Disclaimer: Todo lo que suene conocido es Disney.

La Fiesta de los Peces

No era cosa común que Yao respetase a alguien. ¿A Shang? Solo por temor, no fuera cosa que lo usará de nuevo, y en serio, como blanco de sus flechas. ¿Chen-Po y Ling? Eran sus compañeros, quizás podrían convertirse en sus amigos, así que simplemente quería mantener una buena relación. ¿Los demás soldados? Para evitarse problemas, pero si alguno venía a querer hacerse el gracioso no habría aviso de "No quiero buscapleitos en mi campamento" que valiese.

Solo había una persona, entre todas las de la tropa, que se había ganado su auténtico respeto.

Cara de arroz.

Ping, como debería empezar a llamarlo.

Ese muchacho, al principio escuálido y patético, que había recuperado la flecha, devolviéndoles a todos la voluntad y el entusiasmo, que le había dejado un ojo morado al Capitán y podía llevar más bolsas de arroz que cualquiera cuando trasladaban el campamento. Ese muchacho que, pese a las bromas de las que había sido víctima al comienzo, acepto con una sonrisa y sin rencores la vara que le ofrecía en son de paz.

Claro que ahora le corroía el gusanito de la competencia. Un hombre que se hubiese ganado su respeto era un digno contrincante y no una simple diversión como todos esos pelagatos a quienes tumbaba de un golpe. Y así fue como empezó todo.

"Te reto" se volvió una frase característica del más bajo de los soldados. Como le derrotaba Ping, de las mejores historias en torno a la hoguera. Pese a su fuerza, había sido derribado en ocho golpes cuando hicieron artes marciales. Treinta segundo más rápido cruzaba el joven Fa el puente de troncos, aunque en ese aspecto ambos admitían que Chien-Po los había humillado, cruzándolo en solo cuarenta segundos. Y solo por un instante Yao podía jactarse de ser el más rápido cruzando el campo de flechas incendiadas.

Por lo que la tarde en que todos fueron al río a la "Práctica de reflejos" como lo llamaba Shang, es decir atrapar peces para la cena en la jerga de los soldados, nadie se sorprendió de escuchar esa frasecita. Lo único extraño fue el momento, ya que fue luego de que se les diese la orden de ir a practicar equilibrio, osea golpear piedras con el cubo de agua en la cabeza, hasta la hora de la cena. Advirtiendo esto el Capitán se acercó a ellos, que seguían con las piernas en el agua, en su caballo.

—No voy a permitir que se escaqueen del entrenamiento —les dijo seriamente, más luego de unos segundos soltó un suspiro de resignación y se sonrió de lado —. Pero en definitiva vais a estar haciendo algo, porque solo omitiré esta falta si a todos los peces que atrapen los limpian, los cocinan y los sirven a sus compañeros. Si cuando regresamos del bosque no está todo listo…

—Responderemos ante usted —completó socarronamente Yao, que aunque no había entendido el porqué del cambio de decisión de su superior sí que sabía cómo terminaba esa frase.

Shang se alejó luego de dirigirle una fría mirada. Quedando ambos soldados, pantalones sobre las rodillas, el viento que movía los bambúes acariciando sus rostros y el sol ocultándose tras sus espaldas. Huelga decir que fue una competencia pareja. Yao era más rápido, pero hacía mucho ruido y espantaba a los peces, lo que era aprovechado por Ping que, con precisión, levantaba manojos de ellos. Rápidamente llenaron cinco canastas cada uno, y cuando los últimos rayos de sol se reflejaban en el lago decidieron dejarlo en un empate y dirigirse a la improvisada cocina.

Todavía no se tenían suficiente confianza como para mantener largas conversaciones, así que mientras prendían el fuego, limpiaban y asaban los peces las únicas palabras que cruzaron fueron las comúnes peticiones culinarias. Pero cuando llegaron al lugar designado para almorzar y se encontraron con todos estaban allí, charlando, riendo, bromeando y con hasta unas botellas de sake abiertas, ambos pudieron leer en la mirada del otro un claro "¿Qué hacemos ahora?", como si no necesitarán de palabras para comunicarse, como si se conocieran de toda la vida. No era para menos, pues ese remarcado servirles de Shang solo podía indicar una cosa: que ceremonialmente tendrían que ir plato por plato dándoles las mejores porciones a sus compañeros, servirle el té o el sake a quien se lo solicitase y esperar al final para comer ellos.

—Dividir y vencer —contestó Ping a la muda pregunta y se dirigió derechito hacia la mitad donde se encontraba el Capitán, que habitualmente comía solo, puesto que sabía que de seguro tendría alguna barrabasada preparada para su compañero, ya que no había cosa que el Capitán soportase menos que la faltas de respeto, y que con el mal genio de este no acabarían bien la noche.

Por lo que Yao se dirigió al otro extremo, donde sus amigos solo le dirigieron frases sencillas y con la gracia de los clásicos "Solo le falta el delantal, señorita", "Más té, querida". En un momento estuvo por soltarle un puñetazo a uno de los hombres, pero la mirada reprobadora de Ping, que parecía seguir todos sus movimientos lo detuvo; sumado al hecho de que por mirarle en muchacho le había echado té encima a Chi Fu, y eso les había hecho tanto la noche a todos que ya no necesitaron hacerle más bromas al morrudo soldado para divertirse. Por lo que entre carcajadas le dieron lugar para que se sentase, de una buena vez, a comer.

Fue entonces cuando se inició la algarabía, de esas que solo puede iniciarse en un campamento de soldados que no saben cuando deberán ir al frente, donde anécdotas se vuelven leyendas, y se bromea a costa del consejero del emperador. Allí Yao pensó que si bien el único que se había ganado su respeto era el joven Fa, bien podía tratar respetuosamente a todos, ya que cuando el trato cordial cundía…se armaba la fiesta.


¿Tomatazos? En la cajita azul. ¿Cartas bomba? Lo siento el correo ya no las envía, con el temita de los atentados se pusieron muy exigentes con eso.