Los personajes de CCS son propiedad intelectual del grupo CLAMP. La historia es de mi autoría.

Full summary:Conoce a Sakura Kinomoto. Tierna, bonita y con grandes aspiraciones a ser famosa y popular. Nadie se imaginaba que un día sería víctima de los discretos acosos de Syaoran Li, mejor amigo de su hermano mayor. Un pendenciero encantador con varios secretos, entre ellos, ser el príncipe de Rinkan College por triunfar invicto en los retos del uno.

"¿Sabes lo que le sucede a las novias de ésos sujetos?" La verdad, no importaba. "Yo confío en la protección que Syaoran prometió ofrecerme." La historia de su dulce y peligroso amor. UA


"Los registros secretos del corazón de una chica"

Capítulo 2.


La semana escolar culminó exitosamente con el sonido de la campana trepidando en sus oídos. Sakura desvió su mirada del pizarrón y observó mientras se levantaba las coloridas letras del alfabeto que adornaban las paredes. Maravillándose con los animales que adornaban el mural de ciencias, salió del aula despidiéndose de su maestra y contestó algunos saludos que sus compañeros le dirigieron.

A pesar de haber sido transferida en una época inusual del año escolar a la primaria Tomoeda, la mayoría de sus compañeros la recibieron bastante bien. Sakura podía asegurar que había hecho por lo menos un par de amigos, incluyendo a la agradable señora de la cafetería y a su maestra. Personas de su entera confianza, además de Tomoyo Daidoji, que en ese momento ingresaba al automóvil con sus guardaespaldas.

Las lluvias en la ciudad habían cesado, mas no el período de duelo que atravesaba su familia. Aún cuando estaban tan ocupados en la remodelación de su nueva casa y su adaptación a un ambiente diferente, era inevitable no detenerse a pensar en el vacío que dejó Fujitaka en sus corazones al instante en que el sol descendía de los cielos dándole paso a la oscuridad en la que parecían haberse estancado cada vez que se reunían para cenar o mirar sus programas favoritos en televisión.

Con dolor, Sakura reconocía que de la familia feliz que fueron un día, ya no quedaba ni sombra. Nadeshiko ya no sonreía ni revoloteaba con sus bonitos vestidos y colorete en sus mejillas de un lugar a otro; Touya estaba sufriendo una metamorfosis de niño a perro porque lo único que hacía era gruñir, y ella, había hecho a un lado su pasión por cantar y aprender a tocar la guitarra. Su padre estaría decepcionado de ellos.

Con un suspiro quejumbroso, dejó atrás la inhóspita entrada de su escuela y decidió esperar a su hermano bajo la sombra de un árbol, colocando su mochila en el piso. Después de tomar un ligero refrigerio, le pediría a Nadeshiko que le ayudase con sus problemas matemáticos solamente en aras de sentirse apoyada porque ninguna de las dos era buena en la asignatura. Tal vez así, tendría el fin de semana libre para visitar a Tomoyo como habían acordado.

Elevó su mirada al cielo en una súplica silenciosa para que Touya llegase pronto y fue sorprendida por una piedrecilla que golpeó justo el centro de su frente. Gimió llevándose las manos al área afectada, notando entre lágrimas el brusco movimiento de las ramas sobre su cabeza. Un segundo objeto se impactó entonces contra su hombro, arrancándole un grito de puro terror al reconocer que se trataba del cadáver de un pajarito.

Sakura recogió al animal casi en el acto, manteniendo la esperanza de que continuase con vida. Sin embargo sus esfuerzos fueron en vano, el miedo y la tristeza se apoderaron de ella cuando los presuntos agresores de la fauna la rodearon con sus hondillas en mano.

—¡Hey Joji, acabas de asesinar a la madre de dos pichones!

Sakura levantó su mirada cristalina con discreción, atisbando la sonrisa divertida de un niño moreno que sostenía un nido con dos pichones clamando desesperadamente por su madre en la copa del árbol.

—¡Bájate de ahí, Makoto! —ordenó el mayor de los presentes.

—¿Qué debo hacer con esto? —Makoto agitó el nido de improvisto, provocando que uno de los pichones se resbalara.

