Capítulo 1: Extraño Ser
Hacía tiempo que no pensaba en ese día. Mucho tiempo, realmente. Quizá era uno de los recuerdos más hermosos que tenía, aunque eso suponía una enorme paradoja. A partir de ese día su vida cambió rotundamente para llenarse de alegría y amargura. Como si su vida hubiera empezado ese día, pero no, sabía que la vida había empezado antes, mucho antes, con ese fulgor gris, imborrable.
Aun estaba recostada en su cama, mirando fijamente el techo de su habitación. No podía hacer nada que "llamara la atención", según su madre. Eso significaba nada de cosas raras. Extrañaba no poder recibir correspondencia de sus amigas, aunque por suerte sus padres aprobaban que usara el teléfono, "métodos normales de comunicación", con el cuál podía hablar regularmente con Lily Evans y Mary Macdonald, sus dos amigas criadas en las costumbres muggles.
En verdad extrañaba no ser una cría de siete años que jugaba en el jardín o que desaparecía en aventuras con su mejor amigo, su vecino. Extrañaba esas épocas en donde era libre y las cosas no se habían vuelto complicadas. Cuando la magia era hermosa y maravillosa, el mundo era mágico y perfecto. Puras ilusiones infantiles, inocentes, sin daño alguno.
Sonrió amargamente y miró a su lechuza que, por órdenes estrictas estaba encerrada en su jaula. La pobre lechuza parda con manchas blancas de grandes ojos amarillos, llamada Atenea, la miraba atentamente y de vez en cuando emitía reclamos agudos y fuertes.
—Lo sé, no me mires así. Sabes que no puedo dejarte salir hasta que ya esté muy oscuro.
La lechuza la miró indignada y se dedicó a comer un palito largo que picoteaba con avidez, aunque claramente no se comparaba con un gusano delicioso que ella misma podía cazar.
Volvió a su ensimismamiento y recordó el día en que el director de Hogwarts había realizado una visita a su casa.
El profesor Dumbledore caminaba en dirección a la casa número 11 de Grimmauld Place, con un asunto exclusivo de Hogwarts que tratar. Le resultaba muy importante y en el fondo le divertía encargarse personalmente de notificarles la bacante en su colegio a niños y niñas de padres muggles, es decir no mágicas. Observar las caras de asombro cuando decía: sí señor su hija es una bruja. Le parecía que cada vez que lo decía, a los muggles eso les sonaba a insulto. ¡Qué seres tan convencionales y cortos de mente! ¿Cómo era posible que se rehusaran a creer en la magia cuando estaban rodeados de cuentos infantiles llenos de criaturas mágicas, hadas madrinas, brujas, duendes, gnomos, sirenas y demás? Dumbledore alejó sus pensamientos como si quisiera alejar a una mosca con su mano, entonces tocó la puerta de la casa aguardando a que la familia Hampton lo recibiera.
Una sirvienta vestida con delantal blanco sobre un uniforme gris abrió la puerta. Parecía imposible que aquellos pequeños ojos hayan alcanzado tales dimensiones, pues al ver al extraño hombre que tenia adelante, sus ojos no daban crédito a lo que veía. Albus parecía divertido. Estaba parado en el porche con semblante apacible. Llevaba puesta una túnica morada y un sombrero negro muy extraño. Detrás de unos anteojos de media luna apoyados en una nariz torcida, se encontraban unos ojos azul intenso que brillaban por el sol que acaparaba todo al no haber una nube en el cielo, pero en realidad brillaban porque él disfrutaba mucho con la escena. Pero la sirvienta aun observaba en silencio las largas barbas de un castaño que se mezclaba con rebeldes canas que amenazaban con poblarlo todo de una vez.
—Soy Albus Dumbledore y el señor Thomas Hampton me espera.
— Lo anunciaré enseguida — Dijo la sirvienta con voz queda, aun asombrada por el ridículo y extraño hombre que hablaba hasta de forma extraña. Un minuto después el ama de llaves lo invitaba a entrar a la casa diciendo que el señor lo haría pasar al despacho.
