mycroft contuvo el aire mientras apretaba las sábanas.
—Ah… Mierda, John —gimió al cabo de unos minutos.
—No me dirás ahora que no te gusta así —susurró.
Mycroft rió y abrió un ojo, intentando ladear algo la cabeza para mirarle.
—Te quiero —susurró.
John amplió su sonrisa y comenzó a moverse con largas y pausadas embestidas, haciendo que Mycroft se acostumbrara a él.
—Más rápido —pidió —. Por favor, John.
Este aferró a sus caderas y se movió más rápido, gimiendo entrecortadamente el nombre de su pareja. Mycroft gemía su nombre entre suspiros cada vez que golpeaba su próstata.
Unos minutos más tarde Mycroft se corrió sobre las sábanas sin poder avisarle y John le siguió poco después.
Estuvieron un rato en silencio, intentando recuperar el aire, luego John se salió de él y se tumbó a su lado, también bocabajo mirándole.
—Yo también te quiero —susurró antes de besarle.
Mycroft sonrió y le tapó con las sábanas, luego le rodeó con un brazo y se quedó dormido en esa posición.
A la mañana siguiente, John se despertó y se quedó mirando a Mycroft con una pequeña sonrisa. Le había hecho daño, sí, pero le quería muchísimo y lo que una vez pidió, se concedió. Ahora tenía a los dos Holmes con él. Uno al que querer y otro al que proteger.
Se deslizó con cuidado por las sábanas y se puso su pantalón de pijama con una camiseta de manga corta que por su tamaño debería de ser de Mycroft. Bajó a la cocina y comenzó a hacer el desayuno, unos minutos más tarde unos toques a la puerta le distrajeron y fue a abrir.
Sherlock estaba al otro lado, John sintió un dolor de estómago al verle aunque se le pasó enseguida cuando vio que Sherlock le miraba con horror.
—¿Qué…? —susurró John desconcertado.
—¿Es que no os habéis peleado? —preguntó atónito mientras entraba.
—Sí —respondió John regresando a la cocina.
—¿Y ya os habéis reconciliado?
—El sexo ayuda mucho —le dijo John sin pensar.
Sherlock abrió los ojos horrorizados y fue a prepararse una taza de té con violencia. John se reía.
—Buenos días Sherlock… —saludó Mycroft mientras entraba en la cocina.
Un gruñido fue lo único que obtuvo como respuesta seguido poco después de un suspiro de desesperación cuando Mycroft le dio un pequeño beso a John.
—Hermanito, no seas infantil —le recriminó Mycroft.
—¿Os vais a casar? —preguntó Sherlock con indignación.
—Probablemente, cuando me lo pidan de forma correcta y sin interrupciones —dijo Mycroft mirándole.
Sherlock se centró en mover su té hasta que volvió a alzar la cabeza.
—¿¡Por qué te has llevado a mi ovejita!? —exclamó.
Mycroft no pudo evitar soltar una carcajada mientras que John le miraba confundido.
—¿Ovejita? ¿Qué…? —preguntó John sirviendo las tostadas.
—Infantil —interrumpió Mycroft —. John no es de nadie, ni siquiera mío pero él quiere que forme parte de su vida y así lo haré.
—Espera… —dijo John mirándole —. ¿Yo soy la ovejita? —preguntó confundido.
—Y una ovejita adorable —dijo antes de besarle —. Y no te pongas así Sherlock… Tú serás padrino de alguno de los dos —le aseguró.
Sherlock miró su té y le dio un sorbo. Cuando Mycroft no miraba sonrió a John, y este le sonrió de vuelta.
Todo iría bien.
FIN
¡Os quejaréis! Tiene lemmon con un John muy dominante, ¡gracias por los comentarios que habéis dejado!
Me alegro de que gusten las parejas raras, ¡me declararé fan de ellas! Como por ejemplo... ¿Henry y Sherlock?