El corazón de Sakura restalló casi dolorosamente en su pecho cuando extendió sus brazos con la ilusión de que el pequeño pichón aterrizara en sus manos. Su respiración se aceleró y sus ojos se cerraron ante la tortuosa expectativa, no podía permitir que se llevara a cabo otro asesinato, pero su cobardía no le concedió más acción que correr unos centímetros y esperar resultados.

Lo que Sakura identificó como un llanto eufórico en su cercanía, constató la supervivencia del pichón a la caída. No obstante, el panorama que mostraban sus manos inocentes era devastador. El pichón yacía indefenso junto al cadáver de su madre, recordándole el fatídico incidente que se llevó la vida de su padre.

Con lágrimas inconscientes brotando de su mirada, Sakura giró sobre sus talones encontrándose de cara con sus agresores. ¿Su padre se habría sentido así de vulnerable frente a la persona que lo asesinó? No. Su padre probablemente había luchado antes de entregarse a la muerte, el único cobarde en aquella escena fue la persona que acabó con su vida.

Haciendo acopio de coraje, intentó echarse a correr resguardando al pichoncito contra su pecho. Demostraría su entereza escabulléndose de los niños que obstruían su camino y…

—¿Adónde crees que vas? —Sakura expulsó el aire contenido en sus pulmones con el jadeo adolorido que acompañó el impacto de su espalda contra el grueso tronco del árbol.

—Si nos devuelves los pajaritos podrás irte —canturreó Makoto descendiendo sagazmente de su escondite con el otro pichón en el bolsillo de su camiseta.

—No —gimoteó Sakura, dispuesta a proteger a su pichón.

—Son míos —protestó Joji, cerrando las manos en torno a los hombros de la niña. No soportaba a las mocosas lloronas y menos a las que fingían aires de heroína.

Sakura se estremeció bajo el riguroso escrutinio de Joji. Su fría mirada azul sólo era comparable con cientos de agujas hundiéndose con fuerza desgarradora en su cerebro. Nadie la había mirado nunca con tanto resentimiento y el único mecanismo de defensa que ella conocía era cerrar los ojos y largarse a llorar. Así Joji la golpease con el propósito de aplacar su osadía, ella no entregaría ni al pichoncito ni a su madre. Una vez la tempestad pasara y el dolor por una derrota poco digna cesara, se levantaría a buscar un bonito lugar en su jardín para enterrar a la madre de su protegido.

Con una violenta sacudida a su cuerpo afloraron sus temores más profundos representados en un grito ahogado. Presa del pánico, apretó los ojos cerrados preparándose para recibir un golpe que nunca llegó. Makoto y los otros matones que acompañaban a Joji chiflaron burlones, despertando la curiosidad de Sakura, cuyas rodillas cedieron por la impresión. Su vecino, su pesadilla más espantosa materializada en el mundo real, había acudido a su rescate empujando a Joji lejos de ella.

—Vaya, vaya —musitó Joji cruzándose de brazos—, el pobre niño Li ha salido de su pantano para rescatar a su noviecita.

La expresión de Syaoran permanecía imperturbable mientras Sakura se sonrojaba poniéndose de pie. ¡Ella no tenía novio! ¡Ni siquiera pensaba en esas cosas! Sus protestas mentales fueron acalladas con un ligero movimiento de Syaoran, que apuñando las manos a sus costados desplegó todo el esplendor que sus escasos doce años le permitían tener.

—¿Qué vas a hacer? —continuó Joji—. ¿Ahogarme con lágrimas por la muerte de tu mami?

Syaoran esbozó una ligera sonrisa antes de estrellar su puño en la cara de Joji a una velocidad que Sakura creyó sobrehumana, igual que la sucesión de acontecimientos que sobrevinieron después de aquello. Makoto y el resto de chicos se abalanzaron encima de Syaoran precisando con cada golpe y rasguño su victoria sobre Li.