Dumbledore observaba la casa con detenimiento, era muy curioso y le gustaba fijarse en los detalles. Los muggles tenían la loca manía de tenerlo todo muy limpio. El pasillo de entrada dio lugar a un amplio salón en donde había dos sillones sobre una vasta alfombra persa frente a un hogar. La sala estaba repleta de cuadros artísticos principalmente de paisajes. A la derecha de la sala había un piano de cola y a un lado una larga escalera de mármol que conducía al segundo piso. A su izquierda había tres puertas cerradas. Y al fondo un amplio ventanal que daba hacia un frondoso patio trasero repleto de plantas y flores bien cuidadas.
El señor Hampton bajaba la escalera con aires de grandeza. Claramente cuando llegó al último escalón y observó a su invitado se desilusionó. No esperaba a un hombre así. Parecía sacado de un circo o una película. No, él esperaba a un señor serio y respetable para llamarse director de un prestigioso colegio. De todas formas extendió una mano a aquel ser tan extraño, pues su estirpe implicaba ser cordial y educado aún con quienes no lo merecieran. Pero era cierto, estaba desilusionado, sin duda ese hombre le daba cierta curiosidad, cierto miedo por llamarlo de alguna forma.
—Mucho gusto señor Hampton, yo soy Albus Dumbledore director del colegio Hogwarts
— Un gusto señor. He recibido su carta la semana pasada. Acompáñeme a mi despacho para conversar mejor.
Katherine había estado escondida en un armario oculto tras la escalera, y había observado al extraño personaje llena de curiosidad y excitada alegría. Apenas tenía abierta la pequeña puerta y cuando los dos hombres daban la vuelta para dirigirse al despacho, el extraño ser posó sus hermosos ojos azules en la niña oculta y le guiñó un ojo.
Katherine se sobresaltó y cayó empujando la puerta y como todo su peso se apoyó en ésta, quedó tendida en el suelo de la sala.
—Kat, niña. Te he dicho mil veces que no espíes en los rincones. Es de mala educación — La voz de su padre resonó en la sala con tono autoritario. Aunque tenía un dejo de indiferencia, su voz fue potente.
— Lo siento, señor — Pero Katherine no lo sentía, aún sonreía y miraba con sus grandes ojos verdosos al invitado. Estaba maravillada.
— Ve a ayudar a tu madre.
— En realidad, señor Hampton sería bueno que la niña nos acompañase en la charla al igual que su esposa, claro.
Thomas había mirado con extrañeza a su interlocutor. Si antes lo miraba con asombro y miedo ahora lo veía con otros ojos. ¿Cómo podía una mujer y una niña de apenas 11 años discutir de asuntos de hombres? Pero no quiso diferir con el invitado y aceptó. Cuanto antes terminara con aquello mejor. Algo le decía que sus sospechas eran correctas: aquel hombre no era normal… era diferente como su hija.
Kat ya estaba dirigiéndose al despacho y les abría la puerta para dejarlos pasar. La señora Victoria Hampton se había unido tras la petición de Dumbledore y fue llamada enseguida por el ama de llaves.
Todos se acomodaron en el despacho, un salón rectangular revestido en madera, presidido por un amplio escritorio y cómodas butacas de terciopelo azul oscuro. Unos amplios ventanales se alzaban en las paredes con gruesas cortinas haciendo juego con los cómodos asientos.
Los dos señores de la casa se hallaban del otro lado del escritorio y la niña estaba mal sentada en un alejado sillón de dos cuerpos apoyado sobre una de las paredes laterales.
La frialdad con la que trataban a la niña era evidente, casi ni reparaban en ella. Y la pequeña solo tenía ojos para él. Albus le dedicó una amable sonrisa y supo, cuando ella le devolvió el gesto llena de felicidad, que la niña sabía perfectamente quien era él. A continuación Dumbledore habló con voz enérgica y explicó que era director de un colegio muy prestigioso en el mundo entero y que allí esperaba encontrar a su única hija estudiando y formándose en el destino que le había sido concedido. Thomas miró dos veces a aquel extraño hombre. Sus palabras y su determinación cambiaron la percepción que tenía de él. Aquel hombre no era ningún indigno, ningún tonto hasta parecía más alto y fuerte de lo que antes le había parecido.
Explicó varias cosas y luego de una pausa, hecha adrede para causar más suspenso y emoción, dijo el verdadero motivo que se escondía en sus palabras de grandeza.
