Capítulo 1

23 de Octubre, 2.011Storybrooke

Emma no podía creerse el punto hasta el que había llegado su vida, y su locura, al parecer, pero allí estaba, en una ciudad totalmente desconocida, y todo a causa de un niño que aseguraba ser su hijo. La rubia se había visto obligada a llevarle hasta allí desde Boston; al fin y al cabo, ella no podría cuidar de ese niño, y había sido la mejor opción llevarle de nuevo a casa, pero, ¿qué era lo que estaba sintiendo? ¿Preocupación? Aunque quería creer que su hijo le había llenado la cabeza de pájaros, sobre que su madre adoptiva era malvada, a Emma no le parecía tal cosa. Pero en esos momentos estaba maldiciendo para sí misma, entre aquellas rejas, por culpa de un lobo cuya existencia el sheriff se negaba a creer. Pero ella lo había visto, había perdido el control, y se había estrellado con el cartel que anunciaba la entraba a Storybrooke, ganándose así una celda en la oficina del sheriff. Emma no dejaba de dar explicaciones, y todo transcurría con la mayor normalidad posible, hasta que alguien irrumpió en la comisaría.

—Perdona el retraso, Graham. Me llamó la señora...

En ese momento se interrumpió, en cuanto fijó su vista en aquella celda. Aunque llevaba diez años sin verla, no había podido olvidar ese rostro, que le perseguía cada noche o, más bien, él la perseguía en sueños. La mujer que siempre huía en esas visiones y que, un buen día, dio la cara para después volver a escapar con las primeras luces del día.

Killian apretó la mandíbula, Emma abrió los ojos desmesuradamente mientras apretaba los puños alrededor de los barrotes antes de soltarse y echarse hacia atrás, sentándose en el camastro de la celda. Ninguno de los dos podía creer lo que estaban viendo. Diez años, una huida, y un gran secreto que la rubia no quería desvelar a nadie. Y ahora se volvían a encontrar, como una mala broma del destino.

—Swan.

—¿Es que ya... os conocéis? —Inquirió el sheriff, que alternaba la mirada entre uno y otro, claramente confuso. Graham sentía como si se hubiese perdido algo y, en realidad, así era.

—Fugazmente, sí. ¿Recuerdas la rubia de la que te hablé, con la que pasé una noche... interesante, hace diez años?

—Eh... Sí, claro, no dejas de...

—No des detalles, con que te acuerdes, es suficiente. Emma Swan era su nombre. Y aquí está... —El antiguo cantante se fue acercando a los barrotes, poco a poco, a la par que en su rostro iba aforando una ladeada sonrisa como las de antaño, pero con algo más de malicia.— ¿A qué has venido, amor? ¿Me encontraste y has venido en mi busca?

—Ni lo sueñes, Jones. He venido a... Bueno, ¿¡y a ti qué te importa!?

—Me importa, porque soy el ayudante del sheriff, y tengo que estar al tanto de todos los casos.

Emma se quedó petrificada, pero, por suerte, Graham había estado escuchando, mientras abría la celda contigua a la de la rubia para dejar libre a Leroy, que ya había cumplido su noche en el calabozo. No tardó en interrumpirles, y se metió por medio de forma literal, apartando a Killian para abrir la celda de la rubia.

—Ahora te pongo al tanto, Killian, pero por ahora, tengo que soltar a la señorita Swan. Y usted... —Volvió la mirada hacia Emma, con algo de sorna en la voz y sarcasmo en sus ojos.— La próxima vez, tenga más cuidado. Los brebajes de Regina son peligrosos.

Sin más, abrió la puerta de la celda, y Jones observó impotente cómo Emma se marchaba de la comisaría, no sin antes dirigirle una mirada que lo reflejaba todo: la sorpresa y el temor por haberle encontrado tan de súbito, y se preguntaba por qué tendría tanto miedo o, más bien, de qué. Tampoco era tan terrorífico encontrarse; no negaba que había sido una casi improbable casualidad, pero las cosas habían sucedido de esa manera, y no había por qué darle más vueltas. Sin embargo, ahora que había vuelto a ver a Emma, estaba seguro de que, al no haber podido olvidarse de ella, ahora sería más difícil aún.