Sakura se sintió inútil e impotente con los golpes que Syaoran no conseguía esquivar. La vida se había ensañado con ella, aleccionándola de maneras angustiosas y poco convencionales, porque no sólo se podía infligir dolor siendo maltratado físicamente, también la necesidad de querer ayudar y no poder hacer nada, lastimaba.

Quería gritar, correr en busca de alguien que sí estuviese en capacidad de ayudar a Syaoran, pero como siempre, su parte inútil y cobarde la dominó obligándola a ser una simple espectadora.

—Es suficiente —gruñó Joji, retirándose una mano ensangrentada de su nariz—, es mejor que nos retiremos, ésta no es nuestra escuela y no quiero más problemas con mi madre.

La última mirada que Joji dedicó a Sakura, le hizo pensar a la castaña que ése sería un rostro que nunca olvidaría; Makoto enjuagó el sudor de su frente con la manga de su raída camiseta roja y volcó de una patada el nido que había dejado sobre la grama. El resto de niños mayores se fueron retirando uno a uno, pasando su mirada de ella a Syaoran que luchaba por ponerse de pie con una mano plegada a su abdomen.

Sakura se apoderó presurosa del nido y una vez sus protegidos al lado de su difunta madre estuvieron a salvo, procedió a socorrer a su héroe.

—Suéltame —gruñó Syaoran, apoyando una rodilla en la tierra—. No me toques.

—P-pero no estás bien… Por mi culpa —sollozó Sakura, insistiendo en sostener el brazo de Syaoran.

—No es tu culpa porque no me pediste ayuda —masculló Li, apoyándose en el tronco del árbol para incorporarse—. Así que deja de compadecerme porque no quiero ni he pedido tu lástima.

Si Syaoran buscaba brindarle consuelo liberándola de su culpa, había fallado en su cometido porque sus palabras terminaron hiriéndola profundamente.

—Es gratitud —le corrigió Sakura, posando su mano en la mejilla enrojecida del ambarino.

Syaoran tuvo la intención de terminar con el sutil contacto físico establecido hasta que reparó en aquellos bonitos ojos verdes opacados por la tristeza. Habían cosas y… personas que no estaban diseñadas para sufrir ni ser maltratadas. Sakura debía pertenecer a ese grupo privilegiado porque no era linda con sus mejillas pecosas bañadas en lágrimas.

Gratitud.

Syaoran más que nadie conocía el significado de esa palabra. No lo aprendió en la escuela y tampoco recordaba haberla buscado en el diccionario. La vida, los años y las pocas personas que fueron facultadas con el don de la bondad, se encargaron de demostrárselo día con día.

Dios, cualquier deidad que habitase los cielos tenía que recompensar a las personas bondadosas. ¿Escucharía él las plegarias de las personas que hasta el momento sólo habían gozado de los privilegios que regalaba ese don? ¿Haría caso a la petición de alguien agradecido? ¿De un niño agradecido?

No le gustaba que nadie lo viese llorar, acababa de escapar del consuelo de su padre porque odiaba mostrarse vulnerable ante los demás cuando encontró a Sakura siendo agredida por el idiota de Joji, pero en ese momento dejó de pensar, permitiendo que el etéreo temblor de sus labios se convirtiese en un llanto de verdad. Dos lágrimas, dos. Fueron necesarias y suficientes para liberar la pena que turbaba su alma.

Apretó la mano de Sakura y la condujo inconscientemente hasta las puertas de un templo, donde se arrodilló y suplicó misericordia por un milagro. El cielo no podía reclamar a la persona que más amaba. Todavía no. Syaoran sabía que los habitantes de Tomoeda solían burlarse de su vieja abuela por negarse a abandonar su cabaña oculta en medio del pantano, pero ese hecho no implicaba ningún delito. Era simplemente amor a sus raíces, a los recuerdos, a la paz que conllevaba vivir lejos del bullicio de la ciudad.

Sakura tomó su lugar correspondiente al lado de Syaoran y juntó sus manos cerrando los ojos, procurando concentrarse en la oración hasta que cayó en cuenta de que desconocía el motivo de su estancia en ese lugar. Pensó en agradecer por su ángel salvador de ese día, que sus pichoncitos crecieran sanos aunque les faltase una madre, y que su familia fuese bendecida con prosperidad en el próximo negocio que inauguraría su madre, pero sintiéndose egoísta, interrumpió a Syaoran en medio de su oración.