—Su hija es una bruja y mi colegio es de magia y hechicería. Allí desarrollaría al máximo su capacidad.
El miedo y la incertidumbre se plantó en el semblante de la señora que tragó amargamente para luego hablar con una voz que no parecía suya.
— Eso explica las cosas… raras… que hace Katherine
El desagrado en la voz de Victoria no pasó desapercibida por el profesor, incluso la forma en que dijo "raras" era insultante.
— He venido personalmente a explicarles todo, pues en su familia o parentesco directo no hay ningún mago ni bruja.
Dumbledore notó que ninguno de los dos padres estaba contento con la noticia, más bien parecían asustados. No era fácil aceptar que su única hija era diferente. Pero esa diferencia para ellos les implicaba una deshonra, una anormalidad indigna de un Hampton.
Aquello no sería tarea fácil. Ya se había topado con gente necia y con mentes muy cerradas y se habían negado a aceptar que sus hijos eran "raros". Pero veía en esa niña demasiada esperanza y una felicidad en ese nuevo destino, que no podía negárselos. Debía convencer a sus padres de que aceptaran enviarla a Hogwarts. Entonces recurrió a métodos pocos ortodoxos alegando que las mejores familias de Londres, las más ricas, poderosas e influyentes, tenían hijos e hijas estudiando en su castillo y que todos mantenían el secreto puesto que el mundo mágico debía mantenerse en el anonimato.
A la señora Hampton no le gustaba ni un ápice que su hija hiciera magia o "cosas raras" como le había llamado, pero la idea de pertenecer al mismo status social que el resto le había parecido atractivo.
Mientras los padres conversaban entre ellos, Albus observaba a Kat que se sentaba con las piernas separadas y jugaba con una hoja de papel que había encontrado en el bolsillo de su pequeño short blanco que estaba sucio de pasto y tierra. Había formado un pequeño avión y lo hacía volar por toda la sala animándolo.
— Cuéntame Katherine… ¿Hace cuánto comenzaste a hacer magia?
— Cuando tenía 5 años, señor.
— Veo que has aprendido a manejarla bastante bien
— Sí, mi amigo me ha enseñado… él también es — La niña hizo una pausa y cambió su expresión indicando el grado de preocupación que tenía aquel tema — Señor, ¿él irá a su colegio, verdad? — Kat se había puesto seria y formuló la pregunta con miedo a una negativa.
— Creo, que hablas de tu vecino. Pues sí, él tiene una bacante desde que nació, como sabrás toda su familia es de brujas y magos. — Kat parecía aliviada y asintió. Su madre había escuchado aquello y su mirada era de profunda desaprobación.
El señor Hampton había indicado a Dumbledore que se uniera a él para terminar con el asunto. Mientras la madre se acercaba a su hija y en voz baja le decía:
— Kat, por favor siéntate como una niña. ¡Cuántas veces debo decirte que no eres un niño! Pero mira cómo has dejado tu blusa y ¿donde está la falda que te había ordenado que te pongas? Espero que en ese colegio les enseñen modales. Deja ya de juntarte con ese niño o acabaras hecha un varón.
Katherine parecía disfrutar haciéndola enojar a su madre. Desde niña era una rebelde y siempre había hecho lo que quería, puesto que sus padres prácticamente no le ponían atención excepto en aquellos momentos que acudían visita a la casa. Desde que se habían mudado allí, la niña parecía haber trabado una fuerte amistad con el vecino, aquel niño llamado Sirius Black.
Sus padres habían aceptado que el 1º de Septiembre su hija tomara el expreso de Hogwarts y se comprometían a mandarla al colegio hasta completar su séptimo año. Dumbledore les había explicado que la asistencia durante el año escolar era permanente, pero que Kat debía regresar a casa en las vacaciones de verano y durante las fiestas. Y que cuando esté de visita y sea menor de edad, no podría realizar magia, de lo contrario podía ser penalizada o expulsada del colegio. Aquello pareció tranquilizar a ambos padres.
Su lechuza volvió a ulular y ella salió de aquel sueño embriagador. Se incorporó y se sentó en su cama. Frente a ella había un ventanal que daba hacia la casa número 12. Miró con atención la casa de sus vecinos y miró sin disimulo hacia el cuarto que daba contra su ventana. El cuarto de su "mejor amigo". Maldito. Masculló entre dientes.