Por otra parte, Emma salió de la oficina del sheriff completamente consternada. ¿Qué demonios hacía ese hombre allí, precisamente en ese lugar? Ella siempre hacía lo posible por escapar del pasado, y había durante toda su vida la excepción del dicho "El pasado siempre vuelve", y sin embargo en ésta ocasión había vuelto para explotarle de lleno en la cara. Pero todos aquellos pensamientos se esfumaron cuando vio acercarse hacia ella a toda velocidad a la alcaldesa, y madre adoptiva de Henry, con cara de malas pulgas y gritando dios sabe qué sobre su que el chico había desaparecido, tema del que Emma no sabía absolutamente nada, y tras contarle cuanto sabía, que era poco, ambas iniciaron una pequeña investigación, gracias a la habilidad de la rubia para dar con "fugitivos", hasta dar con una pista: Mary Margaret Blanchard, la maestra de Henry.

A medida que ambas caminaban por los pasillos de la escuela, Emma no pudo evitar observar todo cuanto la rodeaba. Su educación se había basado siempre en clases particulares, tanto antes como después de ser adoptada a los diez años por los Harrison, de los que decidió no mantener el apellido a partir de los dieciocho. A pesar de que esa pareja le hubiese dado lo que ella tanto ansiaba, una familia, nunca se había sentido parte de la misma. Para ella, eran las personas que la habían cuidado, y se habían limitado a ello. Siempre se había preguntado cómo habría sido estar en un colegio, rodeada de niños de diferentes edades, e incluso cómo habría sido hacer amigos. Pero ya era demasiado tarde para averiguarlo.

El aula de la señorita Blanchard era como otra cualquiera, y justo cuando estaban entrando, con Regina varios pasos por delante, los niños salían casi a empujones al ansiado recreo, y la alcaldesa se acercó enfurecida a la profesora, cuestionando la integridad de la misma al acusarla de haber entregado una tarjeta de crédito a su hijo para buscar a Emma. Por suerte, todo quedó en un pequeño hurto por parte del niño, y rabia contenida para la madre de Henry, que salió airada del aula mientras Emma se quedaba unos instantes más, tratando de averiguar el paradero del muchacho hasta conseguirlo, y poder tener una larga charla con él.

Killian se sobresaltó cuando escuchó las nueve campanadas provenientes de la torre del reloj, lo que provocó que alzase la mirada del libro en el que estaba enfrascado para mirarla. Nunca había visto ningún movimiento de las manecillas pero, por algún extraño motivo, el mecanismo funcionaba de nuevo, después de quién sabe cuántos años parado. Todos en la ciudad ya creían oxidadas las entrañas de la torre, sin embargo, aquella era la prueba que demostraba lo contrario. El ayudante del sheriff esbozó una ligera sonrisa y se levantó del sofá para hacerse una buena cena antes de irse a la cama.

En ese mismo instante, Emma se encontraba en la habitación del hostal de la Abuelita, en el cual, cuarenta y cinco minutos antes, había decidido quedarse. Ni siquiera se percató del sonido del reloj, porque no le resultaba tan extraño que diese las campanadas al llegar su hora, de modo que se fue a dormir, sin mucho que hacer en aquella pequeña habitación, con el pensamiento de qué estaría haciendo Henry en aquel preciso instante.