—¿Qué debo pedir? —preguntó.

—Por mi felicidad —respondió Syaoran en un susurro—, ruega para que yo sea feliz.

Sakura deseó con todo su corazón que Syaoran fuese feliz y cualquiera hubiese apostado a que la súplica de dos seres inocentes daría resultados inmediatos, sin embargo hubo algo que ellos al igual que la mayoría ignoraron, y es que los milagros son concedidos a su tiempo y de una manera misteriosa.

Tres días después pese a la petición que elevó desde lo más profundo de su alma, Syaoran recibió la noticia de la muerte de su abuela.

*.*.*

Sakura subió al banquillo frente al fregadero colocándose un mandil amarillo para evitar mojarse mientras enjuagaba los platos utilizados en el almuerzo. Su casa estaba silenciosa por primera vez en días, todos los hombres que trabajaban en las reparaciones se habían ausentado para asistir al funeral de señora Lan, abuela de Syaoran.

Ellos también se hicieron presentes, solidarizándose con la familia Li que contaba ya con dos perdidas ese año. Sakura pensó que quizá ella no sería capaz de soportar semejante tristeza, sobre todo porque su familia no era extensa. De ahí en adelante, cuidaría muy bien de su mami y del cabezotas de Touya, ambos componentes vitales de su haber.

—Sakura, iré a hablar con el señor Li —anunció Nadeshiko, dejando de asomar la cabeza por la ventana lateral de la cocina—. No he tenido oportunidad de disculparme con él por los problemas que le ocasionaste a su hijo.

—No creo que sea un buen momento, mamá —opinó Touya, hundiendo su cuchara en un pudín de chocolate. Su amigo Syaoran estaba de un humor del infierno y con toda la razón. Aquella tarde, debió haber sido él quien diese la cara por su hermana.

Touya sentía que había fallado como el hombre de la familia Kinomoto permitiendo que Sakura fuese protegida por un extraño. Se prometió y le juró entonces a Syaoran, que no volvería a suceder. Sin embargo se dio algo que Touya ni en su sueño más loco hubiese imaginado, Syaoran se había incluido en la tarea de proteger a Sakura, alegando que era un favor que le debía a ella.

Una parte del corazón de Touya se alivió por ello, ya no estaba solo. Gracias a ese pequeño incidente había ganado una especie de hermano.

—No sé qué más hacer —suspiró Nadeshiko, apartándose el cabello de la frente—. Hien ha sido un gran apoyo para mí en estas semanas, prácticamente es él quien coordina todo con respecto a las reparaciones de la casa y me ayudó a conseguir un local para mi restaurante.

Touya se enderezó en su silla, observando de soslayo a Sakura que dejó resbalar una taza del fregadero. Negó con la cabeza, Sakura sería torpe hasta la muerte igual que su madre.

—Sin ofender mamá, pero ésa es la idea más absurda que ha concebido tu cabeza hueca. ¿Cómo vas a abrir un restaurante cuando no sabes ni cocinar ni administrar un negocio?

—La verdadera pregunta aquí, es cómo un mocoso de once años puede ser tan insolente —replicó Nadeshiko, tirando una de las orejas de su hijo—. Te lo advertí, a tu habitación. ¡Ya!

—Por supuesto, mi habitación es toda una cámara de torturas —replicó Touya, liberándose del agarre de su madre—. El polvo y las arañas, acabarán un día con vida y tú serás la única culpable.

Nadeshiko apuñó las manos siguiendo con la mirada a su hijo mayor que subía los escalones del segundo piso con la velocidad de un guepardo.

—¡Entonces limpia! Maldición —exclamó agarrando sus llaves de la mesita—. Sakura, mantente a salvo mientras regreso.

—¡Espera, mami! ¡Quiero ir contigo! —gritó Sakura, apresurándose a llegar al vestíbulo.

—Hoy no, cariño. No creo conveniente que visites a Syaoran todavía, yo le daré tus saludos.

