N.A: Dividí el capítulo original (de 5 mil palabras) en dos porque me parecía demasiado extenso y hacía que la lectura fuese pesada. Vamos editando este asunto poco a poco.
II
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Los segundos se arrastraron lentos y pesados por la mente de Integra, insegura aún sobre la imagen que tenía frente a ella. Con una sonrisa que se equilibraba entre el asombro y su propia incredulidad, él la observó ahora con un solo ojo verde profundo; el otro estaba oculto bajo la tela del parche, perdido para siempre.
Su cerebro reclamó por una explicación, pero el descenso abrupto de la temperatura de la habitación la hizo consciente de otro problema: Alucard.
La figura rojiza comenzó a tomar forma a través de la pared deliberadamente lento, atemorizando a los hombres que retrocedieron con evidente miedo ante la visión de los ojos rojos del monstruo que les sonreía con la mitad del cuerpo perdido aún en el muro. Por instinto, Pip tendió la mano protectora hacia Integra, jalándola hacia él.
—Así que éstos serán los hombres encargados de proteger a mi Ama —la voz de barítono goteó con diversión y sarcasmo mientras las pupilas brillantes recorrían con desdén el montón de hombres boquiabiertos. A pesar el miedo, ninguno de ellos huyó. Interesante. Sonriendo, el vampiro giró la cabeza hacia su Maestra y las cejas oscuras se fruncieron en su frente: el tipo trenzado la sostenía con actitud protectora. Demasiado cerca.
Los ojos rojizos de la bestia se fijaron en él con intensidad y Pip pasó saliva mientras trataba de comprender la situación. Si ese era un vampiro real, ¿qué posibilidad tenían de escapar? ¿cómo protegería a Integra? Pero una palabra hizo clic en su cerebro y echó a rodar el gramaje de teorías «mi Ama» ¿acaso significaba que ella…? La miró de soslayo, pensando ver el mismo miedo reflejado en sus ojos, pero Integra parecía estar más sorprendida con su presencia que con la del vampiro.
Quiso preguntarle qué pasaba, pero la puerta se abrió para dar paso a un hombre de edad que llegaba apresurado, disculpándose.
—Mis disculpas, Sir Integra. No pude detenerlo.
Integra liberó su brazo, alejándose del mercenario. La protesta de Pip murió en su garganta al sentir el gruñido sordo emerger del vampiro cuando trató de tocarla de nuevo, los murmullos de sus compañeros a sus espaldas crecieron y Walter abarcó todo el cuadro con una sola mirada experta, terminando en la figura rubia de su señora que parecía fuera de su mente.
—Sir, ¿se encuentra usted bien?
La cabeza de Integra giró hacia él antes de que ella tomara rumbo a la salida.
—Encárgate de explicarles —ordenó, sin detenerse. Sus pasos enfilaron hacia el pasillo lejos de la reunión; cuando su figura desapareció de la vista, los ojos de Alucard buscaron los del mayordomo y luego ambos miraron al líder del grupo en busca de respuestas al hecho inusual. Por un momento el ambiente se tensó, pero la diplomacia inglesa terminó por imponerse. Walter se volvió educadamente hacia los demás hombres.
—Como ya lo sabrán, efectivamente somos una organización caza vampiros. Soy Walter Dornez, mayordomo —hizo una pausa breve, presentándose—, y este de aquí es Alucard, nuestra arma secreta.
Todos giraron a ver al imponente vampiro que no apartaba los ojos del capitán. Pip sintió la sangre congelándose en sus venas. Mientras Walter continuó explicando los pormenores del trabajo, Alucard se alejó por el pasillo tras los pasos de su Ama; Pip no pudo apartar la mirada de la figura oscura.
—¿Capitán? —la voz del mayordomo lo sacó de sus pensamientos— ¿Está todo claro?
—Por supuesto. Mis hombres y yo haremos todo lo posible por brindar nuestro mejor servicio.
Walter sonrió con cortesía.
—Permítanme enseñarles el resto de la mansión.
