AN: no conozco los lugares que menciono, de modo que escribí las cosas como me las imaginé para que funcionaran en esta historia.
Capítulo 6
Y nadamos, y nadamos, y nadamos, rumbo norte. Yo entré como en un círculo de angustia y resignación. Sentí que a medida que nos alejábamos de Chile, ya perdía toda esperanza de volver a mi vida. Había tenido mi oportunidad y la había perdido, producto de la sed.
Mientras nadábamos, nadie podía hablar. Supongo que por estar bajo el agua. Pero tampoco se hacían señas. Vi que el agua de más arriba se iluminaba y se oscurecía varias veces, marcando el paso de 5 días. El agua se fue volviendo más cálida.
En un momento dado nos detuvimos. Rosalie, Bella, Edward y Emmett se alejaron, y volvieron al cabo de unas horas. Habían ido a cazar, y el resto nos habíamos quedado en el mismo punto para no perdernos. Luego ellos se quedaron, y fue el turno de los que nos habíamos quedado. Esme me sujetó mientras Carlisle se alejaba, y volvió sujetando una presa para mí. Comí tiburón. Bueno, sangre de tiburón. La encontré más fría que la de lobo, aunque no sabía demasiado diferente. Comparada con la sangre de los policías, era un asco. Pero tenía sed, de modo que "come y calla". Carlisle me sujetó luego, para que Esme pudiera cazar. Y el tiburón muerto que me había bebido lo despedazó y diseminó los pedacitos por el agua.
Y seguimos rumbo norte, sin salir a la superficie, por otro montón de días. El agua volvió a sentirse fría.
Estaba oscuro cuando nos volvimos a detener. Carlisle les hizo unos signos a Rosalie y Emmett. Luego me di cuenta de que Jasper también estaba incluido en la "conversación". No fue largo, supuse que ya sabían qué tenían que hacer y que simplemente había llegado el momento de hacerlo. Nadaron muy rápido, alejándose de nosotros, en dirección este. Miré con duda a Esme, pero sólo me sonrió como diciendo que todo estaba bien. Aunque igual yo me pregunté si los volveríamos a ver. El mar es inmenso, y los vampiros no van dejando un rastro que se pueda seguir como en tierra.
Seguimos rumbo norte, por otros tres días. El agua se volvió todavía más fría, aunque eso no me importaba. De pronto doblamos hacia el este, y en cosa de horas ya estábamos cerca de la orilla. Era de noche, y no se veían luces por ninguna parte. No sé cómo se orientaron, pero parecían saber adónde iban.
Llegamos a tierra, y me sentí extraña luego de tantos días bajo el agua. Y tenía sed. No me daba frío estar mojada, pero igual tenía ganas de estar con ropa seca y sin olor a mar.
-Por fin… -Dijo Alice, resumiendo lo que todos estábamos sintiendo.
Alice se sacudió el agua y estrujó su jumper del colegio. Me imaginé cómo debía sentirse, después de todos esos días sin sacarse el uniforme. Ella odiaba ese uniforme.
-Ok –dijo Carlisle-. Antes de ir al punto de encuentro debemos cazar. Yo me haré cargo de Daniela hasta que ustedes estén listos.
Todos corrieron sin esperar, y me extrañó que Esme se quedara con nosotros.
-Amor, si quieres puedes ir con los niños –le dijo Carlisle.
Esme cerró los ojos, y le sonrió.
-Puedo esperar –dijo volviendo a abrirlos.
-Pues yo tengo sed. Espero que vuelvan rápido –gruñí-. ¿Dónde mierda estamos?
-En Canadá. Y recuerda no decir palabrotas Daniela –me dijo Carlisle poniéndome en el suelo. Me hundí varios centímetros en la nieve. Era como hielo molido.
-Perdón. Lo olvidé –murmuré decepcionada, dándole un manotazo al hielo molido. Salpicó bastante lejos.
Carlisle le tomó la mano a su esposa, y acercaron sus cabezas. Me sentí incómoda, y miré para otro lado. Por un instante parecían haberse olvidado de mí, y pensé en volver a saltitos al mar para escapar. Pero luego deseché la idea, ya que aunque lograra llegar al agua sin que me atraparan (improbable), no conseguiría nadar por un montón de días sin que me alcanzaran. Sobre todo si ni siquiera podía patalear. Seguro me hubiera ido al fondo.