Sakura corrió la cortina de la sala para observar a su madre marchar hacia a la casa vecina. Era inevitable no sentirse avergonzada cuando comparaba la bonita vivienda de los Li con la suya, aunque estaba segura de que con un poco de pintura y el césped cercenado, la fachada externa mejoraría notablemente así como lo estaba haciendo el interior.

Secó sus manos en el mandil y se dispuso a subir a las habitaciones para hablar con su hermano. Los gritos tenían que cesar en la casa Kinomoto y ella estaba dispuesta a servir de intermediaria para que ello sucediese. Si Touya no quería valorar los esfuerzos de su madre por sacarlos adelante, ella le obligaría a hacerlo.

*.*.*

Hien se sentó al lado de Syaoran buscando palabras que le brindasen un poco de consuelo a su desolado hijo y por segunda vez en su experiencia como padre, concluyó que era un verdadero fracaso. Era fácil cuidar de Ryuri porque sólo había que asearlo y darle un poco de comida para que estuviese feliz, pero Syaoran era un caso diferente.

—¿Cómo te sientes? —se animó a preguntar.

—Ya no duele —respondió Syaoran, hundiéndose en el sofá.

Hien levantó las cejas un tanto confundido, hasta que comprendió que Syaoran estaba haciendo referencia a los golpes que adornaban su rostro, demostrando la noble pero rebelde naturaleza de su hijo. Aunque quizá él hubiese hecho lo mismo por rescatar a una dama en apuros.

Recordar a la preciosa Sakura le llevó a esbozar una ligera sonrisa, gracias a ella Hien había descubierto una nueva faceta en la vida de su hijo, porque contra todo argumento que Syaoran pudiese elevar, comenzaban a interesarle las niñas. Su comportamiento esquivo ante ella y sus sonrojos al mirarla lo evidenciaban. Sin embargo el hecho también lo preocupaba, pronto tendría que sostener incomodas conversaciones respecto al sexo con un hijo que de antemano, no le tenía confianza.

Se remangó la camisa al escuchar que alguien tocaba puerta, agradeciendo a los cielos por su oportuna visita. Sabía que aplazar su conversación con Syaoran no traería buenas consecuencias, pero algo se rompía en su pecho al contemplar a su hijo sin ningún rastro de alegría en su rostro, hubiese pagado lo que fuera por devolver a los ojos de su pequeño un mínimo atisbo de esperanza. Quería que Syaoran se sintiera amado, porque él adoraba a sus hijos, sencillamente no sabía demostrarlo de la manera correcta.

—Llego en mal momento, ¿no es así? —inquirió apenada Nadeshiko, jugueteando con el puño de su suéter rosado.

Hien sacudió la cabeza. Cerrando la puerta tras sí, avanzó hasta los primeros escalones del pórtico donde se abandonó a la desesperación dejándose caer derrotado.

Nadeshiko en un acto compasivo, tomó asiento a su lado obsequiándole una sonrisa consoladora. Entonces Hien envidió el divino arte que poseía la sonrisa de una mujer. Estaba seguro de que si Syaoran tuviese una madre que le sonriera de esa manera todas las mañanas, otra tonada se escucharía para ellos.

—No sé qué hacer —confesó Hien alborotándose el cabello—, Syaoran está devastado.

Nadeshiko se dio el lujo de observar las maravillas que lograba un rastrillo en la cara de un hombre. Hien parecía diez años más joven sin toda la barba encubriendo sus varoniles facciones, no obstante las sombras oscuras bajo sus ojos derrocaban el encanto de su belleza. Ella experimentaba en carne propia la impotencia de no saber consolar a un hijo. Touya necesitaría más ayuda que Sakura para superar la muerte Fujitaka y al parecer, su historia no distaba mucho de la de Hien con Syaoran.

—Debe haber sido muy duro para él perder a su madre y abuela en tan poco tiempo —estimó Nadeshiko, posando las manos en su regazo.

—Yo conocí a Ieran en una fiesta cuando tenía dieciocho años —sonrió—, ya te imaginarás lo sucedido.