¿Cómo es que dos mejores amigos, casi como dos hermanos, se habían vuelto indiferentes? ¿Cuándo dejaron de hablarse?
Al otro día era su cumpleaños, sus diecisiete gloriosos años habían llegado y estaba próxima a cursar su último año de Hogwarts. Debía de estar feliz de estar en sus vacaciones de verano, en casa. Debía sentirse excitada de alcanzar la mayoría de edad, debía esperar ansiosa las doce de la noche para realizar su primer hechizo fuera del colegio. Emocionada por realizar una gran fiesta de cumpleaños por la noche. Pero nada de todo eso le importaba. A decir verdad estaba melancólica. Las estrictas ordenes de sus padres de que no hiciera nada raro, nada en absoluto si era mejor, la obligaba a estar encerrada en su cuarto y el aburrimiento la empujaba a ponerse sentimental y añorar el pasado.
Se acercó con una silla a la ventana y apoyó sus brazos en el alfeizar recargando su cabeza en ellos. Y pensar que hasta hace tres años atrás mantenía esa ventana cerrada para que él, no la espiase. Pero ahora era inútil. Sirius ya no vivía con sus padres. Ya no era su vecino, su amigo, su cómplice de aventuras. Ya no era nada.
¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? Entonces recordó cuando lo conoció.
Ella aún tenía siete años y él ya había cumplido los ocho. Hacía un mes que se había mudado a Grimmauld Place. En ese entonces en el barrio había muy pocas casas y la mayoría de ellas tenían amplios jardines y en la vereda de enfrente aún no había ninguna plaza, como la había ahora, sino un baldío abandonado lleno de árboles y plantas crecidas salvajemente sin ningún tipo de cuidado.
Allí se escabullían a jugar trepando a los árboles y columpiándose con una precaria hamaca que pendía de un fuerte árbol que estaba doblado hacia un costado. Recordó que se hicieron realmente amigos, cuando Sirius descubrió su secreto. Él iba caminando por allí con sus manos en los bolsillos de sus pantalones azules, confeccionados por un experto sastre, y pateaba piedras con aire distraído y despreocupado. Entonces se acercó donde estaba Katherine quien se hallaba arrodillada en la tierra jugando con un sapo. Se veía muy tierna con su vestido de niña con moños de raso blanco. Pero dos niños escondidos cerca de allí también la observaban. Katherine acariciaba al gran sapo y este croaba amigablemente. Ella lo tomó con sus pequeñas manos y el sapo comenzó a cambiar de color. Pasó de un rojo intenso a un blanco pálido, de un rosa chillón a un azul eléctrico. Lo hizo danzar al igual que unas hojas caídas del paraíso que le daba sombra. Las hojas subían y bajaban. Ella las guiaba con su dedo índice y sonreía a gusto. Pero los niños, mucho mayores que ella, se presentaron ante sus ojos haciéndola dar un brinco hasta ponerse de pie del susto. El sapo desapareció saltando volviéndose a su color original y las hojas cayeron abruptamente.
— Eres un fenómeno niña
— Ya dije que era un bicho raro. Una loca
Katherine asustada no supo qué hacer y sus ojos se llenaron de lágrimas.
El chico más alto le lanzó una piedra que le pegó en el brazo y ella ahogó un grito de dolor. Entonces la empezaron a correr pero ella ya había salido corriendo y por el miedo había tropezado con unas grandes raíces de un árbol que sobresalían de la tierra y había dado de bruces contra el duro suelo. Su rodilla se había raspado con una piedra que mostraba un filo saliente, y poco a poco por su pierna derecha caía un hilo de sangre. Entonces Sirius la ayudó a levantarse ofreciéndole su mano. Aquel niño de una belleza impresionante, abrumadora y hasta casi irreal, parecía salido de uno de sus cuentos preferidos. Desde el suelo parecía que él era enorme, inalcanzable. Era un extraño, otro extraño ser, pero ella supo al instante que con él se sentiría segura… siempre.
— ¿Estás bien? — Le preguntó con su vocecita infantil. Ella sólo asintió. — Quédate aquí.