Comencé a concentrarme en los ruidos de ese nuevo bosque desconocido para no pensar en cómo se estaban besando. De pronto sentí un ruido que se parecía al de las ratas, y sentí un olorcillo desagradable que me recordó lo sedienta que estaba. No me di ni cuenta cuando, después de unos saltos a lo pitufo, y hundiéndome un poco más en la nieve, ya había atrapado a una especie de rata grande. Sin siquiera haberlo pensado ya le había rajado el cuello y me la estaba bebiendo.
Para cuando Carlisle me la quitó de las manos, ya estaba seca.
-¿Pero qué haces? –Me preguntó con asco.
-Tengo sed, y esta cosa pasaba por aquí.
-Ya iremos a cazar. Te dije que no quería volver a verte cazando ratas –dijo molesto, y luego lanzó lejos la carcasa seca.
-Pues no me mires –le respondí de mal modo.
Carlisle cerró los ojos un momento, y se acuclilló ligeramente frente a mí.
-No empecemos con el pie izquierdo, Daniela –me rogó.
-Ok. Perdón.
Me resigné, y me senté en el suelo a esperar. Sentí como a mis jeans mojados y con olor a mar se les pegaban la nieve y el olor a bosque. Quedé un poco enterrada, pero no podía sentir frío. En realidad no estaba cansada, y daba lo mismo esperar parada o sentada, pero tenía ganas de sentarme, abrazarme las rodillas, y olvidar que estaba al otro lado del planeta, y que tal vez nunca volvería a Chile. Sentí como Carlisle me hacía cariño en el pelo y se alejaba unos pasos en dirección a su esposa. No levanté la vista, ni giré la cabeza para a mirar hacia donde estaban ellos. Me resigné a esperar, mientras escuchaba los ruidos del bosque, desando que pasara cerca de mi otra rata sólo para mosquear a Carlisle.
Los otros estuvieron de vuelta en poco más de una hora. Traían una especie de venado vivo, de sorpresa, para mí. Creo que lo hicieron para que sus padres pudieran ir a cazar juntos sin tener que llevarme.
Tenía tanta sed que me bebí el animal sin detenerme a verle su cara de miedo ni a oler su poco apetitoso aroma. Con la sed que tenía me hubiera bebido hasta a Bambi.
Cuando terminé me sentí mejor. Edward se llevó la carcasa y me quedé con Alice y Bella.
-Se siente bien estar de vuelta en el norte –dijo Alice, feliz a pesar de estar mojada, sucia, y de no haberse cambiado de ropa en más de una semana.
-Sí –murmuró Bella.
-¿Y a dónde iremos? –Pregunté.
-Primero nos juntaremos con Jasper, Rosalie y Emmett en el punto de encuentro. Ellos ya consiguieron un coche, y ya compraron una casa –informó-. Te gustará tu cuarto –agregó animada.
-¿Tú ya viste todo eso? –Le pregunté.
-Por supuesto –dijo contenta-. Y aprovecha de preguntar todo ahora porque apenas lleguemos a la nueva casa se acabó la tregua y no volveremos a hablar en español.
-¿Por qué no? –Pregunté entre molesta y asustada.
-Porque sólo le prometimos a Carlisle que hablaríamos en español mientras viviéramos en Chile. De hecho, en estricto rigor, podría cambiar en este momento a inglés y no nos podrían decir nada.
-¿Tanto te molesta mi idioma?
Se encogió de hombros.
-¿Tanto te molesta aprender el nuestro? –me respondió.
-Púdranse –murmuré, sentándome nuevamente en la nieve. Apoyé la mandíbula en las rodillas y me dispuse a ignorarlas.
-Como quieras… -Respondió Alice, como si no le importara nada que la hubiera mandado al diablo.
Edward volvió, y él y Bella comenzaron a hablar bajito en su idioma. Alice parecía vibrar de impaciente alegría. Yo en cambio me sentía cada vez más deprimida.
No quería aprender su idioma. Eso, y no considerarlos mi familia, eran las únicas formas de rebelión que me quedaban. Lo único que no me podían obligar a hacer.