Nadeshiko jugueteó nerviosa con sus dedos. —En realidad, no tengo idea. —Ella conoció a su esposo a los dieciséis años cuando se resbaló de un árbol. Todo después de aquello era hermosa historia de amor, salvo la parte en que su abuelo la proscribió de la familia Amamiya por haberse enamorado de un simple profesor. Nadeshiko prefirió mantenerse alejada de las fiestas cuando fue más joven, por lo que ignoraba casi en su totalidad lo acontecido en ellas.

—Salimos un par de veces y se quedó embarazada —relató Hien, sosteniéndose la mandíbula con una mano—. Mi madre puso un grito en el cielo cuando se enteró de que yo tendría un hijo con Ieran porque ella provenía de una familia humilde sin más patrimonio que una vieja casa en el pantano. Mamá me exigió que la abandonase a su suerte o que me atuviese a las consecuencias, y aquí me tienes. No fui capaz de abandonarla con un hijo mío en el vientre.

—¡Yo escuché hablar de tu familia! —recordó Nadeshiko—, pero creo que no llegamos a conocernos en la escuela porque tú eres mayor y mi abuelo no me dejaba asistir a las reuniones sociales.

—Efectivamente, la familia Li es dueña de la famosa cadena de almacenes Heaven. Pero mis padres se marcharon de Tomoeda cuando decidí quedarme al lado de Ieran.

—Eso habla muy bien de ti.

La cara de Hien se contrajo como si acabase de recibir un puñetazo que lo dejó sin aliento.

—Ieran y yo no nos amábamos y aun así cometimos la estupidez de casarnos. Créeme que los primeros meses a su lado fueron horribles, yo estaba a acostumbrado a un nivel de vida sin restricciones y Ieran aspiraba a lo mismo.

—¿Quieres decir que…? —Nadeshiko se declaró incapaz de terminar la pregunta. No quería lanzar acusaciones sin fundamentos sobre la memoria de la señora Li.

—Ieran se involucró conmigo por dinero —aclaró Hien, sin un deje de molestia en su voz. Había tenido años para asimilar la verdad, a diferencia de Nadeshiko que tenía la mandíbula en el piso—. Así que cuando fui desheredado ella no me quiso más.

—Pero entonces, ¿cómo…? —Nadeshiko señaló la casa, refiriéndose al bebé que descansaba adentro. O quizá era producto de una aventura de Hien con otra mujer.

—Lo que sobrevino después del nacimiento de Syaoran fue una verdadera catástrofe. Ninguno de los dos sabía cómo lidiar con un recién nacido, nos desesperaba su llanto y la falta de sueño nos mantenía irritables todo el tiempo. Yo regresaba a casa cansado de un trabajo de mierda con un sueldo miserable y Ieran estaba fastidiada de cuidar a Syaoran todo el día y era entonces cuando acabábamos peleando. Así que para evitar gritarle cada vez que comenzaba con su retahíla de reclamos, me quedaba en un bar cerca de la oficina diciendo que había tomado horas extras. Qué idiota fui, ¿verdad? Perdía gran parte de mi dinero en alcohol en lugar de invertirlo en alimento para mi hijo.

Nadeshiko se mordió el labio inferior. Sí, Hien fue un estúpido. Ella también era demasiado joven cuando se embarazó, pero con el apoyo de Fujitaka consiguió salir adelante.

—Mi matrimonio continuó igual por muchos años. Ieran y yo ni siquiera cruzábamos palabra en semanas porque ella tenía sus propios sueños por alcanzar. ¿Puedes compréndeme ahora? No fuimos Ieran ni yo quienes asumimos la responsabilidad de Syaoran, fue Lan. De no ser por ella, el niño no hubiese alcanzado los tres años de edad. Yo me conformaba con pasarle una cantidad mensual a mi suegra porque no confiaba en mi esposa y Ieran se limitaba a darle besitos al niño cuando lo veía para recordarle que era su madre.

¡Qué horror! Nadeshiko reprimió el impulso de marcharse en busca del niño para abrazarlo. Con razón se notaba desecho durante el sepelio, esa tarde había enterrado a su verdadera madre.