Sirius se dio vuelta y enfrentó a esos dos brabucones. Les tiró piedras y al ver que los dos chicos atinaban a pegarle, Sirius había provocado con una sola mirada que se desprendieran las gruesas raíces de los arboles obligándolos a retroceder un poco. Las raíces se movían como serpientes y los chicos pensaron que realmente lo eran y salieron corriendo gritando como dos niñitas asustadas.
— Gracias. Yo soy Katherine Hampton, vivo en el 11.
— Sirius Black — El niño le había extendido la mano en un cordial saludo, pero ella lo abrazó súbitamente. Sirius recibió el abrazo sorprendido. Ni su madre lo había abrazado nunca de aquella forma con tanto afecto y gratitud.
Él era más alto que ella, su cabello negro azulado lo llevaba desparejo y caían grácilmente sobre sus hombros. Sus ojos eran de un gris plata cautivador. Su sonrisa se perfilaba en la que se convertiría en sus años de Don Juan: una sonrisa pecaminosa de medio lado que marcaba unos perfectos hoyuelos cerca de las comisuras de sus carnosos labios.
— Me salvaste de esos gorilas. No sé por qué me atacaron. Yo no les había hecho nada
— Es que eres una bruja, Katie y ellos unos tontos muggles.
Katherine rió ante aquella extraña palabra, por alguna razón le causaba gracia.
— ¿Qué significa eso? —Preguntó curiosa
— Tú tienes magia adentro, eres especial y ellos, son gente sin magia, muggles, simples y corrientes.
Ella volvió a reír con su risita risueña y él la miraba embelesado y también rió. Por alguna extraña razón aquella niña inocente y pura lo hacía feliz y alegre. Ella le tomó la mano y le pidió que la llevase a su casa pues su rodilla le ardía y la tierra que tenía en la herida no ayudaba mucho.
Caminaron tres pasos de la mano pero como ella rengueaba, él la cargo en su espalda hasta llevarla a salvo a su hogar.
—Eres mi salvador. Un héroe. Me encantó cómo los echaste. ¿Viste cómo corrían y gritaban? — Ambos rieron en complicidad y siguieron el camino en silencio hasta que ella volvió a interrumpirlo. — Oye Siri… ¿Me puedes enseñar la magia?
— Claro, pero ahora no podemos hacer grandes cosas. A veces la magia se me sale… pero cuando tengamos 11 años podremos ir al colegio Hogwarts de magia y hechicería. Allí sí que aprenderemos magia de verdad. Kathita ¿puedes aflojar tus brazos?, me estas ahorcando.
— ¿Kathita? — Ella volvió a reír tiernamente y relajó sus brazos para que su nuevo amigo pudiera respirar.
En el trayecto él le siguió contando del mundo mágico y prometió que al día siguiente comenzaran sus pequeñas clases. Y éstas siguieron al otro día, a la semana, durante el mes y todos los días hasta que cumplieron los 11 años.
Durante esos años de amistad, ambos amigos difícilmente se separaban. Él odiaba volver a su casa y siempre le pedía a Kat que se quedara un rato más con él arriba de un árbol, o en la piscina, o en donde sea que se hallaran. A veces dormían juntos, cuando eventualmente Sirius recibía una golpiza, entonces fingía encerrarse en su cuarto y luego bien tarde a la noche, se escabullía por la ventana y pasaba por el pequeño seto que dividía las dos casas y se introducía en el cuarto de su Kathita. Ella le dejaba la ventana abierta, pues sabía cuando Sirius se iba a presentar en su cama. Dormían tomados de las manos o abrazados, dependiendo siempre de la intensidad del castigo. Una sola vez lo había oído sollozar a su lado. Ella solo se limitaba a cantarle bien bajito a su oído y él se abrazaba con más intensidad hacia ella.
Él nunca hablaba de lo infeliz que era en su casa, pero ella lo sabía. Entre ellos no hacía falta hablar con palabras, solo con miradas se entendían. Él también sabía que los Hampton no la querían como unos padres normales debían querer a una hija y era obvio que se lamentaban que fuera bruja.