Cuando Carlisle y Esme volvieron, de la mano y con los ojos claritos, nos pusimos en marcha. Esme me cargó esta vez. Todos, a diferencia de mí, parecían animados a pesar de estar sucios y empapados, en medio de la noche y de la nieve.
Llegamos a un camino, y lo seguimos rumbo a la izquierda. Los vampiros comenzaron a correr, como presos de una euforia. Debe haber sido un camino muy aislado, ya que en los poco más de 20 minutos que corrieron no pasó ningún vehículo.
De pronto, junto a una señalética de tránsito, vimos un vehículo grandote. Era de la misma onda que el todoterreno que habían hundido en el sur, aunque de otra marca, y de color azul en vez de verde. La patente también era diferente. Obviamente. Ya no estábamos en Chile.
Alice corrió graciosamente hacia Jasper, saltando a sus brazos. Él la recibió y la besó apasionadamente. Emmett y Rosalie, que también nos esperaban junto al nuevo auto, parecían contentos.
-¿Todo en orden? –Les preguntó Carlisle.
Emmett le respondió alegre, en inglés, y le pasó unas llaves de auto y otro llavero con llaves. Asumí que debían ser las de la nueva casa. Jasper puso a Alice en el suelo, abrió una puerta del auto y saco un grueso sobre que puso en las manos de Carlisle. Carlisle lo abrió y comenzó a revisar. Alcancé a ver que parecían ser identificaciones, pasaportes y esas cosas. Me pregunté si acaso acá en Canadá tendría que llamarme de otra manera, pero en ese momento me distraje al ver que Rosalie abría el maletero y comenzaba a sacar unas bolsas de compra. Vi que tenían ropa, y sentí el olor a ropa nueva y a zapatos. Vi a Alice aplaudir contenta y abalanzarse sobre las bolsas de Rosalie, hasta que encontró lo que asumí sería la de ella. Y luego no la vi más, ya que desapareció entre los árboles que rodeaban el camino. Volvió en menos de un minuto vestida con pantalones nuevos, botas gruesas, un sweater ajustado y una chaqueta. Se veía muy bonita, aunque seguía con el pelo mojado y algo enmarañado. Pero se notaba que había intentado arreglárselo pasándose los dedos.
Le dijo algo a Rosalie que sonó a reclamo (por el mohín que hizo) pero Rosalie sólo resopló de forma benevolente y la miró con cariño.
Todos siguieron el ejemplo de Alice, y Esme se metió al bosque con dos bolsas y conmigo.
Para mí también habían comprado pantalones (por suerte no falda), y botas y un sweater. Y calcetines y ropa interior. Me dio nervio pensar que Rosalie había escogido ropa interior para mí, porque era mucho más bonita que la que me habían pasado en el sur. Esta era como de mujer, a pesar de que yo era prácticamente plana y siempre había usado ropa interior infantil, de algodón.
Esme me sacó el bloque para que pudiera vestirme, e incluso se volvió para no mirarme. A pesar de que ya me había visto desnuda en otras ocasiones, agradecí el gesto. Y también miré para otro lado cuando ella se cambió.
Ella iba a enterrar nuestras ropas mojadas, pero me dio pena.
-Espera, Esme… ¿Puedo conservar mis jeans? Fueron un regalo de cumpleaños.
-Está bien, tesoro –me dijo-. ¿Lo demás lo puedo tirar?
-Ok, lo demás me da igual –le respondí. Total, eran puras cosas de Alice que ni siquiera me gustaban porque eran rosadas.
-Cuando lleguemos a casa te compraremos toda la ropa que quieras –me prometió, mientras tapaba rápidamente el agujero con tierra y luego con nieve.
-Me da lo mismo –respondí encogiéndome de hombros-. Mientras no sean faldas todo bien.
Se rio, me dio un beso en la frente, y luego agarró el bloque.
-¿Podemos olvidar el bloque por un rato? –Le rogué-. Lo tuve en los pies durante todo el viaje.
Dudo un segundo.
-Lo siento tesoro, pero la última vez que me lo pediste saliste corriendo hacia un coche en llamas.
Recordé mi intento de fuga, y cómo había perdido la oportunidad de escapar al atacar a los policías. Se me apretó la guata.
-Lo siento –murmuré.
-Yo también lo siento, tesoro –me dijo, y agachándose me volvió a poner el bloque.