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Integra pasó las hojas de la carpeta hasta dar con la información que necesitaba: P. Bernadotte, veintiséis años, francés. Nueve años como mercenario. Dejó caer su cuerpo sobre la silla y miró a la nada, negándose a creer la situación. ¿Cómo había llegado él hasta allí? Después de tantos años… retomó la lectura, fijándose en un dato concreto: nueve años como mercenario. Entonces cuando ella lo conoció él ya trabajaba como uno «yo también sigo los pasos de mi padre, es la vida que me tocó vivir» Y pensó que era la única que escondía secretos…
Sacó un cigarrillo del cajón del escritorio y estaba dando la primera calada cuando la figura alta comenzó a materializarse a través de la pared del fondo. Las hebras oscuras del cabello de Alucard rodaron hasta su hombro cuando él se inclinó hacia ella.
—¿Estás nerviosa? —el aliento frío hizo que los cabellos de su nuca se erizaran, alertas ante el posible peligro.
—¿Por qué debería estarlo?
El vampiro sonrió, rodeando la mesa para mirarla de frente. Los ojos azules no se apartaron. Se encogió de hombros, tratando de sonar casual.
—No te veías muy cómoda en la visita a tus mercenarios.
—Estoy cansada, eso es todo —el cigarrillo murió aplastado contra el cenicero antes de que la rubia despidiera a su vampiro—. Tengo mucho trabajo por hacer. Déjame sola.
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Walter colgó el teléfono y se dirigió al despacho de su señora. Se había presentado un caso de ghouls en uno de los pueblos aledaños a la capital y necesitaban la intervención de Hellsing de inmediato.
—Envía a los Gansos y a la oficial Victoria —ordenó Integra, revisando la información que el mayordomo le llevara del asunto—. Y dile a Alucard que se mantenga alerta, por si la situación se sale de control.
Un brote de ghouls no debería ser difícil de manejar, pero esa sería la primera experiencia en terreno de los mercenarios y no estaba segura de su eficacia. Además, si había ghouls también debía existir el vampiro que los creó. Y tampoco confiaba en el liderazgo de la chica policía para confiarle una misión en solitario.
Walter salió de la oficina dispuesto a cumplir las órdenes de su superiora.
Una vez sola, Integra se quitó los lentes para masajearse el puente de la nariz. Esa misión sería decisiva para sus nuevas tropas, draculina incluida. Debían demostrar que podían cumplir con el trabajo sin necesidad de que el vampiro los ayudara. De lo contrario, los Caballeros de la Mesa Redonda verían respaldado su argumento de que Hellsing solo era un hombre…vampiro, en este caso.
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Pip se miró las manos callosas ennegrecidas por la pólvora. Arriba, en el segundo piso de la casona donde se encontraban aún se escuchaban algunos disparos solitarios seguidos por gruñidos sordos y el posterior quejido de un cuerpo cayendo. Seras acababa con los últimos vestigios mientras sus hombres limpiaban el piso inferior, asegurándose de rematar los cuerpos nauseabundos que se amontonaban en el piso de cemento.
La batalla había sido difícil por lo extenso y lo cansador que resultaba. Aún con toda la experiencia en guerrillas, la visión de un cuerpo muerto que camina y se levanta aún cuando tiene tres balas en el pecho no dejaba de inquietarlos. Derribar a dos enemigos y que luego aparecieran cuatro salidos quién sabe de dónde había desconcertado a sus hombres, acostumbrados a olvidarse de los cadáveres una vez puesta la bala en ellos. Pero los ghouls eran lentos y torpes, a pesar de ir armados, y al final las cosas resultaron favorables a su tropa. Mientras algunos de los gansos amontonaban lo que quedaba de los cadáveres en el piso, los demás revisaban a los pocos heridos por rozaduras de balas. Nada serio para un grupo de hombres curtidos en el mundo de la guerra.