—¿Y qué les hizo cambiar? —se aventuró a preguntar la mujer con el ceño fruncido.

—Syaoran enfermó de gravedad hace dos años. Me sentí el hombre más miserable sobre la tierra cuando me enteré que llevaba dos días en el hospital y que ninguno de sus padres estaba al pendiente de él. —Dejó caer los hombros en medio de un suspiro cansino—. Ieran se sintió de la misma forma y fue entonces cuando reaccionamos e intentamos rescatar nuestro matrimonio.

Y haciendo conjeturas del rumbo de la historia, Nadeshiko concluyó que ésta no había tomado el curso deseado. Ahora Hien no tendría ningún apoyo con la crianza de sus hijos, igual que ella.

—Es duro no tener una madre —dijo Nadeshiko, apretujándose las manos—, la mía también murió junto con mi padre cuando era pequeña. Entonces mi abuelo me acogió convirtiéndose en mi todo, pero tratándose de un niño creo que el asunto se vuelve más complicado porque tú no puedes darle el amor afectuoso que le brindaría su madre en estos momentos. Puedes abrazarlo pero los hombres son tan machos que a los pocos segundos se incomodan y llegan a una edad donde es extraño y asqueroso que lo beses.

Hien se rió entre dientes, masajeándose la sien.

—Creo que Syaoran está atravesando esa edad, pronto traerá a su primera conquista a casa y temo no saber orientarlo cuando llegue el momento. Pese a que es bastante reservado, es un buen niño. Ojalá que ésta situación no afecte su rendimiento escolar el próximo año. —Hizo una pausa meditabundo. Para esas alturas Nadeshiko ya tendría que haberse dado cuenta que Syaoran no estaba asistiendo a la escuela.

—Hablando de eso, tengo tanta pena contigo por los problemas que mi Sakura le ocasionó a tu hijo —murmuró mirándolo suplicante—. De verdad lo lamento mucho. Sakura siempre se ve involucrada en ese tipo de problemas y…

—Syaoran también —interrumpió Hien—, no es la primera vez que tiene problemas con esos niños. Aunque nunca había regresado a casa en un estado tan deplorable. Usualmente, gana las peleas.

Nadeshiko soltó una exclamación por la facilidad con que Hien relataba hechos tan abominables. Abrió la boca con intenciones de sugerir una cita con los padres de los chicos que agredieron a sus hijos, pero se lo reservó momentáneamente para ella cuando Syaoran salió de la casa, todavía vestido con el traje que llevó al sepelio y solicitó autorización de ambos adultos para visitar a Touya.

—Por supuesto, cariño. Ve —respondió Nadeshiko, extendiendo una mano para acariciar la mejilla del pequeño. En cuanto lo hubo hecho, deseó retroceder el tiempo y aprender a reprimir sus impulsos por el gesto de exacerbación que Syaoran le dirigió.

Syaoran la ignoró pasándola de largo. Ahí estaba otra tonta mujer que lo miraba con lástima, tenía suficiente con la excesiva compasión que le tenía su padre como para soportar también a la madre de su amigo. Disgustado recorrió el tramo que lo separaba de las puertas de la casa Kinomoto y entró sin ser autorizado.

La estancia estaba en absoluto silencio y no era probable que encontrase a Touya en el jardín trasero o haciendo pequeñas reparaciones en la cocina porque era un completo holgazán.

Si Touya andaba por ahí regodeándose por ser el único hombre en esa familia, tendría que aprender primero a cuidar de su propia casa y de las mujeres a su cargo. Syaoran se tomaría el atrevimiento de aleccionarlo en el camino porque de alguna manera, envidiaba la vida que su amigo había llevado antes de que el señor Kinomoto muriese, y no quería que su felicidad finalizara con el ocaso.

Todo en el cotidiano vivir era cuestión de adaptación, se dijo. Él cargaba en sus hombros la responsabilidad de darle un buen ejemplo a su hermanito y ayudar a su padre en lo que fuese posible. Si en el camino ellos terminaban conociéndose y llevándose bien, sería un bonus extra. Además de mantener presente que amar demasiado a una mujer, era nocivo para la salud. Su madre y abuela ya lo habían abandonado y Syaoran no quería sumar otro nombre a la lista porque entonces, su corazón no lo soportaría.