No intenté escapar, ya que sabía que todos los otros estaban sólo unos pocos árboles más lejos. Iba a ser inútil.
Esme me cargó de vuelta al auto, donde ya todos nos esperaban muy contentos. Parecían hacer planes, por el tono de sus conversaciones. Esme me pasó a Alice, quien me puso entre ella y Jasper, y se fue a sentar adelante con Carlisle, que ya estaba al volante.
Anduvimos mucho tiempo en el auto. Afuera sólo se veía nieve, árboles, y más nieve, y más árboles. En un momento dado, en la oscuridad de la noche, se vieron a lo lejos unas luces. Atravesamos un pueblo, pero seguimos de largo. Y luego fueron más árboles, y más nieve. ¿Acaso Canadá no era más que nieve y árboles? Lo único que ocurrió en un momento dado fue que se nos atravesó una cosa que parecía un reno. Me reí internamente pensando que a lo mejor estábamos tan al norte que llegaríamos a la casa del viejo pascuero. Aunque yo hace mucho que había dejado de creer en esas cosas. Los regalos los traían los papás, luego de preguntarle a una lo qué quería para navidad.
El día comenzó a aclarar frente a nosotros. Asumí que conducíamos rumbo al este. Cuando por fin el sol asomó (al frente aunque un poco hacia nuestra derecha) todas las caras se vieron blancas como el mármol. Y pude ver que todos estaban con una sonrisa de oreja a oreja a pesar de que llevábamos varias horas en el vehículo. Me vi en el espejo retrovisor del medio. Tenía los ojos rojos. Me sorprendí, ya que no me había mirado al espejo desde que habíamos dejado la casa del bosque con Esme. Sabía que no debía sorprenderme, pero había olvidado lo que era tener los ojos rojos. En la casa del bosque se me habían ido poniendo claritos como los del resto de la familia.
Ya había nublado para cuando pasamos por otro pueblo, más grande que el anterior, y Carlisle bajó a poner combustible en una estación de servicio. Aunque abrió y cerró rápidamente la puerta, alcanzó a entrar un poco de olor a humano mezclado con el hedor del combustible. Recordé la sangre de los policías en forma instantánea, y la boca se me llenó de saliva. Veneno, no saliva. Siempre olvidaba que esa cosa no era saliva. Todos los que estaban en el auto parecieron darse cuenta de mi incomodidad, y Esme se pasó al asiento mío y me tapó la boca y la nariz fingiendo un abrazo.
Los seis hijos se bajaron, cerraron las puertas a velocidad humana pero rápida, y se metieron al negocio adjunto. Se oían contentos. Esme se relajó, me soltó la cara, y se sentó a mi lado.
-¿Y qué tal estás? –Me preguntó animada, tomándome una mano y balanceándola un poco.
-Tengo sed. Y tengo los ojos rojos –respondí, en forma un poco estúpida (lo reconozco). Claro que ya debía haberlo notado.
-Ya vamos a ventilar el auto –prometió-. Intenta no pensar en eso. Y sobre los ojos… Fue un accidente –aseguró-. Ya se te van a volver a poner ocre.
-Lo sé –le respondí, y miré hacia el negocio para intentar no pensar en sangre. Rosalie parecía estarse probando unos lentes.
-¿Y? –Me dijo contenta-. ¿Te gustó la nieve?
-Se ve como en las películas –le dije sin entusiasmo-, aunque es cómo hielo molido. ¿Adónde vamos?
-A una hermosa casa, en un hermoso lugar junto a un lago –me dijo-. Te va a encantar.
-Y está al medio de un bosque lleno de árboles, te apuesto –le dije con algo de sarcasmo.
-Sí. También hay árboles. Y nieve –dijo riendo.
Miré nuevamente para afuera. Los otros estaban en la caja pagando algo, y vi a las chicas salir de una puerta con el típico ícono de "baño de damas". Alice y Bella estaban peinadas, por lo que asumí que habían entrado para usar el espejo y adecentarse un poco.
-¿Qué compran tus hijos? –Le pregunté con curiosidad.
-Agua, golosinas, revistas tal vez… –dijo Esme sin darle importancia.
-¿Para qué?
-Para parecer humanos, tesoro –me dijo Esme con paciencia.
-Está nublado, ya parecen humanos –le dije.