Cuando ella conoció a Walburga Black supo que su madre era un poroto diminuto al lado de esa vieja bruja malhumorada y amargada. A ella le recordó enseguida a la bruja mala de la bella durmiente, era hermosa pero de esas bellezas siniestras. Y entonces estaba el entrometido de Regulus. Él se trataba de colar en todos sus planes pero cuando supo que Katherine era hija de muggles discutió fuertemente con Sirius. Desde ese día los dos hermanos dejaron de hablarse y aunque Kat no entendía muy bien, sabía que Regulus aun los espiaba. Era como si no se decidía si unirse al grupo u odiarlos.
Con el pasar de los años, Kat entendió que Regulus había optado por odiarlos incluso le hacía la vida imposible a Sirius acusándolo con su madre. Luego de irle con el chisme a Walburga diciendo que su hermano mayor estaba con la sangre sucia jugando, a Sirius se le hacía cada vez más difícil ver a su amiga, pero nunca dejaba de verla.
Los padres de ella, ausentes y despreocupados por la vida de su hija, no le decían nada de aquella extraña amistad con el vecino. Solo les importaba que no hiciera magia, "cosas raras", delante de sus amigos, parientes, vecinos y todo tipo de gente normal. Katherine prometía portarse bien con solo que la dejen jugar con Sirius. Victoria había visto en varias ocasiones a los señores Black y estos le causaban escalofríos. Pero aquel niño, de profundos ojos grises y una sonrisa que lo arreglaba todo, no parecía hijo de aquellos seres espantosos. Al contrario, cuando Sirius iba a la casa se mostraba educado, galante y juicioso. Ejercía cierta fascinación y tenía un aura carismática que inundaba todo el ambiente. Pero sabía que su delicada princesa era una niña que se la pasaba jugando juegos de niños, que no le importaba ensuciarse y que prefería pantalones a faldas. Y sabia que de eso, aquel niño cautivador tenía la culpa.
Cuando Katherine realizaba magia, sin querer, delante de sus padres, éstos se ponían frenéticos e incómodos y se enojaban con la niña obligándola a encerrarse a cuarto.
Cuando estaba próxima a cumplir sus siete años, su padre la había inscripto en un colegio privado para señoritas, para comenzar sus estudios primarios. Pero a decir verdad, tenía miedo que descubrieran que su hija era una anormal. No podía soportar semejante humillación y decidieron que sería mejor imponerle un tutor en la casa. Y así fue como la llenaron de actividades, todas las asignaturas que se impartían en colegios muggles, idiomas principalmente francés y alemán, piano, danzas y pintura. Sus padres querían volverla lo más normal posible como si eso hiciera que se le quite la magia. A veces ignoraban la excentricidad de su pequeña y hacían de cuenta que era una niña común y corriente y que el explotar de vidrios, apagar y prender las luces de la nada, hacer florecer las plantas a una velocidad imposible, cambiar el color del pelaje del gato, y millones de hechos inexplicables y poco comunes; como enloquecer a la sirvienta moviendo los objetos que ella ponía en un lugar y al segundo aparecían en otro.
Pero todo cambió cuando cumplió once años. Sí, el colegio los había cambiado aunque ambos esperaban ansiosos poder empezar sus estudios, no sabían que allí se terminaría su amistad.
Katherine suspiró y cambió su posición, sus brazos comenzaban a adormecerse. Todo aquello parecía muy lejano ya.
Se levantó y vagó por su cuarto. Miró varias veces por la ventana, quizá tenía alguna esperanza de que apareciera. Se desvistió aun con las cortinas descorridas, deseando que él la mirase como antaño. Pero eso ya no ocurriría. Se quitó lentamente la ropa para irse a bañar. Al otro día le esperaba un día agitado: su aburrida fiesta de cumpleaños y todos sus parientes muggles.
Daría lo que fuera por pasar aquel día con sus amigas, con él. Sirius. Daría lo que fuera por tenerlo allí nuevamente.
Aquel extraño ser se había convertido rápidamente en alguien conocido, pero demasiado rápido se había vuelto un extraño otra vez.
¿Qué estará haciendo ahora? ¿Pensará en mí? ¿Me extrañará? ¿Recordará que mañana es mi cumpleaños? Katherine suspiró, no tenía sentido seguir pensando en alguien que seguramente ni se acordaba ni como se llamaba, ni de qué color eran sus ojos.
