Arrastró sus pies por el suelo como cada día, estaba cansado, entre la universidad y el trabajo no le quedaba mucho para dormir. Ahogó un bostezo mientras volvía a repasar la lección de cálculo de ese día, mientras el sonido del horno ahogaba el silencio restante del lugar.
Siguió intentando hacer los ejercicios, estaba tan concentrado, que no sintió cuando uno de sus compañeros entró en la cocina y comenzó a hablarle.
- ¡hey! – le reprochó – veo que no me escuchas – murmuró
- oh… disculpa, los ejercicios – apuntó su cuaderno lleno de rayones
- está otra vez tú admirador – se burló, tomando al albino por sorpresa quien le miró levantando una ceja con duda – ese rubio, que sólo deja que le atiendas tú – le informó
- ¿otra vez? – se le secó la boca al volver a preguntar
- otra vez – sentenció el moreno, mientras salía de la cocina.
Desordeno y reordeno su bufanda, mientras con su mano movía su cabello. Estaba nervioso, muy nervioso, aquel chico venía día tras día y se sentaba en la misma silla, pedía las mismas cosas y esperaba a que solo él lo atendiera.
Había algo extraño en él, pues sentía que cada vez que se daba vueltas él lo escaneaba de arriba abajo y de la misma forma, él caía en hacer lo mismo cuando el rubio no le miraba.
Salió de la cocina, ya más recompuesto, dispuesto a atender a su "admirador" como le llamaban todos los chicos con los que trabajaba, se deslizo por la barra hasta quedar frente a aquel chico rubio, tomo la carta de atrás de esta y se la pasó con suavidad, el chico le miró con sus penetrantes ojos azules de color cielo y mostrando una enorme sonrisa volvió a pedir lo mismo de cada día, sin mirar la carta que tenía el ruso entre sus manos.
- volveré con su pedido pronto – le avisó
- estaré esperando aquí – le respondió con tanta felicidad, que aquello le abrumó.
Volvió maldiciendo por lo bajo, y más aún cuando todos sus compañeros sonaron al mismo tiempo con un pululante – uuuuh – con la idea de molestarle con respecto a aquel rubio (del cual no tenía ni sospechas de su nombre).
Tomó una bandeja de color café, puso el café con crema y las donas recién sacas del horno sobre esta, y con suavidad y maestría tomó la bandeja con una mano, con la otra al pasar tomó servilletas y sachet pequeños de azúcar.
Luego salió hacia la tienda, ahí lo recibió el rubio con una sonrisa hasta babosa que hizo que una extraña sensación le recorriera la espina dorsal, suspiro intentando esconder aquello, y se acercó al chico mostrando su mejor proyecto de sonrisa.
- su pedido, señor – dijo lo último entre dientes – espero lo disfrute –
El rubio asintió tan alegre como si aquello fuera lo mejor de su vida, le asqueo la manera en la cual devoraba las donas, y bebía el café como si fuera solo agua, no antes de ponerle tanta azúcar que Iván sentía que le daría a él diabetes. Aun así, a pesar de todo lo repugnante que le parecía al ruso no podía parar de mirarle.
Después de que trago todo como si no comiera en mil años, pidió la cuenta, dejando que como todos los días solo el ruso se acercará a darle esta. Se acercó ya hastiado hasta el rubio, le dio el papel con la cuenta y este le pasó el dinero suficiente para pagar todo. Ambos se miraron un segundo, solo fue un segundo, pero los ojos del rubio parecieron iluminarse de alguna forma. Y como cada día, Iván dijo la típica frase y para el cliente pareció un milagro.
- muchas gracias, vuelva pronto – dijo, con aquella voz cortés y monótona que usaba con todos los clientes.
Y así, aquel rubio desaparecía de su vista, y le hacía preguntarse el "por qué" volvía cada día a pedir siempre lo mismo, siempre a la misma persona y se iba con la misma sonrisa.
Suspiró frustrado, cada día era más extraño. Y volvió a la cocina, arrastrando sus pies dispuesto a terminar la tarea de cálculo.