Absorto en sus cavilaciones, vagó por el pasillo del piso superior asomando la cabeza de vez en cuando al interior de las habitaciones, verificando el progreso de la remodelación de cada una. Hubo una en especial que capturó su atención por la molesta melodía que encerraban sus paredes. Desde ese instante, supo que se maldeciría todo la vida su curiosidad, porque gracias a ese miserable defecto se grabó a fuego en su cabeza la imagen de Sakura Kinomoto jugando con un manto anaranjado que cubría su pequeña figura mientras bailaba.

Syaoran sólo había visto a una mujer realizar un acto similar con tanta destreza, desbordando su alma en cada palabra que salía de su boca al cantar, y casualmente, aquella mujer fue su madre. La primera bomba nociva que hizo añicos sus entrañas. A pesar de las múltiples advertencias que había maquinado su mente minutos antes, Syaoran pensó que debía hacerle una pregunta de vital importancia a Hien esa noche: "Papá, ¿qué se siente cuando te gusta una niña?"

*.*.*

Sakura entró a su habitación luego de una exhaustiva discusión con su hermano respecto a su comportamiento con Nadeshiko; acabó enojándose tanto que sólo conseguiría desintoxicar su espíritu con un poco de música. Encendió la radio que descansaba sobre su escritorio y decidió que ayudaría a su madre ordenando por sí sola su alcoba.

Observó las paredes recién pintadas de rosa junto con el bonito armario blanco que se encontraba vacío en una de las esquinas y resolvió que sería bueno comenzar por ahí. Corrió a sacar la maleta que escondía bajo la cama y descubrió un tanto decepcionada que contenía únicamente ropa de su madre. Nadeshiko tenía ropa tan hermosa y ella era tan bonita, que a veces Sakura se preguntaba si cargaba en sus facciones un poco de esa belleza.

Parándose frente al espejo, averiguó cómo lucirían los vestidos de su madre sobre ella, era de esperarse que le quedasen grandes pero aún así, continuaban siendo hermosos. Ella algún día crecería para convertirse en una adorable señorita y en memoria de su padre, juraba que cumpliría su sueño de ser famosa. Al escuchar una de sus canciones favoritas en la radio, pensó que no estaría mal ensayar en ese momento sus futuras rutinas en el escenario. Muchas personas habían reconocido que ella fue bendecida con una voz privilegiada que inesperadamente podría cambiar con el curso de los años.

Sakura no temía que eso llegase a suceder, porque como todo en su vida cambiaría, y lo haría para bien. En su corazón había depositado las esperanzas de crecer feliz, guardando en su memoria sólo los recuerdos gratos de su padre. Deseaba que los años pasaran por sus vidas igual que los bonitos colores del vestido de su madre ondeándose mientras bailaba, prósperos y hermosos.

De alguna manera, fue así. Pronto Sakura se encontró convertida en una chica de quince años que adoraba cada vivencia de su corta existencia, porque cada suceso le había enseñado una valiosa lección igual que las personas a su alrededor.

Podía decir que creció feliz. Sí, podía decirlo.

Asegurar que tenía una familia desquiciante pero adorable. También lo hacía.

Talento que se había encargado de cultivar. Le sobraba.

Sin embargo a todo eso había que sumarle la profunda decepción que sentía cuando se encontraba junto a su primer amor y él prefería ignorarla. En alguna parte del camino su corazón hizo un replanteamiento de objetivos sin pedirle autorización, enamorándose de un muchacho con el que no tenía posibilidades.

Syaoran Li pocas veces la miraba y sólo en extrañas e inéditas ocasiones, le dirigía la palabra; lo más lamentable era cuando sucedía, ¡la trataba igual que una hermana! Pero como bien reza una cita que se repetía constantemente: «El amor es paciente, es benigno, el amor no es celoso ni envidioso…», razón por la que Sakura continuaba orando por la felicidad de su pequeño héroe, a pesar de no ser correspondida.