A la mañana siguiente, Killian se levantó temprano para ir a trabajar, y Emma, directamente, llevaba ya horas despierta. Horas que había empleado en informarse sobre la ciudad con un mapa turístico que había conseguido al llegar al hostal, aunque tampoco había mucho que ver, de modo que, cuando estaba segura de que la cafetería había abierto ya, bajó a desayunar, pero en mitad del desayuno, su hijo la asaltó, pidiéndole compañía para ir a la parada del autobús del colegio, inconsciente de que, esa misma mañana, Regina había ido a visitarla para darle una supuesta bienvenida con una manzana. Desde luego, le había parecido una referencia muy casual con lo que Henry le había contado de ella, pero todavía le resultó aún más extraño que, cuando el chico vio la manzana, se la quitase de las manos mientras hablaban sobre la "Operación Cobra". Emma, después de la charla del día anterior en el castillo de Henry, había progresado considerablemente en su relación con él, y sentía ciertas cosas en su interior que hacía demasiado tiempo que no sentía.

No le extrañó que, dos horas después, Graham llamase a su puerta para detenerla por robar los informes del psicólogo de Henry. No se fiaba de la alcaldesa, y al parecer, el sentimiento era mutuo, con el resultado de que Emma, una vez más, acabó encerrada en el calabozo.

Jones volvió de hacer una ronda por la ciudad con el coche patrulla y, al encontrarse allí otra vez a la rubia, esbozó una sonrisa llena de sarcasmo mientras se acercaba a la celda, apoyándose en las rejas con ambas manos.

—¿Te gusta estar aquí, Swan? Se va a convertir en tu actividad favorita...

—Cállate... —Emma, que le miraba desde el suelo, sentada y con la espalda apoyada en la pared, rodó los ojos, poniéndolos en blanco un instante.— Esto lo ha planeado Regina.

—Vaya... Qué confianza debes tener con la alcaldesa para llamarla por su nombre.

—No veo motivo para no hacerlo. Es su nombre.

—Y sin embargo, desde que nos encontramos ayer, no me has llamado ni una vez por el mío. ¿Te da miedo decirlo?

Emma se levantó, envalentonada, y al igual que él se apoyó en los barrotes, pegando a éstos su rostro, que quedó entonces a apenas unos centímetros del ajeno.

—No es miedo lo que me Inspiras.

—¿Entonces...? —Killian se acercó algo más, hasta que pudo sentir el aliento de la rubia sobre sus propios labios.

—Me das asco.

—¿Asco? —Volvió a apartarse, ésta vez del todo, dándose la vuelta y caminando algunos pasos antes de darse la vuelta hacia ella.— Fuiste tú la que desapareció, Swan. Pasamos... Pasamos una noche increíble, y desapareciste del mapa, como si nunca hubieses existido. Te presentas aquí, diez años después, y lo único que se te ocurre es decirme que te doy asco.

—¡Te aprovechaste de mi! —Emma comenzaba a alterarse. Se echó un par de pasos atrás. No quería recordar aquella noche, pero tampoco podía olvidarla.

—¿¡Que yo me aproveché de ti!? ¡Tú querías, yo también, y pasó! ¡Tú tienes tanta culpa como yo!

—¿¡Sabes qué!? ¡Olvídalo! Sólo fue una noche, y punto, no sé qué importancia tiene.

—¡Mucha! —A gran velocidad, el ayudante volvió a pegarse a los barrotes, aferrándose a éstos.— Lo creas o no, no he podido olvidar esa noche en estos diez años.

Emma se dio la vuelta, mirando hacia la pared. No podía seguir con aquella conversación, no después de todo lo que había pasado después de aquella noche. Cometió un grave error que la mandó a prisión, y además tuvo a Henry en la cárcel. No podía ser su madre, y no podía ser la mujer que sus padres adoptivos esperaban que fuera.

—¿Cuál es el verdadero motivo de que estés aquí, Swan? —Inquirió, respirando de forma agitada. Durante toda la noche se había hecho aquella pregunta, y no encontraba una explicación plausible. Nada. Emma no respondía, y Killian se ponía cada vez más nervioso, más furioso.— ¿¡Cuál es!?

—¡Mi hijo! —Respondió la rubia, a la par que se giraba, con lágrimas en los ojos. Luchaba para que no cayesen, y, al parecer, funcionaba.— He venido porque mi hijo vive aquí...