Sentado sobre una silla destartalada Pip evaluó la situación: los pocos heridos no representaban un problema y no tenían contaminados; Seras Victoria les había advertido que si alguno resultaba mordido podía dar su vida por perdida. Nadie quería eso. Buscó entre los bolsillos de su chaqueta y sacó un cigarrillo arrugado, el olor característico de la nicotina envolviendo sus sentidos lo calmó y llevó su mente a divagar en otros recuerdos, a situaciones pasadas ocurridas hace seis años, sentado en el balcón del hotel donde ella se hospedaba, con las piernas recogidas bajo los muslos en una postura cómoda, fumando apaciblemente mientras hablaban de cosas de la vida. De pronto ella había preguntado, como al azar, qué haría él cuando ella se fuera; Pip había estrechado las cejas, pensando en la respuesta a una pregunta que él mismo se había estado formulando desde hace días, y no encontró ninguna. Se limitó a un encogimiento de hombros y una sonrisa de disculpa «supongo que siempre estarás en mis recuerdos, pero es el camino que seguir, aunque me duela». Entonces ella se levantó, abandonando la colilla en la barandilla, y su silueta esbelta se recortó contra los rayos dorados del sol que le daban reflejos claros a su cabellera desparramada. Llevaba una camiseta blanca y jeans cortos, y cuando sus brazos se estiraron sobre su cabeza mientras bostezaba la camiseta dejó ver un retazo de su estómago plano, de piel bronceada. «No debimos habernos apegado tanto» decretó, con su sonrisa perezosa tirando de sus labios. Él se había reído por lo bajo, poniéndose de pie para enfrentarla; los ojos azules se habían elevado para encontrar los suyos. «Lo lamento, reseda, pero no me arrepiento de nada». Su boca tenía un sabor a menta y tabaco suave cuando la besó, y su piel estaba caliente bajo el tacto de sus dedos… Pip dejó dibujarse una sonrisa de medio lado mientras apoyaba la cabeza contra el respaldo de la silla, ¿a qué sabrían ahora sus labios?
Una voz conocida lo llamó desde las escalas.
—Capitán, todo limpio en el segundo piso.
La draculina se veía pequeña y graciosa de pie con su arma, y él no pudo evitar sonreír. Seras Victoria era una chica simpática con un aura demasiado inocente para ser una hija de la noche. Además, sus cabellos rubios y esos ojos azules no concordaban con los de su especie, pero los colores lo llevaron a pensar en otra muchacha con una melena mucho más larga y unos ojos profundos y firmes que estaría esperándolo en la mansión… movió la cabeza, tratando de borrarse la imagen antes de contestar.
—Perfecto. Hora de retirarse, entonces.
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Los gansos se distribuyeron por los cuarteles cuando Walter entró en la habitación principal en busca del capitán. Necesitaba que redactara el informe de la misión. Aunque —y el mayordomo lo había mirado con cierto brillo misterioso en sus ojos grises—, sería mejor si él mismo subía a dárselo a la comandante. Pip tragó saliva, nervioso. Esa sería la primera vez que se verían solos.
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Tocó la puerta y la voz serena del interior le indicó que entrara. Tragó saliva antes de girar la manilla.
La oficina de la comandante era amplia, con grandes ventanales iluminando las estanterías en las paredes. Integra estaba sentada tras su escritorio, esperando; la figura oscura del vampiro se cernía tras la silla. Los nervios en el estómago de Pip dieron paso a una sensación de incomodidad.
—Así que sobrevivieron a su primera misión —Alucard sonrió con sorna—. Estoy asombrado.
Integra lo ignoró, venciendo el mohín de rodar los ojos, y levantó una mano para recibir el informe.
—¿Algún incidente extra que declarar, capitán? —su tono profesional y neutral trajeron a Pip de regreso a la realidad.
—Ninguno. La misión concluyó con éxito y solo tenemos heridos leves. Mañana estarán recuperados.
Integra hizo un gesto apreciativo, hojeando las páginas.
—Gracias. Puede retirarse, si lo necesito lo llamaré.
Pip asintió, se colocó su sombrero y dio media vuelta en dirección a la puerta.
—¿Qué opinas de tu nuevo capitán, Maestro? —Alucard estaba ahora frente a ella, Integra ignoró la mirada divertida que le estaba dando.
—Creo que podrán valerse bien frente a los enemigos.
La sonrisa reflejada en los ojos rojos pasó a los labios.
—No me refería a su trabajo, sino a él…
Integra suspiró, buscando entre sus cajones.
—No estoy de humor para tus juegos hoy, Alucard.
—No tienes por qué avergonzarte si lo encuentras atractivo… —los nervios de la mujer colapsaron cuando ella arrojó su cenicero contra la cara pálida de su sirviente, en un intento vano por borrarle la estúpida sonrisa.
—¡Fuera de mi oficina, idiota!