-Carlisle está llenando el estanque –me explicó-. Cuando las personas llevan viajando muchas horas siempre compran cosas, y van al baño.
-Sí, lo sé –le respondí-. No hace tanto tiempo que fui humana –le recordé.
Esme suspiró, me agarró con un brazo y me inclinó hacia ella. Sentí como me daba varios besitos en la cabeza.
-Ya te sentirás mejor en la casa nueva –aseguró-. Te prometo que lo pasaremos bien, y que rápidamente aprenderás nuestro idioma.
-Nunca voy a aprender tu idioma –le dije.
-¿Por qué? –me preguntó. No parecía ofendida, ni enojada. Parecía de verdad no entender.
-Porque mi idioma es lo único que me queda de mi país –murmuré bajito-. Eso, y mis recuerdos.
Esme no me respondió, pero me agarró, me sentó en sus piernas, y me abrazó. Y todavía estábamos así cuando Carlisle nos vio por la ventana del piloto. Nos quedó mirando, y pareció adivinar que algo pasaba porque le hizo unos gestos a su esposa. Esme me volvió a tapar la nariz y la boca con fuerza, mientras Carlisle se subía rápidamente de nuestro lado, cerraba la puerta, y se sentaba junto a nosotras.
-¿Pasa algo? –Preguntó.
-No, sólo estamos aquí regaloneando amor –mintió Esme.
Carlisle suspiró.
-Las escuché mientras hablaban –insistió.
-¿Entonces para qué pregunta qué pasa? –Le contesté de mal modo.
-Creo que deberías cambiar tu actitud, Daniela –me dijo sin enojarse.
-¿Y para qué? –Resoplé-. ¿Qué saco con fingir que estoy feliz, cuando en realidad estoy del otro lado del planeta, con un montón de vampiros, y no tengo ganas de nada?
-Eso va a pasar –prometió Carlisle-. Te vas a ir sintiendo mejor.
-Me dijiste eso hace meses. Es mentira.
-Sólo han pasado unos pocos meses –insistió-. En esta casa podremos vivir varios años, y vas a considerarla tu hogar, y encontraremos la forma de que te sientas más contenta.
-No te creo nada Carlisle –murmuré.
Carlisle me pasó la mano por la mejilla, pero no contestó. Y como los otros llegaron al auto, Esme me volvió a tapar la boca y la nariz. Carlisle se metió la mano al bolsillo y le pasó las llaves a Emmett.
Rosalie y él se subieron felices adelante, y los demás entraron animados y se sentaron detrás de nosotros. Conversaban en su idioma, y me dieron ganas de ponerme a cantar "Puro Chile" a todo pulmón sólo por llevarles la contraria. Pero me quedé callada. Obviamente. Esme me seguía impidiendo respirar y nadie canta sin aire.
Emmett puso el motor en marcha, y nos alejamos. Cuando salimos del pueblo, abrieron las ventanas unos minutos. Sentí cómo se enfriaba el ambiente. Luego las cerraron, y Esme por fin me soltó la cara. Respiré en forma instintiva. Ya no había olor a humano.
Rosalie se volvió, me sonrió, y me puso en la cara los anteojos de sol que la había visto probándose en el negocio. Me dijo algo en inglés, que no entendí. Me volví a mirar a Esme, pero ella no quiso traducir.
-Gracias hija –le dijo a Rosalie.
-Gracias Rosalie –le dije también.
Continuamos hacia el este. Yo seguía en la falda de Esme y, aunque me daba un poco de vergüenza, la verdad es que me sentía un poco mejor al ver que no me había hecho a un lado. Carlisle le llevaba tomada la mano que no tenía sobre mí.
En un momento dado doblamos hacia la izquierda, en una dirección que asumí sería norte o nor-algo. El camino tenía curvas, pero la luz parecía venir de nuestra derecha a pesar de lo nublado.
Nos fuimos metiendo por otros caminos y la luz comenzó a iluminar desde el otro lado del auto. Paramos en una estación de servicio, pero sólo se bajó Emmett a cargar combustible y la hizo cortita.
Pasamos un par de pueblos más sin detenernos ni abrir las ventanas, hasta que por fin nos metimos por un camino de tierra muy angosto y serpenteante.
Y llegamos, por fin, a la dichosa casa.
-.-
